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@ariel-sweetserland
El sol brillaba y algunas gaviotas jugueteaban a la orilla del océano, una maravillosa mañana en presencia de una de las creaciones más hermosas del mundo: Ariel, su hermosísima esposa, a quien besaba en aquel momento luego de que esta le hiciera un puchero que hacía de su boca pequeña y delicada la más tierna del mundo, alejo un poco sus labios de los de ella.— Sera como tú quieras, solo dime y construiré una casita para que podamos dormir aquí y será como nuestro castillo… — Siguió besándola, sentía que si la dejaba de besar pronto se esfumaría como la espuma del mar, se escucharon el canto de los delfines no muy lejos de la costa y sonrío. — ¡Pareciera como si te llamase, cariño! —
La risa fue inevitable, pues aquella idea le sonaba absurda a la que antes había sido sirena. — No necesitamos una casa, Eric. — Aseguró ella, aún risueña. — Podemos dormir en la playa. La cueva ya es suficiente refugio para el frío. — Entre risas pequeños besos eran depositado en los labios de su esposo. Todo aquello le hacía sentir como en casa y eso le ponía sumamente feliz. Sujetó ambos lados de su rostro y colocó un último sonoro beso sobre su nariz. — Vamos a comer algo, estoy bastante hambrienta. —
El enarcó una ceja y observó el vaso en la mesa de la rubia cereza, no comprendía, fácilmente podía ir a un café o algo parecido, no a un bar con un montón de hombres en alto estado de ebriedad. -Odio que me miren, lo tomo bastante personal.- Comentó al sentarse con su botella, no, el no estaba tan ebrio, apenas si había tomado un trago. -Lindo cabello, piernas por hechizo, uh, ¿Ariel, cierto?- Preguntó. -Bien- movió su botella hacia ella. -¿Vas a seguir pretendiendo que ese jugo está bien o vas a unirte al grupo de “odiamos esta maldita maldición, brindo por eso.”?-
— Lo siento. — Murmuró, pues en realidad incomodar a alguien no había sido su intención. Se removió ligeramente en su asiento, no es que no le gustará ser social o tener compañía, pero había algo en él que le ponía nerviosa, quizás era la intensidad de su mirada y la oscuridad que reflejaba. — Cierto... ¿Tú quien eres? — Ambas manos se cerraron sobre el vaso de jugo, atraiéndolo hacia su pecho de una manera casi protectora. Su clara mirada se posó sobre la botella para luego subir al rostro del castaño. — Estoy bien así, gracias. Además, yo no odio la maldición... o bueno, no por completo —
El mapa se cayó de mi casaca, y no fue hasta esta mañana que me di cuenta —confesó, e imitó su gesto encogiendo sus hombros—. Si se puede preguntar, ¿para qué guardas todos esos objetos? Dudo que algún día lleguen a ser más que eso, objetos inservibles —su ceño fruncido mostraba la curiosidad que esto le provocaba. A pesar de haber sido una dulce sirena, era ahora una persona bastante misteriosa—.
— Oh. — Balbuceó, formando una perfecta "o" con sus labios. Aquello tenía sentido y, en esos momentos, sintió un poco de culpabilidad, aunque desapareció casi al instante, después de todo ella lo había encontrado en el piso. — Es divertido y esos objetos son interesantes. La mayoría de las cosas en el mundo de los humanos lo son, de hecho... —No esperaba que el pirata o alguien lo entendiera y eso le tenía sin cuidado. Al ser sirena, había crecido soñando con el mundo de tierra firme y atesoraba cada objeto que podía obtener proveniente de él y, ahora que estaba en aquel mundo, no podía dejar de maravillarse por la multitud de cosas nuevas que descubría a diario, a pesar de que ya llevaba un tiempo siendo humana. — Tú siempre has sido humano, lo que es inservible para ti para mí es diferente. —
Pronto la curiosidad de Ariel haciéndole preguntas sobre aquel lugar secreto le lleno de felicidad, lo había encontrado hace poco caminando solitariamente cuando solo llevaba unas horas en aquel lugar después de que la maldición hubiera hecho de las suyas.— Cuando recién llegue aquí, me quede cerca a la orilla del mar sabiendo que esto me recordaba casa Ariel, me sentía perdido y no sabía en donde encontrarte así que camine por mucho tiempo bajo las estrellas y llegue aquí, cuando lo vi, la luna reflejada en las tranquilas olas del mar y el brillo de las estrellas…Me recordó a ti y a tu preciosa sonrisa. — Pronto sintió sus labios sellándose en un beso con su amada Ariel. — ¡Sabia que te gustaría! Sabes en la noche puedes escuchar la canción del mar… ¡es preciosa Ariel! — Beso de nuevo a su esposa sin querer soltarle los labios ni un segundo.
Su respuesta le hizo sonreír y, sin más, ya estaba deshaciéndose de sus botas y su abrigó para poder disfrutar del suave oleaje, al menos en sus pies. Era prácticamente imposible dejar de sonreír cuando Eric le hablaba de aquella manera y, en esos momentos, sintió que no le importaría pasar la eternidad en ese lugar si su príncipe se quedaba a su lado. Sus ojos se cerraron unos segundos, intentando imaginar la escena que él le relataba y luego los abrió de golpe, segura de que le encantaría poder escuchar y ver todo lo que el chico de cabellos oscuros contaba. — Eric, ¿podemos pasar aquí la noche? — Casi rogó, haciendo un suave puchero como método de convencimiento, aunque dicho puchero pronto desapareció, pues sus labios ahora estaban ocupados por la presión de otros; dulces, suaves y con sabor a mar.
