"Una vez a la semana, Scott viajaba a Neubrandenburg, el pueblo más cercano, para tener un poco de contacto con el bullicio de una pequeña ciudad. Cada vez que llegaba allí se encontraba con la misma situación en las inmediaciones de la parada de los trenes".
En el exterior de la estación había una importante intersección, o, en cualquier caso lo era en Neubrandenburg. Un tráfico bastante animado de peatones, coches y camiones controlados por un juego de semáforos circulaba durante el día. A finales de la tarde, sin embargo, el tráfico de vehículos prácticamente desaparecía, mientras que el tráfico de peatones que salían a disfrutar de la brisa nocturna se intensificaba. Entre las nueve y las diez de la noche, cincuenta o sesenta peatones, algunos de ellos un poco tocados por el alcohol, solían cruzar la calle en esa intersección. Los temporizadores de los semáforos estaban programados, supongo, para el tráfico de vehículos de mediodía. Una y otra vez, cincuenta o sesenta personas esperaban pacientemente en la esquina de la calle a que el semáforo cambiara a su favor: cuatro minutos, cinco, tal vez incluso más tiempo. Parecía una eternidad, cuenta en un capítulo de su libro Elogio del Anarquismo (Crítica).