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La cámara de Lucy
Montevideo desde la cámara de Lucía
Richard tiene un pequeño cine de una sala. Su padre fue el que lo trajo al barrio y Richard desde chico lo ayudó en la proyección de películas. Por eso es un experto en cine. Sobretodo en cine viejo.
Hace unos años un shopping cercano con salas de cine le llevó gran parte de los espectadores y cerró. Al poco tiempo Richard se jubiló, y desde entonces, está pensando en venderlo.
Lucy una tarde mientras tomaban mate, le pidió de conocerlo. Además le contó que ella tenía muchos videos que grabó en Montevideo con una filmadora vieja de su tía.
A Richard le encanta la idea. Le da mucha nostalgia volver al viejo cine. Su sueño es reabrirlo, con una película que haya dirigido él.
Esta mañana Lucy estuvo pintando. Le pidió prestadas unas tintas a Richard y pintó estos cuadritos en el balcón. A cada uno le escribió una dedicatoria.
Asno:
Tu música es cursi y yo puedo
ser muy ácida. Así y todo,
nos reímos: eso importa.
Loquito:
Gracias eternas. Desde que te conozco
me cuidas y aconsejas como una mamá
o un papá. Hermoso es empezar a conocerte.
Gurí:
Siempre vas a ser el amor,
hecho compinche, fumando
la luna.
La idea de Lucy dejarle a Richard uno bajo la puerta, otro al Asno en la Ambu de sorpresa y soltar el del Gurí en una plaza. Pero cuando estaba terminando de escribirlos, sonó la alerta. Y en el apuro de correr al hospital, entregó los cuadritos a los destinatarios equivocados. El del Asno le llegó a Richard. Y el de Richard -que dice Loquito-, al Asno. El del Gurí se cayó en el piso de la Ambulancia.
Cuando terminó el día. El Asno encontró el dibujo y se enterneció. Pero al leer "Desde que te conozco me cuidas y aconsejas como una mamá o un papá", se desilusionó un poco. Después, descubrió el del Gurí y también lo leyó. Y entendió que Lucy iba a estar eternamente enamorada del Gurí.
Cuando Lucía le tocó timbre a Richard, éste que había recibido la notita para el Asno, se la leyó en voz alta haciéndole burla. Ahí Lucy se dio cuenta de la confusión. Y se rieron por horas.
Una foto vieja y un poema
Esta tarde, Lucía fue a lo del Asno a tomar mate y buscar unos discos. Mientras él ponía a calentar el agua en la cocina, ella empezó a inspeccionar el armario grande del living que tiene infinitos libros, fotos y objetos.
Mientras hablaban de la lluvia -él en la cocina, buscando los fósforos para prender la hornalla y ella hojeando un álbum de fotos viejas-, sonaba bajito este tema.
Lucía sacó un libro de poesía al azar y se echó en el sofá a leer. La tapa decía Solos de conciencia de un tal Javier Adúriz. Pensó qué a ella y al Asno se les aplicaba perfectamente esa condición. Y eso le dio gracia. Salteó las primeras páginas y se detuvo en una por la mitad. El poema decía:
Más allá del amor no hay nada, sólo
penumbra de fugacidad, disperso
tiempo que se diluye en tiempo, nadie
sino miseria de nosotros mismos.
Más allá del amor ya todo, formas:
lenta memoria apenas de unos cuerpos,
una fantástica melancolía,
formas de todo lo que fue y ha sido
amante.
El Asno apoyó la bandeja con el termo, el mate y dos tortitas negras sobre un plato de porcelana china en la ratona de madera. Alzó la vista y se quedó helado. Lucía con un libro de poesía en la mano. Y no cualquier libro. Ese, justo ese. Eligió no decir nada y dejarla leer. Cebó un mate y se prendió un cigarro. Ella agarró una tortita y le leyó este poema:
DEL SEDUCTOR
I
No exento de retórica,
balbucea
su admiración por cualquier cosa,
en general, la curva femenina.
De oficio admirable, más que palabras
gobierna
sólo un bigote
extraordinariamente persuasivo.
Indescriptible triunfador moderno,
sudoroso señor
de las aglomeraciones.
II
Con un ojo seduce, con el otro
insinúa. Y al parecer,
todas vez que su mano baja
es inevitable que llegue al cielo.
Sos vos con las pacientes, le dijo pícara. El Asno no respondió. Se hizo el ofendido y alzó una ceja. Pacientes, son pacientes, a vos en cambio parece que no te hayan enseñado nada de la paciencia, le respondió. Lucía no entendió lo que le quiso decir el Asno. Así que le dio un mordisco grande a la tortita y se quedó masticando en silencio. De repente, del libro cayó una foto. ¿Sos vos?, le preguntó al Asno. El asintió. Sin despegar las pupilas de la imagen, Lucy dijo: qué lindo que eras...
