Ciertamente , existe la intuición
y la esperanza que albergan ciertas almas , en el :
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Ciertamente , existe la intuición
y la esperanza que albergan ciertas almas , en el :
Ten fé.
Una buena ducha y una siesta ☺️
Amor incondicional ❤️
Que haces caminando "De Puntitas" en tu propia vida? 🤍
“La felicidad no se logra con grandes golpes de suerte, que ocurren pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.”
—Benjamin Frankli
19/Julio/2026
Errante°
Estoy viviendo las consecuencias de no ponerle límites a mi empatía.
Ya no soy aquella persona rota, con miedos y temores.
Un error me bastó para elegirme a mi misma , sin ruegos ni lamentos.
Me caigo, me levanto ,
Me equivoco , aprendo
y siempre
Con la mirada en alta.
Me volví distante ,
Me convertí en rutina,
En camino silencioso,
En suspiro,
Soy llanto ahogado,
Melodía triste.
Un libro olvidado.
Proverbio japonés;
"Observa a los demás, corrígete a ti mismo"
No hay poder más importante que el poder reconocer tus errores y enmendar tu acciones.
LA DISTANCIA ENTRE SABER Y VIVIR
Cartografía para atravesar los inviernos del alma
La experiencia, la filosofía, la psicología e incluso la simple observación de la vida suelen enseñarnos algunas verdades importantes. Aprendemos que el presente es el único lugar donde realmente existimos. Que el tiempo depende, en gran medida, de la percepción. Que los afectos no pueden poseerse. Que aferrarse a las cosas suele generar sufrimiento. Que muchas de las respuestas que buscamos aparecen en los pequeños instantes y no en los grandes acontecimientos.
Son ideas valiosas. Ideas verdaderas. Ideas que pueden ayudarnos a vivir mejor. Sin embargo, existe una diferencia enorme entre comprender una verdad y poder ponerla en práctica.
Los seres humanos no somos únicamente conciencia, ni observadores neutrales flotando por encima de la realidad. Tenemos un cuerpo, una historia, una memoria y una sensibilidad que nos atraviesa. Necesitamos alimentarnos, sentirnos seguros, ser queridos, encontrar refugio frente al dolor y darle sentido a aquello que nos sucede.
Esa misma fragilidad es la que nos enfrenta tarde o temprano a ciertas experiencias —una pérdida, una enfermedad, una decepción profunda o una crisis económica— capaces de bloquear nuestra mirada. Y cuando eso ocurre, el problema ya no se limita a la falta de conocimiento. Porque sabemos lo que deberíamos hacer. Sabemos que debemos aceptar lo ocurrido y seguir adelante; pero la verdadera dificultad es que además de saber, necesitamos encontrar la fuerza necesaria para ponerlo en práctica.
Y quizás esa sea una de las verdades más humanas de todas: hay momentos en los que la vida nos exige resistencia. Nos pide simplemente atravesar el día sin abandonar el camino.
Y aunque no existen fórmulas mágicas para lograrlo, hay algunas actitudes que pueden ayudarnos a caminar con mayor serenidad mientras esperamos que vuelva la luz.
LA PACIENCIA COMO ACTO DE RESISTENCIA
La primera tentación que aparece cuando atravesamos un momento difícil es querer escapar de él. Deseamos que el dolor termine rápido, que la incertidumbre desaparezca, que las respuestas lleguen antes de tiempo. Buscamos soluciones, explicaciones o atajos que nos permitan salir cuanto antes de ese territorio incómodo.
Sin embargo, la vida rara vez funciona de esa manera.
Así como una semilla necesita tiempo para convertirse en árbol o una herida requiere días para cicatrizar, ciertos acontecimientos interiores poseen un proceso que no depende de nuestra voluntad. Y aunque esto parece evidente, son pocas las veces que tomamos verdadera conciencia de ello.
Vivimos en una época donde todo debe ser inmediato: las respuestas, los resultados y hasta la felicidad. La ansiedad se ha convertido en el idioma silencioso de nuestro tiempo. Queremos que las cosas ocurran cuando nosotros lo decidimos y sufrimos cuando la realidad no respeta nuestros plazos.
Pero la existencia tiene una lógica diferente. Hay dolores que solo disminuyen con el paso del tiempo, pérdidas que necesitan ser elaboradas, aprendizajes que exigen atravesar diferentes etapas y cambios que ocurren lentamente, aunque no logremos percibirlos.
Por eso la paciencia es esencial, aunque no debe confundirse con resignación. Porque la resignación abandona y la paciencia permanece. Acepta que el camino continúa, aunque todavía no se pueda ver el destino.
