El pasado me persigue, las rosas ya no son del color que recordabas.
Quieres empezar de nuevo una y otra vez, cada vez que cometes el mismo error. Quieres hacerlo bien, pero sigue ahí.
No puedes avanzar, ni retroceder. Quieres gritar porque te vuelves a enamorar; a pesar que el daño ya está sumergido dentro de la herida ardiente.
Quieres hacerlo, dos, tres y hacer de cuenta que todo volvió a empezar, pero no es así. Sabes que en el fondo nada será igual.
Piensas que todo está yendo bien, de pronto, se estrella un avión de colores hacia nuestra burbuja -enloquecida de extraños misterios-.
Cómo volver a empezar, cómo mantener las esperanzas, si volveré a recordar todo de nuevo...
Estos meses después de que te vi devastado, puedo decir que te entiendo.
Te lastimé, pero yo no lo merezco. No merezco ser la consecuencia de ello cuando no era lo suficientemente buena para ti.
Éramos extraños con tormentas que no podíamos manejar, tenía miedo a estar sola y eras una buena compañía; pero nunca te amé.
Nunca quise ser algo más que amigos y si acepté fue porque tenía miedo que te vayas de mi lado, como todos.
Eras la única luz que me alumbraba y dejarla ir sería un error. Sentí que me iba a arrepentir por hacerlo. Una parte de mí solo quería entregarse y sentir, solo eso.
Sentir. Es difícil hacerlo cuando tu corazón le pertenece a otra persona, lo intenté; pero no podía seguir engañándome y engañándote a la vez.
Al estar confundiéndome y haciéndote daño con eso, tal vez si lo merezco.
Merezco haber visto eso y sentir culpa.
Cuando sentí que me gustabas, tenía que parar. No dejaba de extrañarlo, era complicado estar con una persona que no te gustaba, mucho menos la amabas.
Pero cuando empezaba a sentir algo, paré.
Tenía miedo de abrirme hacia ti, contarte mis secretos, mi pasado; me volvería vulnerable al hacerlo.
No podía volver a cometer el mismo error porque las personas son fugaces y lo único que tenemos son nuestros recuerdos, es todo. Tenemos que atesorarlo con lo que podamos porque es lo único que nos queda. No puedo desnudarme y mostrar algo de mí con cualquiera como ya lo había hecho anteriormente.
Era mágico, pero lo extrañaba. Lo sabias, en el fondo, lo sabias.
Cuando te hablaba de él y sentías como mis palabras empezaban a temblar, mi mirada se desviaba al vacío; lo sabias.
Cuando me preguntabas si seguía hablando con él, lo sabias; pero nunca dijiste nada.
Ese fue el problema, no poder soportar una ruptura. En ese instante supe que la que no quería estar sola no era yo.
Cuando te enteraste que volví con él, ni me mirabas, no te culpo.
Te sentías utilizado, pero cariño, esto fue al revés.
Cuando ya sentía los murmullos sobre mis hombros, sentí mi mochila más pesada supe que no estaba bien el lugar donde me encontraba.
Cuando le contabas a todos que yo era mala en esta historia, la primera indirecta se soltó, mis mejillas ardían. Solo pensé: Camila, no llores por favor, pero fue muy tarde.
Caminé de frente, no dejé que nadie me viera así, fui a la azotea de mi trabajo, al dirigirme a la puerta estabas tú, saliendo. Lloré, no podía soportar sus insultos e indirectas. Tu rostro se torció, me miraste aterrorizado.
Qué sucede—dijo con su rostro inexpresivo.
Todo es tu culpa, si dejarás de hablar. Esto es lo que causas, solo aléjate por favor.—dije
Perdón dijo e intentó abrazarme, pero lo alejé. Le dije las palabras que me arrepiento tanto, él pensaba que lo utilicé y con lo que dije solo lo afirmé. Me miró y sus manos se hicieron un puño, las venas le saltaban en los brazos, su mandíbula la apretó tanto que sentí que iba a golpearme; se relajó y se fue.
Era tarde, siempre fue tarde. Lo herí.
Pocos días después las llamadas ebrio por las madrugadas dejó de hacerlas, cuando pensé que ya estaba tranquila. Volvió a aparecer la última llamada.
La llamada de despedida cuando fui a buscarlo e hizo algo inimaginable. Lo solté.
De verdad me importabas, pero las cosas sucedieron de la forma equivocada. Debimos quedarnos como amigos, como solíamos serlo. No debimos arruinarlo. Querías ayudarme a salir del oyó cuando finalizo mi relación, me alzaste para salir de allí, pero no de la forma correcta. Creí que lo era, pero nos confundimos. En la tarde de mi ruptura, dijiste vamos a comer, contándote me puse a llorar en el restaurante porque no podía evitarlo. No hablaste del tema y eso estaba bien.
Solo dijiste: si las mujeres se vieran llorar no lo volverían a hacer, no te ves bonita. Sonreí, nos reímos juntos, eso estaba bien.