En una vasija de porcelana blanca.
Los objetos, por si mismos, son sólo eso. Cosas, materialidad sin valor, sin sentido. Pero entonces los cargamos. Les damos entidad, depositamos en ellos sentimientos, nostalgias, personas. ¿Qué hace que los objetos se conviertan en parte nuestra, en fragmentos inescindibles de nuestra persona? ¿Qué es lo que hace que las cosas nos marquen, nos formen, nos nutran? Ese anillo no es más que una circunferencia de oro con algunos brillantes incrustados. Pero no. Es mucho más que eso. Es el anillo que mi abuela guardaba en una pequeña vasija de porcelana blanca. Es el anillo que hace más de setenta años, un hombre le dio para sellar una promesa. Es el anillo que hace casi diez años llevo en mi dedo anular. Y pesa. Pesa no por la materialidad que conlleva, sino por los recuerdos que arrastra. Pesa porque antes que yo lo usó, quién sabe por cuántos años, mi abuela. Pesa porque ese hombre decidió que el lugar del anillo era la mano de mi Yaya. Pesa porque el anillo es metonimia de la persona, porque si llevo parte de mi abuela, la llevo a toda ella. Y entonces ella soy yo y el mundo se siente menos solitario, menos inabarcable.
Todos tenemos algo que es mucho más que su materialidad, que pesa, cuya historia es más que uno mismo. Y suele estar en un cajón, apartado, lejos, abajo de una pila de papeles y de una manta antigua. Enterrado en un baúl de recuerdos, en una caja de zapatos vuelta relicario, en el punto más alto de la estantería. Y sabemos que están ahí pero no los pensamos, porque ese espacio los delimita. No salen de su territorio porque si salen uno los piensa. Y si los piensa, inevitablemente la mirada se posa en el pasado, en los que ya no están. En las manos que lo tocaron, en los zaguanes, en los aljibes en el patio de la infancia. E irremediablemente, la nostalgia se vuelve pesada, palpable. Y el presente es sólo neblina, es degradación, es recuerdo. De repente, quien era guardián de ese objeto hace años que se fue. De repente, rememorar es condenarse. Entonces la caja de zapatos se cierra y la niebla se disipa. Y uno se da cuenta de que existe una razón de que esos objetos estén apartados. Nos hacen, son parte de quienes somos, quienes fuimos, trazan una línea inquebrantable entre quienes estuvieron antes y quienes somos ahora. Pero también nos hunden, porque nadie puede cargar tanto peso y caminar las calles del hoy. También por eso es que los baúles suelen abrirse en circunstancias muy especiales. Sumergirse en el pasado es sólo posible cuando el presente se vuelve inefable y necesitamos un sostén. Y ahí están, como evidencia indiscutible de que no estamos solos. De que atrás tenemos una historia. De que como guardianes de eso que algún día fue y sigue siendo, nos corresponde caminar.
Por eso hoy me quité el anillo. Porque mi abuela es parte de mí siempre, pero cargar con el peso de su vida en mi mano, no me deja dibujar las posibilidades de la mía. Quizá algún día, quien porte el anillo también se pregunte quién fue, después de la Yaya, la que vivió en el anillo de oro con brillantes. Después de todo, ella misma lo tenía en una vasija de porcelana blanca.