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CROCIFISSO
EL ROBLE segunda parte.
Me encontraba inmerso en el bosque de fresnos. Seres inhumanos sin rostro cuchicheaban cosas ininteligibles, se reían señalándome. Había decenas de patas de caballos trotando a mi alrededor. Me sentía mareado y una sensación de asfixia me estaba matando. Entonces, me deperté de aquella pesadilla tosiendo y palpándome el cuello para comprobar que realmente había sido solo eso, un puto mal sueño.
Entonces caí en la cuenta de que mis manos estaban libres. Miré mis tobillos y vi que, aunque seguían rodeados por cuerdas, estas estaban cortadas.
- ¿Rubio? —lo llamé sin obtener respuesta—. ¿Luis? —igualmente nadie contestó.
Me vi solo en la cabaña del roble. Al ponerme de pie me golpeé la cabeza con una de las ramas. Del ancho y robusto tronco nacían muchas de ellas. Estaban curvadas de tal manera que terminaban tocando el suelo formando así un especie de iglú de madera, lo que hacía de aquel espacio un lugar ideal para refugiarse. Sinceramente, mi primer pensamiento no fue escapar. Estaba libre, nadie me vigilaba. Podía haber cogido mi mochila con las migajas de comida que dejaron y haber terminado con aquel cautiverio, pero no. Mi primer impulso fue buscar a mis captores. Mi curiosidad era mucho más fuerte que mis deseos de libertad.
Salí del roble y anduve entre los fresnos marcando sus troncos para facilitar el camino de vuelta en caso de no encontrarlos. Tuve suerte, porque escuché como agua corriendo y seguido, relinchar a un caballo. Me dirigí en aquella dirección. Pronto llegué a un riachuelo flanqueado por dos hileras de enormes cipreses. Al otro lado de la orilla, el Rubio, en calzoncillos blancos, cabalgaba al galope su caballo de lado a lado, y Luis permanecía quieto sobre una gran roca con una especie de caña. Aquello era una auténtica escena bucólica que, si mis manos hubieran tenido la virtud de la pintura, hubiera retratado para la posteridad.
Me acerqué a Luis y me senté junto a él. Estaba pescando.
- ¿Pican mucho? —pregunté mirando la cesta que ya contenía un par de truchas medianas.
- Queda poco para que termine la temporada, pero sí, aún hay buenos ejemplares —respondió ofreciéndome un cigarro mientras él se encendía otro.
Él también estaba en calzoncillos. Hacía calor, la verdad, y las aguas transparentes invitaban a darse un baño.
- ¡Mira, otra! —exclamó Luis sacando una trucha más—. Esta noche cenaremos pescado. ¡Jajaja! Como todas las noches.
- ¿Cómo conseguís sobrevivir en este sitio? ¿Y los cigarros?
- Hay una venta a tres o cuatro kilómetros de aquí, y un pequeño pueblo un poco más allá. El Rubio y yo nos turnamos una vez a la semana para el abastecimiento de provisiones. Hacemos trueque, nada de dinero. Pequeños trabajos y pescado a cambio de comida y algo de ropa. Y si hay suerte, pillamos tabaco y hasta alguna cerveza —sonrió y aspiró el cigarro—. A Elana le encanta ir por allí, sobre todo cuando el ventero le da zanahorias tiernas.
- ¿Elana?
- Sí, la yegua del Rubio—fumó pensando si confiarme más información. Pero tras un par de caladas, prosiguió—. Nunca nos ha gustado robar. Teníamos nuestros trabajos y nuestro rancho, pero todo se fue a la mierda cuando aparecieron los terratenientes para hacer urbanizaciones y nos arrebataron la vida tranquila que habíamos construido. No huímos de la justicia, no somos delicuentes, pero no íbamos a consentir que ninguno de los dos sufriera daño alguno. Lo más importante es tenernos el uno al otro.
- Amenazas de muerte, supongo.
- E intentos. Quemaron el racho y murieron todos los animales. El Rubio estaba dando una vuelta con Elana y eso los salvó. Vino corriendo a rescatarme y conseguimos huir a tiempo, pero nuestras cicatrices llevamos en el alma —se quedó en silencio y concluyó—, y en el cuerpo.
Luis se giró y vi un par de punzadas ya cicatrizadas en su costado.
- ¡Qué injusto, joder! —dije lleno de rabia.
- Cuando lo veo así, disfrutando de la naturaleza —dijo mirando al Rubio con extrema ternura—, me parece algo increíble.
El Rubio y Elana parecían una sola criatura, un centauro de oro y plata. Hacían giros, quiebros y piruetas a dos patas. Cuando se percató de mi presencia, puso rumbo hacia nosotros a trote ligero.
- La verdad es que se ve muy hermoso —dije lo que me salió del alma al verlo venir.
- Sí, míralo. Su melena al viento, su cuerpecito menudo. Por no hablar de sus artes amatorias —dijo Luis con absoluto deseo—. Es como un adonis, parecía inalcanzable cuando lo vi por primera vez.
- Pero lo has conseguido. Incluso, veo que, a pesar de esa admiración, tu trato hacia él es autoritario y dominante.
- Así es. Ambos nos ofrecemos aquello que deseamos.
El Rubio llegó hasta la roca, bajó de su hermosa yegua gris y la acarició con agradecimiento.