APROVECHAR LAS GRIETAS
Existe una particularidad en los momentos de crisis que pocas veces podemos advertir mientras los estamos atravesando.
A veces las estructuras sobre las que habíamos organizado nuestra existencia dejan de funcionar. Y aunque solemos interpretar estas rupturas únicamente como una pérdida, también contienen una oportunidad extraña: la de revisar cosas, que hasta ese momento, parecían fuera de discusión.
En tiempos de estabilidad tendemos a movernos por inercia. Repetimos rutinas, sostenemos hábitos y continuamos tomando decisiones que alguna vez tuvieron sentido, pero que quizás hace mucho tiempo dejaron de representar lo que realmente somos. La costumbre posee una fuerza extraordinaria.
Nos acostumbramos a trabajos que ya no nos entusiasman. A relaciones que ya no nos hacen crecer. A proyectos que continúan ocupando espacio simplemente porque llevan años acompañándonos. Y muchas veces seguimos avanzando en la misma dirección sin preguntarnos demasiado por qué.
Las crisis interrumpen este comportamiento automático y ciertos caminos que jamás habíamos considerado comienzan a mostrarse posibles. No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo. Nadie elegiría voluntariamente atravesar pérdidas o situaciones dolorosas. Pero cuando nuestra estructura se resquebraja, también se debilitan esas resistencias que nos impedían cambiar.
Por eso, superado el impacto inicial, conviene observar qué nos está mostrando esa experiencia. A veces basta solo con modificar pequeñas elecciones y otras veces resulta necesario un cambio completo de rumbo.
Pero en ambos casos existe una pregunta que merece ser escuchada: Si la vida me está obligando a detenerme, ¿qué cosas debería revisar y elegir antes de volver a ponerme en marcha?
VOLVER A LAS PEQUEÑAS COSAS
Cuando el dolor ocupa demasiado espacio, nuestra mirada tiende a centrarse en aquello que nos falta. Pensamos en lo que perdimos, lo que no podemos cambiar y todo lo que no llega. Todo parece lejano y difícil. Y sin darnos cuenta, comenzamos a vivir exclusivamente en el territorio de la ausencia.
Por eso, en esos momentos, resulta necesario centrar nuevamente la mirada en aquellas pequeñas cosas que siguen estando presentes y que nos pueden recordar quiénes somos.
Cada uno tiene su pequeño refugio: escribir, leer, cocinar, caminar, escuchar música, cuidar un jardín, sacar fotografías o simplemente compartir una charla. Cosas que muchas veces parecen insignificantes porque no generan dinero, prestigio ni reconocimiento. Sin embargo, poseen un valor mucho más profundo, porque nos devuelven conciencia e identidad, porque nos recuerdan que seguimos siendo personas más allá de nuestro problema.
Una pérdida, una enfermedad o una decepción pueden marcar una etapa de nuestra vida, pero nunca explican por completo quiénes somos. Por eso resulta tan valioso conservar esos pequeños espacios, ya que alimentan la energía necesaria para seguir mientras las soluciones llegan.
PREPARAR EL CAMINO
Cuando atravesamos una situación difícil solemos quedar atrapados entre dos extremos igualmente estériles. Por un lado, la ansiedad de querer resolver inmediatamente aquello que todavía no puede resolverse y por el otro, la resignación de pensar que nada depende de nosotros y que solo queda esperar.
Sin embargo, entre ambas posiciones existe un territorio mucho más fértil. El de la preparación. Porque es cierto que los acontecimientos tienen sus propios tiempos. Pero aceptar esa realidad no significa permanecer inmóviles.
Erich Fromm diferenciaba la esperanza de la simple expectativa. La expectativa es pasiva. Espera que algo suceda. La esperanza auténtica, en cambio, participa del proceso. Se prepara para aquello que todavía no ocurrió.
La cosecha no solo se espera, debe sembrarse. Y la vida funciona muchas veces de la misma manera. No siempre podemos provocar los cambios que deseamos. Pero casi siempre podemos prepararnos para ellos.
Podemos aprender, ordenar nuestras prioridades, fortalecer vínculos, cuidar nuestra salud, desarrollar capacidades que quizás hoy parezcan innecesarias, pero mañana puedan resultar decisivas.
La oportunidad rara vez cambia una vida por sí sola. Lo hace cuando encuentra a alguien preparado para reconocerla y aprovecharla.
