Y entendí que, de alguna forma, yo siempre fui el problema.
No porque fuera una mala persona, sino porque mi manera de amar no encajaba en un mundo donde pocos se entregan y donde sentir se ha vuelto un riesgo y quien se muestra tal cual es suele parecer intenso, incluso insoportable, mientras que quien se guarda todo parece salir siempre ileso.
Aun así, no me arrepiento de amar sin medida. Prefiero sentir, aunque duela, a convertirme en alguien que finge no sentir nada, en alguien a quien nada le importa.