- Venga bonita, bebe y come esa hierba fresca, que te lo has ganado —y ella le correspondió relinchando de alegría—. Hola Matt, ¿has descansado? —dijo ofreciéndome una bonita sonrisa.
- Claro, estaba rendido, y después de tus servicios no hay nada más reconfortante que una buena siesta.
- Es que desoués de correrse es lo que toca, ¿verdad, Luis? —dijo dándole un beso en el hombro.
- Chicos, quería daros las gracias por haberme dejado libre.
- En seguida supimos que no eras peligroso, pero quisimos ser prudentes —dijo Luis levantándose.
- ¿Hace un baño? —preguntó el Rubio descalzándose los gayumbos.
Luis siguió los pasos de su amado rubiales y yo no quise quedarme atrás. En pelotas, nos metimos en el agua, que aunque estuviera muy fría, se agradecía. Aquella tarde era infernal.
Estuvimos riendo y hablando de muchas cosas. También jugamos como niños a la lucha libre y a darnos chapuzones.
El atardecer enrojeció el cielo y conectamos con su energía. El agua nos llegaba por las caderas y el Rubio se abrazó al cuello de Luis, y este lo sujetó por las corvas y la espalda. Se besaron sin pudor delante de mí y entonces, Luis abrió un ojo y me miró. Lentamente se fue acercando hasta que no tuve más remedio que extender mis brazos y coger al Rubio como si fuera a pasármelo. El muchacho extendió su brazo sobre mi cuello y estiró las piernas sacando a flote su hermoso ombliguillo y su delicioso pubis. Luis y yo lo sosteníamos entre nuestros brazos y lo girábamos para escuchar el sonido del agua resbalando por su precioso cuerpo. El frescor del agua había encogido sus pelotas haciéndolas minúsculas. Su escroto tenía el aspecto de un cerebro de cordero, no se apreciaban los huevos, toda la superficie era una cúpula de piel estriada y endurecida. Su polla también se había vuelto tímida y descansaba sobre el frondoso pubis.
- No te cortes, Matt —dijo Luis imaginándose mis intenciones.
Me acerqué a sus cojoncillos y exhalé mi aliento cálido sobre ellos. Me encanta sentir su textura arrugada e ir deshaciéndola con el calor de mi boca. Besé aquel delicado pellejo con mimo. Luego lo lamí con la lengua y resurgieron poco a poco sus pelotas ovaladas. De reojo vi que su rabito fue creciendo y engordando acercándose a su ombligo. Ya con los cojones bastante blandos, subí con mi lengua para probar su nabo, y me lo metí en la boca. Lo dejé atrapado, quieto. Quería que sintiese el calor de mi garganta. El Rubio seguía con los brazos en cruz sobre nuestras espaldas y mirando como el cielo se iba anaranjando. La música de fondo de aquella estampa eran sus susurrantes gemidos.
De repente, noté que algo rozó mi prepucio. Mi polla, completamente dura, estaba chocando con el rabo tieso de Luis. Ambas buceaban bajo la espalda del Rubio. Entonces quise cambiar de nabo y me sumergí para mamárselo. No me hizo falta su permiso esta vez. Aguanté la apnea todo lo que pude. El contraste del agua fría y su rabo caliente era maravilloso. Sus cojones también estaban arrugados. Se los comí un buen rato pero en el medio acuático me fue imposible descolgárselos. Salí a respirar entre las piernas del Rubio. Por fin tenía su riquísima raja a mi merced. Él mismo se estaba acariciando el anillo. Lo hacía magistralmente. Bajaba con tres dedos y al subir metía uno, luego volvía a bajar y lo bordeaba para abrírselo, momento que aproveché para clavarle la punta de la lengua. Una vez que sintió mi cara pegada a su raja, sacó su mano y me dejó el camino libre. Lo besé, lo lamí con mucho gusto, le daba unas pasadas de lengua con fuerza para que mis papilas gustativas rozasen los cuatro pelos de su ojal y los pliegues. El Rubio se retorcía de placer en los brazos de Luis y gemía con más fuerza.
Mis dedos también quisieron jugar en su interior, pero la saliva se diluía con el agua, así que salimos del río y nos echamos en la orilla. El Rubio se puso a cuatro patas y Luis arrodillado enfrente de él, le follaba la boca con su rabo gordo mientras yo, sentado en el puto suelo, seguía jugando con su maravilloso culito. Me dieron unas ganas tremendas de palmotear las mollas y así lo hice. Un dedo se había quedado corto, así que le metí otro alternando las bofetadas de una a otra cacha. Su palidez se fue tornando del color del atardecer. El cabrón de Luis me animaba a que siguiera azotándo y comiéndole el culo a boca llena.
- Cuando creas que esté preparado, me avisas —dijo tomándose el derecho del primer turno.
- Rubio, ¿tú qué dices? —le pregunté con tres de mis dedos metidos en su culo—. Yo lo veo en su punto.
- ¡Folladme ya, por favor!
