Run your mouth | GreenApple |
Harlequin "salva" a Pierrot en lugar de MC, y ahora el más alto le debe un favor (según Harlequin).
Este únicamente es contenido de fans para fans. ☟
☞ ¡Los personajes pertenecen a Neko Bueno, o nekoboydreams en Tumblr! ☜
Advertencias:
۵ Posiblemente los personajes no sean tan fieles al canon en algunas partes.
۵ Ship: GreenApple (Pierrot x Harlequin). Si no gustas de este contenido, puedes buscar un fanfic que se adecúe a tus intereses.
۵ No hay contenido sexual (ni implícito ni explícito).
۵ Historia lenta (posiblemente tenga algo de relleno).
۵ No hay MC.
۵ Final abierto.
Enlace para apoyar en Wattpad: Run your mouth
También, esta publicación va a ser muy, MUY larga... tómense su tiempo.
Aprovechar las circunstancias
Repartir folletos es una mierda.
Los humanos tienden a ignorarte, amenazarte con spray pimienta o incluso insultarte sin motivo alguno, como si tu mera existencia a su alrededor fuera motivo de ofensa.
Claramente buscaban culparlos por la acumulación de papeles en el lugar, entre otras cosas, pero eso no quitaba que fueran ellos quienes los esparcían dentro de los establecimientos y los despegaban de las paredes para pisotearlos.
De todas formas, Harlequin, buscando mantener su elegancia felina, se limitaba a sonreír y aceptar los rechazos, preguntándose internamente qué traía tan alterados a esos blandengues.
Se veía a la legua que en ese sitio no pasaba nada digno de mencionar, pero, maldita sea. ¿Allí no estaban acostumbrados a que la gente desapareciera de la noche a la mañana? Qué horror. Parar en ese pueblucho de pacotilla iba a ser un infierno.
Tras decidir que, por el momento, interactuar con los residentes era una pérdida de tiempo, optó por boicotear algunos negocios locales y tapizarles las ventanas con anuncios, pareciéndole sumamente gracioso hasta que notó un movimiento extraño por el rabillo del ojo.
Se asomó justo a tiempo para ver a Pierrot siendo empujado por un tipo del montón, quien lo insultaba y acusaba de cosas que, siendo sinceros, sí hacían.
Las quejas del hombre se prolongaron un tiempo mayor del que Harlequin era capaz de observar sin aburrirse, extrañándose cuando el más alto no hizo nada para defenderse.
Nadie hizo nada, en realidad.
¿Acaso planeaba dejarse pisotear así? ¿Dónde estaba el Pierrot que entraba en pánico y aniquilaba a todo ser viviente a su alrededor?
El sujeto continuaba con sus amenazas de abogados y policías, y Pierrot se dedicaba a esquivar su mirada, apretando los puños en un visible intento por mantener una cara indiferente.
Harlequin empezaba a irritarse.
No parecía que fuera a pasar algo interesante ahí. Pierrot protegería la reputación del circo, aunque esta le costara su dignidad, así que el de verde podría hacer oídos sordos y seguir con lo suyo…
Definitivamente eso sería lo más razonable.
En cambio, respiró hondo, caminando sin prisas hasta el fulano. Le dio dos ligeros toques en el hombro para captar su atención, haciendo una pose similar a una reverencia.
El individuo se giró con brusquedad, claramente sobresaltado por la facilidad con que Harlequin se cernía sobre él sin invadir verdaderamente su espacio personal, dedicándole una expresión que debería ser calmada, pero lucía amenazante.
“Caballero, lamento si ha tenido algún inconveniente con mi compañero, pero su rol le impide hablar”. Hizo una pequeña pausa, durante la cual se interpuso disimuladamente entre los miembros de la pelea unilateral, asegurándose de mantener la atención del conflictivo sobre él. “No es correcto que se meta con alguien que no puede defenderse”. Se sintió hipócrita al agregar esto, agradeciendo mentalmente cuando el par de espectadores presentes lo apoyaron y el mengano se marchó, todavía embravecido.
Bien. Ahora podría lucirse con Jester y decirle lo buen samaritano que había sido al defender a Pierrot de un sucio humano quejica. Posiblemente iba a exagerarlo un poco, incluyendo un arma punzante y a la víctima suplicando por ayuda, pero solo era para agregarle un poco de sazón a la historia.
Hablando del diablo, se giró hacia este para burlarse de su estado seguramente deplorable y humillado, encontrándose con una expresión de confusión tan evidente que casi parecía exagerada.
Teniendo en cuenta que todavía estaba curándose de una puñalada que Pierrot le dio apenas el día anterior, es válido asumir que este iba a sentirse como pez fuera del agua si su enemigo del alma saltaba a defenderlo de un patán.
¿Qué excusa debería darle?
Ni siquiera el mismísimo Harlequin tenía una puta idea de por qué había intervenido. Que jodan a Pierrot. ¿No? Es un llorón de porquería que, si no tuviera quien lo detuviera, ya habría acabado con el bífido en múltiples ocasiones.
¿Eres masoquista o algo así, imbécil?
¿Cómo podría darle la vuelta a esto y, en el proceso, asegurarse de fastidiar a Pierrot lo suficiente como para que no pareciera que había tenido un acto de buena voluntad con él?
Habían estado en silencio durante todo el lapso reflexivo del menor; tiempo suficiente para que Pierrot se recuperara del shock inicial y sintiera la necesidad de esclarecer sus dudas.
Harlequin se apresuró a hablar para interrumpir al larguirucho, que estaba a punto de abrir la boca, seguramente para interrogarlo. “¡Me debes un favor!” Soltó en un grito con muy poca planificación, apuntando a Pierrot con un dedo en vez de ayudarlo a levantarse.
Este se apresuró a ponerse de pie, acercándose únicamente para que el moreno no pudiera chivatearlo por romper la regla del mutismo. “¡No te debo nada!” Se apresuró a susurrar, pinchando el pecho de Harlequin con una garra. “¿Qué planeas ahora?”
Uff… qué alivio. Le estaba siguiendo el juego.
Harlequin se encogió de hombros, decidiendo que todavía podía extender un poco esa nueva narrativa. Sabía que a Pierrot le dolería en todo el ego tener una deuda con él, por muy ridícula que fuera, y definitivamente haría lo que le pidiera, incluso negando los hechos.
Por tanto, el de verde decidió fastidiarlo de una forma demasiado elaborada para lo que solía hacer: No pedirle nada.
Es decir, ¿qué podría querer de Pierrot?
Ese manojo de rencor y depresión no hace otra cosa sino buscar un reemplazo para lo que Harlequin le quitó. O sea, no tiene nada con una relevancia suficiente para que valiera la pena arrebatárselo.
Quizás podría pedir una tregua temporal o pequeños favores, pero eso sería muy simplón…
Tendría que pensarlo con más antelación. Saborear todos los posibles escenarios en los que podría tener a Pierrot a sus pies, resignándose a cumplirle algún capricho banal.
Entonces, optó por hacerse el interesante, permitiendo que el mayor se ahogara en la intriga.
Tras mirarlo de arriba abajo sin el mínimo disimulo, dio un paso hacia atrás, permitiendo que Pierrot ganara terreno. Solo por esta vez.
“Oh, no, no, no. Las deudas se pagan, querido”. Simplemente por las risas, Harlequin agarró uno de sus folletos restantes y se lo pegó en el rostro a Pierrot, ahorrándose el tener que ver su cara de homicida mientras se retiraba. “¡Y yo siempre cobro!”
Tal como Harlequin suponía, Pierrot continuó esquivando esa supuesta deuda una semana después, igualmente actuando como si buscara deshacerse de ella.
Apenas necesitaba concentrarse un poco para verlo moverse en la esquina de su ojo, percatándose desde el principio de la forma constante en que lo perseguía, como se mimetizaba con su sombra y escuchaba sus conversaciones a escondidas, dando a entender que quería terminar con ello sin tener que admitir nada.
¿No se daba cuenta de que Harlequin solo estaba jugando con él? Probando los límites de lo que sería capaz de hacer por librarse de ese favor.
El de verde, siempre dispuesto a seguir tanteando el terreno, se aseguró con disimulo de que su víctima de extorsión estuviera cerca, molestando a Ticket Taker para hacer mínimamente creíble su farsa.
Solo tenía que hablar en un tono evidentemente caprichoso, insinuando que anhelaba algo, y este objeto aparecía mágicamente en su caravana.
“Quisiera un abrigo de piel de cocodrilo”. Jester rodó los ojos cuando se lo dijo, mandándolo a lugares nada agradables por estar interrumpiéndolo.
Luego recibía una imitación, pero le parecía justo.
“Me gustaría tener un colchón extra”. Respondiéndole vagamente, Doctor comentó que podrían permitírselo si conseguían más dinero en próximas paradas, volviendo a sus experimentos.
Repentinamente, Pierrot parecía fatigado y adolorido en la espalda, aunque Harlequin disfrutaba su nueva cama.
“Ojalá tuviera una de las dagas de Pierrot”. La asistente frente a él, tan ida como estaba, únicamente repitió el monólogo que le habían impuesto sobre ayudar a los clientes del circo, haciendo que el bífido frunciera los labios con cierto desagrado.
No la quería para nada, pero se sorprendió al encontrarla clavada en su almohada, representando una clara amenaza.
Soltó un poco el nudo de su capa, tragando en seco. Ahora se vería en la obligación de pedir una almohada nueva…
Lo gracioso, al menos para él, era lo fácil que resultaba conseguir estas pequeñas ofrendas. Nada más tenía que comentarle a Pierrot, con cara de gato travieso, que todavía tenían algo pendiente, como si fuera ignorante de todos los regalos recibidos.
El mayor, consumiendo visiblemente la mecha de su paciencia, dejó de responderle tras la tercera burla, limitándose a gruñir y rodar los ojos.
Harlequin sabía que no podría aprovecharse de esto para siempre. Tarde o temprano sería encarado, y Pierrot, por mucho que le pesara, le cuestionaría directamente qué quería.
Y esa era una excelente pregunta.
Por mucho que se debatiera sobre ello, Harlequin no encontraba ningún pedido lo suficientemente alocado como para que Pierrot se negara y continuara con su fastidio.
¿Quizás podría optar por algo físico? Pedirle que se apuñalara a sí mismo para que entendiera lo que se sentía, pero en un área que no causara un daño letal.
O algo más humillante, entre regalarle cumplidos a Harlequin cada vez que se encontraran o que tuviera que dar shows exclusivos para él, haciendo bailes ridículos y hablando mal de sí mismo hasta que la víbora estuviera conforme.
También estaba la ruta peligrosa. Podría hacerles caso a sus pensamientos intrusivos que, por mucho que intentara purificarlos, casi siempre terminaban en lo obvio: Preferiría algo candente, pero entendía que era mejor no jugarse tanto el pellejo con esto.
Entonces, así estaban las cosas.
Pierrot actuaba relativamente tranquilo, acosando a Harlequin con tal de sacarle información y adelantarse a los acontecimientos, mientras el salvador disfrutaba en grande de ser el foco de la atención de ese grandullón.
Claro, ignorando que a veces el cazador puede convertirse en presa, lo cual ocurrió un día en particular.
Los roles parecieron invertirse cuando Harlequin vio a Pierrot saliendo de la carpa del Doctor con cara de pocos amigos, haciéndolo cuestionarse si podría aprovecharse de su situación para enterarse de lo que ocurría ahí dentro.
Ya estaba acostumbrado a verlos encontrarse, en privado, pero la curiosidad lo carcomía al nunca recibir pistas por parte del pelirrojo.
¿Qué hacían? ¿Terapia de choque? ¿Consumo de sustancias ilícitas? ¿Autopsias para conseguir los mejores ingredientes de cocina?
No se sorprendería si descubriera que Doctor convenció a Pierrot de dejarse usar como conejillo de indias, ver qué efectos tienen las drogas en ellos, sobre todo teniendo en cuenta que el tipo es bastante resistente.
Le parecía injusto que no le dejaran apreciar el espectáculo.
Con pasos ligeros, casi dando saltitos, el de verde agarró uno de los cascabeles de Pierrot y lo jaloneó para llamar su atención, soltándolo únicamente cuando el más alto lo obligó a hacerlo.
Llevó sus manos tras su espalda, inclinándose hacia su colega, riéndose un poco cuando este retrocedió con tal de alejarse de él. “¿Qué hacían ustedes dos?” Preguntó animado, ampliando su sonrisa cuando Pierrot le dedicó esa mirada de desprecio contenido.
“¿Qué te importa?” Escupió Pierrot, imitando un poco el tono empleado por su compañero, cortando la conversación al darse la vuelta para marcharse.
Pero Harlequin no se lo iba a poner tan fácil, siguiéndolo de cerca.
“Bueno, estoy aburrido y me da curiosidad. ¿Quién sabe? Puede que contarme esto sea el favor que-”.
Pierrot se detuvo en seco, tenso, dejando a Harlequin con la duda de cuáles palabras crueles podría soltar en su contra. El menor esperó algunos segundos, apenas logrando imaginar un chiste que ni siquiera llegó a ser pronunciado.
Lastimosamente, tuvo que tragarse sus palabras junto con un chillido de sorpresa, puesto que el larguirucho lo agarró por la camisa y lo obligó a entrar en una carpa vacía.
En cuanto la oscuridad se cernió sobre ellos, Harlequin puso todo su empeño en recuperar la compostura y rozó la mano de Pierrot sin intentar liberarse, acercándose un paso a la vez que hablaba en un tono bajo, casi íntimo. “Ay, Pierrot. Si tenías tantas ganas, podrías-”.
Nuevamente, el de cabello plateado lo interrumpió, soltándolo con un empujón que casi hizo que su compañero cayera al suelo.
“Me tienes harto”. Sentenció, evidenciándolo por la forma en que sus palabras se arrastraron por su lengua. “Pide. YA”.
Harlequin tragó en seco, levantando las manos en señal de tregua como si esto fuera a impedir que Pierrot se le lanzara encima en cualquier momento.
Así que ya no podía dar rodeos…
Pensando rápido, analizó su entorno, a Pierrot, terminando con la mirada clavada en su rostro. La forma en que sus ojos se entrecerraban mientras más se demoraba en dar una respuesta, su entrecejo fruncido, sus mejillas típicamente pálidas, su boca cerrada en esa mueca creada específicamente para él.
Un bombillo se encendió dentro de su cabeza, haciéndolo preguntarse cómo no se le había ocurrido antes.
Era atrevido, sin duda, y Pierrot no se lo daría ni aunque su vida dependiera de ello.
Respiró hondo, preparándose mentalmente algunos segundos antes de soltar la bomba.
Está de más decir que, esperadamente, lo único que recibió al soltar semejante burrada fue un violento beso de los nudillos de Pierrot, que acertaron amorosamente en la comisura de su boca.
Sí, se lo merecía, pero tampoco esperaba que el mayor tuviera la mano así de suelta, puesto que lo agredió al instante de terminar la oración. Mierda, que ni había tenido que pensárselo.
¿Tanto asco le daba? Increíble. Y eso que estaba haciendo el esfuerzo por lavarse los dientes todos los días.
Tras algunos segundos intentando acomodarse la mandíbula, y como si tuviera derecho a ello, Harlequin le devolvió la agresión, terminando envuelto en otra de sus peleas de señoras despechadas. Jalones de pelo incluidos, para variar.
Los gritos de guerra llegaron al punto de llamar la atención del resto del personal pensante del circo, quienes los detuvieron y sometieron en el suelo mientras Jester empezaba a enumerar los motivos por los que, básicamente, eran basura y debería dejarlos morirse de hambre a ver si aprendían la lección.
O quizás Harlequin lo estaba exagerando en su cabeza. Quién sabe.
El punto era que, teniendo en cuenta que no parecían dispuestos a detener sus peleas de niños, habría que tomar medidas extremas.
Harlequin no quería saber qué sería peor que tener que trapear todas las carpas después de las funciones, quedándose en blanco cuando una de sus muñecas fue esposada con la de Pierrot.
Ninguno dijo nada al respecto, quedándose con la mirada fija en el objeto que los apresaba.
Pierrot casi parecía dispuesto a cortarse la mano con tal de salir de este incordio.
Al contrario de él, el menor tuvo que contener una sonrisa al pensar en la forma macabra en que esto los unía, fingiendo que era toda una tortura para él.
“Llévense bien por una semana y los liberaremos”. Concluyó el líder con una sonrisa cínica pero agotada, dejando al par a solas y con la nueva obligación de… bueno, principalmente, no romper la cadena por accidente.
No era necesario tener dos dedos de frente para entender que el castigo se basaba en pasar vergüenza al tener que hacer todo juntos.
Lo cómodo y lo incómodo. Lo feo y lo bonito. Incluso las cosas más privadas podrían salir a la luz, pero el jefecito claramente estaba empezando a cansarse de contar hasta mil.
Seguramente lo veía como una oportunidad innovadora para que se conocieran mejor y arreglaran baches en su relación… o planeaba poner a todos en riesgo al tener que incluir a Harlequin en ciertas actividades…
Y ahí estaba él; siendo un ayudante en la cocina, aunque todos sabían perfectamente que su mera presencia ahí era de mal augurio.
Se veía que Pierrot no sabía si centrar su atención en asegurarse de que el de verde no tocara nada o en vigilar que la comida se preparara adecuadamente, escogiendo lo segundo cada vez que su compañero le lanzaba un beso, refiriéndose a la conversación de antes sin tomar en cuenta que el mayor tenía demasiados cuchillos a la mano.
Harlequin podía escuchar la melodía irregular del metal, que se agitaba cada vez que el cocinero ponía énfasis en cualquiera de sus acciones, notando que estaba revolviendo algo sin tener que voltearse a comprobar.
Sonrió con malicia al saber lo que pasaría si jalaba la cadena de improvisto, prefiriendo dejar esa idea de lado, ya que Pierrot no tendría piedad con él si lo hacía desperdiciar comida.
A ese grandullón le vendría bien subir algunos kilitos…
Decidiendo que no quería recordar el motivo por el que Pierrot tenía trastornos alimenticios, se permitió perderse en sus pensamientos, entre recuerdos de cuando era libre de hacer lo que quisiera y fantasías relacionadas a las ataduras y su concentrado compañero, apartándose inconscientemente cuando este extendió su mano hacia él, abriendo y cerrando los dedos como si pidiera algo.
