La luz pálida del alba, justo antes que amanezca, me ha dado siempre una nostalgia especialmente contemplativa. Se desprenden olores nuevos cuando el rocío humedece la tierra aquí, tan lejana al mar y al puerto, y a ti.
Entonces, esta costumbre mía de gata enamorada, de acecharte en cada rincón que encuentre, como si fueras presa que pudiera hallar donde fuera, o como si tu recuerdo me acechara a mí, se enfrenta a la densa distancia interpuesta entre nuestras caricias, besos y demases, pero no en nuestra incondicional compañía.
Te juro, mi vida, lo siento. Siento cómo entre los olores de la tierra, viene una nota de tu fragancia tan tuya, que afirma mi pelo y seca mis lágrimas con una firme y tan tyya delicadeza.
Así, una vez más puedo hallarte y sentirte, mío. Tenerte dentro de mí con cada inhalación y volverte suspiro. Y suspiro como suspiran las mujeres enamoradas, cuando tan ridículamente nos perdemos entre las pestañas de nuestros bienamados. Pero inhalo, mi cielo, como la travesti - voluntariamente- condenada a tu amor, como si por primera vez en largos minutos saliera a la superficie desde debajo de un charco gélido, pudiendo romper el grueso techo cristalizado con mis uñas recién pintadas, y necesitara retener esta bocanada de aire puro como si en eso se me fuera la vida, o peor, lo bella.
O peor aún, como si en eso, por no guardarte hondamente en mis pulmones se me fuera tu amor.
Pero tomo aire de nuevo, y de nuevo siento en la tierra tu olor a amor honesto, y se calma el fuego de mis temores, y la luz pálida como la palma de tus suaves y finas manos calma el ardor de mis celos, y nuevamente eres tú, que aun a 1044 Km del mar que atestiguó nuestro amor, vives dentro de mí.
Mi amor, mi cielo y mi alma.
-B. Malva