El Rubio estaba deseoso de sentir nuestras pollas duras. Entonces, Luis me cedió el sitio de la mamada, y se puso en cuclillas para clavársela de una atacada. Se ve que le dolió bastante a pesar de la dilatación, porque casi se ahoga al intentar gritar con mi polla en la boca. Luis comenzó a bombearle el culo a buen ritmo y de vez en cuando también le daba un palo en las nalgas. Yo tenía el rabo incandescente y con ganas de metérla, pero mi extremo gusto por comer culo me hizo probar suerte con el de Luis. Así que me fui por detrás, lo cogí de las caderas y me arrodillé. La vista era espectacular, podía ver la follada en primer plano, los cojones chocándose con la entrada y su culo moreno abierto pidiéndome lengua. Me amorré a su ojete y por un momento se detuvo. Me cogió la cabeza y la apretó hacia sí. Yo pensé que quería mayor roce, pero cuando vi que no cedían sus fuerzas me imaginé que quería impedir que respirase. Ese juego loco me excitó muchísimo y más ganas me dieron de comérselo. Reinició la follada y yo saqué mi lengua para restregársela por la raja coindiciendo con la subida y bajada de su culo.
Pero el Rubio reclamó polla para su boca y dijo:
- ¡Es increíble, dos pollas y yo con la boca vacía! ¿Es que nadie tiene piedad de mí?
- Matt, dale rabo, que con tanto jadeo va a marearse —me ordenó Luis sin dejar de petar.
- Pero yo quiero lefa y también quiero metérsela —reclamé sin vergüenza.
- Eso tendrá que esperar. Ponte en 69 —volvió a ordenarme Luis—. Además, hace tiempo que no se corre en caliente. Lo agradecerá.
No tuve otra que obedecer, así que me colé entre las piernas de ambos. En el trayecto, me restregué por la cara el delicioso culo de Luis, sus cojones ya colganderos y la base de su polla que entraba y salía del dulce anillo. Luego me topé con las pelotas rosadas del Rubio, hasta que me metí su nabo en la boca al mismo tiempo que él se metió el mío y cesó la hiperventilación. Las tres pollas estaban a cubierto entrando y saliendo de nuestras mucosas. Del culo del Rubio caían gotas de saliva y líquido preseminal que Luis bombeaba hacia fuera y que, a modo de gotera, terminaban en mi frente mientras yo engullía con sumo gusto el rabo del rubiales. La petada de Luis fue cada vez más fuerte y un gruñido anunció su tremenda corrida. Saber que ya había deslefado en su interior excitó al Rubio sobremanera y terminó corriéndose en mi boca. Disfruté su lefa muchísimo, la degusté con pasión. El sabor de su interior y la mamada que me estaba dando fueron más que suficientes para que mi polla terminase explotando en su garganta. Luis, ya corrido, se arrodilló entre mis piernas y juntó su polla con la mía para que el Rubio las limpiase hasta que se nos bajase la erección, pero fue imposible. Su boca, maestra en mamar, seguía excitándonos, así que solo pudimos bajar la empalmada con otro refrescante baño.
Ya de vuelta a la cabaña del roble, Luis preparó los pescados en espeto y estuvimos charlando toda la noche hasta que el sueño nos invitó a acomodarnos y soñar con el día siguiente. Yo tardé un poco más en dormirme. Verlos acurrucaditos me produjo una tremenda sensación de paz, pero también un poco de miedo. Me sentí demasiado a gusto con ellos, y eso era peligroso teniendo en cuenta las razones de mi huída. No quería volver a caer en las garras del amor. Así que intenté recrear en mi mente la tarde en el río para no pensar. Lo último que recuerdo es que me dormí con una sonrisa.
...CONTINUARÁ...
EL ACEBUCHE.
No tenía buena pinta aquel aquel bar a la entrada del pueblo al que llegué para tomar algo tras tres días caminando. No me apetecía probar suerte en casas de vecinos después de la experiencia del cortijo navideño, así que, hasta que no estuve cerca de lo que se pareciese en algo a la civilización, no paré a descansar más de tres horas seguidas, que aprovechaba para echar una larga siesta.
El Acebuche, como digo, no tenía buena pinta, pero al fin y al cabo era un bar. La fachada estaba desconchada y el cartel medio doblado, no quería imaginarme cómo estarían los vasos y los cubiertos, pero mi culo, ya repuesto del pollón de Goyo, se moría por sentarse en una silla; por no hablar de mi garganta, que pedía a gritos una cerveza fresca. La polla de Fede no era ningún pollón pero llevaba un piercing, y al no haber tenido el control en mis manos para frenar la profundidad de la follada de boca, se ve que me irritó la faringe al golpeármela sin compasión.
Esperaba que tras la barra hubiera un hombre mayor, antipático y sudoroso, pero al entrar no vi a nadie. Me acerqué observado el local. No se veía aseado, tal y como esperaba; estaba bastante oscuro y se escuchaba una radio de fondo, parecía un partido de fútbol.
- Buenas tardes —dijo una voz relativamente joven que no atinaba a saber de dónde procedía— ¿Qué desea?
Me di la vuelta, y junto a la puerta ví la silueta de un hombre a contraluz con mandil y una escoba en la mano.
- Buenas tardes, me gustaría tomar una cerveza.
- Pues está usted en el lugar perfecto —dijo con voz amigable entrando hasta la barra—. No suele venir mucha clientela a esta hora, así que aprovecho para barrer el patio trasero. ¿Quinto o tercio?
- El que tengas más fresco. Hace un calor insoportable.
El paseillo que hizo desde la puerta a la barra fue suficiente para repasarlo desde todas las perspectivas. Pelo anillado rubio, anchos hombros, estrecho de caderas y fuertes brazos y piernas. Los vaqueros le hacían un culo estupendo, por cierto. Cuando lo tuve enfrente, me quedé prendado de sus ojos grises y su voz, que era llamativamente grave para la cara de querubín que tenía. En seguida, me imaginé que debía tener unos veintiocho años y par de pelotas bien gordas.