El de verde levantó una ceja, percatándose de que Pierrot ni siquiera le estaba devolviendo la mirada.
“Dame el azúcar”. Tuvo que aclarar el de cabello largo, refunfuñando como si su asistente fuera adivino.
Harlequin, haciendo una mueca de asco al asomarse y comprobar que no estaban preparando dulces, tanteó entre los condimentos hasta encontrar uno con el que “mejorar” la recomendación del chef.
“¿Le vas a echar azúcar a la sopa? Qué asco”. Entonces, fingiendo que estaba ejecutando la orden, le ofreció el picante en polvo, cubriendo el recipiente con su mano y asegurándose de rozar la de Pierrot en el proceso, sabiendo que esto lo iba a distraer de ver el contenido.
Pudo sentir el calor de su piel, incrementado gracias a su cercanía con el vapor, percatándose de un leve temblor que antecedió el apresurado alejamiento de su extremidad.
Tal como se esperaba, el mayor le dedicó una mirada de disgusto y le sugirió, porque esa no era una petición, que no lo hiciera de nuevo, llegando a poner un poco del polvo rojo antes de percatarse del timo.
Se giró lentamente hacia Harlequin, sujetando el recipiente otorgado con suficiente fuerza para quebrar un poco el vidrio, empezando un intento poco civilizado de echarle el picante en los ojos a su asistente.
Por suerte, Jester se asomó a tiempo para impedir que el moreno quedara ciego de por vida, obligándolos a fingir que eran los mejores amigos.
Los observó con detenimiento, sonriendo al no notar nada fuera de lugar. Luego, se marchó, ignorante de la vena a punto de explotar en la frente de Pierrot.
Este no quiso continuar su venganza, apartando bruscamente a Harlequin para agarrar él mismo lo que le había pedido, dándole un martillo de moler carne con la misma antipatía.
El menor supuso que molestar a Pierrot ya no era una opción de entretenimiento, bufando cuando se le dio el material con el que trabajar.
Estaba aburrido, incluso aunque le habían pedido como único favor que golpeara algo de carne hervida con un mazo. Hacía el movimiento sin muchas ganas, siendo convencido por un antojo al ver la textura de la carne sin triturar.
Llevó un pedacito a su boca, decidiendo que el sabor era demasiado insípido para él… pero, quizás, con un poco de sal…
La cosa era completamente diferente.
Pierrot estaba a sus espaldas, y era un milagro que todavía no hubiera notado que estaba llenándose las mejillas de este nuevo gusto. Seguramente arreglar su despropósito era más importante que asegurarse de que Harlequin estuviera haciendo su parte, cosa que este aprovechó hasta darse cuenta de que casi no había dejado nada sobre la tabla de picar…
Pierrot pareció notar finalmente que no había ningún movimiento tras él, apenas teniendo que dar un vistazo para notar la carencia de carne y la grasa restante en los labios de Harlequin.
Este hizo un gesto breve para que se calmara, jurando que no había sido intencional, apenas logrando esquivar un sartenazo que iba directo a su cabeza.
Nuevamente, el escándalo que causaron fue suficiente para alertar a sus compañeros, y Jester, viendo que esta vez hicieron un desastre en la cocina, se vio en la obligación de liberarlos y reducirles las raciones de comida.
Esperaba que la fatiga los calmara un poco.
Con vitaminas en la mano y cara de estar comiendo gusanos crudos, Harlequin pensó en las diversas elecciones que tenía disponibles para salir de su martirio:
Opción 1: Tomarlas una por una y tener que soportar sus texturas y sabores acumulándose en su boca.
Opción 2: Tragárselas todas a la vez con el riesgo de que se atoraran en su garganta (de nuevo).
Opción 3 (y la más tentadora): Esperar a que nadie lo estuviera mirando para botarlas en algún arbusto, incluso sabiendo que esto traería un día largo y sin energía.
Maldijo que Jester, en vez de disculparse adecuadamente por estar matándolos de hambre, les diera esas pastillas asquerosas como suplemento, cerrando los ojos y respirando hondo antes de probar una nueva estrategia: Masticarlas.
El resultado fue incluso peor que todo lo anterior, siendo un alivio tremendo cuando Doctor le extendió un vaso con agua. Esto no sirvió para quitar la repugnancia que cubría su lengua, pero al menos pudo salir de su agonía sin vomitar en el proceso.
Tal vez viviría mejor si se escapara…
Sus quejidos moribundos fueron eclipsados por una risita poco común.
Harlequin se volteó instantáneamente, más molesto que curioso, hacia Pierrot, y lo encontró disfrutando abiertamente de su sufrimiento.
El menor le sacó el dedo del medio y se retiró a cumplir la aburrida tarea de cada mañana, acordándose casualmente de esa deuda que había sido impuesta semanas atrás.
Sabía que Pierrot no iba a pagarla, y él terminaba malherido cada vez que se lo recordaba, así que, de momento, planeaba olvidarse de ello.
Chasqueó la lengua mientras cubría los carteles de personas desaparecidas con folletos del circo, criticándose por no haber pedido algo que realmente valiera la pena.
¿De qué sirvió su travesura sino para estar hambreado todo el día? Si hubiera sabido que terminaría así, le habría forzado a invitarlo a una cena. Quizás, después de mucho vino y carne, Pierrot habría estado lo suficientemente cómodo como para acompañarlo a su caravana, charlar, acercarse, y…
Se golpeó la frente un par de veces, buscando distraerse de las cochinadas que intentaban ocupar sus pensamientos.
Ya tendría tiempo para eso en la noche.
Tras un par de horas, con el calor creciendo y la fatiga acosándolo, Harlequin se sentó en un callejón a disfrutar la sombra, maldiciendo que ninguna brisa pasara por ahí para refrescarlo.
Asumió que sería mejor ir a un lugar más abierto, deteniéndose en seco al percatarse de quién se acercaba.
Pierrot, con la palabra “deshidratación” escrita en toda la cara, estaba caminando en su dirección, cabizbajo, lo bastante agotado como para ignorar la presencia del menor.
Era obvio que andaba en piloto automático, seguramente en dirección al circo, a juzgar por sus manos vacías.
Él definitivamente se estaba viendo más afectado que Harlequin por esa dieta obligatoria. Si ya de por sí era difícil de creer que la sangre le llegara al cerebro, la anemia únicamente iba a acabar con su existencia.
O tal vez el de verde solo exageraba y Pierrot estaba en su peso, pero era difícil de saber con tanta tela cubriéndolo.
Al paso al que iba, lento como tortuga, el bífido tuvo tiempo de sobra para planear cómo verificar su anchura, escondiéndose maliciosamente en el callejón.
Cuando el mayor pasó de largo, Harlequin se arrojó hacia él para jalar su cinturón, quedándose paralizado al comprobar lo delgado que era su torso. Ni siquiera él llegaba a ese punto, sintiendo un pesar incómodo en el pecho al caer en cuenta de que se encontraba en ese estado por su culpa.
Es decir, siempre lo metía en problemas al fastidiarlo hasta que se defendía, y había repercusiones para ambos por ello.
El arrepentimiento lo entretuvo hasta que Pierrot le dio un golpe en la cabeza, fuerte, pero no tanto como solía serlo.
Más motivos para que Harlequin se hundiera en la autocrítica, preguntándose qué pasaría si un grupo de humanos rodearan al de cabello plateado y este no se pudiera defender por estar en las últimas.
Tenía que haber alguna forma en que pudiera enmendar las cosas…
“¡¿Cómo te atreves a golpearme cuando no eres capaz de devolverme un favor?!” Reclamó, sintiéndose aliviado al ver que el enojo revivía la expresión de su compañero, quien se arregló la prenda ajustada antes de empezar a alejarse. “¡¿No puedes invitarme a comer como compensación?!”
Esperó alguna reacción, pero Pierrot ya estaba demasiado lejos.
En la noche, antes de que iniciaran los shows, la víbora entró sin preguntar a la caravana de Jester, exigiéndole descaradamente a Ticket Taker que se marchara para hablar en privado con el jefe.
Los principales encargados del circo se miraron mutuamente, y el bicolor terminó por acceder al ver recibir un asentimiento del de cabello púrpura, retirándose a realizar sus labores.
Harlequin se sentó sobre la mesa de Jester, aplastando papeles seguramente importantes en el proceso, haciendo un intento de pose sexy que únicamente causó que su superior lo mirara con asco.
“Hola, jefecito”. Saludó, inclinándose sobre la “madre” del grupo, sonriendo cuando este empezó a frotarse la frente.
Era increíble que estuviera estresado aunque no había hecho nada todavía.
“Si vienes a llorar por Columbina otra vez, te voy a decir lo mismo de siempre: No estabas en condiciones de elegir, y todos te hemos perdonado”. Acto seguido, empujó a Harlequin con cierta brusquedad, burlándose silenciosamente de él al verlo caer de nalgas al suelo.
Indignado, el moreno se puso de pie y golpeó el escritorio con sus manos, actuando exigente.
“Quiero hacer un trato contigo”.
Jester levantó una ceja, curioso por el repentino deseo del menor.
“No vamos a repartir más boletos rosados hasta llegar a la próxima ciudad”.
Una lástima. Conociéndolo, aprovecharía esto para torturarlos unos días más.
“No es eso…” Murmuró, mirando alrededor, meticuloso, como si hubiera alguien escondido bajo la mesa. “Quisiera que le dieras parte de mis raciones a Pierrot”. Las palabras salieron aceleradas de su boca, irritándose al sentir sus mejillas calentándose por decir esa bobería.
Había pedido cosas peores sin tapujos. ¿Por qué esto lo avergonzaba tanto?
“¡Oh! No puede ser”. Jester lo miró con la misma ternura que se le dedica a un niño que recién aprende a hablar, pero no podía ocultar su mueca macabra. “¿Lo dijiste al revés? Creo que quisiste decir: Dame parte de las raciones de Pierrot”. Harlequin bufó ante su tono infantil, negando con la cabeza. “¿En serio? Qué milagro. ¿A qué se debe?”
Harlequin dudó un poco, sabiendo que el líder se percataría instantáneamente de sus mentiras, igualmente prefiriendo arrojarse al foso de leones antes que confesar nada. “Creo que estoy subiendo de peso”.
Era la excusa más vaga del siglo, y Jester lo analizó de arriba abajo, insatisfecho con esa respuesta, mas se encogió de hombros, accediendo.
“¿Buscas ganarte la amistad de Pierrot?”
Harlequin se tensó ante esto, frunciendo el entrecejo. “¡Ni se te ocurra decirle! No tiene por qué enterarse de esta conversación”.
Sintió el sudor bajando por su espalda de solo imaginarse lo que sería capaz de hacer el larguirucho si se enteraba de esto. Podría interpretarlo como que el de verde estaba tratando de envenenarlo o algo similar, y eso solo empeoraría su estado.
Mejor que pensara que era la buena voluntad de su jefecito.
Jester entrecerró los ojos, viendo en primer plano como Harlequin se hundía rápidamente en los nervios. “Respóndeme con la verdad”. Ordenó, haciendo que el menor se sintiera abrumado por su mirada inquisitiva. Empezaba a marearse. “¿Por qué quieres ayudar a Pierrot tan de repente?”
Harlequin tragó en seco, parpadeando con fuerza y sacudiendo la cabeza, aliviándose al salir del trance.
Esquivó los ojos de su superior, fastidiándose por la poca confianza que este le mostraba. “No soy tan malo como todos creen…” Y salió apresurado del lugar, sintiéndose todavía más ofendido cuando divisó al malagradecido de rojo a pocos metros de ahí, tomando agua como si la vida se le fuera en ello.
La furia lo llevó a patear la parte de atrás de la rodilla del más alto, haciéndolo caer al no estar preparado para ello. El líquido que tenía en mano los empapó a ambos en el proceso, y a Ticket Taker, que también se vio afectado al estar frente a Pierrot.
El taquillero regañó fuertemente al menor por haber fastidiado su atuendo, y lo delató con el jefe cuando se acercó a preguntar qué había ocurrido.
Jester, visiblemente agotado tras escuchar la nueva travesura, le mostró una sonrisa perturbadora a Harlequin. “Como no aprendes, tus raciones serán enteramente para Pierrot durante tres días”. Luego, le guiñó un ojo, actuando como si le estuviera haciendo un gran favor.
¡Ese maldito solo estaba haciendo lo que le daba la gana!
Harlequin protestó ante esta resolución, puesto que nunca quiso llegar al extremo de quedarse sin comer. Claramente, fue ignorado por los demás presentes, haciéndolo preguntándose si debería volver a sus orígenes y buscar algún jabalí que cazar.
Jester solía ponerse creativo con los castigos, expresando un sadismo que mostraba su gusto morboso por mantener el control a toda costa, sin importar que eso dificultara la vida de sus allegados.
Quien más experimentaba las torturas de su mente retorcida era Harlequin, quien, siendo el alma joven del grupo, tendía a creerse que se las sabía todas y que nadie podría domesticarlo.
Había estado convencido de ello hasta hacía poco.
Finalmente era el tercer día de su ayuno forzado, y el hambre lo había calmado al punto de que parecía un muerto viviente.
Como Jester no tenía otra cosa aparte de maldad en su corazón (según el de verde), también lo obligó a acompañarlos a la mesa, forzándolo a verlos comer, echándole en cara que ese podría ser él si se dejara de joder.
Incluso el mismísimo Pierrot se mostraba incómodo ante esto, comiendo tímidamente sin dignarse a devolverle la mirada al compañero que habían sacrificado en su nombre.
Harlequin se alegró de que, al menos, luciera algo mejor. No como él, que, pese a estar siendo maltratado por su “madre”, todavía lo tenían haciendo trabajo forzado.
El de púrpura no le había permitido salir del circo desde que le impusieron su nuevo castigo, a sabiendas de que podría desmayarse. Había que agradecerle que le tenía una mínima consideración.
En lugar de repartir folletos, lo forzó a practicar sus actuaciones, ayudarlo a diseñar escenografías y, sobre todo, meditar.
Vaya mierda. Ni que conectarse con el universo fuera a resolver su vida.
Intentando ignorar el fastidio que se acumulaba en su cabeza, distraerse para no escuchar a todos masticando, el moreno recorrió con la mirada al difunto descuartizado que se encontraba sobre la mesa, pensando que empezaba a alucinar.
El rostro de Columbina estaba en lugar del de cualquiera que fuera esa persona, cosa que Harlequin sabía que no era posible, puesto que ese era un cuerpo masculino.
Chasqueó la lengua, llegando a pensar que su fantasma había esperado este momento para burlarse de él, tomando un cuchillo de mesa y clavándoselo en el ojo al cadáver.
Todos se quedaron en silencio ante el repentino acto de violencia, observando al agresor con una mezcla de curiosidad y preocupación.
La mano de Harlequin temblaba, todavía sosteniendo el utensilio, chasqueando la lengua sin apartar la vista de esa cara jocosa que se mofaba por su entrada en la locura.
“Tengo tanta hambre que podría comerme a Columbina otra vez”. Escupió, más para insultar a su alucinación que para ser escuchado, percatándose de que prácticamente lo había gritado cuando Jester se levantó del tirón, dándole una bofetada.
El menor recibió el golpe sin protestar o cubrir su mejilla, sabiendo el peso que sus palabras tendrían para Pierrot, quien empezó a mirar su pedazo de carne como si esta le hablara.
No hubo un intercambio de insultos, una discusión, nada.
Jester, tras mirarlo con decepción durante algunos segundos, simplemente le ordenó que empezara a organizar los escenarios.
Ver la sangre coloreando el agua hacía que Harlequin se fastidiara, no solo por tener que cambiarla constantemente para terminar su labor, sino también porque, en ese instante, sería capaz de lamer la sangre del suelo si eso le traía algún alivio.
Se humedeció los labios, dejando que el olor metálico que llenaba el lugar lo hiciera imaginarse la textura de un delicioso filete, recién planteándose que el jefe podría impedirle comer un día extra por haberse dejado llevar por la esquizofrenia.
Suspiró, maldiciéndose mentalmente por haber hecho esa bobería.
Apenas sobrevivió gracias a que había logrado escaparse de vez en cuando y robar una que otra cosita, pero ya estaba cansado de eso. Las chucherías no lo llenaban adecuadamente, y cada vez se sentía más tentado a abalanzarse sobre los cajeros.
Estampó el trapeador contra el suelo, ofendiéndose cuando el líquido rojo salpicó por todos lados, aumentando su trabajo.
Estuvo a punto de llamar disimuladamente a un tonto para que lo ayudara con eso, estremeciéndose al sentir una presencia a sus espaldas, esperando que Jester no hubiera descubierto sus intenciones.
“¿Por qué sigues molestando a Pierrot?” Habló lento, paciente, al mismo tiempo que notoriamente cansado del tema.
El moreno continuó trapeando el suelo ensangrentado, silbando alguna canción inventada para hacer oídos sordos a la pregunta de su superior. Casi parecía que estuvo esperando a que le tocara limpiar su carpa para acorralarlo.
Jester bufó ante el ridículo intento por ignorarlo, pisando elegantemente el palo del trapeador para forzar a su compañero a prestarle atención. “Harlequin, fuiste demasiado cruel. Pierrot estaba tranquilo hasta que dijiste eso… ¿no puedes dejarlo respirar un poco?”
La víbora estuvo por rodar los ojos, conteniéndose al saber que su superior no se lo tomaría nada bien.
Claro. Sería fácil dejar al de cabello plateado para que reflexionara, sanara y superara todo, pero, ¿qué pasaba con él?
Se aburría de todo fácilmente, y era comidilla para sus pensamientos cuando no tenía nada en qué distraerse. No era su culpa que lo único que lo mantenía en pie era la hostilidad de Pierrot hacia él, su forma de darle a entender que no merecía nada más que repulsión.
Carraspeó la garganta, encogiéndose de hombros e intentando actuar desinteresado.
