No se olviden de mi, arboles y montañas, los estarĂ© recordando aunque con el viento me olviden. Se que en estos tiempo, los busco en ciertos espacios. AĂşn asĂ, no me olviden asĂ sabrán que no logro dejar de pensarlas.
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No se olviden de mi, arboles y montañas, los estarĂ© recordando aunque con el viento me olviden. Se que en estos tiempo, los busco en ciertos espacios. AĂşn asĂ, no me olviden asĂ sabrán que no logro dejar de pensarlas.
De vez en cuando, hay que expiar a los otros, mientras se hacen hojas que revolotean en el viento del olvido, quizá momentáneo, quizá, infinito. Para ello, es necesario buscar la tranquilidad de quien, indiferente, se echa debajo del árbol, buscando encontrar la tranquilidad de la que carece, mientras los huracanes intentan arrasar las tierras de su corazón, procuran ser atenuados en la sombra de ramas secas.
A veces, entre el trasegar de los dĂas y su cansancio, atraganto en mi pecho los latidos de soledad que apaciguan mi corazĂłn. Quisiera poder abrazar a alguien, mientras veo pasar el atardecer, pero nadie aparece. Aun asĂ, no quiero sentirme desesperado por compartir mis dĂas, con quiĂ©n no lo merece. Prefiero que la soledad sea la cĂłmplice de mis vacĂos. No quiero perderme en el olvido de una compañĂa efĂmera. Prefiero estar solo.
AprendĂ, perdiendo personas que han sido importantes que, no hay que apresurarse. Aunque, no puedo negarlo. Mis dĂas se asfixian, de vez en cuando, en la incertidumbre. Sin embargo, prefiero ser consecuente y tener paciencia de la cual, muchas veces carezco. Lucho con mi insatisfacciĂłn, pero es allĂ donde me digo que mis propias decisiones, me han llevado dĂłnde estoy. AsĂ que no puedo ser indiferente. No puedo engañarme.
Debo seguir adelante, por más que mi ser pese. Es preferible a vivir en la constante levedad de existir, en este mar de indiferencia. Pronto regresaré a la tierra, mis pies tocaran las olas y sentiré la brisa de la tranquilidad, mientras surco este mar de ausencias y angustias.
Solo busco ser feliz. Calmar esta incertidumbre que se hace incendio en mi pecho. Dejar que las hojas marchitas vuelen, mientras la tranquilidad del viento repliega está angustiosa soledad. Hace tiempo, deje de sentirme cansado. Me aleje de las tierras baldĂas, dĂłnde me iba hundiendo pero, he logrado rescatarme. No sĂ© que me depara la vida, aun asĂ, camino más firme que hace unos años. AprendĂ a recordarme para no olvidarme y saber que, soy yo quien debe salvarse. He permitido reconciliarme. Ya no soy tan ajeno y no divagĂł, como aquella balza que corrĂa por el mar buscando tierra firme, esperando llegar algĂşn dĂa al firmamento.
La palabra, siempre me ha salvado. Es de mis pocas certezas. Hoy me ha llamado y mañana, quizá, deba soltar su mano y dejar que camine libre, hasta volver a encontrarnos.
A la única persona que le pediré perdón hasta que muera, es a mi querida madre. Me disculparme por mi debilidad y falta de movilidad, ante una vida acelerada que procuro evadir, constantemente. Le pediré perdón por la falta de aliento que inunda mi cuerpo y muchas veces, invadiendo mi pecho de un peso que no me permite ir hacia alguna parte, me encierro en la incertidumbre de quien no quiere salir.
Esto puede sonar egoĂsta pero, la mayorĂa de las veces, no he escrito para nada ni nadie. Cuando me he propuesto, entre voluntad e incertidumbre, a escribir unas cuantas palabras al tiempo, lo hago para aliviar mi vida de tanta nostalgia, ahogando mi corazĂłn. Muchas veces, no tengo nada más que el instante en el que la eternidad me encuentra y escribo ciertas cosas, brindándome un destello de tranquilidad. Se que se irá esa voluntad y retorne al peso del sobre pensamiento.
AĂşn asĂ, no quiero molestar a nadie. Prefiero este silencio donde las palabras, de vez en cuando, me encuentran y acuden en mi ayuda, otorgando la tranquilidad de la que carezco.