- ¿Y qué le trae por aquí? —preguntó el muchacho—. No es habitual la visita de forasteros.
- Bueno, voy buscando el mar. Vengo de lejos y voy parando en diferentes lugares.
- Ahora que no nos escucha nadie, le diré que este pueblo se ha ganado a pulso la fama de antipático —dijo bajando volumen de su potente voz mientras yo le daba el primer trago a la cerveza.
- ¡Dios, qué buena está!
Me extrañó que siendo de aquel lugar le diese mala publicidad. El joven, bayeta en mano, prosiguió con su discurso.
- Este es un pueblo medio muerto. Aquí la gente es muy mayor. Los jóvenes se largan en cuanto pueden.
- ¿Y tú? —me atreví a preguntarle—. ¿Este es el futuro que has elegido?
- Me llamo Ramón —respondió muy serio—, y sí, este es mi futuro, aunque no lo he elegido yo —dijo mirando de reojo hacia su izquierda.
Se escuchó el sonido de una persiana de canutillo y giré la cabeza. Del almacenillo atestado de cajas con cascos de refrescos vacíos salió el hombre mayor, sudoroso y obeso que yo esperaba encontrar detrás de la barra de aquel cochambroso bar.
- ¿Quién va? —preguntó aquel personaje.
- Padre, es un forastero que está de paso. Dice que va buscando el mar.
- Me llamo Matt. Es el primer bar que he encontrado en varios kilómetros. Tienen buena cerveza.
- Tanto gusto, yo soy Justo, para servirle.
Entonces entendí el cambio de humor del querubín de culo bonito. Cuando el viejo se acercó para saludarme, la tenue luz del expositor de bebidas iluminó su rostro en la oscuridad y vi que estaba ciego. Ramón no podía huir de allí y dejar abandonado a su padre invidente y tan mayor. Comprendí su desmotivación y alergia al pueblo.
Justo fue realmente simpático conmigo. Quiso que me sentara en una mesa e hizo que Ramón sacase unas viandas que me revitalizaron el cuerpo y el alma. Luego se marchó a descansar y quedamos Ramón y yo compartiendo la sobremesa.
- Por cierto, tutéame Ramón, por favor.
- De acuerdo, Matt. Así que vas buscando el mar —dijo el rubio atusando sus ricitos y abriéndose la camisa—. Ahora que lo dices, me vendría de lujo una baño en la playa. Este calor empieza a ser insoportable.
- Sí, un baño en la playa estaría genial —dije mirando su pecho con cuatro pelos rubios sin ningún pudor—. Verás, no sabría decirte un por qué en concreto. Soy hombre de mar. Nací junto al mar y siempre he vivido en ciudades con puerto o playa.
Dos gruesas gotas de sudor recorrieron su piel blanca desde el cuello hasta desaparecer por dentro de su camisa. Entonces, noté como mi rabo empezó a chorrear al imaginarme recoger aquellas gotas con la lengua e investigar más allá de su camisa y su mandil.
- Mira Matt, el mar no queda cerca de aquí, pero yo tengo un remedio casero para combatir este calor de muerte. Ya verás, es infalible. Acompáñame.
Seguí sus pasos sin pensármelo. Me dio la sensación de que el rubio se me había insinuado con el gesto de la camisa y su seductor tono al preguntarme, pero no quería hacerme ilusiones. Comer y beber me habían despertado las ganas de follar, pero no quería equivocarme. Me llevó hasta la parte de atrás. Atravesamos varias estancias, entre ellas, una especie de garaje con herramientas y seguido, un gallinero que daba a un patio con el suelo de cemento rodeado de macetas llenas de hermosas plantas. Enfrente, se extendía un espeso huerto de acebuches y grandes olivos. Ramón se quitó la camisa y el mandil, se fue a una esquina y se agachó para trastear una boca de riego.
- ¡Joder! No sé qué le pasa a esto ahora —dijo enojado al no poder poner en marcha el agua—. Si solo tienes esa ropa, será mejor que te la quites.
Yo solo estaba mirando aquellos vaqueros medio sucios que hacían un arco perfecto coronado por unas fuertes nalgas. Me acerqué por detrás aprovechando que no cambiaba la postura y me arrodillé asiendo sus potentes muslazos. Entonces, Ramón se incorporó, se desabrochó el pantalón y dijo:
- Quiero que sepas que vas a darme el momento más excitante de los últimos cuatro años de mi vida. Haz que sea inolvidable.