Afortunadamente, tenía muchas excusas para dar sin sonar como un tonto arrepentido que se odia a más no poder, siendo lo suficientemente ciertas como para que Jester no pudiera saber que, a fin de cuentas, estaba mintiendo.
Aun así, sus ojos púrpuras sobre él provocaban que su boca se secara, haciéndolo divagar.
Seguramente se estaba planteando leer su mente. Casi podía sentir el típico dolor de cabeza que aparece antes de ser un extraño en su propio cuerpo, provocándole un escalofrío.
Pensó en resumir sus sentimientos en verdades baratas como “es que me gusta su cara enfadada”, “es su culpa por ser una presa fácil” o “así me aseguro de mantenerme activo, ya que tengo que esquivar constantemente sus ataques”, buscando a toda costa evitar aquella deuda que, en cierta forma, mantenía a Pierrot amarrado a él.
Era una lástima que ya no le diera regalitos, puesto que el pedido estaba hecho, pero se sentía bien tener algo de poder sobre Pierrot. Eso le gustaba pensar.
Al mismo tiempo, entendía que era mejor que sus superiores no se enteraran de ello. No sabía cómo podrían tomárselo.
Cuando el silencio se prolongó demasiado, puesto que Harlequin prácticamente se olvidó de responder, Jester chasqueó los dedos frente a su rostro, haciéndolo sobresaltarse.
El líder se acercó, ladeando la cabeza sin apartar la mirada de su familiar, presionando más de su peso sobre el trapeador. Harlequin no lo soltó, perdido en el contacto visual.
“¿No crees que terminará odiándote a este paso?” En vez de desprecio o acusación, el bífido pudo escuchar cierto pesar en sus palabras, quedándose con la boca entreabierta.
Entonces, analizó el mensaje, obligando a su rostro a mantenerse indiferente al percatarse de un detalle: ¿Pierrot no le odia todavía?
Entendió eso porque Jester habló como si no fuera el caso, sino una molestia que crece y se enreda hasta ser imposible de alisar.
De todas formas, en el caso improbable de que solo se tratara de malas aguas entre ellos, ¿qué podría hacer para arreglarlo?
Sabía que Pierrot no aceptaría ninguna disculpa que le diera, aunque explicara y se justificara, aunque se arrodillara y suplicara, aunque lo dejara desquitarse por todo…
Su expresión se había vuelto seria antes de que se percatara de ello, con la mirada perdida en el fluido rojizo que empezaba a secarse en la madera.
“No creo que algo cambie si…” Murmuró, quedándose a mitad de la oración y respirando con dificultad, como si volviera en sí.
Miró a Jester con cierto terror, y este le devolvió una mirada curiosa. Harlequin agradeció que solo se tratara de sus disociaciones y no de que el pelilargo se hubiera colado en su cabeza. Otra vez.
Buscando desaparecer su reacción anterior, se llevó una mano a la cintura, actuando altanero.
“Si él no puede soportar una simple broma, no va a llegar demasiado lejos”. Concluyó, repentinamente agotado, esperando hasta que Jester apartara su pierna para continuar con su labor.
Claramente, la “madre” del grupo no estaba conforme, pero ese no era su asunto.
Ambos se giraron hacia Ticket Taker cuando este reveló su presencia en el lugar, cruzado de brazos con una mueca digna de haber resuelto un misterio elaborado. “¿Acaso temes que Pierrot se aleje de ti si deja de menospreciarte?” Su tono era igual de confiado que su cara, obligando al menor a pensar rápido al sentirse acorralado.
Mantuvo su pose creída, fingiendo que le había ofendido la declaración del segundo al mando.
“En vez de preocuparte por mí, deberías empezar a poner más restricciones de edad. Un anciano se resbaló en un charco y estuvo gritándome durante horas”.
Deseos de cosas inalcanzables
Por primera vez, Harlequin se alegró de abandonar un pueblo, asociándolo con la inmensa cantidad de desventuras que había sufrido en ese lugar.
Regresó ahí únicamente para liberar su estrés acumulado, arrojándole los folletos sobrantes a cualquier pueblerino que se encontrara, además de maldiciéndolos a gritos. Sus caras de sorpresa y enojo eran regocijantes para él, apreciando mucho cuando el mismo tipo que acosó a Pierrot se apareció entre la muchedumbre buscando pelea.
Le dio una bofetada bien coreografiada y se dio por satisfecho, dando saltitos mientras huía, demasiado extasiado para plantearse que podrían buscar represalias en contra suya.
Una vez llegó a su destino, envuelto por un aura radiante de euforia, sintió como sus buenas vibras eran destrozadas por un simple recado de su superior: Ayuda a Pierrot a desmontar y transportar las cosas.
Ya estaba harto de ver las carpas debido a todas las horas que pasó limpiándolas los últimos días, ¿y ahora también tendría que desarmarlas? Sonaba gratificante al pensarlo. En la práctica, involucraba pelearse con los anclajes, las cuerdas enredadas, el riesgo de quedar atrapado bajo las lonas… espera-, ¿con Pierrot?
Estaba seguro de haber escuchado bien, y su jefe no tenía cara de estar gastándole una broma pesada.
“No pensé que tuvieras tantas ganas de enterrarme”. El de verde se cruzó de brazos, negando con la cabeza a la vez que chasqueaba la lengua, decepcionado. Se preguntaba si su empleador había planeado esto para forzarlo a pasar tiempo con su enemigo.
Dejó de moverse cuando el de morado no le siguió el juego, interrogándolo con la mirada sobre la veracidad de sus palabras.
¿Apenas estaba recuperando sus fuerzas y ya querían arrojarlo al pozo de los leones? Bravo.
Que no se sorprendieran si se lo comían vivo.
El cabecilla, demasiado relajado para el gusto del menor, le sonrió con suficiencia, dándole un par de palmaditas en el hombro como consuelo. Solo con la punta de los dedos, pero el gesto era lo que contaba. “Necesito comprobar si vas a portarte bien sin tenerte pasando hambre”.
Harlequin instantáneamente se hizo el ofendido, sacudiéndose exageradamente el lugar donde había recibido apoyo. “¡¿Cómo te atreves?! ¡Sabes que ese loco va a matarme en cuanto estemos a solas! ¡No iré!” El líder entrecerró los ojos, haciendo que el moreno retrocediera. Ahora le tocaba escoger si prefería perecer bajo las garras de Pierrot o el sadismo de Jester, y la respuesta era demasiado obvia. “¡Esto es abuso de poder! ¡Ten en cuenta que regresaré de entre los muertos para jalarte las patas!”
Refunfuñando sobre cuán molesto era que se estuvieran metiendo en su forma de resolver los problemas, Harlequin buscó por el establecimiento hasta toparse con su némesis, quien le miraba con una confusión creciente a medida que el más bajo se le acercaba.
La verdad: estaba cagado.
Solo se hacía el duro por si eso prevenía que Pierrot le saltara al cuello, y como no le hizo nada cuando se vieron fijamente durante algunos segundos (cara a cara gracias a que se paró de puntillas), supuso que estaría a salvo.
De todas formas, permaneció otro rato mostrando quién mandaba, sorprendiéndose al ver al de rojo suspirando e, irónicamente, rompiendo el silencio.
“¿Buscas algo?” Se apartó mientras hablaba, girando el rostro en otra dirección. Sus mofletes se habían coloreado un poco, pero el menor lo pasó por alto.
Guardándose la típica frase del mapa y de haberse perdido en sus ojos, la víbora resopló, quitándole a Pierrot una caja que tenía en las manos y colocándola junto a otras. Luego se sentó sobre ella, haciéndose el trágico.
“El jefecito quiere que trabajemos juntos”. Llevó una mano a su frente, sollozando sin lágrimas, provocando que Pierrot rodara los ojos por su mala actuación.
Tomó un martillo que estaba junto a Harlequin, haciendo que este se pusiera alerta al suponer que lo golpearía con eso. En cambio, y misteriosamente, el pelilargo rehuyó de la cercanía, carraspeando la garganta.
“En ese caso, puedes apilar los asientos de esta carpa en ese camión”. Señaló la dirección en que estaban los vehículos, apuntando con la cabeza hacia donde él se dirigía. “Yo me encargaré de deshacer el escenario”.
El de verde lo observó, visiblemente descolocado, intentando entender por qué su compañero no se había puesto histérico en cuanto descubrió que tendría que soportarlo durante horas.
Es más: Parecía que le daba igual.
¿Acaso Doctor le había administrado alguna droga? ¿Jester lo había amenazado? ¿Ticket Taker lo había atrapado hablando en público y lo regañó? ¿Simplemente estaba lo suficientemente deprimido como para ser amable? Si es que eso último tenía algún sentido…
Se pellizcó el brazo para comprobar que no se tratara de una alucinación, yendo a hacerle lo mismo a Pierrot cuando lastimarse a sí mismo no dio resultados.
El de cabello plateado le dio un manotazo y le exigió que se pusiera a trabajar, viéndose forzado a vigilar a Harlequin debido a que este constantemente intentaba escaparse de su labor.
Es decir, ¡ya lo habían desgastado demasiado! Al paso al que iba, terminaría siendo más musculoso que Doctor, y no estaba interesado en tener ese tipo de físico.
A regañadientes, el menor continuó haciendo su parte, sacándole la lengua a Jester cada vez que este aparecía para comprobar que no se estuvieran matando. Incluso los elogiaba por ser buenos chicos, consiguiendo miradas que rondaban la repulsión y el desentendimiento.
Por su parte, Pierrot se esforzaba con demasiada obviedad por no encarar a su acompañante, desplazándose rápido cada que este se le acercaba.
Harlequin, explotando sus neuronas para encontrar el motivo más obvio, supuso que se estaba conteniendo con tal de no molerlo a golpes, regañándose mentalmente tras recordar la cara de horror que puso el mayor al oír su mensaje para el cadáver.
E igualmente siguió presionando.
¿Cómo podía contenerse si tener a ese grandullón huyendo de él era lo más divertido del mundo?
Únicamente necesitaba aproximarse lo suficiente, simulando que estaba colaborando, y Pierrot correteaba como si estuviera en presencia de un gran predador. Después, si actuaba perezoso, obtenía el resultado opuesto, logrando tomarle el pelo a su compañero con alguna mirada mojigata. A veces, hasta un roce casual.
Tenía al de cabello plateado como un bumerang, alejándose de él y volviendo a su lado sin que apenas tuviera que esforzarse, y sintió que este día sería recordado con mucho más cariño del que esperaba.
Quizás esa misma presión fue la que los llevó a terminar relativamente temprano, aceptando la libertad que les dio su jefe para hacer lo que quisieran antes de partir.
Pierrot subió una colina para relajarse; escuchar a los pájaros, oler flores, mirar el atardecer. Quién sabe, cosas de chico fresa.
Y, por supuesto, Harlequin lo siguió como si no tuviera otro sitio al que ir. Como si fuera el único lugar donde quisiera estar.
Milagrosamente, el de rojo no protestó cuando se sentó a su lado, decepcionando al bífido, quien esperaba que la violación a su espacio personal lo pusiera de los nervios.
En vez de echarlo, el mayor mantuvo la vista fija en el horizonte. En el pueblo que estaban dejando.
Harlequin, curioso, buscó con la mirada aquello que tenía tan ensimismado a Pierrot, bufando al no encontrar nada relevante. “¿Qué estamos mirando?” Cuestionó, achinando los ojos mientras se acercaba un poco a su colega, pretendiendo que quería analizar mejor el escenario.
Pierrot se mantuvo sereno, arreglándose un mechón despeinado por el viento. Su acompañante siguió el movimiento con deleite, tragándose las burlas que podrían en evidencia su admiración.
“Siento que me perdí de algo…” Confesó en voz baja, algo decaído.
Fastidiado sin motivo aparente, y en vez de apreciar el intento de apertura emocional, Harlequin puso los ojos en blanco, murmurando un sarcástico “seguro al amor de tu vida”.
Esta palabrería sacó a Pierrot de su estado de indiferencia, haciendo que encarara al moreno con el ceño fruncido y una mueca de “Hijo de puta. Cortaré tu lengua, la cocinaré y luego te obligaré a comértela”.
Así lo interpretó la serpiente.
“¿Qué quieres?” Preguntó secamente tras una extensa guerra de miradas, durante la cual, sin el mínimo disimulo, Harlequin bajaba los ojos hasta los labios ajenos, sonriendo cada vez que Pierrot se enfadaba y se retiraba del contacto visual.
Se encogió de hombros, acercándose un poco a su socio, asegurándose de bajar el tono de voz. “Todavía me debes algo”. Tocó su propio labio inferior con la punta de su garra, ladeando la cabeza ante la prácticamente inexistente reacción del mayor. Apenas un seguimiento desinteresado de sus acciones, y un leve movimiento de su garganta al tragar. “Y, aunque tuviera cosas mejores que hacer, me da la gana de estar aquí”.
Después de verlo como a un enfermo terminal, Pierrot le sonrió con sorna, haciendo que el menor se pusiera paranoico por cualquier cosa que pudiera soltar. Trapos sucios, seguro.
“Jester me lo contó”. Confesó, girando el rostro mientras su sonrisa temblaba, intentando ocultar inútilmente un leve sonrojo.
Harlequin se quedó en silencio, reflexivo, cuestionándose cuál de todos sus secretos había salido a la luz. Es más, ¿cuál de todos ellos podría hacer que Pierrot reaccionara así? Victorioso y penoso a la vez.
Tuvo que repasar varios de ellos, sintiendo como sus mejillas empezaban a arder al recordar el más reciente. Casi se atragantó con el aire que respiraba, parpadeando repetidas veces. “¿Raciones…?” Fue todo lo que alcanzó a decir, maldiciéndose por haber hablado con un hilo de voz. Pierrot accedió con la cabeza, haciendo que el de verde quisiera ahorcar a su jefe por chismoso. “No sé por qué te alegras tanto. ¡Ahora me debes dos favores!” Gritó con la finalidad de huir de la humillación pública, no esperándose que su compi lo empujara con suficiente fuerza para hacerlo rodar colina abajo.
Una vez se le pasó el leve mareo de las volteretas, insultó a Pierrot por dejarlo cubierto de tierra y pasto, sorprendiéndose al enfocar su rostro.
Tenía una sonrisa fuera de lo común; no era forzada, tensa o cortés, sino reluciente. Auténtica.
Que estuviera burlándose de él pasó a segundo plano cuando Harlequin sintió su pecho retozando, llamándolo codicioso por anhelar ser digno de ese sentimiento.
Lastimosamente, el éxtasis no podía durar por toda la eternidad, terminando cuando Pierrot recapacitó y se retiró.
(Supuestamente) Sin favoritismos
La ventana del asiento del copiloto estaba medio abierta, provocando que el aire se sintiera un poco más estancado de lo que debería.
Harlequin tendía a asomar medio cuerpo durante los recorridos largos, esmerándose en recordar que el mundo no eran solo esos asientos duros, pero, sentado junto a Jester, esto no sería posible.
Las trenzas de su jefe se habían deshecho varias veces por culpa de las ventoleras, y no estaba dispuesto a tener un accidente porque todo el pelo le volara a la cara, así que habían optado por tener una única ventanilla entreabierta.
De esa forma se ventilaba su entorno y el de verde podía contentarse con sacar la cabeza, pero eso no aminoraba el remordimiento que se asentaba en su pecho.
Cada cuanto, le dedicaba una miradita juzgona a Jester, quien fingía no notarlo con tal de mantener la paz.
Pero, claro. Ya habían tenido demasiadas charlas sobre expresar abiertamente sus sentimientos y no contener las emociones negativas, lo cual daba riendas sueltas a que Harlequin se negara a mantener la boca cerrada.
Inclinó su torso cerca de su superior, incluso frunciéndole el ceño para que no tuviera forma de hacerse el loco sobre el sentido de la plática.
“¿Por qué se lo dijiste?” Se aseguró de sonar recriminatorio, pasando un brazo sobre el espaldar del asiento del conductor. Sabía que le saldría caro, pero quería intimidarlo, o al menos hacerlo entender que ser el jefe no le daba derecho a hablar de él a sus espaldas.
No supo qué pensar cuando Jester sonrió un instante, como si recordara algo enternecedor. Luego, dudó, o eso parecía por el silencio previo a una confesión.
“Pierrot me preguntó por qué había sido tan cruel contigo”. Desvió la mirada de la carretera solo un instante, comprobando que la expresión del menor había cambiado a absoluta confusión. “Es decir, por qué escogí dejarte sin comer por tres días con tal de dárselo a él, ya que normalmente me bastaría con disminuir tus raciones”.
Harlequin sintió un estremecimiento abrumador entre sus costillas, imaginándose la posibilidad de que el de cabello plateado se hubiera preocupado por él, apresurándose a descartarlo como simple curiosidad ante los inusuales acontecimientos.
Seguramente quería saber la razón para burlarse de él con fundamentos.
Recomponiéndose del micro infarto, chasqueó la lengua, pegándose al mayor sin importarle que podría desconcentrarlo. “¿Entonces vas a empezar a romper mi confianza con tal de contentar a ese llorón?”
Jester soltó un breve ‘hmm’, reaccionando como si acabara de descubrir lo cercanos que eran.
“¿Disfrutaste tu tiempo de tranquilidad con él?” Preguntó de vuelta, apartando no tan amablemente el rostro de su compañero sin quitar la vista del camino.
Avergonzado por ser atacado de forma tan rastrera, el bífido se mordió la lengua y gruñó, cruzándose exageradamente de brazos. “¡Ese no es el punto!” Los recuerdos de esa tarde seguían frescos en su memoria, causándole revoloteos que el pelimorado no tenía razones para descubrir. Tragó en seco, cruzando los dedos por no ser atrapado pensando en eso. “Y tampoco te voy a responder, no vaya a ser que también se lo soples a tu niño dorado”.
El líder rodó los ojos, empezando a tamborear sus dedos contra el volante. Harlequin temió haber agotado su paciencia, apartándose un poco, por si acaso.
“Lo siento”. Dijo al fin Jester, dejando a su acompañante boquiabierto. “No debí haberlo dicho sin tu consentimiento, lo entiendo”. El menor escuchó como pisaba y aflojaba el acelerador, luciendo arrepentido y decidido a la vez. “Pero no veía otra forma para que pudieran llevarse bien”. Le dedicó una miradita de regaño, relajándose apenas. “Si tan solo dejaras de fastidiarle la existencia y hablaran como personas normales, serían los mejores amigos del mundo”.
