Mi propio ensayo sobre Grantaire: Mi atrevido bebedor de sueños de Les Misérables
Siempre me he caracterizado por tener facilidad de palabra. Esa es una de las cualidades de las que uno hace uso sin querer, para explicar prácticamente todo del modo mas claro posible.
Una vez alguien me dijo: “Hay una secuencia que hace posible que esa “cualidad” exista”
Conocimiento - Pensamiento o Idea - Palabra
Sin esta secuencia la noción de palabra verbalizada sería imposible.
Ahora bien, ¿Qué proporciona conocimiento?
Haciendo un recorte gigante para poder explicar nuestro tema en cuestión, reducimos al conocimiento, en este caso, a un determinado tema, conocer sobre un autor específico, por ejemplo: Víctor Hugo. (Me viene especialmente bien)
¿Y cómo se logra este “conocimiento”?
De diversas maneras: leyendo, primero, sintiendo la curiosidad de conocerlo, investigando, pero por sobre todo y volviendo al primer punto: leyendo.
El segundo paso, el del pensamiento o la idea, es bastante más simple de lo que podría parecer, porque una vez que hemos sentido la necesidad de saciar el primer punto, el segundo se decanta casi de un modo natural; nos ponemos a pensar solo en las cosas que conocemos.
Allí aparecen otros factores, por supuesto, que colaboran con la calidad de ese pensamiento, que seguramente tendrán que ver directamente con la calidad del conocimiento que hayamos decidido adquirir.
Y por último llega la tan preciada “palabra”, que no es otra cosa que la manifestación de ese conocimiento transformado en idea que ya no puede ser guardado permanentemente en nuestro interior sino que ansia salir a la luz para que otros lo conozcan, casi como otro modo natural de preservar la secuencia que se vuelve una herramienta cíclica a la que todos podemos acceder.
Viendo este esquema, parecería que lo primero debería ser la palabra, y estaríamos bien ubicados, excepto porque la palabra solo existe a través del conocimiento adquirido y después de haberse formulado, gracias a éste, una idea. ¿Entonces? Ahí es donde me pongo a pensar en Platón y su Alegoría de la caverna donde dice que todo filosofo es el que piensa y transmite su conocimiento para que otros lo adquieran y no muera con él.
Es decir, es necesario el conocimiento para que se formule una idea que acabe siendo palabra, pero es necesaria la palabra para que ese conocimiento llegue a nosotros y así surja la idea…Y así constantemente.
Esta explicación que puede parecer algo descolgada del tema al que me voy a dedicar, no lo es en realidad, porque explicaría el motivo por el cual demoré tanto en poder verbalizar, a pesar de mi aparente facilidad de palabra, el contenido del ensayo.
Y esta demora se debió a un detalle que he olvidado marcar, y es que si una de las secuencias falla, o no está bien desarrollada, las otras también fallan.
En resumen, no podía explicar algo que aun en mi pensamiento era confuso y eso debido a que me faltaba adquirir más conocimiento sobre ese tema. Así de simple.
Problema solucionado. Me dediqué a la investigación del asunto de un modo detallado, serio y di con la idea que buscaba ¡Eureka! Aquí va la manifestación de esa idea para que otros la conozcan.
Aclaración: Conocer no es estar de acuerdo, no es pensar lo mismo, sino justamente lo contrario, porque solo contradiciendo algo y abriendo nuestra mente a otras posibilidades es que llegamos a nuestra propia conclusión.
O sea ésta es mi propia conclusión (idea) puesta en palabras, que le darán comienzo al ciclo necesario para que otros puedan hacer lo mismo.