Subí mis manos hasta su cintura y agarré los pantalones. Fui bajándolos lentamente. No quería perderme ni un centímetro de su piel caliente y húmeda. Pegué mi nariz a la parte más baja de su espalda y fui bajando al mismo ritmo que lo iba desnudando. Pronto aparecieron las montañas de sus glúteos. Mi barbilla sintió la depresión de su raja y automáticamente se me abrió la boca. Necesitaba saborear el salado comienzo de aquel maravilloso y profundo valle de carne tersa y pálida. Ahí me detuve un instante mientras le bajaba los pantalones hasta los tobillos. Las cachas del culo fueron un imán para mis grandes manos. Las agarré con fuerza y fui abriéndolas lentamente. Pero antes de mirar, cerré los ojos e introduje mi nariz entre ellas para que el aroma de su piel más íntima penetrase en mi cerebro a través del sentido más potente, el olfato. Su raja estaba ligeramente poblada de suave vello, pude sentirlo cosquillear mi nariz al bajar más y más. Su olor a macho se fue haciendo intenso. Noté que se agachó y eso ayudó a que su culazo se abriese mucho más. Entonces pegué mis labios a su ojete. Ummmmmmm, qué textura más jugosa. Estaba caliente y ligeramente humedecido por el sudor, lo sentí como un anillo perfectamente redondo. Lo besé varias veces. Era como besar unos labios sedosos pero con la esencia masculina del perrako que era, estaba claro. Pero Ramón no solo se agachó para facilitarme el acceso a su culo, no. De repente, noté que sus manos manipulaban mi cinturón en busca de mi polla, que ya la tenía reventando mi bragueta. No pudo sacarle ni una gota al grifo del patio, pero al sacar mi nabo se mojó inmediatamente las manos con el chorreo que salió de mi largo prepucio.
- ¡Dios, qué maravilla! —exclamó al pringarse las manos—. Esto es pura miel para mis labios.
Entonces, abrí los ojos y pude ver aquella raja que estaba besando. Era tal y como me la había imaginado con el resto de los sentidos. Saqué la lengua y escarbé en aquel carnoso anillo. Se abría con cierta facilidad. Ramón estaba muy caliente, su sonora respiración lo delataba. Mientras yo devoraba su culo a lamidas cada vez más fuertes, él me pajeaba de una forma especial. Me retiró el prepucio con una mano y me masajeaba el capullo con la palma de la otra mano cerrada. El frote era tan intenso que me hacía chorrear más y más líquido transparente. Ramón se incorporó de nuevo y se dio la vuelta. Su polla estaba frente a mí. Tiesa, no llegaba a medir más de nueve centímetros, pero me miraba tentándome a metérmela en la boca. Cuando fui a sucumbir, Ramón me lo impidió y me cogió las manos para que me levantase. Me besó el pecho y se puso a jugar con mis pezones. Uffffff, qué boca más caliente. Mamaba mis tetillas sin descanso con sus labios, su lengua y sus dientes con los que me daba suaves mordisquillos. Bajó relamiendo la línea central de mi torso hasta que se metió mi polla en la boca.
- ¡Buaaaaaahhhh! ¡Qué boquita tienes, caniche! —dije acariciando su pelaje ensortijado.
De repente, se escuchó la puerta del patio. Yo me asusté e intenté retirarme de su boca, pero aquel perrako tenía demasiada hambre para deshacerse de mi pedazo de carne llorona. Ni se inmutó. Siguió mamando sujetándome las piernas para que no escapara. Me lo temía. En el patio apareció Justo ayudado por su bastón y camuflado tras un sombrero de paja.
- ¿Estás ahí Ramón? ¿Por qué has cerrado el bar? Están a punto de venir los de la partida.
- Sí padre, estoy aquí —dijo Ramón sacándose mi rabo de la boca—. Aún falta media hora —y volvió a mamármela.
No me lo podía creer. Justo estaba a no más de cuatro metros de nosotros y su hijo estaba amorrado a mi nabo como un puto cervatillo.
- Estoy intentando sacarle agua a este grifo, pero no termina de salir con potencia —dijo el muy cabrón masturbándome las veces que no me la estaba mamando.
- Lo que tienes que hacer es abrir la llave de paso del patio, Ramón —dijo muy sabiamente ignorando el aquelarre que estaba sucediendo ante sus ojos—. Yo voy a sentarme un ratillo aquí, parece que se está más fresco.
Me relajé al ver que no había peligro, incluso me dio morbo ver como el viejo Justo se secaba el sudor con su pañuelo de tela mientras su hijo trabaga polla como un mamonazo.
- Si sigues dándole al grifo de esa manera va a explotar —dije para seguir el sucio juego.
- ¿Estás ahí Matt? —preguntó Justo—. Pensé que te habías marchado ya. ¡Ramón, hazme caso hombre!
Y Ramón le hizo caso. Dejó mi rabo y se fue a abrir la toma general del patio. Luego abrió el grifo, y de la manguera salió un chorro suave, sin mucha potencia, ideal para refrescarse. El querubín de ojos grises se me acercó y me abrazó. Nos fundimos en un beso apasionado y luego puso la manguera sobre nuestras cabezas a modo de cascada. Fue una sensación bestial. Seguíamos calientes como perros pero el agua fresca aliviaba con creces aquel puto calor asfixiante.
- Podías regar las plantas, Ramón —sugirió Justo—, las pobres también pasan calor.
- Claro, padre —dijo guiñándome un ojo.
Ramón me llevó hasta la valla que separaba el huerto del patio. Estábamos enfrente de su padre, a unos pocos metros. Me pidió que lo ayudase a guardar el equilibrio para ponerse de puntillas y sacar el culo por la valla. Me temí sus intenciones. Tomó la boca de la manguera y se la aplicó al ojete, y a los pocos segundos, empujó con fuerza . Así varias veces. Los acebuches estarían muy cotentos, desde luego. Me dio el mando de la maguera y fui rellenando aquel maravilloso culazo conforme lo vaciaba. Era como una rica fuente natural.
Vacío completamente, Ramón se dio la vuelta y apoyado en la valla, subió una de sus piernas. No había duda, quería rabo.