.
recuerdo del gurí
Antes de que se fuera para siempre, su madre desde la puerta, sosteniendo un helado de palito que chorreaba frutilla líquida, le dijo: Un buen amor vive en estado de necesidad. Los gurises de la plaza de Lavalleja comentaban que estaba engualichado por una noviecita. Su abuela le dio un beso en la frente y le hizo la señal de la cruz. A fines de junio, le fueron incautados varios objetos: tres garrafas de tres kilos, un farol, un cargador de celular, varias prendas de vestir y ropa de cama, a pesar de que nadie los había denunciado. Serían ofrendas para el 2 de febrero, el día de Ienmanjá. La noche del robo fue a la playa a mirar el eclipse y rezarle a la Donha Janaína. Cuando la Tierra se estacionara entre el Sol y la luna, pasaría de color hueso a color sangre. La chica del tiempo lo había anunciado: las fases iniciales –penumbral y parcial- de la luna roja, asomarían a las 6.15 am en Montevideo, horario de verano, y 5.15 am, en Buenos Aires. Europa no vería nada porque en sus coordenadas se genera un cono de sombra. Esto lo puso contento y encendió una tuca diminuta que guardaba en el bolsillo de la camisa. Las estrellas explotaban luz.
Sentado en un médano, con mucha oscuridad abrazándolo, recordó la frase de Mateo: la música es Alquimia. Y sus manos comenzaron a buscar en sus muslos un ritmo, como un rezo, pequeños golpecitos sincronizados, rasteaban a un ritmo que se bailara, chocando sus palma con la piel fría, compuso un ritmo como un rezo que se bailara en la luna. La separación es todo lo que se necesita para conocer el infierno, había escuchado decir a unos viejos en la esquina de Barrio Sur. La luna fracturada y rojiza le hizo pensar en ese infierno. Después bostezó con frío y el viento le arrimó una hoja de diario para taparse. No leyó por falta de luz, pero el titular decía:
Peruanas matan a abuelos
de amor.
Hipólito
desayuna con Noche en el bar de la plaza / le gusta la mañana bien temprano / se lleva un libro / el diario y un puro / pide uno dos cafés con crema / mira a la gente / los árboles / mira el ritmo de su barrio / en esa hora hora y media primera de cada día / en silencio / es él más que nadie / desde que Noche vive en su casa lo acompaña / la perra se levanta y lo sigue / se va sigilosa de la cucha / como si no quisiera desperar a los otros animales / Hipólito la espera para en la puerta / caminan uno a la par del otro / Noche a veces apenas más adelante / olfateando el empedrado / él va con la mano suelta colgando / y cada tanto la acaricia / a los dos le gusta el olor de la calle a mañana y los rayos / filtrándose entre los árboles / en el café Hipólito se sienta y Noche / en dos pata se posa en el apoya brazos / lo lame / lo besa / el se deja / le acaricia la cabeza / la perra entrecierra los ojos y mueve la cola / él ríe siempre ríe / y le dice Noche basta / pero sabe que no es basta / que no hace nada para basta / entonces le da el bizcocho / que le viene con el café / y la perra baja / queda tendida / enroscada / en los pies de Hipólito / que lee el diario y fuma.
Gurí
26 años apaciguados / sin piloto / le gusta que la lluvia lo moje / que la ola que choca contra la rambla lo salpique / va hacia la tormenta / no se espanta / no se escapa / no se cuida / o sí / pero algo lo calma / no lo perturba / el cuero resiste / dice / quien nos va a mirar cuando sea después / tiene barba castaña clara / ojos caramelos / lunares por todos lados / debajo de un ojo / el izquierdo / hay un lunar que apunta / también hay bigote finito desprolijo / el pelo siempre revuelto / y silva mucho / tararea música / camina lento / es un botija que se une al paisaje / le gusta escuchar / percibir / jamás auriculares / nunca algo que tape la audición / infinita / y fuma tabaco armado vainilla / no cree en el tiempo / no usa relój / sabe vio / crudeza miseria / tiene al fondo de la boca una melancolía arrodillada / pifió sabe de estar solo / de mandarse cagadas / pero aún así defiende la alegría / se conmueve / se deja conmover / se rasca mucho la barba / hace pulsera de hilo para canalizar la ansiedad / guarda recuerdos / se viste con amuletos / tiene pocas pero ganadas certezas / tiene su credo personal / sus rituales / le gusta el fútbol y el fuego / peñarol / la música / popular uruguaya / el candombe / de su barrio Sur / Eduardo Mateo / y tomar mate mirando las estrellas / sabe cazar mariposas y luciérnagas / sabe arreglar cualquier cosa / y trepar un árbol más rápido que nadie / pocas veces se tapó con una sábana / para dormir prefiere que lo cubra el viento / huele a lavanda / de una colonia que le regaló su abuelo / es la viola la púa y la riñonera con la armónica / alpargatas o championes embarradas / los cordones siempre sueltos / la voz pulida dulce y apenas áspera / tatuaje en la espalda y los gemelos / vocabulario frondoso poético y callejero / recuerdos en la fisura / vida sin reglamento / alma muy difícil de domesticar.
