Su lugar predilecto en la biblioteca siempre fue junto a la ventana, apartada de todos los demás, inmersa únicamente en su lectura. Pedía prestados diversos tomos que contenían una única lengua en su interior, los cuales la áurea abría con una gran sonrisa, dispuesta cada nuevo día a expandir sus conocimientos. No obstante, llevaba la mitad de un libro escrito en griego, cuando, al desplazar la siguiente hoja, se halló inexplicablemente con puras hojas en blanco, bordeadas con amarillo en los bordes gracias al químico que las páginas adquirían por su antigüedad. Y a su parecer, las hojas faltantes no fueron arrancadas. ¿Cómo pudo ser que las autoridades de ese lugar pasaran por alto aquello? Con un suspiro, apartó el libro, colocándose de pie, queriendo buscar uno gemelo para poder continuar con su lección. Pronto, se pudo contemplar a la dueña de largas hebras doradas analizar cada estante únicamente con sus pupilas, sonriendo con satisfacción al encontrarlo. ¿El problema? Su ubicación no estaba a su alcance, a pesar de su metro setenta. Ni siquiera se molestó en comprobarlo, la respuesta estaba a la vista, por lo que miró hacia a su alrededor con cautela, visualizando el objeto que necesitaba en esos momentos. Sin embargo, alguien se encontraba a su lado, una figura que no pudo reconocer—. Buen día, lamento interrumpir de esta manera—seguramente un joven de su edad la observaría confundido, no entendiendo su formalidad. Mas Adela estaba orgullosa de los modales inculcados por sus padres, ¿por qué habría de esconderlos?—. ¿Podría utilizar la escalera o será que la necesita para algo más?