Yo aproveché para comerle un poco más el culo, pues estaba fresquito y mojado, bien jugoso. Me retraje el prepucio, solté un buen lapo en mi nabo y lo encajé en el rosado anillo de Ramón. ¡Joder, qué bien entró! No costó nada al principio. Entró el capullo por completo. Luego se frenó. El agua había hecho desaparecer cualquier lubricación. Así que volví a escupir sobre el mismísimo ojete, pero seguía sin ser suficiente. La mejor saliva es la del fondo de la boca y la que se produce con las arcadas, así que le metí tres dedos en la boca a Ramón para que salivara con espesor y la apliqué a la unión de mi polla con su ojete. Ahora sí, uffff, cómo entraba. Ramón se tapaba la boca con la mano o se mordía el antebrazo para que su padre no se extrañara por los gemidos. Yo bombeaba mi capullo en su precioso culito manejándolo con una mano mientras regaba nuestros cuerpos con la otra. El morbo de tener a su padre de espectador ignorante, me procuraba aún más excitación. Quería preñarlo, deseaba rellenar el hermoso culo de Ramón con mi manguera. Entonces, puse la del agua mirando al cielo, le coloqué el dedo para hacer presión, y convertí el chorro suave en una fina lluvia bajo la que ambos vibrábamos al son de orgasmos simultáneos. Su rabo empezó a lefar el charco sobre el que estaban nuestros pies y el mio rellenó sus entrañas con lefa de tres días.
No cesó la llovizna todo el tiempo que tardó mi rabo en desinflarse y ser escupido por el culo de Ramón. Preñado y contento, se acercó al grifo y lo cerró.
- Padre, qué bien sienta un remojón a media tarde —dijo para mayor cachondeo.
- ¡Déjate de remojones y atiende el bar, que estarán los clientes desesperados.
Pero la puerta del bar estaba igual de solitaria que lo había estado la vida sexual de Ramón desde hacía cuatro años. Ramón movió su culito reventado hasta la barra y sirvió dos cafés.
- Supongo que te marcharás ya mismo —dijo con su grave y sensual voz ahora más sedosa—. Recuerda que si no encuentras el mar, aquí se pasa bien con una simple manguera.
- Imposible olvidarte, Ramón, imposible —dije con cierta tristeza—, pero he de marcharme.
- Espera, toma —dijo dándome una bolsa llena de comida—. La ha preparado mi padre. Él no puede ver el mundo que le rodea, pero siempre ha sabido apreciar las necesidades de las personas.
- No sé cómo agradecéselo.
- Llevándotelo, sin más. Ahí se ha quedado, regando los acebuches, como si les hiciera falta después de mi riego cular, jajaja.
- ¡Jajaja! Pues, dale las gracias de mi parte.
- ¡Ah! Y toma.
Ramón se metió la mano en el bolsillo y sacó los calzoncillos que llevaba puestos cuando lo desnudé. Me los llevé a la cara y supe que podría rememorar su aroma cada vez que cerrase los ojos.
Me fui hacia la puerta, me di la vuelta y allí estaba Ramón detrás de la barra, con una inmensa sorisa, con su culito lefado y con sus graciosos ricillos tirándome un beso al aire.
Me fui atravesando el pueblo que seguía igual de vacío que lo encontré al llegar, pero esta vez me acompañaba el perfume de Ramón en la mochila.
Faltaría una hora para el atardecer. Me encanta observarlo mientras sucede.
…CONTINUARÁ…
EL ALGARROBO parte segunda.
De las cachas me fui a la raja. Antes de tocarla con los labios, quise sentir su aroma, su dulce aroma. Mi nariz surcó inspirando aquel canal tapizado de fino vello. ¡Qué maravilla de culito! Al olor sumé su sabor. Ummmm, riquísimo. Su textura era tersa y suave. Me entretuve en el anillo un buen rato. Lo besé, lo lamí, lo succioné, lo babeé y me lo comí salivando como si yo fuera la viva reencarnación de un hermano del mismísino Sansón. Me hubiera gustado tener las manos libres para abrirlo, meterle los dedos y jugar un poco con él, pero no me era posible. Mis brazos estaban tensos, atados al majestuoso algarrobo.
- ¡Fede! —exclamó Goyo—. ¡Meada de mono!
Me quedé extrañado, pero yo seguía comiendo. Sin embargo, Fede, sin decir palabra, se bajó de mis rodillas y me dejó con la miel de su ojete en los labios. Trepó por el algarrobo y llegó hasta una de las ramas fuertes que había a un par de metros sobre mi cabeza. Entonces, abrió las piernas con el culo en pompa y se sacó el nabo del suspensorio rosa. Me miraba y se reía. Goyo por su parte, me agarró del pelo y me echó la cabeza hacia atrás, de tal manera que no podía cerrar la boca. Y en pocos segundos, vi cómo un chorro de dorado líquido surtía de la polla del argentino, regándome de arriba abajo. Goyo intentaba controlar mi cabeza para que la meada de Fede entrase en mi boca pero tuvo el mismo éxito que un escanciador de sidra borracho, la mitad dentro y de la otra mitad, un tanto sobre mi cuerpo y el otro al suelo. Me escocían las heridas del torso con aquella caliente lluvia dorada y especialmente, notaba arderme las que me hizo Sansón con sus garras en la espalda, pero a pesar de todo, ese resquemor me hacía sentir realmente poseído.