La víbora bufó, sacando una de sus manos por la ventana y amasando el viento.
Él no quería ser amigo de Pierrot.
Ya había probado ese pastel, y el sabor era demasiado agrio. Demasiado carente.
A la vez, tampoco se sentía con el derecho de ser algo más. Era una escoria andante. Por eso se esmeraba en arruinarlo todo cuando las cosas empezaban a encaminarse.
Sería demasiado doloroso tenerlo a su alrededor sin poder estar tan cerca como quería, así como influenciarlo o contaminarlo al punto de que se convirtiera en otro ser.
Por muy egoísta que fuera, lo quería tal como estaba: Infeliz, medianamente saludable, y, por suerte, lejos.
Tras algunos segundos reflexionando sobre esos estúpidos sentimientos que lo acosaban tanto como la culpa, suspiró, acariciando uno de sus cuernos expuestos. “Nosotros no somos personas”.
Jester hizo una breve mueca de amargura ante este recordatorio, limitándose a dar un cabeceo afirmativo. “Tienes razón”. Le concedió, rompiendo el aire sombrío al despeinar los rizos de Harlequin con su mano libre. “Y para que no chilles, te voy a compensar con una buena comida. Espera a que lleguemos al próximo lugar”.
“¡¿Estás intentando comprarme con comida?!” Lo acusó mientras luchaba por separar la extremidad ajena de él, peinándose con los dedos al lograr librarse. “Quiero un filete enorme, ¡o me comeré a Pierrot!”
El mayor se contuvo de bromear con un “ya has hecho cosas similares”, simplemente haciendo un sonido de aceptación.
El ambiente había vuelto a ser calmado, casi aburrido, por lo que el escamoso se dedicó a mirar por la ventana, desestimando el repentino removimiento de su colega.
“Tú… ¿aprecias a Pierrot?” El mayor trató de ser cuidadoso al hablar, dudoso para sorpresa de Harlequin, causando que su cerebro procesara lentamente sus palabras.
Supuso que no era nada bueno cuando el mayor prácticamente se mofó, teniendo que cubrirse la boca para calmarse. “Eres demasiado obvio”.
“¡Cállate!” Se apresuró a decir el copiloto, igual de paniqueado que si Pierrot hubiera estado frente a ellos. Al notar la mirada enojada de su superior, se vio en la obligación de gruñir un “lo siento”, empezando a mordisquear una de sus garras, preguntándose si era lo suficientemente expresivo como para que él lo hubiera notado.
Recién se percataba de que había sido demasiado abierto al pedir aquel beso, pero esperaba que Pierrot lo hubiera considerado otro intento por joderle el día.
Estuvieron un rato escuchando los rugidos del motor y la brisa que entraba por la ventanilla, cada uno metido en sus propias meditaciones, terminando cuando Jester se cansó de sentir las emociones negativas consumiendo apresuradamente al moreno.
“¿Quieres pasar más tiempo con Pierrot?”
Harlequin resopló. “¿Vas a leer mi mente si no te respondo?”
“Por supuesto”. Su pronunciación demostraba que solo era una broma, igualmente mortificando al menor.
Este apoyó su frente contra el cristal, ignorando que el movimiento del vehículo lo desestabilizaba una y otra vez. “Tramposo”. Murmuró con un puchero infantil, deteniéndose a ver su reflejo. No se parecía en nada a ella. Sin facciones suaves, sin ojos gentiles, sin voz naturalmente angelical. Él era un maldito demonio a su lado. “Solo quisiera…” Las palabras murieron instantáneamente en su garganta, siendo apresadas por su mandíbula apretada.
Jester supuso que buscaba hundirse en sus autocríticas otra vez, decidido a no dejarlo consumirse en su presencia.
“En la próxima curva te va a tocar conducir a ti”.
La víctima de sus artimañas se sobresaltó ante esta nueva tarea, resurgiendo de sus cenizas.
“¡No es justo! ¡Pierrot se la pasa durmiendo mientras nosotros manejamos!”
“Él no tiene carnet de conducir”.
“¡¿Por qué no le hacen uno nuevo?! ¡Ya se tomó esa excusa para vaguear!”
“Pierrot trabaja más duro que tú”.
“¡Deja el favoritismo por una vez!”
Fueron nuevamente envueltos por el mutismo cuando Harlequin volvió a abrazarse a sí mismo, refunfuñando, buscando con la vista algún arbusto lo suficientemente mullido para saltar por la ventana y caer sobre él.
“No prefiero a ninguno de los dos. Por eso me meto tanto en que hagan las paces”. Reflexionó sobre su propio discurso, carraspeando la garganta para corregir algo. “Que hagas las paces contigo mismo”.
El de verde entrecerró los ojos, fastidiándose porque constantemente cuestionaran su sanidad mental.
Como venganza, se afanó en hacer una pose coqueta que reforzara sus insinuaciones, sonriéndole a Jester como si lo tuviera en la palma de su mano. “Si nos quieres a Pierrot y a mí por igual, ¿también sientes ese mismo aprecio por Bil?”
Estuvo a punto de burlarse al apreciar como los mofletes de su jefe se coloreaban ante su inocente interrogante, borrándosele la emoción al escuchar lo que el mayor tenía para decir. “Si tienes energía para parlotear, puedes empezar a conducir”.
“¡¡¡NOOOOOO!!!” Reaccionó como si le hubieran disparado a su tío, pero sus quejas cayeron en oídos sordos.
Las carpas ya estaban montadas, el público acaparando el espacio como hormigas explorando una dulcería, y todo apuntaba a que sería la típicamente aburrida noche de espectáculos.
Mismas historias, mismos actos, quizás algún que otro evento digno de mencionar, pero, a fin de cuentas, la cháchara de siempre.
Harlequin estaba terminando de alistarse cuando escuchó a Jester llamándolo desde el exterior de su caravana, pidiéndole que fuera a la suya una vez estuviera listo.
Rodó los ojos, preguntándose qué podría querer.
Sabía perfectamente que estaba libre de reprimendas, y se guardó el veneno alrededor del grandullón para no empezar la semana con ayuno, así que tenía mucha curiosidad con respecto a este llamado. Es decir, dudaba mucho que se tratara de algo bueno, viniendo del de morado.
Se tomó su tiempo para llegar, abriendo la puerta mientras anunciaba su llegada con un cántico, haciendo una mueca de perro persiguiendo motos al toparse con el mal tercio en la sala.
¿Acaso Pierrot se había inventado alguna historia para joderle el buen humor? Maldita sea. Era peor que él.
“Yo no fui”. Exclamó firmemente, quedándose en la entrada con los brazos cruzados.
Jester y Pierrot intercambiaron miradas confusas, encogiéndose simultáneamente de hombros antes de que el jefe le indicara a Harlequin que pasara.
Este lo hizo a regañadientes, fulminando con la mirada al larguirucho, todavía convencido por la teoría inventada en su cabeza.
“Quería informarles sobre la decisión que he tomado”. El de verde estuvo a punto de preguntarle si la opinión de Bil, Doctor o la de ellos, los afectados, no contaba para nada, siendo interrumpido por su superior. “Van a tener un acto conjunto esta noche”.
El menor no tardó ni un segundo en reírse a carcajadas, tomándoselo como una especie de broma pesada. Cuando Jester no imitó su reacción, sintió su garganta secándose, asegurándose de no mirar a Pierrot por temor a cuál podría ser su expresión.
Agradecía que no le hubiera apuñalado al instante.
“¿En serio? Qué porquería”. Intentó actuar como si no estuviera recomponiéndose, llevándose una mano a la cintura y secando disimuladamente el sudor en su nuca. “¿Se supone que debo contar una historia mientras este trágico me lanza cuchillos?”
Escuchó un pequeño gruñido por parte del mayor, guardándose un suspiro de alivio al no recibir represalias.
“Puede ser lo que ustedes quieran”. Jester sacó un libro grueso y algo polvoriento, posiblemente destinado a aprender el idioma de su próximo destino. “Decídanlo juntos”.
Posando igual que si varios focos estuvieran sobre él, Harlequin se aseguró de mostrar todo su atractivo y potencial, siendo capaz de lanzar serpentinas sobre sí mismo si las tuviera a mano.
“No hace falta, ya que, hagamos lo que hagamos, terminaré acaparando la atención”. Su ego hablaba por él, desvaneciéndose lentamente al percatarse de la mirada de Jester. Era diferente a la típica amenaza implícita, pareciéndose más a un ‘por favor, inténtalo’ suplicante y miserable. Suspiró ruidosamente, bajando los hombros con desdén antes de finalmente voltearse hacia Pierrot. “¿Tú qué quieres hacer?”
Observó a su compañero llevarse un dedo al mentón y fruncir el entrecejo, adaptando esta pose reflexiva apenas un segundo, sonriendo sin timidez. “Podríamos atarte con cinta adhesiva a una rueda y hacerte girar, además de vendarme los ojos mientras te lanzo dagas”.
Con mayor confianza de la que normalmente tendría, el menor le dio un manotazo suave en el costado, escuchándolo soltar una risita. “¡No digas eso! ¡El jefecito es capaz de cumplirte el capricho!”
Pierrot le dio un ligero empujón, mirando hacia la nada, quizás imaginándose ese evento catastrófico.
Una vez se percató del suave picor en la palma de su mano y la ausencia de una paliza, Harlequin se sintió tentado a preguntar por qué el de cabello plateado había sido tan… ¿receptivo? ¿Indiferente? ¿Manso?
¿Por qué está actuando como si nada?
Sabiendo que era lo mejor para su integridad física, se lo guardó, esforzándose por recordar la última vez que habían tenido fricción directa sin que este terminara de forma desastrosa.
“Los dos tienen que estar de acuerdo”. Aclaró el encargado, mostrándose levemente irritado al notar pequeñas aperturas en las páginas. Cerró el diccionario, colocándolo en un rincón de su mesa. “Y sin violencia”.
Quien sonaba amenazante era él, viéndolos intercaladamente, esperando propuestas innovadoras.
Ticket Taker deshizo el ambiente de incertidumbre al asomar la cabeza por la puerta, mostrando una confianza que llamó la atención del menor.
“¿Ya se decidieron? Pronto deben empezar las funciones”.
¿Así que el bicolor también estaba enterado de toda esta artimaña? Vaya desgraciados. Parecían una mafia de viejas chismosas.
“¿Puedo proponer algo?” Supuso que el silencio a continuación era una aceptación, ingresando elegantemente a la habitación. “¿Por qué no hacen un baile sincronizado? Ambos son… elásticos”.
“¿Te refieres a ballet? Qué desagradable. Me niego a vestirme de rosita y dar saltitos por ahí”.
“Todavía podemos volver a la guerra de cuchillos”.
“Hagan lo que quieran”. Cortó el líder, acariciándose la frente sin preocuparse por estirarse la piel. “De todas formas, anunciamos que habría un show experimental. Si fracasan, tenemos la excusa”.
Harlequin se sorprendió un poco por la minuciosidad con que Jester había planeado cómo arruinarle la noche, saliendo del lugar irritado y con Pierrot a sus espaldas.
¿Cuánto chance tenía de escaparse si lo intentaba en ese momento?
El pelilargo estaba detrás suyo, caminando en la misma dirección, puesto que todos los panfletos dispersos por el suelo señalaban una carpa en específico, siendo donde se realizaría ese novedoso espectáculo.
¿Por qué no lo vio mientras los repartía?
Una vez entraron tras bastidores, manteniendo una distancia prudente, le preguntó a Pierrot qué planeaba hacer, gruñendo al no recibir ninguna respuesta.
Solo le quedaba esperar que los llamaran al escenario e improvisar, deseando que esto no culminara con él haciendo el completo ridículo.
Durante sus ejercicios de calentamiento, se percató de que la presencia a su costado se movía, creyendo verlo aproximándose por el rabillo del ojo.
Sus sospechas se confirmaron con un breve vistazo, causándole un tamboreo estruendoso entre las costillas.
Carajo. Estaba tan cerca.
Tampoco es que estuviera justo al lado. Podría estirar el brazo e igualmente no lo alcanzaría, aunque le resultaba sumamente extraño que no hubiera peleado previamente con tal de estar lejos de su enemigo. Ni antes, ni ahora. Otra vez actuando como si no le importara.
¿Qué quería? ¿Empujarlo en cuanto fueran el centro de atención? ¿Hacerlo tropezarse hasta que comiera suelo? ¿Colocarse en medio para opacarlo con su cuerpo?
Una parte de su mente le decía que merecía todo eso y más, pero se negaba a aceptarlo.
La voz de Jester resonó mientras se abría el telón, anunciando el comienzo del martirio.
Harlequin estaba preparado para irse por su lado, quizás coquetear un poco con el público hasta pensar en algo interesante, paralizándose como una cabra asustada al sentir la mano de Pierrot envolviendo su muñeca y jalándolo al centro del escenario.
El foco los siguió hasta ahí, provocando que el resto del lugar pareciera un borrón oscuro.
“¿Qué haces…?” Se las arregló para murmurar el moreno, tenso de una forma incómoda y dolorosa.
Pierrot, siguiendo su rol, se abstuvo de contestarle, luciendo curioso al apartar un mechón del rostro de Harlequin, destrozando el espacio entre ellos en cuanto la música empezó a sonar.
Lo primero que hizo el de verde fue investigar la fuente del sonido, soltando todo el aire de sus pulmones al sentir la mano contraria apoyarse suavemente en su espalda baja, los dedos entrelazándose, el calor contrario abrumando completamente el resto de sus sentidos, haciéndolo derretirse como un pedazo de hielo en verano.
¿Qué clase de trampa es esta?
Ni siquiera pudo oponer resistencia al vals improvisado que Pierrot parecía buscar, preguntándose el ritmo a seguir, puesto que el sonido de sus palpitaciones ensordecía sus oídos, volviéndolo tímido y torpe.
Apenas podía respirar sin concentrarse en ello, queriendo escapar con todas sus fuerzas al encontrarse cubierto de sudor por culpa de los nervios, enterándose rápidamente de que eso no sería posible.
Cada insistencia por soltarse era interpretada, tal vez no de forma intencional, como una incitación a acelerar el paso.
Es decir, Pierrot lo sujetaba con firmeza antes de atraerlo de un tirón, acercándose y alejándose tortuosamente. Harlequin temblaba cuando sus cuerpos chocaban, huía del contacto visual a menos que lo sujetaran del mentón para levantar su rostro, y solo podía agradecer que las luces lo cegaran para no ver a su contrincante burlándose de él. De su impotencia, de su miedo, de cualquier sentimiento repulsivo que estuviera revolviendo sus intestinos.
Jadeó, ardiendo al recibir un ligero apretón en la cintura antes de obligarse a girar.
Tras la elegante pirueta, volvió a caer entre los brazos ajenos, encontrando milagrosamente el valor para encarar a su némesis.
En vez de la esperada repulsión, lo atrapó mirándolo a los ojos con una expresión que, en ese preciso momento, el menor era incapaz de comprender, sintiendo que estaba metiéndose donde no debía.
Mierda. ¿Qué cara él mismo tenía en ese momento?
Sonrió pobremente, fingiendo que esto era una obra coreografiada y no chantaje emocional.
De todas maneras, esforzándose por demostrar que no era un maniquí al que podían mover a su gusto, intentó hacer aportes al baile, estremeciéndose al sentir la respiración contraria sobre su rostro durante un acercamiento inusual.
Estaba más que seguro de que Pierrot lo había notado, ¿y cómo no hacerlo? Su cuerpo se sacudió como si tuviera espasmos, y la sonrisa arrogante que le era dedicada no ayudaba a subirle los humos.
Temía que el larguirucho planeara acabar el acto con una certera puñalada al corazón, todo por darle un toque dramático al asunto, aferrándose a sus hombros cuando, delicadamente, fue inclinado hacia atrás.
“¿Recuerdas la deuda?” Pronunció aquella palabra con cierto desprecio, recibiendo un cabeceo afirmativo casi imperceptible.
Obviamente la recordaba, y la maldecía, pero no entendía en qué venía al caso. Mas, su desconcierto se convirtió en pánico al ver a Pierrot cerrando los ojos, sosteniéndolo de modo que no pudiera escapar de su empeño por mortificarlo.
Harlequin forcejeó bajo su agarre, suplicándole con un hilo de voz que terminara esa farsa, cerrando los ojos con fuerza al suponer que tendría que aceptarlo.
Harlequin sintió como la respiración del de rojo se detenía a escasos centímetros de su rostro, claramente distraído por la oscuridad que se cernió sobre ellos, y supo que esta oportunidad no podía ser desaprovechada.
Buscando librarse de su agarre, y sin ocurrírsele nada mejor, le dio una patada en la entrepierna (o donde creía que estaba, ya que el cambio de iluminación había sido demasiado repentino para verlo).
Escuchó un quejido agónico y salió del agarre ajeno con soltura, corriendo tan rápido como la adrenalina se lo permitió.
Apenas podía ver su alrededor, histérico, chocando con varios humanos y tirándolos al suelo, pero no le importaba. Todos sus instintos le gritaban que buscara un lugar seguro, que se refugiara, y estaba demasiado alarmado para acordarse de no actuar como un salvaje.
Una vez sintió que estaba lo bastante lejos, y mirando constantemente por encima del hombro en busca de algún persecutor, no se lo planteó dos veces antes de meterse en una carpa vacía, escondiéndose tras algunas cajas.
Se abrazó a sí mismo con fuerza, forzándose a respirar hondo y procesar lo ocurrido, colapsando una y otra vez en la misma pregunta: ¿Por qué estaba intentando besarme?
Sabiendo la naturaleza de su relación, e ignorando que recientemente el comportamiento de Pierrot había sido extraño, Harlequin decidió que únicamente estaba intentando librarse de la deuda. Pero eso simplemente no tenía sentido. Uno no intenta devolver un favor que niega desde el principio, no él, y que haya tenido la intención de hacerlo en un lugar público…
¿Baile, roces y luego beso? Qué cursi. Todo demasiado al estilo dulce y meloso de Pierrot.