Ayer Lucía llegó a la Ambu con este libro bajo el brazo. Lo compró el una feria de editoriales independiente. “Mira yo también leo poesía”, le dijo al Asno. Mientras esperaban la alerte, Lucy le propuso abrir el librito azarosamente y jugar a ver que dice el destino. Estas son las páginas que salieron. Las comentaron todo el día.
Estamos abrazados en una cama improvisada en el piso. Tus ojos están cerrados; pero no sé si dormís. Este es tu cuarto de soltera, un lugar agradable, neutral. Por la ventana suben los ruidos de un día que empieza a moverse. La ropa permanece arrugada, a un costado, ignorando la farsa de dar y recibir.
Así, como dice el poema de Fabián Casas, Improvisados,
el Asno imagina una posible, lejana, utópica, hermosa
noche con Lucy. De una ventana vecina,
sonaría esta canción en volumen bajito.
vos pensás que yo no sé lo que es enamorarte de la soledad. yo vagué mucho tiempo hasta que la ví, como vos decís, está ahí adelante mio y se partía de lo hermosa. Me tenías que ver, era un linyera del amor. Hacía siglos estaba perdido entre cuerpos deformes; no entendía qué buscaba, qué quería de un otro. Hasta los perros desconfiaban de mí. Mal, Asno, mal. Y de pronto, la vez. Esperando que le hagas upa y te la lleves a tu casa. La soledad. La mejor compañera de los brutales como yo. No te imaginás lo que fue conocerla cada vez un poco más. Sentirme más cómodo con ella que con nadie. Al principio, la extrañaba demasiado cuando iba a trabajar. Deseaba volver a ella. Siempre volver a ella. Tumbarnos los dos en el piso. Naufragar la nada. Ser y estar, al mismo momento. Por eso entiendo cuando me hablás de tu soledad y del muñeco de plastilina. Yo no quiero estropearte nada. Yo sé. Yo también le hice el amor a la soledad.
*Esto le respondió el Asno a Lucía, esa vez en la ambu.
Lucía / soledad
No quiero que me invadas. No quiero eso. Sabés lo difícil que fue lograr esta soledad. Hacerla, amasarla, despacio, con paciencia. La soledad se construye como una pequeño muñequito de plastilina. Al principio no te gusta, no te gusta. Es feo, te hace sentir mal, miserable. Te ves como desde afuera, patética, estúpida jugando con algo que no tiene sentido. El camino a la soledad de la que te hablo tiene sabor a eso: sinsentido. Hasta no sabés como, ni cuando, pero sí. Esa es la forma. Sí, esa es la posición exacta y está buenísimo. Así, así está bien. No hay que tocar más. Así da gusto. Es paz. Es bonito de ver, de vivir. No hay explicación, ni tiempo estimado; es de golpe: “ahora te sentís cómoda en soledad”. No hiciste nada raro. Fue afinar un poco acá y curvar un poco más allá, como con la plastilina. A la soledad la hacés vos, con tus manos. La moldeás con amor y desesperación. Y cuando la encontrás, cuando te la encontrás ahí paradita en tu palma, tan tuya, como nada, como nadie… la querés para siempre con vos. La guardás, la cuidás como un anillo de oro que te encontraste en la calle. Como a un secreto. Tanto la defendés que cuando alguien mete mano, cuando alguien quiere también con vos y con tu soledad, te agarra un pánico tremendo. No, no, no. Con mi soledad no, con mi armonía… que me costó tanto… mi feliz soledad, mi soledad feliz…. Es que si cedés un poquito, se arruina el muñequito, ¿Entendés? Es eso: otro dedo más y se deforma todo. Y la forma de la masa deforme es irreversible. No se puede más, ni un dedito, ni una uñita. Porque sabés hace cuánto amaso esta calma. Sabés hace cuánto estoy perdida buscando esta soledad. Te pido por favor, no te metas. No me saques este estar así, cómoda. Te presto plastilina. Tomá, hacete tu propio muñequito.
*Esto le dijo un día Lucía al Asno. En la Ambu, sonaba este tema.
