La pista inclinada: xenofobia, poder y la incomodidad de ser latino en la Fórmula 1
“No está tan concentrado y ha tenido fluctuaciones, es sudamericano y no está tan enfocado como Max (Verstappen) o Sebastian (Vettel)” Dicho de Helmut Marko, ex piloto y actual asesor de Red Bull racing sobre Sergio “Checo” Pérez.
No, no fue en los noventa, fue en el 2023. Porque en un deporte regido por europeos, la latinidad es una piedra en el camino, es una falla, un peso que erradicar.
Y no lo dijo hace veinte años, ni en una conversación privada, ni como un exabrupto. Lo dijo al aire, sin titubear, como si fuera una explicación razonable de por qué su piloto, Checo Pérez, no estaba rindiendo como debía.
Cuando una figura central de uno de los equipos más dominantes de la Fórmula 1 actualmente pronuncia una frase así en vivo, lo que hace no es solo verbalizar un prejuicio: lo legitima. Lo normaliza. Lo deja caer en el aire como quien enuncia una verdad objetiva. Y lo más grave es que no sorprende a nadie. Porque en el mundo de la F1 (una maquinaria donde lo técnico, lo estético y lo geopolítico se cruzan sin disimulo), ser latino sigue siendo un punto débil. Un “pero”.
La Fórmula 1 es un deporte hermoso y brutal. Exige precisión quirúrgica, nervios de acero, talento y concentración. Pero también exige (o al menos favorece) un tipo particular de origen. No solo ganan los mejores: ganan los mejor conectados, los mejor financiados, los más compatibles con la estructura cerrada del paddock.
Por más que se intente vender la idea de la F1 como una meritocracia pura, donde el talento al volante es lo único que importa, la realidad es que todo en este deporte está atravesado por el dinero, la geografía y la política. No es lo mismo nacer en Oxfordshire que en Córdoba. No es igual formarte en academias europeas con simuladores de última generación que correr en tierra con el apoyo de tu familia y algún sponsor local que te banca por pasión, no por negocio.
Y ahí es donde aparece la grieta invisible. No es que los latinos no puedan competir. Es que compiten en desventaja estructural desde antes de sentarse en un monoplaza.
Si naciste en Oxfordshire, tus chances de entrar a una academia de F1 son infinitamente más altas. Si sos hijo de un millonario suizo o heredás un apellido francés con historia en el automovilismo, probablemente tengas un asiento reservado, incluso si tus resultados no son espectaculares. Pero si nacés en Guadalajara, en Caracas o en Pilar, Buenos Aires, vas a tener que correr el triple. No por velocidad, sino por legitimidad. El mensaje es claro: podés intentarlo… pero sabés que nunca vas a pertenecer del todo.
El caso Checo Peréz, el que nunca alcanza
Sergio “Checo” Pérez tiene más de una década de experiencia en la categoría. Múltiples podios, victorias y un papel crucial en la consagración de Max Verstappen en 2021. Sin embargo, su posición en Red Bull siempre pareció frágil, como si estuviera ocupando un asiento que no le corresponde del todo.
Se lo exige como si fuera reemplazable. Se lo juzga con una vara más dura. Sus errores se magnifican. Sus éxitos, relativizan. Y todo, en nombre de un estándar no escrito que ubica a los pilotos latinoamericanos en un escalón más bajo, incluso cuando los resultados dicen lo contrario.
Checo, con toda su carrera y su palmarés, sigue teniendo que explicar por qué está donde está. Eso lo dice todo.
Entra Franco Colapinto: talento y resistencia
Y ahora, una nueva figura se mete en la escena. Un joven argentino, 22 años, que ya debutó en la Fórmula 1 corriendo nueve Grandes Premios para Williams en 2024, como reemplazo de Logan Sargeant. En 2025, está compitiendo para Alpine, ocupando el lugar de Jack Doohan.
Franco Colapinto no es una promesa. Es una realidad. Un piloto completo, sólido, que se ganó su lugar con resultados y madurez. Pero que, como todos los latinoamericanos que llegaron antes que él, también carga con el estigma del “invitado”. El que puede estar un rato, pero no instalarse.
No se lo trata como una estrella en formación. No se lo mide como a un Piastri o a un Norris. Se lo observa como si estuviera rindiendo examen en cada curva. Se le exige más. Se le perdona menos.
Porque no nació donde “corresponde”.
Ser latino en la F1 es correr con más peso
A los pilotos latinos se los mide distinto. Si un europeo se equivoca, “está aprendiendo”. Si lo hace un latino, “no da la talla”. Si uno gana, “se consolida”. Si el otro gana, “sorprende”. Siempre. Como si estuviéramos usurpando un asiento, esperando a que nos bajen.