Probablemente trataba de humillarlo. Sí, exacto. Quería que todos lo vieran como la pasiva que no era, o simplemente hacerlo quedar como un debilucho que ni siquiera puede decidir quién lo toca.
Desagradable, cretino y desvergonzado, agarrándolo de esa forma…
Fue abrumado por un estremecimiento al poder sentir el toque fantasmal de su enemigo, vívido por el poco tiempo que había tenido para recuperarse.
Maldita sea. Estaba actuando como un verdadero ridículo aquí. La situación ni siquiera podría rozar el erotismo, y ahí estaba él, temblando de los nervios y con el pulso acelerado como una presa acorralada.
Que no hubiera escupido su corazón por la garganta era el único punto a su favor.
Volvió a tensarse, pese a que seguía en modo defensivo, al escuchar pasos acercándose a su posición. En caso de que fuera el larguirucho, sacó las garras y se ocultó en un punto estratégico, indispuesto a permitirle continuar donde lo habían dejado…
No. Harlequin no era un gatito asustadizo. Además, ¡él mismo había pedido ese estúpido beso! Debería solo aceptarlo y tratar de convencer a Pierrot de ir más allá, no huir en cuanto parece mínimamente dispuesto a darle lo que quiere.
Intentó relajar su cuerpo, resultándole inútil al discernir una figura abriendo la entrada de la carpa.
Para este punto, su visión ya estaba adaptada a la oscuridad, percatándose de la expresión confundida que Jester mostró solo un instante, antes de que hicieran contacto visual.
Ninguno dijo nada durante un momento, y Harlequin trató de actuar como el tipo duro que no se escapó de su interés… físico, quizás.
El bífido abrió los ojos de par en par, esperándose cualquier pregunta o crítica, pero nunca algo tan amistoso.
Qué bonito. Uno de los causantes de esta situación preocupándose por las consecuencias. Alguien dele una estrellita.
Nuevamente, intentó hacerse el corazón de piedra, minimizando la gravedad de su ataque de pánico. “Duh. Estoy agotado”. Teatral, secó el sudor que cubría su frente, regañándose por la cantidad absurda que la cubría. “Solo vine a relajarme”.
“¿Al almacén de herramientas?”
“¿Qué tiene? Quiero aprender trucos con serruchos, como partirme a la mitad, ya sabes”. Subió y bajó las cejas, insinuante, bufando por la persistente seriedad del pelilargo.
“¿Él estaba propasando tus límites?” Sorprendido por la constante hipocresía, Harlequin quiso reclamarle que el principal violador de privacidad era su propio líder, quedándose en silencio cuando Jester se acercó, mirándole con una lástima absolutamente desagradable. No te compadezcas. Lo hace peor. “Te veías aterrado…”
Prediciendo lo que parecía un abrazo, el de verde se apartó de su superior y cubrió su rostro con sus manos, queriendo arrancárselo debido a la vergüenza ajena que empezaba a invadirlo.
¡No tenías que decirlo, jefecito! ¡Ya lo sabía!
Suspiró la mitad del aire en sus pulmones, rodeando lentamente al mayor para salir de ese lugar. Empezaba a sentirse asfixiado. “Bueno, si ese bruto te agarrara de la nada y te doblara a su voluntad, también te daría asco”.
“Tu cara definitivamente no era de asco”.
Harlequin puso los ojos en blanco, fastidiado de que el de morado se negara a soltar el tema. Se cruzó de brazos, agradeciendo que su desvarío emocional se hubiera calmado lo suficiente para que su voz sonara con normalidad. “Deja de exagerar. No fue nada”. Parecía que intentaba convencerse más a sí mismo que a quien lo interrogaba, pero, por suerte, Jester lo dejó pasar.
Seguramente sabía que la víbora no diría nada, y no iba a insistir por una causa perdida.
Aun así, sostuvo a Harlequin del brazo cuando este pensaba que finalmente podría ser libre, haciendo una breve mueca de aversión antes de soltarlo. “Deberías ducharte”.
El menor levantó un brazo y se olfateó sin modestia, mirando juzgón a su jefe. “Pero si no huelo mal”.
“Luces como si hubieras estado en una sauna durante horas”.
Harlequin todavía podía sentir el sudor enfriándole el cuerpo, y era absolutamente desagradable, por lo cual cedió, retirándose mientras le restaba importancia a la mirada inquisitiva del mayor.
Conociendo la proximidad de su show en solitario, se apresuró a llegar a su caravana, buscando toallitas húmedas en el desorden de su armario.
Por desgracia, no había ningún río o lago cerca, de modo que era eso o alquilar un motel para lavarse, y era obvio cuál opción resultaba más barata.
Ay, Jester. Maldito tacaño.
Se quitó las prendas superiores, parándose frente a su espejo de cuerpo completo antes de iniciar el acicalamiento. Tenía como excusa que necesitaba deshacerse de cada gota de sudor, frotando un par de toallitas contra sus brazos.
Al llegar a su torso, soltó un resoplido por la cantidad de cicatrices que había ahí, algunas más antiguas que otras, pero al menos ninguna estaba abierta.
De hecho, llevaba más de dos semanas sin conseguir nuevas marcas para la colección, lo cual era un récord.
Acarició las más recientes, fijándose casualmente en su figura general, sacando la lengua con disgusto al ver que su cintura no era lo suficientemente estrecha.
Columbina era más delgada, delicada.
Tendría que estar literalmente en los huesos para llegar a ese extremo, así que no, gracias.
Dio un salto al escuchar como la puerta se abría, alertándose al encontrarse en un estado vulnerable. La cosa cambió un poco al toparse con la mirada de Pierrot, indiferente pese a que tenía la mitad de su cuerpazo al descubierto.
Cubrió su pecho con sus manos, actuando como si realmente le avergonzara ser encontrado así. Habían compartido cambiador algunas veces, después de todo.
“Pervertido~”. Chilló mientras se retorcía, ‘tímido’, automáticamente lanzándose sobre su cama y haciendo una pose descaradamente sugerente, palmeando el espacio vacío para que el intruso se recostara ahí.
Ojalá y realmente no se le tirara encima. Ya había tenido bastante con lo de antes.
Y Pierrot también, a juzgar por su cara larga.
Parece que sí le dio al blanco.
El más alto le dedicó una mirada a su torso, tal vez, porque el vistazo fue tan pasajero que Harlequin dudaba que hubiera ocurrido fuera de su imaginación.
Entonces, cauteloso, el de cabello plateado empezó a romper la distancia entre ellos, desestimando la forma en que Harlequin se tensaba a medida que acercaba su mano a él.
Era difícil no percatarse de cómo el de verde lo miraba. Amenazante, actuando igual que si la extremidad de Pierrot fuera un fierro ardiendo.
Estuvo a punto de alcanzarlo cuando se apartó fuera de su alcance, asemejándose a un gato erizado.
Al percatarse de que había escapado aunque claramente no estaba sucediendo nada, pretendió actuar desinteresado, deseando evitar a toda costa explicar por qué se sentía inseguro con la proximidad de Pierrot.
Es decir, estaba acostumbrado a que se le acercara únicamente para lastimarlo. Habían tenido esa dinámica durante tanto tiempo que no había chance de mágicamente acostumbrarse a ser amistosos entre ellos, o cualquier cosa a la que el grandullón estuviera jugando.
Ese imbécil no tenía por qué saberlo; o, mejor dicho, Harlequin no tenía la intención de explicárselo.
El silencio se había extendido excesivamente, y sería sospechoso si mantuviera la cara de mala leche.
“¿Qué? ¿Tienes intenciones ocultas conmigo?” Bromeó, dándose cuenta de que no sonaba tan patán como usualmente.
“¿Por qué te alejas cuando yo me acerco?”
Así que lo notó y le dio igual.
Harlequin se encogió de hombros, sacando un disfraz de repuesto para no tener que verle la cara. “No puede ser nada bueno cuando viene de ti”. Murmuró aquella respuesta a medias, y esperaba que se contentara con eso, puesto que no pensaba soltar nada más.
Pierrot le dedicó una breve mirada de incredibilidad, negando con la cabeza. “Mira quién habla”. Susurró, dándose la vuelta para marcharse, deteniéndose antes de agacharse para pasar por la puerta. “Buena suerte con tu espectáculo”.
El menor lo observó irse, dedicándole malos deseos por hacerlo sentirse así.
Podría considerarse algo bueno, ya que, al menos, su alejamiento no parece estar relacionado con un plan malvado de venganza o el odio volviendo a invadir su ser. Simplemente tiene cara de estar en su propio mundo, reflexivo, alejando su pelvis de las piernas de Harlequin cuando este pasa cerca de él.
Es como un perro escondiendo la cola entre las patas.
Claramente, el de verde ha aprovechado esta privacidad al máximo, fastidiando al mayor a sabiendas de que este volvió a estar a la defensiva cerca de él.
Aunque parece culpable, en cierta forma.
No va directamente a pelearse con el bífido por desordenar sus ingredientes de cocina, apenas reacciona al recibir burlas o empujones inoportunos, y tampoco se molesta cuando le dedican un comentario cruel.
Esa indiferencia era tan extraña en él que parecía otra persona.
O sea, si lo que buscaba era convertirse en un latoso igual que Jester, estaba cumpliendo su rol a la perfección, puesto que las chances de verlo responder eran igual de inexistentes que los regaños de Doctor.
Y esto, contradictoriamente, solo irritaba más a la víbora.
¿Entonces ya habían llegado al punto donde ni siquiera valía la pena despreciarlo? ¿Ahora le daba igual lo que hiciera?
Harlequin no quería pensar de esa forma, sobre su irrelevancia para la existencia de Pierrot, pero su nuevo comportamiento daba a entender justamente eso.
Estaba hundido en la penumbra, empezando a entristecerse pese a que pocos días atrás no quería ni verle la cara al payaso rojo. Era insoportable que lo ignorara de esta forma. Incluso una falta de respeto.
¿Primero intentaba robarle un beso y luego fingía que no existía? Excelente. Le arrancaría los labios de un mordisco.
Refunfuñando, se removió sobre el colchón doble, cerrando los ojos con fuerza y obligando a su mente a quedarse en blanco.
Sus esperanzas de forzarse a dormir fueron en vano, puesto que su cabeza seguía dirigiéndolo a cuando el larguirucho entró a su habitación, cuando se acercó a él, la chispa de culpabilidad que cruzó sus ojos al verlo alejándose con escepticismo.
Al mismo tiempo, sabía que eso no sería posible ni en un millón de años. Debía haber alucinado por el estrés. Pierrot no puede-… no debería sentir lástima por él. Le resultaba humillante que su propio enemigo lo viera como una criatura de mente frágil.
Es más, ¿por qué no se burló al instante de su estado? De su huida.
Tenía todo lo necesario para destruir su autoestima y lo dejó pasar, marchándose como si fuera él quien arrastraba pecados imperdonables.
¿O acaso estaba esperando el momento oportuno? ¿Otra vez recurriría a los espacios públicos para acorralarlo? ¿De verdad actuaría como un blandengue y le permitiría hacer de sus fechorías?
Maldita sea, Pierrot. ¡Haz lo que vayas a hacer!
Se levantó de un salto, rasguñando su almohada en un ataque de frustración. Las plumas se dispersaron a sus pies, suaves y desperdiciadas, haciéndole cosquillas al descender.
Respiró hondo, dejándose caer de rodillas junto a su cama. El desorden se quedaría ahí hasta que se le ocurriera hacer algo al respecto, razón por la cual prefirió apoyar la frente en el colchón, permitiendo que su mirada se perdiera en la nada.
Menos aún ganas de seducir a algún humano para agotar sus energías, optando por salir de su caravana y recibir aire fresco.
Supuso que sus compañeros estarían dormidos a esa hora de la noche, por lo que ni siquiera se molestó en ponerse algo más elegante que un short y una camiseta, paseándose tranquilamente por el lugar.
La brisa traía un incómodo aire frío que provocaba que sus piernas expuestas se erizaran, pero siguió avanzando, notando como algo empezaba a colarse en su línea de pensamiento.
El inicio de algo terrible.
De repente, los gritos de los grillos se convirtieron en la cosa más molesta sobre la faz de la Tierra, haciéndolo cubrirse la boca con una mano y curvarse hacia adelante, mareado.
Se forzó a mantenerse de pie, contener las náuseas que nublaban su visión. Su respiración se entorpecía por las constantes arcadas, y el pánico florecía instantáneamente en él a medida que sus pulmones se quedaban sin aire.
¿Por qué siempre inventaba excusas para resignarse al sufrimiento…?
La primera vez que Pierrot lo apuñaló, el dolor fue tan intenso que ni siquiera pudo aguantarse los gritos. Y lo aceptó. Se convenció a sí mismo de que era lo correcto. Que, incluso si esa agonía acababa con él, estaba bien.
Columbina debió pasarlo peor mientras se la comían viva.
Tú hiciste que eso pasara.
Negó bruscamente con la cabeza, cubriéndose los oídos con las manos y balbuceando excusas insignificantes para alejar esos pensamientos que estaban destruyéndolo.
Era doloroso, tanto en el sentido físico como en el espiritual. Seguir lidiando con eso por su cuenta acabaría con su cordura…
Cierto, Jester. Debía ir con él para que se los llevara lejos.
Agitado, arrastrando las piernas como si estas no le pertenecieran, se dirigió hacia la caravana del de morado, esperando que la jaqueca no lo hiciera desfallecer a mitad de camino.
No estaba lejos, por suerte, pero su cuerpo dejó de obedecerlo en el peor momento posible, haciéndolo caer en las escaleras.
La puerta se abrió, pero su visión se apagó mientras las voces se alejaban.
El silencio no es tan malo, siempre que no esté acompañado por esos recuerdos…
Yo… no quiero hablar de eso.
No funciona. Siempre vuelven. ¿Cuántas veces tengo que sufrirlo para que se cansen de mí?
Ellos nunca se irán. Por eso debes superarlo.
¿Superarlo? ¿En serio? ¿Crees que no lo he hecho ya? El pasado, pisado. No es culpa mía que-.
Tienes que perdonarte a ti mismo.
Entonces nunca te dejarán.
El dolor de cabeza era casi inexistente, pero su consciencia seguía vaga. Ausente. Bailando entre la realidad y la somnolencia.
Abrió y cerró los dedos, intentando aferrarse a algo que le confirmara que no era otro de esos sueños lúcidos, pero se sentía tan ajeno que dudaba estar haciéndolo de verdad.
Qué flojera. Mejor dormir cinco minutitos más.
“Ya no sé qué haré con él”. La voz era apenas un murmullo, silencioso, perdido en una distancia que podrían ser kilómetros. Lo correctamente reconocible para mantenerlo con una oreja atenta.
“¿A qué te refieres?” Parecía una charla secreta, a juzgar por el tono que compartían.
“Solo quiero que se lleven bien…” Pudo notar la debilidad en ese pedido, como una plegaria moribunda. “No quiero perder a nadie más”.
¿A qué te refieres? Nadie está enfermo. Todos comemos lo suficiente para sobrevivir.
Por favor, Jester. No seas dramático.
Resultaba inviable descansar con tanta palabrería. Vagos, sus ojos se abrieron, irritándose instantáneamente por la luz que daba directamente sobre ellos. Soltó un quejido y trató de voltearse para evadirla, ignorando el movimiento fuera de su campo visual.
Harlequin quiso evitar que lo ayudaran a sentarse, pero el mundo se agitaba a su alrededor, así que lo permitió.
Jester lo observaba con detenimiento, la típica pena que se le da a un perro atropellado.
El de verde chasqueó la lengua, desviando la mirada. Aparecerse ahí fue mala idea. Se rehusaba a tener que lidiar con el instinto maternal de su líder. “Duro como un roble”.
Ticket Taker, que a saber qué pintaba ahí, se unió al interrogatorio por su bienestar, tomando su muñeca para medirle el pulso.
Harto de ese jueguito de enfermeras y doctores, el paciente se soltó, golpeando el colchón debajo de él. “¡Que estoy bien! ¡Solo era un mareo!”
“¿Y por eso te desmayaste en mi porche?” El líder lo fulminó con la mirada, agarrándolo del cuello con un brazo y despeinándole el cabello con brusquedad, regañándolo con insultos por actuar tan desinteresado por su propia salud.
Harlequin tuvo que patalear con tal de librarse de ese castigo, poniéndose de pie para demostrar su punto.
Logró mantenerse recto por pura fuerza de voluntad.
“¡¿Ven?!” Señaló sus piernas levemente temblorosas, esperando que ellos no lo notaran. “No me he muerto”.
El bicolor puso una mano en el hombro de Jester, como si estuviera dándole sus condolencias.
Genial. Ya le estaban planeando un funeral.
Sin querer escuchar nada más, se retiró, guardándose el agradecimiento por la ayuda para cuando su jefecito estuviera a solas.
Lo peor de todo era que no lograba olvidarse de lo que había escuchado ahí.
¿Él y Pierrot llevándose bien? Vaya aspiraciones tan raras.
Con toda la porquería que le ha hecho, resultaba evidentemente improbable, y más con esa estúpida deuda…
El grandullón estuvo a punto de besarlo por eso. Una obligación egoísta y malintencionada.
Su rostro era inusual mientras lo intentaba. Quizás estaba conteniéndose el asco y por eso sus mejillas se colorearon tanto, y cerró los ojos con tal de no aceptar los acontecimientos.
También existía la posibilidad de que se hubiera sentido igual de atrapado que el menor, y hubiera optado por arrastrarlo a ese show con el objetivo de sufrir juntos.
Le resultó increíble tener que vivirlo en su propia carne para entender los sentimientos del de cabello plateado. Con razón lo golpeó en cuanto terminó de proponérselo. Maldito bicho raro. ¿Cómo se le ocurrió pedir eso? Ugh.
Suspiró, peinándose hacia atrás al suponer que esa reflexión se uniría a sus culpas si no hacía nada al respecto.
Bien, este es el plan: Disculparse, no insultar, no actuar como un imbécil.
Tocó a la puerta de la caravana de Pierrot, sintiendo como su corazón subía y bajaba cada vez que llamaba y no había respuesta.
