El tipo era un mala leche.
Todo lo que salía de su boca eran escupidas agrias en las que el agua y la grasa –sobre todo la grasa- se separaban y hedían.
Hasta que un día –porque ahora no me digan que no se lo veían venir- se deslechó. Se fue en leche, que se desparramó en todas direcciones, sin mirar a quién salpicaba –porque la leche no tiene ojos y no distingue ni raza, ni sexo, ni nacionalidad.
Se deslechó entre todos, por encima de todos. Se deslechó por sobre todo.
Se deslechó sin precauciones ni profilaxis.
Se deslechó en forma amarga y sin precedentes.
Se deslechó con mal gusto, en tonos fucsia y animal print.
Todo quedó cubierto, como si una nueva era glaciar se hubiera desatado sobre el mundo, pero gomosa y caliente.
Las paradas de los colectivos.
Las fábricas y las empresas.
Los kioscos de revistas y las florerías.
Los pájaros en los balcones.
Los chicos en las plazas.
Las escuelas y los prostíbulos.
Se elaboraron plebiscitos y debates parlamentarios para decidir qué hacer con semejante coyuntura láctea.
Los psicoanalistas llamaron a reforzar los mecanismos de defensa.
Los sindicalistas se declararon en huelga.
La izquierda no supo que hacer, se escindió todavía más y comenzó a proferir mensajes en un idioma incomprensible, tildando de “imperialista” al mala leche.
Los medios de comunicación culparon al gobierno de tener negocios con él y defendieron los derechos de sus auspiciantes, afectados por la crisis.
La derecha dudó entre pedir la pena de muerte para el mala leche, apoyar un golpe de estado o privatizar la leche y dejarla en manos de uno o dos grandes grupos.
Hasta que, finalmente, algunas personas decidieron hacer uso del material viscoso por su cuenta. Dispersos, asustados, asediados por las corporaciones, siempre dispuestas a acaparar el negocio, comenzaron a hacer yogures y quesos.
Miles de yogures y quesos hechos con la leche del mala leche, con los que se logró paliar el hambre y la osteoporosis en todo el mundo.
Así, el mala leche fue nombrado “buena leche” y se le dio un reconocimiento público, al que asistieron los psicoanalistas, los sindicalistas, la izquierda, la derecha, los medios y las empresas. Todos aplaudieron y brindaron.
Pero entonces el deslechamiento cesó.
El ahora declarado “buena leche” decidió cerrar su boca y escamotear el recurso.
Fue inútil que le solicitaran unas palabras. Él se apartó entre la multitud, apretó fuerte sus labios y, no conforme, se los cosió, salpicando con sangre la leche que aún cubría el piso.
Era su nueva forma de ser mala leche; de permanecer fiel a sí mismo.
Y fue entonces que comenzó a cagarse en todos.