Franco lo sabe. No porque lo diga, sino porque lo vive. Porque cada carrera es un recordatorio de que no tiene apellido francés ni sponsors árabes. Lo único que tiene es talento. Y eso no siempre alcanza cuando el sistema está diseñado para mirar a otro lado.
En Argentina, correr es sobrevivir
Franco nació en Pilar, Buenos Aires. No tuvo millones ni apellido. Tuvo talento, esfuerzo y un país entero que empujó con lo que pudo. Su historia no encaja en la narrativa habitual de la F1 moderna: no es hijo de un expiloto, ni un producto de una academia europea que deja atrás su bandera para representar otras. Es el resultado de un sistema paralelo, más frágil, más artesanal, pero igual de valioso.
En Argentina, el automovilismo sigue siendo pasión popular. Llenamos autódromos, seguimos el TC, producimos talento. Pero estamos afuera del circuito económico y geopolítico que domina la Fórmula 1. Por eso Colapinto es más que un piloto: es una anomalía que cuestiona el orden.
Su sola presencia incomoda. No por él, sino por lo que representa: que el sur también puede. Que el sur también sabe. Que el sur no necesita permiso para acelerar.
Lo que representa Colapinto no es solo un piloto bueno. Es una revancha. Para un país con historia en la F1 (Fangio, Reutemann) que fue quedando fuera del mapa. Para los pibes del karting en el interior. Para la gente que todavía llena autódromos sin que eso se traduzca en oportunidades internacionales.
Franco es un milagro con casco. No por romanticismo, sino porque llegó donde no se llega. Porque corre con lo justo. Porque tuvo que demostrar tres veces más que otros.
La metáfora es simple: en la Fórmula 1, la pista no siempre está nivelada. Algunos arrancan con ventaja, con estructuras a favor, con redes que los sostienen. Otros tienen que escalar desde el barro, desde el olvido, desde el prejuicio.
Los pilotos latinoamericanos corren con lastre simbólico. Siempre tienen que demostrar algo más. Siempre están bajo sospecha. No se los considera parte del centro del relato, sino satélites. Colores locales. Curiosidades.
Y eso, incluso en pleno 2025, sigue sin cambiar del todo.
No debería sorprendernos que un argentino esté en Fórmula 1. Debería ser normal. Pero no lo es. Y mientras no lo sea, su presencia molesta.
Porque no entra en el molde del piloto de manual. No es inglés, ni italiano, ni “el hijo de”. Es simplemente alguien que hace bien su trabajo. Y eso, en un sistema construido sobre exclusión elegante, es una amenaza.
Franco Colapinto no está pidiendo permiso. Está corriendo. Está compitiendo. Y está quedándose.
Colapinto corre por él, pero también por muchos otros. Corre por los chicos que hacen karting en el interior sin sponsors. Corre por las familias que hipotecan todo para que sus hijos puedan competir. Corre por los que no entraron. Corre por los que no pudieron.
Cada vez que se sube al auto, desafía una narrativa que quiere dejarlo afuera. Y lo hace sin estridencias, sin quejas, sin show. Lo hace manejando bien. Ganándose el respeto, vuelta a vuelta.
Por eso molesta. Porque no solo está. Está a la altura.
Cuando acelera, no va solo. Lleva a cuestas generaciones que soñaron y no pudieron. Una industria que resiste sin fondos. Una nación que (en la F1) parece estar siempre un poco afuera.
Cada curva que toma es también un acto político. Un mensaje. Una declaración.
Está acá. Y no se va a ir.
Porque sí, correr también es resistir
La Fórmula 1 es velocidad, sí. Pero también es política. Poder. Narrativa. Y en esa narrativa, la presencia de un argentino molesta a quienes prefieren un deporte previsible, blanco, europeo, millonario.
Franco Colapinto corre como si no tuviera nada que perder. Pero en realidad, tiene mucho por ganar. No solo para él. También para nosotros.
Porque cada curva que toma es una forma de decir: "sí, los latinoamericanos también pertenecemos acá."
Y eso, en este mundo, es una victoria en sí misma.
Si llegaste hasta acá, gracias. Este texto no es solo sobre deporte. Es sobre representación. Sobre puertas que no se abren. Sobre lo que pesa ser del sur del sur en un mundo diseñado desde el norte.
Franco Colapinto no es la excepción. Es la prueba de que nos ven como excepciones porque no soportan vernos como iguales.