Qué mal. Parece que no está. Y eso que se estaba esforzan-.
Con cara de haber salido de la hibernación más profunda, Pierrot se presentó ante él, despeinado y hecho un desastre en general.
Un desastre al que definitivamente golpearía por ser demasiado perfecto si no tuviera otros planes.
Sin poder controlar su fuerza por los nervios, prácticamente agredió al adormilado con el colchón que originalmente le pertenecía, obligándolo a recibirlo.
“Toma esta basura. Ya no la quiero”. ¡NO! ¡ESO NO ERA LO QUE QUERÍA DECIR! “Solo quería dejarte claro que ya no me debes nada, pomposo”.
Estuvo a punto de retirarse antes de perder por completo su dignidad, viendo que no era capaz de seguir tres míseros pasos, casi ahorcándose cuando el pelilargo lo sostuvo de la camiseta para detenerlo.
“¿A qué te refieres?” Habló un poco áspero y grave, muy sexy, claramente acabado de despertar.
El moreno se deleitaría con ese sonido, pero tenía que huir antes de que su orgullo le obligara a seguir fanfarroneando.
Carraspeó la garganta, repasando la misma oración en su cabeza para asegurarse de no decir otra bobería. “Olvida la deuda”.
La confusión se volvió evidente en los ojos cansados de Pierrot, quien parecía completamente incrédulo, y con razón. Conocía lo suficiente a Harlequin para saber que él no dejaba las cosas a medias, menos cuando podía aprovecharse de estas para molestarlo a él.
“¿Por qué?” Fue todo lo que preguntó tras algunos segundos, casi pareciendo dolido.
Lo más racional sería buscar una respuesta que fuera amable con sus deseos y su veneno habitual, pero su boca empezó a moverse antes de que pudiera detenerla.
Porque no quiero que te obligues a hacerlo.
Pierrot parpadeó, notando el cansancio en sus ojos tras pasar la noche entera mirando el techo. Su espalda agradeció dormir en un colchón en lugar del suelo, aunque eso no quitaba la sensación de extrañeza que lo despertaba cada vez que conseguía adormecerse.
¿Acaso Harlequin se había golpeado la cabeza?
Que el bífido soltara crueldades no era novedad, pero, ¿cambiar sus coqueteos descarados por una declaración explícita de odio? Algo estaba mal.
Mas, en realidad, lo que molestaba al de rojo no era el cambio abrupto de su colega, sino el momento en que ocurrió.
Pensó que Harlequin finalmente había madurado y buscaba que se entendieran, o cualquier cosa similar a una buena relación, por lo que se sintió como un estúpido al escucharlo mencionar tan abiertamente los sentimientos que tenía por él.
Sus ganas de apuñalarlo finalmente estaban cediendo ante las de cumplirle el capricho, y viene el enano ese a mandarlo a la mierda cuando decide dar el dichoso paso.
¿Tenía algo en la cara? ¿El momento no fue el oportuno? ¿Todo fue una broma demasiado persistente?
Joder, que Harlequin estaba visiblemente aterrado, y él, como el insensible que era, pensó que simplemente estaba nervioso. Pierrot lo estaba, al menos, y, sabiendo como es ese tipo, le resultaba imposible creerse que de verdad pudiera preocuparse por un beso.
Ni que fuera a someterlo en el suelo del escenario y hacerle cosas… indescriptibles.
Suspiró, sabiendo que dormir sería un lujo imposible de alcanzar, así que se alistó para empezar sus tareas del día.
Tampoco se sentía emocionalmente preparado para absolutamente nada, por tanto, se saltó el desayuno con tal de no toparse con el moreno y fue directamente a la carpa de Doctor, observándola desde el exterior.
Él no se encontraba presente durante los acontecimientos, y, por algún motivo, Jester y Ticket Taker tendían a no querer estresarlo con las cosas que pasaban a sus espaldas, así que no sabía cómo podría reaccionar al enterarse de la porquería que estuvo a punto de hacer.
Bueno. Con suerte, descubrió la droga para la amnesia y tendría el grandioso gesto de inyectársela a todos.
Acostumbrado a ese lugar, entró sin pedir permiso, ignorando los maniquís que lo seguían con la mirada y acomodándose en el asiento de tortura en el centro de la habitación.
Doctor apareció de entre la oscuridad poco después, actuando indiferente debido a la cantidad de encuentros de este estilo que habían tenido a lo largo de los años.
Se paró frente a Pierrot, viéndolo fijamente.
Era difícil saber qué expresión ocultaba bajo su máscara.
Tras algunos segundos de miradas incómodas, lo apartó educadamente de su puesto para colocar a una humana claramente dopada, amarrando los arneses a sus muñecas y tobillos.
“¿Harlequin?” Preguntó, sabiendo que ese era el clásico tema de conversación. Continuó al ver a su paciente despierto accediendo con la cabeza. “Últimamente los he visto juntos más seguido. Y no tan violentos como antes. ¿Algún progreso?”
Pierrot arqueó una ceja, intentando esquivar la pregunta. Le sorprendía un poco que, pese a pasarse la mayoría del tiempo encerrado con sus experimentos, el cuervo hubiera notado su nueva cercanía.
Es decir, la que él también creyó que existía.
“Nada. El mismo imbécil de siempre”. Dudó de sus palabras, reflexionando sobre ello junto al silencio que se extendió entre ellos. Jugueteó un poco con un mechón de su cabello, inquieto, concluyendo que mentir en la consulta no tendría ninguna utilidad. Ese tipo siempre sabía más de lo que admitía. “Tal vez no tanto…”
Doctor parecía no estar prestándole prácticamente nada de atención, entretenido con calcular la cantidad exacta de lo que sea que estuviera planeando inyectarle a su víctima. “¿Qué quieres decir?”
Pierrot se rascó la nuca, siseando como si la vergüenza le causara dolor físico. “Han pasado muchas cosas…”
“¿Cuáles?” Tomó la mano pequeña y frágil, volteándola para administrar el medicamento.
El de cabello plateado apartó la mirada, haciendo una mueca de inconformidad. “Es que…” Respiró hondo, forzándose a liberar las palabras. “Sé que sonará increíble, pero fui un idiota con él”.
Milagrosamente, el encapuchado se giró a verlo, quizás en lo que esperaba que su conejillo de indias reaccionara. “Eso es contradictorio”.
Absolutamente de acuerdo con él, Pierrot accedió con la cabeza pese a no estar encarándolo, juzgando sus pies al no tener el valor de levantar la mirada. “¡Lo sé! Es que… ugh”. Cubrió su rostro con una mano, arrepentido. “Básicamente le tendí una trampa, pero juro que no fue con mala intención”.
Volviendo a ningunearlo, el más alto revisó los signos vitales de la mujer, pareciendo inconforme con el resultado. “Explícate”.
Pierrot entrelazó sus dedos y frunció los labios, preguntándose cómo podría mencionar los acontecimientos sin quedar como un loco manipulador. “Yo…” Inhaló bastante aire, decidiendo soltarlo todo de una vez. “Convencí a Ticket Taker de convencer a Jester de convencer a Harlequin de que debíamos hacer un show en conjunto, nosotros dos…”
Por algún motivo, le dolió el pecho al percatarse de todos los pasos que había tenido que realizar para obtener una misión fracasada.
Con un tarareo, el de máscara picuda se cruzó de brazos. Luego le dio una patadita al cuerpo, exigiéndole que cumpliera sus expectativas. Nada.
Se rindió, eventualmente cediéndole su interés a la charla que mantenía con su acompañante. “Eso no tiene nada de malo. Demuestra que estás intentando romper las barreras que construyen entre ustedes”.
El delgado abrió la boca un instante, quedándose con la mente brevemente en blanco. “Ese no es el problema”. Aclaró, rascándose la mejilla mientras volvía a escapar del contacto visual. “Intenté besarlo”.
Pese a la forma tan ridícula en que arrastró las vocales, su compañero analizó el mensaje, luciendo centrado.
“Entiendo”. Chasqueó dos dedos, repentinamente demostrando que no llevaba todo ese tiempo hablando con la pared. “Si no mal recuerdo, me comentaste que él te pidió que lo hicieras antes, pero te negaste. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?”
Pierrot dio un saltito ante esta interrogante, fastidiándose por la forma en que sus latidos se aceleraron. ¿Por qué estaba reaccionando de esa forma? Ni siquiera se trataba de un secreto. “No lo sé”. Concluyó, apretando la tela sobre su pecho, regañando a ese órgano traicionero. “Solo quería hacerlo, pero se sentía demasiado raro. Pensé que necesitaba una excusa, y no se me ocurrió nada mejor”.
Qué horrible. Lo peor era que no tenía arcadas al imaginarse juntando sus labios con los de esa víbora rastrera…
“Entiendo. Querías que quedara como un mero espectáculo para no comprometerte a nada. ¿Es eso?”
Se encogió de hombros, agradeciendo que la voz contraria lo sacara de su tren de pensamientos. “Es complicado”. Se limitó a decir, cabizbajo. Conociendo a Harlequin, él nunca querría algo serio. Menos si era con el tipo al que ha estado fastidiando hasta el cansancio. Solo estaba jugando con los límites de Pierrot, y seguramente se aburrió de presionar el mismo botón. “Pero me siento culpable ahora. Es decir, noté que actuaba a la defensiva e igualmente no lo dejé ir”.
Doctor ladeó la cabeza. “¿Por qué?”
Algo en lo profundo de su mente, un instinto primario similar al de cacería, se agitó al recordar las expresiones que adornaban el rostro del de verde, reconociéndolo como un irrefrenable deseo y necesidad de poseer. Se veía tan vulnerable, apetecible, definitivamente irresistible.
Tenía tantas ganas de morderlo, marcarlo, usurparlo.
Salió del trance al notar la saliva que escurría de su boca, cuestionándose en qué momento había puesto una expresión tan macabra.
Prefería olvidar lo que ocurría en sus fantasías involuntarias.
Carraspeó la garganta, limpiándose con el dorso de la mano. “Sentí que tenía el control por una vez”.
“Supongo que eso es normal”. Pierrot agradeció enormemente que se hiciera el loco, o que no lo hubiera visto, en primer lugar. “¿Y por qué te sientes mal? No llegó a suceder nada”.
“Ya te dije, pasaron cosas”.
“Todavía no me dices todas esas cosas”. Recriminó, volteándose para revisar si el cuerpo había cambiado de posición. El de rojo suponía que ella ya no se encontraba en este mundo.
“Bien”. Dejó caer sus hombros, rindiéndose. Tendría que soltar toda la palabrería para no arrepentirse a mitad de la confesión. “Vi sus cicatrices, y me sentí del asco. Se que la mayoría se las causé yo. Y no me gustó. Lo odio. Pero, cuando intenté comprobar si él me tenía miedo o algo así, huyó. Me sorprendió mucho porque cuando él se acerca no se muestra intimidado, pero cuando lo hago yo, actúa como si fuera a apuñalarlo”. Casi pudo sentir la mirada juzgante de su psicólogo sin licencia, bufando con un puchero. “Que sí, lo he apuñalado por boberías, aunque tampoco es como si fuera a ir a su caravana específicamente a atacarlo”.
“¿Entraste a su caravana sin permiso y viste sus cicatrices?”
Las mejillas empezaron a arderle por el resumen de su monólogo, moviendo la mano igual que si espantara una mosca, tímido. “Ese no es el tema”.
Tras soltar un sonido gutural, el grandulón negó con la cabeza. “Creo que invadiste su privacidad en un momento inoportuno. Si huyó antes, no debiste perseguirlo después”.
El poseedor de cascabeles frunció el entrecejo, jalando un extremo de su gorro con frustración. “Lo sé. Actué mal”.
“Entiendo que lo hiciste por preocupación o simple curiosidad, pero trata de darle más espacio. Si quieres acercarte a Harlequin, trata de ir despacio. Muy despacio”. Puso énfasis en la última parte, caminando hacia su colega para apretarle suavemente el hombro, comprensivo. “Empieza con toques mínimos, y avísale de que lo harás. Así le demostrarás que no eres una amenaza”.
Decaído, Pierrot se rio sin gracia, pasándose una mano por el rostro. “No creo que ese consejo me sirva”.
“¿A qué te refieres?” Apartó el gesto amistoso, confundido.
“Ayer me ordenó que me olvidara de la deuda”. Rodó los ojos al hablar, irritado. Si tan solo ese ser despreciable tuviera el coraje de decirle las cosas a la cara, no estaría sintiéndose como un abusador… ¿o sí lo era? Aysh, se daba tanto asco que desearía poder evitar lo que pasó. Se merecía lo de anoche. “Dijo que le desagradaba”. Murmuró, abrazándose a sí mismo, buscando consolarse. Qué victimista.
“¿Y eso cómo te hizo sentir?”
“Confundido”. Admitió, sacando una de sus dagas y acariciando el filo con la punta de sus dedos. Se sintió en la necesidad de explicarse, esperando que eso lo ayudara a aclarar sus propias dudas. “Antes estaba seguro de que no valía la pena. Sigue siendo el inmaduro de siempre, pero, desde que no me perturba a la mínima oportunidad, hasta me parece… soportable”. Al girar levemente su arma, pudo ver su reflejo en el metal, creyendo toparse con la mirada histérica de Harlequin. Chasqueó la lengua, guardando el objeto. “Y lo arruiné”.
“No te rindas todavía. Hablando la gente se entiende. Mejor centrémonos en lo que sientes tú”. ¿Qué libro le prestó Jester? De verdad parecía que le interesaban sus sentimientos. “¿A qué te refieres con soportable?”
Avergonzado, Pierrot empezó a enredar uno de sus mechones alrededor de su dedo, sintiéndose como una adolescente confesando su amor secreto. “Un poco agradable”.
Doctor asintió despacio, satisfecho. “Me alegra escuchar eso. Parece que están empezando a llevarse mejor”.
El de ojos dorados fue abrumado por los nervios, puesto que no estaba entre sus costumbres hablar bien de ese patán.
Tendría que pedirle disculpas más tarde, y lo haría con una comida de por medio, sabiendo lo goloso que era ese asalta cocinas. Solo esperaba que no se lo tomara como una especie de soborno, puesto que lo hacía porque le parecía muy soso únicamente soltar el discurso y largarse.
Justo entonces, un ruido en el exterior interrumpió la calma.
¿Por qué jodida, acojonante y estúpida razón había dicho eso?
Harlequin, derrotado horas atrás ante el insomnio, siguió mordisqueando la garra de su pulgar, demasiado envuelto en analizar los resultados de su ‘confesión’ como para importarle el daño que podría causarse.
La expresión de Pierrot continuaba tatuada en su mente, igual que el breve temblor de sus dedos y el instante en que contuvo la respiración, conspirando en contra de la lógica general.
¿Por qué pareció destrozado al escucharlo?
Actuaba como si en verdad le hubieran dolido sus palabras. Como si le importara que tuviera una buena impresión de él.
Eso no era posible. Tampoco necesitaba tener dos dedos de frente para saberlo. Sí, debía tratarse de algún malentendido. Estaba interpretando exageradamente aquellas señales de angustia; es decir, no podía confirmar que los ojos de Pierrot se habían humedecido desde esa distancia, o que su mirada suplicaba que se retractara, o que su voz se quebró al murmurar la pregunta previa a la bomba emocional.
Se negaba a aceptar que pudo causarle algún pesar a su contrincante.
Entonces, ¿por qué se sentía mal con esta resolución? ¿Acaso quería que ese tonto lo agarrara del brazo para impedirle irse, se besaran apasionadamente y profesaran amor eterno? O amistad, siendo realistamente ambiciosos.
Tal vez se le había pegado lo cursi al pasar tanto tiempo respirando el mismo aire que el larguirucho, o sinceramente le afectó expresar esa mentira, aunque Pierrot no tenía por qué saber que lo era.
Era lo mejor para los dos. Así el mayor no se vería forzado a interactuar de esa forma con Harlequin, y este tampoco se carcomería por dentro al saber que no lo hace por propia voluntad.
Cuando iba a elogiarse a sí mismo por llegar a una conclusión tan madura y responsable, despertó de su trance de culpabilidad gracias a un crack que vino acompañado por el sabor a sangre, obligándolo a soltar un quejido ahogado al enterrase de que se había cortado su propia uña.
Lastimosamente, en su caravana no había nada que fuera semejante a un kit médico, y no planeaba usar la ropa de su merienda secreta como curita. Por tanto, decidió recurrir a un profesional.
No iba a desangrarse por esto, pero, por hacerse el gracioso, se pensó un par de chistes que podría hacer para exagerar la situación, como preguntarle a Doctor cuánto tiempo de vida le quedaba, mas sus bromas internas se interrumpieron de golpe cuando divisó a su enemigo entrando tal cual si aquel lugar le perteneciera.
Ni siquiera miró atrás para comprobar si había testigos de sus actos, lo que resultó todavía más sospechoso.
¿Otra vez con esto? Ya hasta parecía que estaban cogiendo… ¿o sí lo estaban?
La curiosidad estaba haciendo estragos en su cabeza, pero el menor sabía que únicamente terminaría arruinando la escasa relación que les quedaba si decidía entrometerse. Y tenía tantas ganas de hacerlo.
Negó con la cabeza, frenando los pasos inconscientes que se acercaban al árbol de la fruta prohibida.
Vamos, idiota. Usa la cabeza de arriba por una vez.
Entendía que existían muchas cosas en juego: Su cuello, su integridad física, el mínimo aprecio que el de cabello plateado tenía por él, si es que existía.
Por tanto, ¿valía la pena?
Olvidándose por completo del motivo que lo había llevado hasta ahí, reflexionó vagamente sobre sus opciones, llegando a una conclusión bastante simple: Pierrot definitivamente no querría volver a saber de él, menos después de que el bífido lo despreció la noche anterior, y, por tanto, nunca podría enterarse de lo que ocurría ahí dentro.
A no ser que, insensiblemente, lo descubriera por sus propios medios…
En primer lugar, ¿qué te importa?
Solo estoy cuidando a mi puro e inocente amigo.
