Ojos ciegos, oídos sordos, se negaba a aceptar que aquel rubio algo tambaleante era real, de carne y hueso, vivo, que no era un espectro de su imaginación cuestionable, un delirio por ese error casi pecaminoso de extrañarlo. “Estás dando un espectáculo y mañana te vas a arrepentir.” ¿estaba en las reglas silenciosas que habían impuesto aquel tipo de escenas? Le podían poner el nombre que deseen, pero lo que habitaba la mirada hielo eran celos, sinónimo de inseguridad, pero ellos dos no eran más que dos almas destinadas a no encontrarse ni ser una, pero habitaban dos cuerpos que, siguiendo el instinto humano, se atraían y necesitaban en noches de desértica soledad, toda una tragedia. Nunca entregaba más que física, química, jamás sentimientos, jamás emociones, no rompería sus reglas sagradas por un par de ojos que parecían capaces de drenar el aire de sus pulmones, como en esos momentos donde bajo el ardor de su muñeca parecía no poder controlar su respiración, abstraída de su cuerpo, perdiendo el timón de su altar. “¿Podrías caminar más despacio? Cualquiera diría que huyes.” siseó por lo bajo, del manojo de palabras escogió las menos indicadas, las que representaban astillas para el frágil orgullo masculino, estaba segura que las paredes de aquella recamara sólo serían testimonio de una salida urgente, o tal vez de una jugarreta con fuego, pero de pronto estaba asqueada por el hombre que la sostenía, vacío del encanto que parecía poseer al comienzo de la velada, era culpa de él, que todavía hacía eco con su voz en el interior de su cráneo, era culpa de él, que todavía parecía estar delante de ella con su mirada oceánica. Gritó su nombre apartada de aquel agarre violento, por dentro sonreía victoriosa, la trampa, las redes, tuvo que sacrificarse para ser el anzuelo y, sin embargo, valía la pena, lo observó caer, pero sin embargo estaba de pie, marcando límites, demostrando que sus sospechas eran acertadas, quizá lo tenía entre sus garras, quizá había logrado de algún modo encantarlo. “No deberías meterte. Puedo sola con él y con cualquiera.” murmuró filosa, obviamente no fue sorprendente observar cómo su acompañante se alzaba hecho una furia, una tormenta, un drama innecesario, violencia, cordura perdida, era todo lo que odiaba, pero su menudo cuerpo no pudo ser obstáculo (fue empujado como si se tratase de una miserable pluma) y de inmediato el rubio se convirtió en blanco del primer puñetazo, una culpa suficiente para quemar bosques enteros corrió por sus venas, lo maldijo, sí, pero al mismo tiempo la preocupación surcaba a pasos agigantados sus pensamientos y mirada ligeramente acuosa.