HACER CIUDAD DESDE LO COTIDIANO. Lo cotidiano como medida de lo urbano.
HACER CIUDAD DESDE LO COTIDIANO. Lo cotidiano como medida de lo urbano.
por AC13. Concepcion Garcia y Carlos Pita. — Lunes, 7 de julio de 2014
En los años sesenta, el filósofo y urbanista francés Henri Lefebvre acuñó el concepto: ‘sociedad burocrática de consumo dirigido’, con él trataba de sintetizar los rasgos centrales de una sociedad en la que la cotidianidad se ha constituido en un verdadero territorio controlado. ‘Sociedad de la abundancia’, ‘sociedad del ocio’, ‘sociedad de consumo’, conceptos todos ellos que nominan a lo cotidiano en nuestros días, empezaban a ser material de trabajo de las ciencias sociales en la década de los sesenta.
En este panorama donde lo cotidiano parecía haber perdido su carácter esencial, Lefebvre cree encontrar una veta para la renovación: la crisis permanente puede tomar un papel crítico. Es posible que no todo deseo sea transformado en necesidad a satisfacer, que no toda creación sea transformada en producto ni las coacciones, como el ocio programado, el espectáculo o la cultura de centro comercial, sean vividas necesariamente como experiencias liberadoras.
En esta búsqueda hace una apuesta por la vida urbana y la ciudad a través de la conquista activa por parte de sus habitantes. Una revolución fundamentada en la posibilidad de que lo cotidiano actúe sobre lo urbano, y lo urbano sobre lo global.
‘La Crítica de la vida cotidiana’ fue publicada por Lefebvre en el año 1947, en ella el humanista francés trató de desenmascarar el carácter infundado del convencionalismo de lo cotidiano presentando a la ciudad como la fuerza central de la insurrección estética contra la alineación del día a día.
El libro se presenta a través de una trilogía (1947/58, 1961, 1981-fechas de los originales franceses) y constituye un estudio profundo de cómo la cotidianidad configura la base de todo un pensamiento activo que se opone a las lógicas del poder. Para ello, Lefebvre destaca la necesidad de recuperación de lo imaginario como llave que abre la posibilidad de concebir lo creativo y lo nuevo.
Lo imaginario, olvidado por el pragmatismo de las ciencias sociales, y el urbanismo, como pieza clave para la afirmación de un nuevo derecho: el derecho a la ciudad. Un derecho formulado como la conquista del ciudadano de la calidad urbana y de la construcción del espacio dentro de la lucha de poderes.
Los estudios de Lefebvre sobre la vida del día a día fueron esenciales y una de las mayores contribuciones intelectuales que motivaron la fundación del movimientoInternacional Situacionista.
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En su sector más avanzado, el capitalismo concentrado se orienta hacia la venta de bloques de tiempo “totalmente equipados”, cada uno de los cuales constituye una sola mercancía unificada que ha integrado cierto número de mercancías diversas. Es así como puede aparecer en la economía en expansión de los “servicios” y entretenimientos la fórmula de pago calculado “todo incluido” para el hábitat espectacular, los seudodesplazamientos colectivos de las vacaciones, el abono al consumo cultural y la venta de la sociabilidad misma en “conversaciones apasionantes” y “encuentros de personalidades” (…)
El párrafo citado es uno de los 221 clasificados en los nueve capítulos de ‘La sociedad del espectáculo’(1967) de Guy Debord, en el que se avanza ya la influencia de los medios de comunicación en connivencia con los poderes en el diseño del nuevo escenario mundial. Debord, líder del movimiento situacionista, clave a la hora de entender el devenir histórico de la práctica artística ligada al hecho paisajístico, fundamenta su pensamiento en el descubrimiento de la aventura cotidiana, la práctica diaria como expresión de la arcadia inalcanzable.
Así se explica la deriva, una de las experiencias mas importantes desarrolladas por los situacionistas, la cual, recordemos, consistía en el redescubrimiento de los escenarios cotidianos de la vida diaria como ideal homérico.
La deriva (Internationale Situationniste, 1958), fue definida como el “modo de comportamiento experimental ligado a las condiciones de la sociedad urbana o la técnica de paso ininterrumpido a través de ambientes diversos”. Propone una utilización experimental no productiva del espacio urbano, defendiendo el carácter fragmentario de zonas urbanas diferenciadas frente al carácter homogéneo y uniforme de la sociedad de los espectadores.
La influencia que para los situacionistas tuvo Lefebvre y su crítica de la vida cotidiana abrió una veta de pensamiento en torno a la reivindicación de la construcción de la ciudad desde una esfera colectiva y ciudadana. Hoy en día, sorprende comprobar la vigencia de su crítica en el devenir de nuestras urbes. Digamos que su reclamación de los usos cotidianos de la ciudad frente a los usos ‘espectaculares’ fue premonitoria. La puesta en valor del patrimonio de nuestros cascos históricos por y para el turismo, desde políticas municipales dirigidas a transformar la ciudad en una mercancía con la que poder negociar su valor de cambio, es solo un ejemplo. Es curioso observar cómo el patrimonio histórico es reivindicado en la ciudad solo cuando es relacionado con el intercambio turístico. Nuestras ciudades han crecido lo suficiente para considerar ya a la arquitectura del último siglo como histórica, sin embargo, los barrios obreros de la primera mitad del siglo XX, el patrimonio industrial del siglo XIX o toda la rica arquitectura residencial racionalista y modernista de los barrios alejados del centro es, en la mayoría de los casos, denostada por las instituciones y abandonada a la suerte de la especulación.
“Lo cotidiano son los actos diarios pero sobre todo el hecho de que se encadenan formando un todo” (Lefebvre, 1981). Lo cotidiano no se reduce a la suma o el agregado de acciones aisladas, como el comer, el beber o el vestirse. Es necesario ver el contexto de estas acciones, los encadenamientos y el todo que componen a través de las relaciones sociales, “sobre todo porque su encadenamiento se efectúa en un espacio social y en un tiempo social” (Lefebvre, 1981). No importan tanto los hechos, sino los hilos que los conectan.
Estas característica lo llevan a plantear la similitud entre lo cotidiano y el lenguaje en el sentido de que ambos tienen formas aparentes y estructuras trascendentes. Lefebvre recurre desde el inicio de su reflexión a la apología del antihéroe del Ulises de James Joyce. La estructura de la trama desarrollada en las 24 horas de un día cualquiera (16 de Junio de 1904 en Dublín) y de un hombre cualquiera, Leopold Bloom, expresan esta relación micro/macro revelando en la narración de un día la historia del mundo y de la sociedad. Así, mediante la célebre narración, Lefebvre vislumbra la presencia de los componentes de la vida cotidiana: el espacio, el tiempo, la pluralidades de sentido o lo simbólico.
Los viejos maestros nos señalaron el nuevo código de la insurrección. Su capacidad para reconocer la capacidad transformadora de lo cotidiano, la reconquista de la rutina potencialmente poblada de tradiciones, ritos y proverbios, cualidades todas ellas hoy secuestradas por lo poderes económicos de marca global, fue su precioso legado.
En nuestra mano está el reconocer comportamientos, usos y costumbres para captar cambios y tendencias a partir del uso de los espacios y de los tiempos concretos con los que poder transformar la realidad de nuestras ciudades.
http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=24563