La vida sigue. Entre noticias, murmullos y vacios, doy cuenta de la inclemencia del tiempo. Pasan los dĂas y no se hacĂa donde me dirijo.
Ya llegará el dĂa en que me sienta más tranquilo y menos fatigado, mucho más pleno y menos asfixiado. Esta vida, algunas veces hermosa y otras tantas inclemente, me hace pensar en que no somos más que olvido. En algĂşn momento, quizá, con el paso de los años y el recuento de memorias que perduren hasta el infinito, algo cambie. Por ahora, no hay más que abismos en este mar de ausencias.
Ustedes, quiénes no supieron descansar. Murieron caminando, aceleradamente con rumbo hacia la nada. No aprendieron del abuelo, quien los años le otorgó el temple de sentarse en una silla, ver pasar el cielo y limitarse, a tocar la guitarra. Se les olvidó, entre la ausencia de memoria y el constante aprendizaje de abismos que, hay que volver al ayer, para trasegar en el devenir del acuerdo.
Quisiera quitarme la vida del pecho, para asĂ, no sentir como me inunda este vacĂo. Me siento un poco cansado de la gente, aunque no quiera reconocerlo. No sĂ© hasta que punto logrĂ© aguantar. Procuro no dejarme ir, entre las voces que murmuran en mi entorno. Se me ocurre de vez en cuando, alejarme y estar en silencio. Recorrer los caminos donde me proteja el viento, con el abrazo de las hojas. Llegar a un sitio donde sentarme, luego del extenuante trasegar, para descansar y dejarme ir.
Quisiera quitarme la vida del pecho, para asĂ, no sentir como me inunda este vacĂo. Me siento un poco cansado de la gente, aunque no quiera reconocerlo. No sĂ© hasta que punto logrĂ© aguantar. Procuro no dejarme ir, entre las voces que murmuran en mi entorno. Se me ocurre de vez en cuando, alejarme y estar en silencio. Recorrer los caminos donde me proteja el viento, con el abrazo de las hojas. Llegar a un sitio donde sentarme, luego del extenuante trasegar, para descansar y dejarme ir.
Quisiera quitarme la vida del pecho, para asĂ, no sentir como me inunda este vacĂo. Me siento un poco cansado de la gente, aunque no quiera reconocerlo. No sĂ© hasta que punto logrĂ© aguantar. Procuro no dejarme ir, entre las voces que murmuran en mi entorno. Se me ocurre de vez en cuando, alejarme y estar en silencio. Recorrer los caminos donde me proteja el viento, con el abrazo de las hojas. Llegar a un sitio donde sentarme, luego del extenuante trasegar, para descansar y dejarme ir.
Mi pecho se cubre con una inclemente noche, dando pocos indicios de que llegue pronto el amanecer.
Soy mi propio recuerdo asĂ que, no debo olvidarme. Las memorias que han sido, se escurren entre los rincones de hojas sucias. Se que no debo olvidarme, aunque la vida sea cruel y la humanidad constante ruido. No se que me depara la vida. No sĂ© si soy dueño de mis actos. Voy al igual que el viento, tocando ramas de árboles secas, provocando el ruido de su caĂda, sin un sentido aparente.
Hubiese querido seguir surcando tus mañanas, para asĂ, lograr respirar tus amaneceres. Hubiese querido seguir caminando en tus tierras, pero los frutos nunca caen en mis manos, terminando vacias. No se que me depara el destino, pero esta tierra no me ha causado más que agravios y, aunque hubiese querido quedarme, no hay aquĂ que me sostenga, más que la infinita tristeza de no lograr ningĂşn avance.
Ser agradecido o voluntarioso no alcanza, cuando nada de lo que haces es suficiente. Pisas el abismo caĂdo de los dĂas, sintiendo el derrumbe de tus expectativas. Estas, rocas inmensas que no es posible, siquiera arrastrar.
Hubiese querido quedarme.
Esta tristeza que no me abandona y me inunda, mientras lucho constantemente para no ahogarme en el desasosiego.
Un espacio perdido en este tugurio de ciudad, me hace pensar en lo frágiles que somos. El tiempo pasa y lo poco que nos queda es, además de la seguridad de que llegara el final, no es más que esas pequeñas memorias, las cuales sobreviven al más triste olvido.