Los paseos y las abuelitas...
Desde que mi mujer estaba embarazada comenzamos a tener nuevas rutinas, como por ejemplo: llevar un paso más lento, paseos más cortos, comenzar a conocer los puntos estratégicos de cada pueblo con baños públicos y tener una gran tolerancia al menjunje hormonal que lleva una embarazada. Cuándo llevaba apenas tres meses mi pareja comenzaba a llorar por cualquier cosa y comencé a decirme a mi mismo... madre mía la que me espera... pero vamos el amor es mas fuerte y soporta cosas que no sabéis. No voy a escribir en contra de ella, de eso no se trata, sino que describir un poco lo que se vive desde la otra esquina, ser padre conlleva una gran carga emocional que pasa superficialmente durante los 9 meses de una forma muy ligera debido a que la magia y el milagro es el total protagonismo y con razón...
Era un joven con aficiones, algo individualistas como propias de un soltero como correr, salir en bicicleta, disfrutar de tu mascota, pero al saber que íbamos a tener un bebé cambió por completo, y sobre todo vislumbrar lo que se venía a futuro, comenzaba en ocasiones a ser algo bastante agobiante. El tiempo pone en su lugar todo, lentamente del susto y el agobio pasamos a la asimilación y aceptación para luego darnos cuenta del precioso momento en que estábamos viviendo cuando vimos nuestra primera eco-grafía y entendimos que eramos padres, no hay nada más hermoso.
Es muy impactante el proceso evolutivo que vive una mujer durante el embarazo, la agilidad se reduce, el cuerpo cambia preparándose para el parto, la piel se torna más suave, la mirada más dulce, la voz más suave y la sensibilidad a flor de piel.
Al llegar las semanas previas a la 42 (en nuestro caso) ya teníamos todo preparado, estábamos ya entrenados. Tiempos para llegar al hospital, bolso listo con toda la ropa para pasar los días posteriores al parto y sobre todo las ganas y disposición.
No queríamos arriesgar a nada por lo que los paseos eran en nuestro pueblo, pequeño, lleno de octogenarias que cada vez que veían a mi mujer se nos acercaban a conversar sin dudar del grado de cercanía hacia nosotros, no había cosa más estresante que aquellos paseos, de hablar con gente que no conoces y que tampoco sabías que eran tus vecinos, en mi tierra hay un dicho: pueblo chico infierno grande y era lo primero que se me venía a la mente, pero entendí lo bonito de aquél momento, saber que no estábamos solos, aunque fuese por cotilleo, había gente que nos daba apoyo y acabar así un embarazo es una motivación extra y necesaria para la siguiente etapa, la que ya estamos viviendo, ahora los paseos los veo con otros ojos.