Cegado por la intriga, miró alrededor con recelo, cuestionándose si sería necesario examinar bajo las piedras. Al no atrapar moros en la costa, se acercó a la lona con la esperanza de escuchar la conversación. Si es que estaban conversando, por supuesto.
Tristemente, la tela era gruesa al punto de que apenas distinguía murmullos apagados, tan opacos que dudó si eran otra jugarreta de su mente.
Chasqueó la lengua, irritado.
La carpa de Doctor estaba diseñada justamente para que nadie escuchara los gritos de sus clientes. ¿Qué se esperaba?
Aunque, quizás, si se acercaba lo suficiente a la entrada…
Se inclinó con cuidado, procurando no ser visto a través de la pequeña abertura, escuchando exactamente lo mismo que antes: Nada.
Frustrado, optó por maniobrar con tal de mantenerse en una posición para nada sospechosa, saltando del susto cuando uno de los tontos le preguntó si necesitaba algo.
Estaba tan sumergido en meterse en asuntos ajenos que ni lo había notado acercándose, enredándose los pies en las cuerdas de la carpa, además golpeándose el dedo meñique contra uno de los anclajes al intentar mantener el equilibrio.
Maldijo en voz alta, arrodillándose agonizante debido a aquel dolor infernal, levantando lentamente la mirada al percatarse de que alguien salía de la carpa.
Pierrot lo atrapó en sus malas prácticas, y su expresión era digna del terror absoluto. Una sumamente nefasta, teniendo en cuenta que ni siquiera el mismísimo Harlequin la había testificado en su vida.
Parecía paniqueado, pero, al mismo tiempo, sus ojos ardían con un odio verdadero, como si lo que estuviera pasando ahí dentro fuera algo que nadie debería saber bajo ningún concepto.
No hubo interrogatorios previos o siquiera un intercambio de palabras. El mayor avanzó con pasos pesados, mostrándose con la intención de atacar directamente pese a que su rival se encontraba en el suelo, y la víbora comprendió que sería una mañana bastante movidita.
Podría explicar sus inexistentes motivos para amenazar su privacidad, o intentar apaciguarlo con la afirmación de que no había escuchado nada, mas el de cabello plateado no se veía dispuesto a atender palabrerías en ese momento.
Se levantó, dejando de lado sus molestias con tal de esquivar las manos de Pierrot cuando este se abalanzó para atraparlo, recibiendo un empujón en su lugar.
Nada grave, pero la tierra húmeda tampoco funcionaba a su favor.
El de verde reaccionó rápido, esquivando la segunda tacleada y deslizándose hacia un lado, lanzando una patada baja que golpeó la pierna del mayor.
Pierrot se tambaleó, pero no cayó, gruñendo mientras le lanzaba un puñetazo directo al rostro.
Harlequin se agachó ágilmente, el golpe rozando su cabello, y aprovechó para darle un codazo en las costillas, percatándose muy tarde de su posición vulnerable al recibir una patada baja, desestabilizándolo.
¿Por qué estaba peleando? Debió escaparse desde el principio…
El de rojo se lanzó a contenerlo contra el suelo, apoyando parte de su peso sobre el vientre ajeno y esmerándose por agarrarlo de las muñecas, terminando en un forcejeo ridículo cuando el menor decidió que no iba a permitir que le ganara.
Harto, el más alto le dio un puñetazo en la cara, percatándose de la fuerza desmedida que había usado al ver la sangre que salía por la boca del venenoso.
Al parecer, se había mordido accidentalmente la lengua, pero eso no lo contuvo de ser un imbécil.
“Vaya, ¿eso es todo?” Limpió el líquido con el dorso de su mano, escupiendo lo que se había acumulado en su boca. Luego, sus ojos se tornaron desafiantes hacia Pierrot, jalándolo del pelo para acercar su rostro y susurrar: “Columbina pegaba más fuerte."
Claro, esto despertó a la bestia que tenía frente a él.
Harlequin tragó duro al verlo sacando un par de sus dagas, instantáneamente intentando apuñalarlo con ellas. Por suerte, la furia lo tenía tan alterado que no apuntaba con precisión, cosa que el bífido aprovechó para esquivar el primer ataque, viéndose forzado a detener el segundo con ambas manos.
No tenía la fuerza necesaria para detenerlo, así que solo le quedó esforzarse por hacerlos girar, apenas pudiendo disfrutar de cambiar las posiciones.
El de ojos dorados continuaba con su irrefrenable deseo de aniquilarlo, y el de rizos solo podía pensar en la brutalidad con que sus cuerpos chocaban cada vez que rodaban por el suelo, el calor de Pierrot que se colaba a través de la ropa, la persistencia con que evitaba mirarlo directamente pese a estar intentando acabar con su existencia.
Jadeó la mitad del aire en sus pulmones al abrumarse por un choque accidental de sus pelvis, sonriendo arrogante al notar una efímera pausa en los ataques de su enemigo, como si él también hubiera sido víctima de esa corriente eléctrica y prohibida.
Era el contacto más intimo que había tenido con ese tipo, y, joder, no debería estar disfrutando esto.
En un punto determinado, Pierrot pareció comprender que Harlequin se había adaptado a esquivar sus armas, así que atacó con las manos sueltas, envolviendo su cuello con sus dedos e inmovilizando un brazo.
El que quedó libre se esforzaba por apartarlo, por liberarse, pero el de verde cedió al percatarse de que no estaba asfixiándolo. Solo apretaba lo necesario para marearlo, siendo intermitente en su aparente indecisión entre ahorcarlo o dejarlo ir.
Esto le resultaba tentador. Embriagante. Absurdo a más no poder, e igualmente arqueó el cuello, exponiéndolo, retando a Pierrot a que fuera verdaderamente brusco con él.
Y dudó. Ese hijo de puta se paralizó como una cabra asustada.
“Hazlo”. Prácticamente ordenó, elevando los ojos durante un segundo al sentir el auténtico agarre de su agresor, como si disfrutara el dolor.
“Cállate”. Volvió a aflojar, sacándole un suspiro desencantado a su contrincante.
Ese vaivén iba a hacerlo enloquecer. No lo soportaba. Necesitaba más sufrimiento.
Su mano libre se aferró al hombro de Pierrot, tirando de él, temblando tanto que no podía ejercer una fuerza real para hacer cumplirse sus caprichos.
¿Cuándo se había vuelto tan desesperado?
Sus pensamientos seguían dando vueltas dentro de su cabeza, difusos, mezclándose entre un anhelo masoquista y el reconocimiento de que esto no debería ser así. Es decir, estaba aterrado, y de todas formas quería que continuara, que lo destrozara, que la asfixia se encargara de nublar cualquier idea sin relación con su compañero.
“O hazme callar de otra manera”. Podía sentir su corazón bombeando, chocando contra sus costillas, acelerándose al percibir un notorio sonrojo en las mejillas de Pierrot. Su visión podría estar borrosa, pero no lo suficiente para ignorar el impacto que habían tenido sus palabras en el mayor, quien tragó en seco, temblando como si estuviera conteniendo algún impulso desmedido.
Abrió y cerró la boca un par de veces, repentinamente cohibido, parpadeando igual que si intentara despertar de un sueño húmedo. Maldito virgen.
La impaciencia de Harlequin no se hizo esperar, deteniendo cualquier reclamo al escuchar una tercera voz metiéndose en la disputa.
“¿Van a separarse? ¿O tengo que hacerlo yo?”
Tragándose una queja por la interrupción de su show exhibicionista, se separaron a una velocidad sorprendente, con el moreno básicamente escupiendo sus pulmones al poder respirar con normalidad.
Obviamente, Jester estaba en su punto máximo de frustración contenida, finalmente entendiendo que sus regaños no llevarían a ningún lado.
Pese a que le doliera más a él que a sus inferiores, debía optar por métodos estrictos. Degradación, por ejemplo.
Y, ¿qué cosa es más humillante que ser encerrado en una letrina?
Con ayuda de Doctor, los hicieron entrar a empujones en aquel lugar húmedo y apretado, soltando una risita satisfecha al verlos arrugando la nariz ante el olor intenso de los productos de limpieza.
Inmediatamente, los que antes conspiraban para destriparse entre sí se aliaron en una súplica con tal de esquivar ese castigo, recibiendo un portazo en la cara.
“Se quedarán aquí tranquilitos hasta la hora de sus espectáculos, ¿entienden?” Sonrió, amenazante, haciéndole una seña al de mayor tamaño para que se largara. Únicamente entonces se dignó a mostrar una expresión seria, dolida, portándose como si el encerrado fuera él. Suspiró, bajando la mirada. “Estoy decepcionado de ustedes”.
Harlequin sintió una punzada en el pecho, observando como el jefe se marchaba sin mirar atrás.
Imagina un lugar abierto, espacioso; repleto de cualquier cosa diferente a un ente de casi dos metros y ojos dorados.
Ese sería el escenario ideal para Harlequin, quien, con los ojos pegados en un grafiti obsceno, se hacía el loco ante la extrema cercanía que compartía con su compañero.
Incluso estando en extremos opuestos de esa prisión, no dudaba que podría tocarlo sin tener que extender el brazo del todo, lo cual colaboraba activamente en mantenerlo desconfiado.
Lo peor era que se hallaba en estas circunstancias por una absoluta estupidez.
Es decir, ¿ponerse celoso? ¿Él? Nunca. Menos aún si el causante de su envidia era un ser asexual y casado con su trabajo que, para colmo, no desperdiciaría su tiempo manoseando a una criatura distinta a sus sujetos de pruebas.
Su único alivio en esta desesperante etapa era que, según su razonamiento, el de cabello plateado tenía varias desventajas en este tipo de entornos.
Lo malo: Harlequin también.
Sería muy complicado esquivarlo si intentaba pegarle de nuevo, así como si trataba de acorralarlo contra una pared, sujetarlo, juntar sus cuerpos y…
En cualquier caso, constantemente se fijaba en la posición de su rival, sobresaltándose ante el mínimo cambio de postura, cauteloso en un nivel que su instinto de autoconservación empezaba a sobrecargarse.
No sabía si su compañero presidiario lo mortificaba a propósito, o si era su paranoia saltando ante la mínima acción, así que optó por distraerse con cualquier cosa en su entorno, terminando envuelto en un detallado debate mental de cuántas veces tendría que soplar la puerta para que esta cayera.
Posiblemente lo haría por su cuenta simplemente existiendo, teniendo en cuenta la excesiva cantidad de moho y óxido que la cubrían, pero al menos eso lo ayudaba a distraerse de pensar en las miradas despectivas que Pierrot le lanzaba, y él fingía no ver.
Bastante que le rompió la boca hace rato.
¿Iba a refunfuñar y quejarse hasta que alguna fuerza externa decidiera cumplir sus morbosos sueños de asesinato?
Pensando un poco sobre eso, en realidad, el toque de antes no había estado mal. Había sido violento, como de costumbre, pero era a lo que estaba acostumbrado, a fin de cuentas. No podía sentirse débil por estar a la defensiva en una situación que lo ameritaba.
Por tanto, que su enemigo se encontrara tan tranquilo luego de semejante colisión le hacía imaginarse varios escenarios en los que podría aprovechar una distracción para degollarlo.
Ganas no le faltaban, seguro …
Tragó en seco, decidiendo que necesitaba sentarse y aclarar sus pensamientos. Era mejor que espantarse ante cada respiración ajena.
Cruzándose de brazos, buscó con la mirada algún lugar que no diera ganas de vomitar, sentándose en un costado del inodoro con la capa por debajo de las nalgas. Escuchó un ruido viscoso de la suciedad quejándose bajo su peso, cerrando los ojos con fuerza mientras se imaginaba que era el ASMR que le había mostrado su última víctima antes de perecer.
Quemaría hasta sus calzones en cuanto tuviera la oportunidad.
Una vez logró recomponerse de la repulsión inicial, le dedicó una miradita interrogativa al mayor, desviándola al percatarse de la estupidez que estaba reclamando de forma no verbal.
¿En serio quieres que se siente a tu lado?
Sinceramente, le molestaba que Pierrot se mantuviera de pie con tal de mantener ciertas distancias, ignorando que sus piernas se rozaban por el cambio de ubicación. Al mismo tiempo, agradecía que no se aprovechara de su nueva altura para intimidarlo, mareándose a sí mismo con el ser o no ser.
Sabiendo que ya había llenado su cuota diaria de malos comportamientos, el de rizos se consoló con la comodidad de tener un asiento frío y nauseabundo en el que reposar, aburriéndose inmensamente en aquel silencio tenso y sepulcral.
Hizo un puchero, entendiendo que cualquier cosa que hiciera a continuación concluiría en una sentencia de muerte, mas tampoco podría soportar el olor de ese sitio sin entretenerse.
Tendría que ser el tipo responsable por una vez.
Resignándose, y con el orgullo haciéndole nudos en la garganta, decidió darle a Jester lo que quería, relamiendo la sangre seca en la comisura de su boca.
“Lo siento”. Murmuró, hablando como si esas palabras le causaran arcadas. Pierrot claramente lo había escuchado, pero no despegó la vista del exterior, haciendo bufar al menor. “¡Maldita sea! ¡Lo siento! ¡Fui un idiota!”
Solo entonces, el falso mudo le dio una ojeada disgustada, encogiéndose de hombros antes de volver a aplicarle la ley del hielo.
Harlequin le sacó la lengua en cuanto se giró, simulando que le daba igual su indiferencia.
Se esforzó por no reaccionar al escuchar un suspiro de Pierrot, quien se removió un poco en su lugar, apoyando su peso en el otro pie. “¿Por qué?” Preguntó postreramente, notándose algo de orgullo en su voz, como si recibir esa desganada disculpa fuera todo lo que necesitara para tener un subidón de ego.
“¿Qué?” Escupió el de verde, tosco, retándolo a ser más específico a la vez que entrecerraba los ojos.
El bífido lo miró incrédulo, masajeándose la mandíbula mientras se preguntaba si debería provocarlo o mencionar cada abuso psicológico que se le viniera a la mente. Tener la lengua lastimada le quitaba las ganas de discutir.
Respiró hondo, decretando que ese no era el lugar para continuar su pelea. Su colega tenía un cubo con agua sucia justo al lado, y no le apetecía ducharse con eso.
Pensó brevemente en la forma más ambigua de englobar sus malas acciones, usando como excusa su dolor para no hablar innecesariamente.
“¿Por todo?” Prácticamente preguntó, visiblemente poco convencido de sus propias palabras.
Pierrot resopló, demostrando que eso no le servía.
Ya qué. Tendría que ser más específico, entonces.
¿Debería disculparse por mencionar a la muerta? ¿Por espiarlo? ¿Por hacerle un favor y luego cobrárselo de forma horrible? ¿Por robarse sus dulces cuando no miraba? ¿Por ser un incordio durante años…?
Maldita sea. Con razón lo repudiaba tanto. Era insufrible.
Notó como el mayor tamboreaba sus dedos contra su brazo, reflexivo, sonriéndole a la nada.
Genial. Seguro estaba planeando cómo ahogarlo con el agua del retrete.
Ahorrándose el morderse la lengua por comprensibles motivos, Harlequin carraspeó la garganta, buscando llamar la atención ajena. Cuando este no le hizo ni caso, prosiguió, mostrándose rencoroso sin motivo. “No vas a perdonarme por mucho que te lo pida, ¿verdad?”
El de rojo alzó la mirada, dándoselas de chico contemplativo. Tras algunos segundos, accedió con un cabeceo, soltando una risita sin gracia. “Demostraste que no lo mereces”. Su voz sonaba convencida, claramente con la intención de hacer que el venenoso se sintiera peor.
Tienes razón. Tienes tanta, jodida, razón.
De todas formas, el moreno se negaba a izar la bandera blanca, rodando los ojos y repitiendo la afirmación contraria en un tono agudo e inmaduro. Luego sacudió una mano como si espantara una mosca, restándole relevancia. “No escuché tu sesión de sexo salvaje con Doctor. Estás exagerando”.
Decir que la cara de Pierrot mostraba confusión era quedarse corto, puesto que se notaba que empezaba a plantearse todos los motivos por los que el menor podría suponer algo así.
“¿Qué?” Apenas masculló, finalmente dignándose a mirar a Harlequin, tan desconcertado que su expresión no decidía si mostrarse repelente o intrigada.
El de verde soltó un breve “hm”, aparentando que no tenía la menor duda al respecto.
“Eso mismo”. Alegó, asumiendo que aquella era la única excusa válida por la que su compañero se comportaría así de conflictivo al ser atrapado. “Estaban revolcándose mientras… no sé, te lamentabas por ella”.
Pierrot lo observó, escéptico, jadeando antes de apretarse el puente de la nariz con dos dedos. “Ni estaba haciendo eso con él, ni es asunto tuyo”.
Harlequin cubrió su boca y soltó una risita, mirándolo con fingida compasión. En verdad sentía mucha ternura por el vocabulario de su adversario. “‘Eso’, ¿eh? Qué niño tan dulce e inocente”. Se burló, recibiendo un manotazo al intentar apretarle los mofletes.
“Cállate”. Ordenó el mayor, dedicándole tanto menosprecio que la cobra obedeció, inconsciente de su propia pasividad. “¿Puedes sentir arrepentimiento, siquiera? Pareciera que disfrutas ser un imbécil”.
Disfrazando sus acciones como actos sin relevancia, la serpiente se cruzó de brazos, alzando el mentón. “Disfruto muchas cosas, sí”. Se mofó, cínico, ladeando levemente la cabeza. “Puede que ponerte de los nervios sea una de ellas”.
“Ja”. La sonrisa de Pierrot no llegaba a sus ojos, luciendo más sádica que altanera. “Yo también sé cómo ponerte nervioso”.
El reptil sintió sus dedos crispándose al ver al mayor dar medio paso hacia él, insolente, poniéndose ágilmente de pie al sentirse acorralado. Esto solamente aumentó la soberbia ajena, provocando que Harlequin apretara la mandíbula, fulminándolo con la mirada.
“No lo harías”. Agradeció que no se oyera como una súplica, forzándose a mantenerse inmóvil cuando el pelilargo se inclinó levemente sobre él, aprovechando la diferencia de estatura.
