Su abuela le contó que a los seis meses de nacida tuvo su primera manifestación. Los Martin estaban aprendiendo a ser padres nuevamente, cosa que no era muy fácil cuando estaban adentrados en más de la mitad de la cuarentena de años, menos aún si la niña a cargo era en realidad su nieta y de la madre de la pequeña no quedaban más que recuerdos -- ni últimos adioses, ni una dirección, un número, un post-it, nada. La respiración de la bebé en el monitor fue lo que alzó la primera alarma y al revisarla, el color de su piel estaba lejos de ser normal. Amarillento, palpitaciones rápidas en el pequeño corazón, cosas que nadie espera y no quiere ver en un infante. Ictericia, declararon en el hospital, pero lejos de ser algo que se podía tratar de noche a la mañana y con un par de medicamentos, los estudios fueron varios y tomaron semanas, dando por últimos un resultado poco prometedor.
THALASSEMIA. o anemia del mediterráneo. Afecta especialmente la producción de glóbulos rojos y trae consigo muchísimos síntomas y complicaciones.
No tiene cura.
Eso, claro, es algo que no le dicen a un infante, así que la palabra “diferente” acompañaría las explicaciones de los mayores cuando las preguntas aparecieran. Eran una familia diferente, la sangre en su cuerpo se comportaba de manera diferente.
Sin embargo, con el pasar de los años hay cosas que simplemente no se pueden ocultar y palabras que empiezan a cobrar sentido. “Hemoglobina”, “glóbulos rojos”, “anemia”, “transfusiones”, “letal”, palabras que poco a poco se volvían más y más cotidianas. Bailey no iba a dejar que el diagnóstico la definiera. No quería dejar que nada más que ella misma la definiera. Así como no iba a ser “la huérfana”, tampoco iba a ser “la enferma”. No iba a permitir ni por un segundo que sus méritos se basaran en lástima, por lo que declaró que su enfermedad sería su secreto y nadie, nadie lo sabría fuera de su núcleo familiar. Haría de su tiempo lo máximo y cada reconocimiento sería por su propio esfuerzo, o al menos esa fue su propuesta inicial, por la que se guió por años.
Hay días que son más fáciles que otros. La mayoría se despierta con una sonrisa en el rostro y va directo a correr, a entrenar, a bailar. Se siente afortunada de haber sobrevivido el diagnóstico inicial y si pudo sobrevivirlo, pues se merece tener el mundo a sus pies. Otros días, se siente tan débil que no puede ni levantarse de la cama, no tiene energías ni para obligarse. Pero sin duda alguna, las noches son las peores, pues es ahí cuando los pensamientos realmente atacan y ahí es cuando cae en cuenta que su tiempo está contado y que, con suerte, le quedan menos de diez años de vida. Tiene que tapar sus propios oídos para dejar de escuchar esa voz interna que no deja de recordárselo.
Lo que realmente complica la situación es su tipo de sangre. O negativo, la que tiene más demanda y de las más difíciles de conseguir. Lo único que heredó de su padre, para ella una verdadera maldición. El rechazo a las transfusiones, las largas noches en el hospital y todas las clases perdidas por estar yendo a consulta son lo que echan más carbón al odio que siente hacia sus padres biológicos: Los odia por haber sido portadores de los genes de su enfermedad, por haberla condenado a todo esto. Los odia por haber sido tan estúpidos y descuidados, por haberse marchado, por haberla ignorado durante toda su vida sin importarles siquiera su maldito bienestar. En las noches largas con máquinas monitoreando sus signos y los brazos punzados con miles de agujas directas en su flujo sanguíneo, los odia especialmente porque sabe que de todos sus problemas, ellos son la causa y probablemente nunca lo sepan. Porque ellos pueden tener una vida normal y ella no. Porque ellos continuaron como si nada y ella se quedó ahí. Porque podría morir y ninguno se enteraría, porque pasaría a ser olvidada y no había nada que detestara más que ese simple pensamiento.
Pero eso nadie lo sabría, pensaba mil veces, nadie sabría por qué las canciones de Rent la hacían llorar con más intensidad, por qué faltaba tanto a clases, por qué se tomaba tan en serio sus ambiciones, por qué seguía dietas rigurosas y dedicaba tanto tiempo al deporte. Nadie sabría que detrás de las sonrisas radiantes y miradas coquetas, habían días contados y eternas noches en hospitales.
Nadie sabría nada.
Hasta que un día supieron todo.