Una vez comido y meado, Goyo ordenó de nuevo a Federico bajar del algarrobo y utilizó otra cuerda para atarlo a mis piernas.
- ¡Gaucho, al pilón!
Fede se colocó pegado a mí, frente a frente. Mientras Goyo ataba nuestras piernas hasta los gemelos, él se entretuvo lamiéndome las salpicaduras de sus propios meos que humedecían mi rostro y mi pecho. Tenía una boca prodigiosa. ¡Qué sensación más placentera la de sentir su lengua paseando por mi piel! Mi polla, totalmente endurecida estaba clavada en su ombligo depositando en el hoyito una buena cantidad de viscoso y transparente líquido preseminal. Ya empezaba a notar los cojones colganderos y duros golpeando la cara interior de mis muslos.
Aseguradas las cuerdas, Fede abandonó las lamidas de cara para hacerse cargo de mi nabo. Su boca caliente y húmeda abrazó mi prepucio sin descapullarlo con la intención de saborearlo y jugar un rato con él. En cuclillas, no tenía otra opción que agarrarse a mis nalgas para no caerse hacia atrás, así, la apertura de mi raja era inevitable. Todo lo tenían calculado. Mi culo quedaba a expensas de lo que Goyo quisiera hacer con él. La mamada de Fede fue subiendo de intensidad. No es fácil retirar un prepucio generoso haciendo uso únicamente de los labios y la lengua, pero Fede era una máquina de mamar. Pronto sentí el calor de su boca hambrienta quemándome el capullo, y yo le regala más miel de mi próstata. Notaba perfectamente cómo discurría por mi uretra. El muchacho gozaba tragando rabo como un verdadero perraco. Entonces, sentí un calor y una humedad similar en mi ojete. Goyo aprovechó la exposición de mi raja peluda para comerme el culo y atemperarlo. La dilatación no iba a ser un problema, pues el plug había hecho bien su trabajo, así que insistió en lubricármelo a saco escupiendo y metiéndo la lengua bien adentro. La sentía como una culebra rabiosa. Yo estaba inmóvil pero más excitado que nunca. Tenía a un mamón amorrado a mi capullo y a un cazador ablandándome el culo como dios.
Cesó la comida de ojete y me volvió a coger del pelo para poner su cara junto a la mía.
- Como ves, sabemos muy buen cómo tratar a las visitas —dijo Goyo con sarcasmo—, sobre todo a los putos fisgones que perturban la tranquilidad de nuestros dominios.
- Un trato inmejorable —dije siendo totalmente sincero.
- ¿Notas algo entre las piernas?
Efectivamente lo notaba. Su pedazo de rabo traspasaba mis piernas llegando a tocar mis cojones por detrás. Aquello fue un regalo para Fede, que sin dejar de atender mi polla, apartó mis pelotas para encontrarse con la de Goyo y juntarla con la mía para lametearlas y chuparlas a dos carrillos.
Yo estaba cada vez más excitado. El torso peludo de Goyo pegado a mi espalda, su aliento en mi cuello, su rabo junto al mío siendo engullidos por el muchacho argentino, uffff. Todo ello hacía que los tres fuéramos uno.
Entonces, Goyo, sin despegar ni su torso de mi espalda ni su cara de la mía, echó hacia atrás sus caderas. Lo noté porque su rabaco hizo el camino de vuelta entre mis piernas volviendo a golpear mis pelotas. Y sin separar el glande de mi piel, fue subiendo por el perineo hacia mi raja hasta que se topó con mi ojete.
- ¿La notas? —preguntó lo evidente.
- Sí, la noto —respondí algo obvio.
- ¿La notas, eh perro? —repitió presionando un poco más.
- Sí, cabronazo —me atreví a decirle sin importarme las consecuencias.
- ¿La notas, vouyer de mierda?
Y para evitar el desgarro, porque su polla era muy, pero que muy gorda, relajé el esfínter todo lo que pude y su tremendo capullo se coló en mi ojete hasta el gran surco entre el glande y el resto del nabo. Aguantó la ataca y me susurró:
- ¿La notas, eh capullo, la notas?
- ¡Sí! —grité de placer.
- ¡Pues más la vas a notar!
Y me pegó un pollazo que vi las estrellas. Me metió toda la polla de golpe. ¡Dios, qué dolor! Creí que me había partido en dos.
- ¡Pará, mi amor! —gritó Fede sacándose mi polla de la boca—. ¡No ves que lo vas a matar!
Goyo se detuvo sin sacar el nabo de mi culo y asomó su cabeza por mi costado para mirar fijamente a Fede. Aun con mi culo reventado pude tener sensibilidad para darme cuenta de que el argentino la había cagado.
- ¿Te digo yo cómo tienes que mamarla? —preguntó Goyo con tono muy agresivo—. Sí, porque yo si te puedo decir cómo tienes que mamarla.
Los ojos de Fede parecían de cristal. Se quedo callado. Él también sabía que la había cagado.
- ¿Te digo yo cómo tienes que poner el culo? —y continuó respondiéndose—.Sí, porque tú solo lo eliges si yo te doy la oportunidad de elegir.