Situaciones en el cumpleaños de Indalina
Terraza de un conventillo de Almagro. Cumbia peruana, bachata y merengue. Lucesitas de colores y mucho trago caribeño. Las chichis peruanas, hijas de Indalina, acosan al Asno. Lucía descubre su pasión por el baile, la música latina la hace olvidarse de todo. La dominicana, una vieja novia del Asno, mira de reojo a Lucía. El Asno siente celos de Jerry, el sobrino de Indalina, que persigue a Lucía toda la noche. Vuelve el esposo borracho de Indalina y hay piñas. El Asno termina con un ojo morado, Lucía lo lleva al hospital.
Ayer el Asno la invitó a Lucy al cumple de Indalina, la duena de la florería de abajo de su casa. El Asno es muy querido en su barrio. En especial por Indalina y todas sus hijas a quienes tiene enamoradas. Las cinco mulatitas peruanas lo adoran porque el Asno las rescató del esposo violento de Indalina.
Una noche el Asno escucho gritos y forzó la puerta para socorrerlas. La realidad es que ni hizo falta que le pegara al esposo de Indalina. El hombre de tan borracho, se cayó al piso y se desmayó. El Asno, simplemente lo arrastró hacia la calle. Después de ese día, el hombre no volvió más. Y el Asno pasó a ser un héroe para las peruanitas y su madre.
Para alegrarle el ánimo a Lucía, el Asno le insistió que lo acompañe a esta fiesta. 'La cumbia peruana te va hacer olvidarte de todo', le dijo. Lucía aceptó, no muy convencida. Aunque una vez allí, se dio cuenta que el mundo de Asno es mucho más interesante de lo que ella pensaba.
Los perros de Hipólito
A Ciro lo levantó en una ruta cordobeza. Tenía la pata quebrada y estaba con otro perro a la orilla de un arrollo.
Tiger, el boxer, se lo regaló Cecilia, su primer mujer. Es su perro más fiel y el que lo sigue a todos lados.
Rita es una maltesa que se compró cuando se fue Lucía. Hipólito dice que necesitaba una princesita en la casa. Ella es su debilidad, la que le genera más ternura.
Noche es una callejera que llegó al jardín de la cada para dar a luz cuatro cachorritos. Hipólito la ayudo a parir, le dio techo y alimento, y la adoptó. Los hijos de Noche andan sueltos por el barrio, pero ella es fiel a Hipólito.
Ayer a la noche, antes de irse a dormir, Lucía encontró entre sus cosas un CD que le grabó El Gurí. Son todos covers hechos por él. El primero es este tema de La Triple Nelson, la banda de rock uruguayo preferida del Gurí. La canción se llama Para abrazarte.
Llevo tus manos en mi alma, como si estuvieras siempre, veo tu sonrisa y me derrito, no entiendo porque a vos, no entiendo. Llevo tus besos en mi baúl de sueños, tus ojos dan más vida en mí. Con solo mirarte te amo, no entiendo porque a vos, no entiendo. Alguien te cambio de estación y por suerte estoy yo para abrazarte y vos a mi. Nada va a alejarme de tu tiempo, Nadie es libre en su vivir, Algo me dice que vas a salir al viento, algo me lleva a tu alma. Alguien te cambio de estación y por suerte estoy yo para abrazarte y vos a mí, para abrazarte y vos a mi Vos me cambiaste y te quiero, Seguiré tu camino con pie de roble. Entrego todo y mi vida por verte reír, Tenes mi cara mis ojos y parte de mi. Nadie es libre en su vivir, nadie y vos libremente sonreís, caminas y hablas con tus letras y emociones. Yo te protejo con uñas y todo. Y alguien te cambio de estación y por suerte estoy yo para abrazarte y vos a mi, para abrazarte y vos a mi. para abrazarte, para abrazarte, para abrazarte, para abrazarte.
El gurí estaba peliado con su familia y hacía tiempo que no iba por su casa. A los 16 se había escapado de Canelones a Montevideo porque su padre era alcohólico y violento. Además, desde chico tenía claro que quería ser escritor y vivir en la gran ciudad. Por eso siempre se las arregló solo.
Después de su muerte, Lucía sintió que ella era la que debía darle la noticia a su madre y a su padre en persona. Al verla muy triste, el Asno le ofreció acompañarla. El tiene un amigo en el puerto que los podría cruzar a la otra orilla cuando ella decida. Lucía aceptó. El sábado -día franco de los dos- saldrían bien temprano a la mañana y el domingo a la madrugada ya estaría volviendo.
Estas fotos son de "El perro que fuma". A este barcito de pescadores en el puerto charrúa venían a tomar cerveza Lucía y el Gurí todas la tardes. A este bulíncito llevó Lucía al Asno a almorzar y le contó sus años en Montevideo y su noviazgo con Alvaro, entre otras cosas. Esta fue una de las veces que hablaron de ellos sin bromear.
Las fotos las sacó ella. El Asno le prestó su analógica para que guardara de recuerdo imágenes del lugar. Algunas salieron desenfocadas o a contra luz. Lucía se enojó por eso.