CONCLUSIÓN: EL VALOR DE SEGUIR CAMINANDO
Quizás una de las ideas más difíciles de aceptar sea que la vida no siempre puede resolverse ni ofrece una salida inmediata. Hay momentos en los que el horizonte se vuelve confuso y levantar la mirada exige una energía que simplemente no tenemos.
Y, sin embargo, incluso entonces seguimos teniendo una tarea: no abandonar el camino.
Quizás la verdadera fortaleza no consista en evitar el miedo, las dudas o el dolor. Quizás consista en aceptar su presencia sin entregarles el timón de nuestra vida.
Como enseña la Biblia en el Eclesiastés: “Hay un tiempo para todo... un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para hacer duelo y un tiempo para bailar”. Hay momentos donde el camino se despliega con claridad y otros donde apenas distinguimos el siguiente paso.
Pero la vida continúa. Y si perseveramos, quizás un día descubramos que aquello que interpretamos como un final era apenas una estación más del viaje. Porque los inviernos del alma son temporales y tienen la capacidad de enseñarnos a buscar la calidez.
Source: LA DISTANCIA ENTRE SABER Y VIVIR
Mi estrella ya no arde. No sé si alguna vez tuvo nombre. Si alcanzó a formar una constelación. Solo me quedan los nudos en las manos. La tierra reconoce mi peso. Mis rodillas le pertenecen desde hace años. Las plumas se hicieron polvo. El viento las levantó sin mirar atrás. Tal vez el orgullo consista en eso: seguir cavando cuando ya no queda nada. Una caricia es apenas calor prestado. Dura lo mismo que el aliento sobre un vidrio. Viví demasiado tiempo la vida de otro. ¿No fui el cansancio de mi padre? ¿La esperanza que mi madre nunca dijo en voz alta? Mi estrella todavía respira. Como una brasa enterrada bajo la ceniza. Mi cuerpo es un terreno baldío. Raíces rotas. Piedras. Hambre. Cargo un pozo debajo del pecho. Me asomo. Solo devuelve mi propia voz. No sé mirar mucho tiempo mis heridas. Siempre termino escarbando. La tierra se mete bajo mis uñas. Abro surcos con los dientes. Con alambre. Con las manos. Quiero saber qué sigue vivo aquí adentro. Pero mis manos… Mis manos siguen siendo las de un muchacho que creyó que la fuerza alcanzaba para sostener el mundo. Duermo poco. Pierdo. Sangro. Y la tierra, sin prisa, se queda con todo lo que fui.
El pensamiento necesita períodos de no pensamiento.
Tiempo en el que la mente no está siendo productiva ni recuperándose para volver a serlo. Tiempo que no sirve para nada y que, precisamente por eso, sirve para todo.
Si alguien preguntara qué hiciste durante esas horas, habría que responder: nada. Y aun así, esa respuesta sería incompleta. Porque allí ocurre algo que no tiene nombre en el vocabulario de la eficiencia.
La mente necesita momentos en los que no se le exige nada. Solo entonces puede sorprenderse a sí misma.
Es en la espera, en los trayectos, en el aburrimiento, en esos intersticios aparentemente vacíos, donde las ideas que parecían ajenas comienzan a reconocerse. Donde conexiones invisibles emergen sin haber sido buscadas. Muchos de nuestros mejores pensamientos nacen precisamente de ese abandono momentáneo del esfuerzo.
Pero para que eso suceda hay que soportar una incomodidad cada vez más rara: la de no estar haciendo nada.
Y en la época que habitamos, esa incomodidad se ha vuelto casi intolerable.
Lo que perdemos cuando no nos permitimos ese tiempo no son solo ciertas ideas. Perdemos la capacidad misma de tenerlas.
Seguimos escribiendo textos, tomando decisiones, resolviendo problemas. Seguimos produciendo. Pero algo empieza a desaparecer de la calidad de esos procesos: la posibilidad de lo inesperado.
Los pensamientos se vuelven previsibles porque nacen siempre del mismo tipo de atención, de la misma velocidad, de las mismas exigencias. Poco a poco se pierde el acceso a esa región silenciosa donde habita lo que todavía no sabemos que sabemos.
Y quizá allí, en ese espacio aparentemente improductivo, reside una de las funciones más importantes de la mente: descubrir algo que el esfuerzo por sí solo nunca habría encontrado.
Realmente me juré que jamás volvería a pasar por esto... Y no lo haré, ya es hora de amarme a mí misma como merezco y si ello implica la soledad, bienvenida sea.
Si hay algo que me define es la fuerza, así haya pasado mil tormentas he incendios, siempre tuve el valor de enfrentarme a todo , sola.
Me aislé tanto de todos y de cuanto fui, que ya,
ni me siento.