Eran dos individuos del todo insignificantes e ineptos, de ésos cuya existencia únicamente es posible dentro de la perfecta organización de las muchedumbres civilizadas. Pocos entienden que sus vidas, la esencia misma de su carácter, de sus capacidades y audacias, son mera expresión de su fe en la seguridad de su entorno. Valor, compostura, serenidad, emociones y principios, todo pensamiento grande o pequeño, no son del individuo, sino de la masa… de la masa que cree ciegamente en el poder irresistible de sus instituciones y su moral, en la fuerza de su policía y su opinión. Pero el contacto con el salvajismo sin atenuaciones, con la naturaleza primitiva y el hombre primitivo, desencadena súbito y hondo trastorno en su corazón. Al sentimiento de estar aislado de sus congéneres, a la nítida percepción de la soledad de los pensamientos y sensaciones propias, a la desaparición de lo habitual, que es lo seguro, se suma la aparición de lo inhabitual, que es lo peligroso: una sospecha de cosas vagas, incontrolables y repulsivas, que con su turbadora intromisión desbocan la fantasía y ponen a prueba los civilizados nervios, así de necios como de sabios.
[…]
Abordar problemas siquiera de orden puramente material reclama una mayor templanza y un ánimo más elevado de lo que suele figurarse la gente. No podían darse dos seres menos aptos para tal pugna. La sociedad, no por ternura, sino debido a sus singulares necesidades, había velado por ambos, prohibiéndoles todo pensamiento independiente, toda originalidad, toda desviación de la rutina, y prohibiéndoselo bajo pena de muerte. Solo podían vivir a condición de funcionar como máquinas. Y ahora, libres de la estrecha supervisión de los hombres con la pluma en la oreja, o de los hombres con los galones dorados en la bocamanga, se parecían a esos sentenciados a cadena perpetua que, liberados al cabo de muchísimos años, ignoran qué hacer con su libertad. Ignoraban qué hacer con sus facultades, pues los dos, por falta de práctica, eran incapaces de pensar por sus propios medios.
Una avanzadilla del progreso, Joseph Conrad.














