La carcajada se le escapó antes de que pudiese detenerla, producto del empujón recibido. En una ocasión normal, donde no tuviesen ningún asunto pendiente que discutir, Matt habría continuado con el juego. Los golpes se volverían cada vez más fuertes, al igual que las risas, y la violencia se pondría a la par de su cariño por el otro. Siempre era así, juegos rudos pero juegos finalmente. Pero esta vez había otros temas que no podían retrasarse ni siquiera por una buena cantidad de golpes amistosos. Notó, claro, la sonrisa de Icarus, esa que era reservada para cuando estaba agradecido por algo, y no pudo evitar prestarle especial atención mientras le daba un apretón a su hombro. Lo conocía de toda la vida y sabía que estaba cómodo, que por el momento nada le preocupaba, por lo que dejó que su mente vagara hacia otros lados. Después de todo, su mejor amigo estaba bien. Ahora un par de ojos brillantes ocupaban su mente, rostro alargado, sonrisa de apariciones escasas pero preciosa. Su estómago sufrió un vuelco que debió ser contrarrestado con un gruñido, a su vez cubriéndose la cara con un brazo. No podía pensar en otra cosa, concentrarse en nada más. Escuchó el suspiro ajeno como en un trance, casi sin procesarlo, mientras liberaba sus ojos para mirar al cielo. Mueca divertida apareció en sus labios mientras su amigo le desordenaba el cabello, empujoncito necesario por la molestia causada. Giró para estar cara a cara con Icarus, ambos recostados en la hierba con sólo un cielo anaranjado sobre ellos. Sus comisuras no le permitían sonreír más. Estaba frente a su mejor amigo, a quien no veía desde hacía días, hablando de… de ese chico. Se le ocurrió que no podría estar mejor— ¿Tórtolo? Ya, Ica —dijo, dándole un golpecito para distraerle del rubor de su rostro—. Pues, no hemos tenido demasiado tiempo para hablar tranquilos, y en realidad al principio no era nada que comentar, ya sabes. Pero ahora sí, así que cállate de una vez y escucha —y con eso le contó todo: desde su primer encuentro, cuando una espada había caído a los pies del pelinegro y Matt no había podido evitar notar notarle; al tercero, en una batalla de entrenamiento en el que había visto sus habilidades; al cuarto, donde lo había encontrado recostado en una colina y no pudo evitar situarse a su lado mientras daba nombre a las nubes, como un arrullo que sirvió para dormirle; hasta el último. De este no contó tantos detalles, pues involucraba una lucha con estirges que había dejado a Matt en la enfermería hasta este mismo día, pero explicó que en esa pelea acabó por comprender lo bien que se complementaban. Todo esto le dijo a su mejor amigo, su confidente, quien esperaba pudiese aclarar (o acallar) su bulliciosa mente—. Así que, bueno, cuando desperté en la enfermería ahí estaba él. Me regañó, como todos parecen amar hacer, pero también… bueno, me besó. Fue una locura, Ica, creí que tendrían que llamar a los médicos porque se me paraba el corazón.
Normalmente se hubiese rebelado, interrumpiendo al menor por el simple hecho de ir en contra de su pedido, pero por alguna razón se mantuvo acobijado por el silencio. No quería hablar (alguien debería tomar una foto para inmortalizar el momento), o simplemente no podía. Sus dígitos jugaron con el césped que lo rodeaba, suaves caricias al compás de las historias ajenas. Se limitó a asentir para demostrar que realmente lo estaba escuchando y no había abandonado la realidad por sus ensueños (por más que en más de un momento realmente quisiera escapar), concentrado en las expresiones del contrario. Dioses, en serio estaba como loco por el otro sujeto. Espero que se lo merezca, no pudo evitar pensar, la idea del castaño tras alguien que no valiese la pena considerando lo asombroso que era le molestaba quizás más de lo que debería. Pero en el fondo también sabía que, si era Matt a quien le gustaba, el susodicho debe ser más que digno. Rompió su voto de mutismo cuando la anécdota llegó a su fin, ojos abiertos como platos mientras soltaba un sonido de sorpresa — Wow, Matt. Eso es tan gay. —pero no pudo soportar la sardonia tanto tiempo, borrándola en una sonrisa juguetona mientras asestaba un golpecito en el torso del muchacho frente a él. — Te merecías ese beso, tigre. Entonces, ¿ahora qué? —genuina curiosidad, por alguna razón un tanto dolorosa, al consultarle. Porque era Icarus normalmente el que hablaba de los besos y sus múltiples coqueteos, de citas improvisadas, extraños en bares y noches en casas ajenas, que solían no llegar mucho más lejos. Pero esto era diferente, era en serio. Esto podía tener futuro, y ese era el sentido de su inquisisión. ¿Quería el otro que tuviese futuro? — ¿lo… lo invitarás a salir, me imagino?