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Un peculiar brillo ilumina el semblante de la infante, diversión pura apropiada de facciones que se ven adornadas por una sonrisa mientras escucha con atención a lo que su amigo tiene para decir. Al final, es una tanda de pequeñas risitas lo que sale de entre sus labios. “Hay cosas más importantes que los canapés, Benjamin,” informa, niega con la cabeza como ha visto a su madre hacer reiteradas veces, cuando algo no le parece bien. “Como las chispas de chocolate. Yo quiero agradecer por las chispas de chocolate.”
Asombro recae en facciones de infantil procedencia, curvas faciales enaltecidas y comisuras que han abandonado espacio de descanso; es un obsequio constante otorgado a la de ondulas hebras e inocente mirar. “Las chispas de chocolates son lo mejor, sí, debemos agradecer todos los días por su existencia.” asiente, desviste posibilidades antagónicas, el encontrarse en disputa con la de menor estatura, sin embargo, es la incongruencia la que soporta en mente. Pero nunca se debe llevar contraria al género femenino, aprendizaje que menor en línea hereditaria ha enseñado en practica propia, ceño fruncido que reluce en ceño impropio cada vez que la negativa se posiciona en su discurso. “¿Sabes qué es mejor, Emma?” interroga, mejillas que toman color bermellón, es el palpitar en pecho el que deja en evidencia sentir masculino. “que estés aquí conmigo, eso se lo agradezco a Dios todos, toditos los días.” sinceridad pura, confesiones que son conducidas como prisioneras de dulzor en manzana, elixir al que otorga autoridad sobre sus acciones.