Juraría que se perdió en sus ojos durante los segundos que hicieron contacto visual, deleitándose con cada tonalidad de dorado que se asomaba en la oscuridad, temblando al escuchar el susurro que rompió el trance.
Si se refiriera a probar sus labios, posiblemente se lanzaría a ello. Pero, claro, quería buscar pelea, y que Harlequin fuera quien empezara para poder pintarse como el nene que solo se estaba defendiendo de su agresor.
Retrocedió un poco, empujando el rostro contrario como si tuviera halitosis.
“Yo intentando hacer las paces contigo y mira cómo te pones”.
Nuevamente, el mayor apartó su mano con violencia, aceptando la exigencia implícita de espacio. “Deja de redirigir la culpa, Harlequin”. Sugirió, cruzándose de brazos, analizando a su adversario en busca de alguna señal de arrepentimiento. “Te encanta cambiar la narrativa, pero tu lengua entrenada no me va a convencer”.
El de verde se rio entre dientes, recordando fugazmente todos los usos que le había dado a ese músculo, exhibiéndola hasta el corte.
Pierrot desvió la mirada, respirando hondo. Pensaría que se emocionó si no mantuviera esa cara de perro rabioso, aunque el rubor casi imperceptible en sus mejillas le daba muchas ideas equivocadas.
Pese a que su compañero se esmeraba en esquivar su vista, el moreno apuntó la lesión con su garra mochada, insinuando que era otra magulladura del combate y no el fruto de su inestabilidad. “Hiciste que me mordiera la lengua”.
Bufando, el más alto de encogió de hombros, inclinándose hacia atrás. “Me alegra”.
Guardaron silencio. Pierrot esperando que su contraparte soltara el siguiente detonante, y Harlequin simplemente disfrutando de tener su interés.
El ruido de las goteras llenó el espacio que debían ocupar todas sus confesiones y justificaciones, apenas siendo opacado por los pensamientos de cada uno dentro de sus respectivas cabezas.
La conversación claramente se había estancado y, por muy extraño que fuera, el menor no tenía idea de qué decir.
Una parte de él anhelaba sincerarse, limar las asperezas y terminar con todo ese circo de brutalidad, al mismo tiempo que se preocupaba por qué pasaría después.
¿Qué ganaría con esto? Pierrot no le daría lo que quería, y él tendría que aceptarlo porque es lo que merece.
Antes de que pudiera esclarecerse, visualizó una breve angustia en los ojos de su colega, descartándolo como una equivocación cuando parpadeó y este mantenía su semblante endurecido.
“Hasta parece que quieres que te lastime”. Murmuró el mayor, suavizando mínimamente su mirada, casi compasivo.
Irritado por este nuevo ambiente de lástima, Harlequin se esmeró en hacer la mueca de hastío más exagerada posible, dándose poco tiempo para pensar en una respuesta no solicitada. “Ni que fuera masoquista. Menos con un virgen de mierda como tú”.
El de cabello plateado bufó, apenas moviéndose. “Mejor eso que ser una puta”. Su voz salió áspera, recriminatoria.
“Putas con las que estoy”. Habría hecho un movimiento obsceno con su cadera y sus manos, conteniéndose al no querer la atención del mayor en esa zona.
“Bueno, ya sé de quien aprendiste toda esa palabrería”. Resopló, rodando los ojos, con un tono cargado de rencor.
“¿Y quién te enseñó a ti a ser un trágico?” Alzó las cejas, sonriéndole con ironía.
La expresión de Pierrot se ensombreció ante la falta de respeto ajena, apretando los puños a los costados de su cuerpo. La cobra se preocupó al notar una vena palpitando en el costado de su cuello, apretando los dientes en caso de que viniera un puñetazo.
“¿Trágico?” Repitió, arrastrando las sílabas, mostrándose sumamente ofendido. “Tú no sabes todo lo que he tenido que pasar. Ni te importa, ya que te esmeras por meter la garra en la herida”.
Perdón. Lo sé. Yo también sufrí mucho. Te entiendo.
“Lo admito. Me gusta ver a mis presas retorciéndose”. Levantó las manos como si se entregara ante la policía, fingiendo estar orgulloso de la porquería que acababa de decir.
Incontrolable, Pierrot agarró a su contraparte de la ropa, zarandeándolo un par de veces antes de calmarse lo suficiente para no molerlo a golpes en ese instante. Su mirada se mantenía vivaz, ardiente al contener toda la violencia que deseaba manifestar.
Harlequin pensó que se veía hermoso de esa forma. Salvaje y engreído.
“No soy tu presa”. Habló con firmeza, soltando lentamente las prendas contrarias, encargándose de transmitir correctamente el mensaje.
El venenoso sacudió la tela arrugada, como si se quitara la suciedad de encima.
Luego, se encogió de hombros, altanero.
“Siempre actúas como tal. Lloriqueando y haciéndote el niño bueno”.
“Y tú actúas como si fueras un patán”.
Burlón, el de verde soltó una falsa carcajada, apuntándose a sí mismo con elegancia. “Lo soy. Pensé que ya lo habías notado”.
Pierrot soltó un sonido de garganta que parecía afirmativo, afilando la mirada mientras permitía que una sonrisa petulante adornara su rostro.
“Yo sé que no lo eres”. Habló pausadamente, asegurándose de que cada palabra resonara en la cabeza del menor. Al ver que este iba a protestar, cubrió su boca con una mano, apenas apretando lo necesario para mantenerlo callado. “Lastimosamente, te conozco lo suficiente para saber que solo eres un cobarde”. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba al apreciar el efecto que tenían sus verdades en el bífido, quien se esmeró en apartarlo para detener su monólogo. Pierrot únicamente lo sujetó con mayor firmeza y lo atrajo hacia sí, bajando el tono. “Uno que está aterrado de mí, y aun así se esmera por meterse donde no debe”.
Al ser soltado con un empujón, el reptil escupió en el suelo, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Sentía la sangre hirviendo por la rabia y la humillación, teniendo que aguantarse sus deseos de venganza para no iniciar una guerra perdida.
“No te tengo miedo”. Se maldijo al escuchar la ridícula forma en que su voz había flaqueado, gruñendo al hacerse evidente que su rival también lo notó.
“Ajá”. Pierrot mostró abiertamente su incredulidad, acariciando la mejilla ajena antes de que este lograra reaccionar, siendo tan suave y delicado que incluso sentía cosquillas. Pero, en vez de agredirlo o apartarlo, Harlequin se quedó estático en su lugar, tensándose tanto que incluso aguantaba la respiración. “Dilo de nuevo”.
Abrió y cerró la boca un par de veces, luciendo como un pez fuera del agua, paniqueado por una muerte inminente.
El de rojo chasqueó la lengua, apartándose antes de causarle un infarto. Que tuviera una cara de disgusto no era inusual, pero parecía fuera de lugar. “No lo entiendo”. Admitió, rascándose la nuca y retrocediendo. “¿Por qué solo te pones así cuando soy… amable?”
“¿Qué te importa?” Todavía estaba recuperándose del shock, alegrándose de no convertirse en una fuente de sudor como la vez anterior que su compañero se pasó de mimoso.
Pierrot resopló, pasándose una mano por la cara, estresado.
“Para con eso. No vamos a resolver nada si mantienes esa actitud”.
“¿Quieres ser mi amiguito o algo así?” Seguía negándose a dar su brazo a torcer.
“Sí, idiota. Quiero ser tu maldito amigo, buscar flores en el campo y cantar con los pajaritos”. El sarcasmo sobresalía en cada frase, recibiendo un abucheo del menor.
“Cállate. A ti no te sale”.
Pierrot rodó los ojos, llevándose una mano a la cintura. “¿Entonces?”
“¿Estamos jugando a verdad o reto?”
“Harlequin”. Frunció el ceño, exigiendo seriedad.
La serpiente jadeó desganado, dejando caer los hombros. “No te lo voy a decir. Te vas a burlar”.
“¿Qué? ¿Eres como esos niños que molestan a quien les gusta?”
“¡Qué asco! ¡No me gustas!”
“Bueno, pues dime de una vez”.
“¡Ugh! ¡Ya te dije! Si se trata de ti, solo tengo malos presentimientos”.
Indignado, el pelilargo lo apuntó con un dedo acusatorio, acorralándolo con su cuerpo contra la pared. “¡Deja de actuar como si fuera una amenaza! ¡Solo me comporto así cuando te pasas!”
“¡Cada vez que me tocas es para lastimarme! ¡Solo buscas el momento indicado para atacar! ¡¿Cómo quieres que piense otra cosa?!”
Harto de tantas inculpaciones, el mayor agarró la mano ajena, entrelazando sus dedos. Harlequin actuó desesperado por soltarse inicialmente, jaloneando y forcejeando como si fueran a cortar su extremidad en cualquier momento, quejándose cuando su otra mano fue capturada por la muñeca y contenida contra la pared.
Que esta hubiera soportado el impacto había sido un milagro, aunque eso no quitaba la proximidad a la que se encontraban, cara a cara, respirando agitadamente por la discusión.
Demostrando su punto, una vez se calmaron lo suficiente, Pierrot dio un sutil apretón, sacándole un quejido de anticipación al bífido, que presentía la llegada de algo peor.
Cuando el martirio no llegó, quedándose en esa espesa sensación de incomodidad revoloteando en su vientre, parpadeó como si intentara aceptar esta calma en su realidad, viendo a los ojos contrarios sin tomarse la molestia de ocultar su desorientación.
“¿Ves?” Susurró el de cabello plateado, sereno, apenas rozando el borde de su mano con su dedo pulgar.
Harlequin, todavía envuelto en sus dudas, accedió con un leve cabeceo, cuestionándose desde cuándo este tipo podía ser tan manso y servicial.
El mayor intentó liberarlo para conversar en estos nuevos términos, aceptando cuando el de verde lo sostuvo, tembloroso, pidiéndole silenciosamente que le permitiera disfrutar de esto un poco más.
Siguiendo el consejo de ir despacio, se contuvo de realizar cada idea alocada que le pasaba por la mente, preguntándole al bífido si quería sentarse, viendo como este se quitaba la capa y la usaba para cubrir completamente el retrete, invitándolo.
Se refería a dejarlo tomar asiento para descansar de tanto drama, ya que se veía aturdido y no quería presionarlo con su presencia, pero le parecía grosero rechazarlo si él mismo lo proponía.
Ninguno supo romper el mutismo cuando se ubicaron uno junto al otro, tan cerca que sus hombros se rozaban cada vez que uno de ellos respiraba, prefiriendo mantenerse así antes que destruir la atmósfera.
Receloso por la facilidad con que aparentemente se había resuelto el conflicto, Harlequin le dedicaba ojeadas suspicaces a su colega, calmándose un poco al verlo relajado. También notó que la ropa no le quedaba tan suelta como antes, pero asumía que sería raro mencionarlo, así que se guardó la celebración para sí mismo.
¿Era correcto que estuviera feliz por esto?
Incluso en la roña que los rodeaba, tener a Pierrot junto a él era todo lo que necesitaba para que su corazón retozara en su pecho, haciéndolo desear que solo él pudiera escucharlo. Qué tontería cursi.
Sería desmedidamente vergonzoso que este desgraciado lo descubriera afectado por una bobería tan casual, motivo por el que investigaba a qué cosas de su entorno podía echarles la culpa, impresionándose al descubrir los latidos de Pierrot. Sonaban igual o hasta más alterados que los suyos, lo cual podría atribuirse a que no estaba acostumbrado a compartir este tipo de cercanía con nadie.
Esto le subió un poco la autoestima, dándole la suficiente confianza para apoyar su cabeza en el hombro ajeno, paralizándose al no saber cómo podría tomarse esto el mayor. Quizás no quería brindar un hombro en el que llorar y él estaba pasándose de listo.
Mas, cuando iba a separarse, el de rojo pasó sus dedos por su cabello, dándole a entender que no le molestaba esta interacción.
Aunque sintiera que iba a morir por exceso de cariñitos, no podía negar que esto era sumamente agradable, casi como si él fuera un cachorro que recién descubría lo que era recibir mimos.
Solo le faltaba mover la cola y aullar, fastidiándole que sus tentáculos se removieran persistentemente en su espalda, apretujándose entre sí.
Era gratificante que Pierrot no lo regañara por el sonido viscoso que acompañaba su agitación, permitiéndole pegarse más a él, abrazarlo con su brazo libre, frotar su mejilla contra su hombro como un gato meloso.
Empezaba a darle igual la imagen que pudiera llevarse de esto. Si ambos estaban cómodos, ¿qué tenía de malo? Aprovecharía esta oportunidad hasta ser apartado, dejando de lado la insistente culpabilidad que se esforzaba por expulsarlo de su euforia.
Que lo intentara todo lo que quisiera. Ya le agarró el gusto a esto, y está dispuesto a aferrarse con garras y lo que haga falta a estas migajas de amor.
Deseaba tanto mantenerse así, por siempre, incluso si eso le costara el sentido del olfato y la dignidad.
No quiero despertar de este sueño…
Para su mala suerte, la nube de afecto que los envolvía, tan densa como era, se dispersó en el instante en que la puerta se desprendió al recibir un suave empujón, provocando que los testigos se espantaran y vislumbraran la madera destrozada con los ojos como platos.
Jester no dijo nada al principio, quizás por el impacto de tener que reparar la puerta o por lo que encontró tras esta, siendo demasiado tarde cuando Pierrot y Harlequin reaccionaron y se apartaron como gatos del agua, apenados y con las mejillas encendidas.
“Vaya”. Expresó finalmente el líder, sonriendo de oreja a oreja. “Tendré esto en cuenta”.
“¡No te hagas ideas equivocadas!” Reclamó el menor, buscando alguna excusa para no darle satisfacción a su jefe. Qué bochornoso. No se suponía que los atraparan así… “¡Pronto empezaré otra pelea!” Se quejó al recibir un manotazo del más alto, acariciándose la zona afectada con un puchero.
“Y los volveré a encerrar aquí”. Condenó quien está al mando, indicándoles que salieran con un cabeceo. “Como sea. Pueden comer antes de empezar sus funciones, y los dejaré servirse extra porque se han portado bastante bien”. La velocidad con que se retiró solo podía significar que quería contarle el chisme a Ticket Taker, dejando a las víctimas de su constante maltrato ahogándose en su miseria.
Una vez en la privacidad, ambos respiraron el aire fresco del exterior, apenas contemplando el atardecer frente a ellos.
Harlequin le dio un suave codazo a su colega para captar su atención, sonriendo entre tímido y genuino. “Pierrot…” Musitó, teniendo que reunir bastante valor para decir algo luego de ser descubiertos actuando como una parejita adolescente. “La próxima vez, elige un lugar menos asqueroso para tener estas charlas, ¿sí?”
El de rojo correspondió su expresión, fingiendo que necesitaba pensárselo. “No prometo nada”. Bufoneó, deteniendo las payasadas al notar la forma en que la luz anaranjada se reflejaba en los mechones oscuros del cabello ajeno, dándole un aspecto reluciente y renovado.
Tal vez solo se trataba de un efecto secundario de librarse de su principal fuente de estrés, pese a que dudaba que sus problemas fueran a terminar así como así, pero le entusiasmaba que dejara de estar a la defensiva a su alrededor.
Es decir, a partir de ahí podría ser más cercano con él, ¿no? ¿Le daría la oportunidad de abrazarlo, consentirlo? Quizás llegar más lejos…
A la mierda lo que dijo Doctor. Tenía que probar los límites.
Inclinándose en cámara lenta, asegurándose de no ser invasivo, Pierrot carraspeó la garganta, manteniendo el contacto visual. “¿Volverías a escapar si intento besarte?” Pretendía sonar hipotético, pero que sus impulsos lo mantuvieran inquieto era ciertamente insoportable.
Después de soltar aire, como una risita, Harlequin se relamió los labios, claramente tomándoselo de manera cómica. “Bésame de una vez”. Para acompañar su bromita, hizo un gesto exagerado de besuqueo, deshaciéndolo antes de que fuera embarazoso.
No supo qué pensar al ver a Pierrot observándolo fijamente, demasiado centrado para su gusto, dejándolo con la intriga de si había llegado a incomodarlo.
Ahora que las cosas estaban bien entre ellos, se reprendió a sí mismo por fastidiarlo tan pronto, preparándose mentalmente para disculparse otra vez.
Mas, antes de que alguna palabra saliera de su boca, se percató de que su compañero se había acercado bastante, prácticamente sobre él. Lo extraño fue no verlo antes, teniendo en cuenta la forma en que su sombra cubría su rostro, pero sus interrogantes no hicieron más que aumentar al apreciar como cerraba los ojos y extendía sus labios hacia él.
Claro, debería esperarse algo como esto, aunque eso no hizo menos inaudito el sentimiento que inundó el pecho del menor al recibir un beso de Pierrot.
Tan dulce, tan inexperto.
¿Por qué estaba derritiéndose con un gesto tan torpe como ese?
Si estuviera con alguien más, ya estaría tomando el control, adueñándose de la respiración contraria e intensificándolo. Pero ese no era el caso. Por suerte, no.
¡Era Pierrot quien lo estaba besando! ¡Maldita sea! ¡Lo acosaría con esto por el resto de su vida!
Así de inesperado como llegó, el acto romántico finalizó sin llegar más lejos que un simple roce de labios, manteniendo al de verde en un limbo de enamoramiento abismal.
Todavía atontado, fue incapaz de percibir cuando el mayor le deseó buenas noches y escapó, justo antes de que saliera del trance.
Le ordenó entre gritos que regresara, maldiciéndolo por dejarlo solo con el desorden de pensamientos que abrumaban su mente.
Eso pasó de verdad, ¿cierto? No estaba imaginando cosas. Pierrot realmente lo… besó.
Aprovechando su aislamiento, hizo un bailecito de victoria, deteniéndose en seco al percatarse de un detalle relevante: ¿Por qué lo hizo?
O sea, recordaba perfectamente que había cancelado la deuda. Ya no cargaba con la obligación de complacer sus caprichos.
Suspiró, rascándose la mejilla que había sido acariciada anteriormente.
Tendría que exigirle explicaciones a ese tonto.
¿Les gustó la historia?
¡Sí! Fue increíble.
No estuvo mal, supongo.
Estaba culera.
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