La castaña no pudo evitar sonreír de nuevo, y es que, cuando Samuel estaba tan nervioso, lo único que ocasionaba era que la chica comenzara a meterse con él y no parar de hacer travesuras a su alrededor. Sabía que debía de tener cuidado, pero lo había echado tanto de menos que necesitaba que le sonriera y la abrazara el tiempo que tuvieran disponible. Así que tomó con el tenedor una porción de pastel y la deslizó por los labios del muchacho, embarrándolo por la nariz y los labios mientras reía como una niña pequeña. “Vale, que cero posibilidades tampoco había, y entiendo que se te haya pasado por la cabeza, créeme, pero que esta vez he tratado de ser lo más responsable posible. Nunca más echaré a perder tu felicidad, lo prometo”. Comentó con sinceridad pero dedicándole una mirada mientras se recargaba en su hombro e inhalaba su perfume. “Joder, ¿Paula? Ni de coña, se le notaría al instante”. Comentó con otra sonrisa y le alborotaba el pelo para que dejara de atormentarse por aquellos pensamientos. “No son estúpideces, siempre te ha importado las personas a tu alrededor y estás preocupado. Pero que todos estamos bien y sólo queremos verte feliz, que ya te toca un descanso”. Le abrazó por un costado y se quedó perdida ahí, con los ojos entreabiertos mientras se perdía en su pecho. “Justo ahora,,, Mucho mejor. ¿Y tú?”
Entre carcajadas, el pastel ya estaba embarrado en casi la mitad del rostro de Samuel, así que en venganza, hizo lo mismo, pasando su índice con chocolate por la nariz de la castaña, sus labios y sus mejillas. “Hasta con pastel en toda la cara te ves hermosa”. Confesó, sonriendo con nerviosismo de nuevo, dándose cuenta que su impulso lo había delatado otra vez. “Ven aquí, que te limpio todo eso”. Tomó una servilleta y se acercó lo suficiente, tanto, que podía percibir exactamente el perfume de la chica, el cual emanaba de su cabello y también de su cuello, literalmente era como querer embriagarse y tener abstinencia para siempre. Un suspiro invadió sus sentidos mientras limpiaba con cuidado a Rebecca. “Eh, sí, creo. Supongo que también me lo habría dicho al instante”. Intentó distraerse para no caer en su propio juego mental, donde eran ella y él besándose como si no hubiese un mañana. “Todos nos preocupamos por todos, aunque a veces nos odiemos”. Rió. “¿Muchos antojos con el embarazo?... Estoy bien, más tranquilo”.




















