Juan Pablo no pudo más que carcajear, pues parecía que estaban sometidos y destinados a vivir en una jodida pesadilla, pero además de eso, aquella era muy cómica. No podía creer que un día antes de la fiesta de proposición, Samuel haya tenido los cojones para engañar a su ahora prometida. “Me acosté con Rebecca en la fiesta de cumpleaños de Hache”. Confesó como si eso se tratase de vómito verbal, lo sacó de su sistema sin pensar en las consecuencias, las cuales le importaban una mierda. “Somos unos cínicos de cuarta. Y los cuatro sabemos que esto es una farsa”. Encendió un cigarrillo mientras que Cami contaba su plan y ambos trataban de unir los hilos de la escena para que todo saliera a la perfección. “No lo defiendo pero, me siento igual que Samuel. Un caballero con armadura pero de plástico, y aún así, no sé si estoy dispuesto a cagarles la puñetera fiesta”. Suspiró pesadamente, sintiendo cómo su corazón se quebraba por enésima vez en el día. “Mierda. No sé Cami… Por mucho que odie la idea que las personas que más amamos se van a casar, no quiero ser el hijo de puta que les arruine su felicidad”. Lo único que sí puedo hacer es hablar con ella antes que ambos lo hagan oficial. Y tú deberás hacer lo mismo. Eso sí que lo podemos hacer ¿qué no?”-
“No me jodas, ¿El día en que se presentaron oficialmente como pareja?”. Susurró llevándose las manos a la boca, quedándose boquiabierta por aquella revelación, aunque ella tampoco estaba libre de ninguna culpa. parecía que solamente estaban ahí, para sabotearse. Respiró profundamente y le miró con una media sonrisa. “Samuel y yo nos acostamos ese día también, justo después de que Rebecca desapareciera”. Resopló y tuvo que bajar la mirada por unos instantes, sopesando todas las posibilidades; tratando de entender en su cabeza y corazón lo que iba a pasar. “Joder con nosotros. ¿No nos cansamos de ser usados?”. No había querido pensar en su corazón roto, sólo se había concentrado en ser una estratega, pero justo ahora, frente a su mejor amigo, todo se volcó en un vacío eterno y no pudo evadir el dolor tan desgarrador y repleto de la amargura que la llenó. Se dejó caer sobre las piernas del azabache y no paró de llorar y soltar sollozos una y otra vez. Ya no había más escapatoria. ¿Por qué habría de hacer algo que no le gustaría que le hicieran? ¿Por qué sentía que tenía que robar lo que por destino se había ido por sus propios pies? Sus brazos buscaron la cintura del muchacho y se deshizo ahí, sabiendo que no podría moverse ni aunque quisiera hacerlo. “¿Qué más podríamos decir que no se ha dicho antes? Me he cansado de rogar porque no se case con ella, pero eso es lo que quieren hacer, pues que lo hagan”. Las lagrimas siguieron su camino, pues Camila sabía, que una vez que ella dejara de llorar, tendría que pasar página. “Ambos merecemos personas que nos amen sólo a nosotros y no tengamos que pelear porque nos amen de vuelta, Juanpa. Tenemos que parar de sufrir, y empezar a vivir. Hagamos una promesa aquí, y ahora. Y es que nunca más mendigaremos amor”.