Caminaron rápidamente, al parecer Ariel se encontraba de nuevo con su curiosidad normal y rápidamente llegaron a la cueva, en la miro asombrado por lo grande que era y el agua que se cernía cerca, era agua de mar. — ¿te gusta? — sin esperar a que respondiera saco un mantel y lo tendió en el suelo organizando la comida. — Este será nuestro lugar secreto. —
Gustarle era poco. Estaba totalmente asombrada ante el hermoso paisaje que se abría ante sus ojos. — ¡Me encanta! — Exclamó, con su cantarina risa inundando el aire. Elevó sus brazos y dio un par de vueltas sobre sí misma. Disfrutando el aroma salado y la brisa marina que picaba en su rostro. — ¿Cómo descubriste esté lugar, Eric? — La curiosidad se filtraba en su voz cuando lo miró con sus claros ojos bien abiertos. Tener un lugar secreto y privado en aquel nuevo y desconocido mundo en el cual se habían visto obligados a vivir era algo sumamente especial para la pelirroja. Quizás fue por eso que tomó el rostro de Eric entre sus manos y planto un pequeño y dulce beso sobre sus labios.
Sus pupilas celestes se pasearon por aquellos objetos, buscando su tan preciado mapa. Recordaba claramente un lazo color carmín que lo rodeaba, por lo que, gracias a este, logró distinguir su mapa en pocos segundos—. Ese —se agachó y tomó el mapa para abrirlo. Al ponerlo sobre el suelo, pequeñas manchas de tinta decoraban una de sus puntas—, es este. Gracias —y sonrió, puesto que esta era una de sus reliquias más valiosas y recompensaba de alguna manera la falta que le hacía su barco.
Frunció ligeramente sus labios al ver que, efectivamente, el mapa se encontraba entre sus cosas. — Lo siento... No fue mi intención tomarlo, mucho menos si hubiera sabido que tenía un dueño. — Explicó, metiendo todo de nuevo a su bolso para luego soltar un suave suspiro. En realidad se sentía bastante apenada, pero no había sido enteramente su culpa. — ¿Sabes? Creo que tú deberías de tener un poco más de cuidado con tus cosas también. — Agregó, elevando sus hombros en un delicado movimiento.
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Hay algo que me tienes que devolver —señaló con su garfio el bolso y la miró a los ojos, frunciendo el ceño—. Ahí dentro, ¿escondes mi viejo mapa? —Su intención no era llamarla ladrona, tan solo creía encontrar su mapa con ella. La había visto repetidas veces encontrando objetos perdidos en el castillo, y este se había resbalado de su casaca, convirtiéndose automáticamente en un objeto perdido.
— ¿Tú mapa? — La confusión era presente en su voz y en la mueca de su rostro. No recordaba haberse llevado nada perteneciente a él. Había encontrado bastantes mapas, sabía que eran pues Eric los usaba para trazar rutas cuando navegaba. — No lo sé. — Confesó con un poco de vergüenza, pues en realidad no estaba segura. Tomó la bolsa y, sin decir más, vació su contenido en el suelo; papeles viejos, panes, un par de cachibaches (que todos llamaban "tenedores"), una naranja y dos manzanas, un espejo y unos pequeños mapas enrollados. Todo se desparramó por el césped y la pelirroja elevó su mirada al pirata. — Quizás esté por aquí... —
¿QUÉ TE ANIMA CUANDO ESTÁS DE MAL HUMOR?
Nadar, salir de excursión, cantar, hablar con mis amigos… Hay muchas cosas que me animan cuando estoy mal.
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¿Buscando “tesoros”? —inquirió al ver a la pelirroja. No es como si la estuviese espiando, todo lo contrario, ella había tomado una de sus pertenencias llamándolo “tesoro”. Ladeó su cabeza y sonrió, casi atravesando su bolso con la mirada. Sabía que, seguramente, era ahí donde se encontraba lo que buscaba—.
La repentina nueva presencia le sobresalto y pronto enfocó al alto hombre con el garfio. — Uhm... ¿No? Dando "un paseo". — Replicó en el mismo tonó empleado por él. Estaba bastante sorprendida de que alguien supiera sobre las pequeñas recolecciones que llevaba a cabo en sus tiempos libres, pero no mencionó nada, pues captó la mirada del mayor y estiró una de sus manos, dando un suave empujón a su bolso para que quedara cubierto por su cuerpo. — Entonces... ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte o también saliste a dar un paseo? —
–Tomo la bolsa ayudando a su esposa y con la otra dio una caricia en el rostro de Ariel. – No querría hacerte sentir triste, lo siento. – le dio otro beso en la frente y la miro divertido con una sonrisa enorme en sus labios. – ¿A dónde iremos para realizar nuestro pequeño picnic improvisado? Si caminamos por allí derecho ahí una cueva con una preciosa vista creo que te gustara, si así es, será nuestro lugar secreto en este encierro ¿Te parece bien? O ¿Prefieres otro lugar? –
Suspiró, en realidad ya no quería hablar del tema. Era la primera tarde que tenía con Eric en bastante tiempo, no quería desaprovechar ni un segundo discutiendo cosas tristes. Cerró sus ojos un par de segundos ante el beso y asintió un par de veces, indicando que ya todo estaba bien — ¿Un lugar secreto? Eso suena genial. — La sola mención de aquellas palabras le iluminó el rostro, plasmando una gran sonrisa de oreja a oreja, y pronto se encontraba sujetando con fuerza la mano de su esposo, corriendo al encuentro de aquel lugar.