Entonces Goyo cogió a Fede por lo pelos, y todavía con su nabo dentro de mi culito peludo, le clavó mi polla en la boca y empezó a empujarlo con mucha rabia. La barbilla del muchacho me daba en los cojones. Se la estaba tragando entera. No parraba. Entonces, el muchacho empezó a dar arcadas y un espeso líquido se desbordó por su boca mojándome el rabo, los cojones y los muslos. casi le hace potar. Aquello me puso más cachondo todavía. Fede tosía e intentaba recuperar el aliento con verdadero esfuerzo mientras pedía perdón al cabrón del cazador.
Después de aquel improvisado pero, al fin y al cabo morboso incidente, Goyo volvió a reanudar el ritmo de su follada. El tiempo de parada con el nabo dentro había dilatado mis adentros lo suficiente como para sentir placer, puro placer. Su gran rabaco entraba y salía con un roce perfecto, podía notar hasta sus venazas sorteando la estrechez de mi anillo anal. ¡Qué gustazo! Me daban escalofríos, se me erizaron los pezones y la piel de todo el cuerpo. No quería que parara. Por su cuenta, Fede se amorró otra vez a mi polla y así estuve durante varios minutos, mezclando sudores, gemidos y fluídos. Vamos, fundamentalmente gozando como un puto perro resolviendo su celo.
Mi excitación estaba llegando al clímax, mis pelotas, ya duras y dolorosas, necesitaban descargar, y entre gemidos y alaridos, disparé unos buenos chorros de lefa en la garganta de Fede. Cuando este se percató de la entrada de mi leche por su garganta, se retiró un poco para ver cómo salían los chorrazos, pero sin dejar de apuntar al centro de su boca. No quería desperdiciar ni una gota. No era tarea fácil, pues las embestidas de Goyo me meneaban cada vez más el cuerpo entero.
De repente, los gruñidos del cazador se hicieron cada vez más sonoros anunciando la preñada de mi culo. Entonces, me agarró fuerte del pelo con una mano y con la otra me abrazó el abdomen. Me pegaba pollazos impresionantes en busca de una corrida salvaje.
- ¡Aaaaarrrrgggghhhh! —gritó poseído por el gozo de deslecharse.
No paró de empujar mientras seguía gimiendo y corriéndose. Debía ser un espectáculo verlo como vouyer, pero en este caso, yo participaba en la escena.
Cesaron sus movimientos de pelvis y antes de sacarla me susurró:
- Buen perraco, sí, buen perraco. Y ahora aprieta ese culito todo lo que puedas.
El cabrón temía que mi ojete hubiese quedado tan dado de sí, que al sacarla se me caería su rica lefa. Pero no, él no conocía mi capacidad anal para dilatar y contraer a partes iguales independientemente del grosor del pollón que me folle.
No cayó ni una gota.
En silencio, se agachó para desatar a Fede de mis piernas y una vez liberado, le dijo:
- Cachorro, a pesar de tu rebeldía, te lo has ganado. Anda, bébete mi leche.
Yo en seguida supe lo que tenía que hacer. Una vez que sentí el aliento de Fede soplando mi culo, relajé mi ano para dejar salir aquella miel blanca, descarga de pasión y rabia. Fede la degustó con amor y obediencia.
Goyo se fue del porche sin decir adiós. Nos dejó extasiados a los tres, a Fede, a mí y a ese maravilloso y robusto algarrobo testigo y partícipe de aquel violento y pasional ajuste de cuentas por vouyer.
Fede me desató del árbol y recogió las cuerdas.
- Ya ves cómo es el jefe, no se lo tengas en cuenta.
- No tranquilo, no puedo decir que esto para mí haya sido un castigo, la verdad.
- Bueno, a mí me has caído bien, pibe.
- Y tú a mí, Fede —dije devolviéndole la sonrisa que me regaló—. Por cierto, muy rico tu culo. Delicioso.
- Lo mismo pienso yo de tu polla. Espectacular —dijo yéndose hacia dentro del cortijo.
Fede se detuvo en la puerta y me dijo:
- Ah, por cierto. Las órdenes son que ya no entres en la casa para nada. Te sacaré una toalla, una palangana con agua para que te limpies, tu ropa y tu mochila.
Me quedé callado y acepté sin cuestionar la poca generosidad de Goyo. Sabía que si hubiera sido por Fede me hubiera quedado el fin de semana entero, pero así estaba bien. La polla de Goyo y sus formas follando eran una maravilla, pero su carácter en general no terminó de agradarme, pensé que un cabrón decesa calaña era solo apto para perracos como Fede, agradecidos y obedientes. Así que esperé a que Fede me trajera el agua, la toalla y mis cosas. Me aseé, me vestí, y me fui caminando por el sendero que el día anterior me condujo hasta una de las noches más acojonantes a la par que apasionantes de mi puta vida.
El sendero me llevó hasta una carretera comarcal y de allí salí a la nacional. Otra vez sin rumbo, mal herido, pero muy bien follado.
…CONTINUARÁ…
EL ALGARROBO parte primera.
No sabía qué hacer. Mi cerebro decía: ”quédate quieto"; pero mis piernas decidieron ponerse a salvo sin ningún sentido. ¿Dónde iba a esconderme en un lugar que no conocía y prácticamente a ciegas?
Salí de jazminero, que en su momento me hizo un buen papel de trinchera pajillera, y me fui hacia la espesura de lo que parecía un huerto de naranjos. Estuve sorteando árboles pero me costaba mucho correr. El terreno estaba recién regado y escuchaba el chapoteo y como se me hundían las zapatillas en el barro, pero no podía detenerme. Allí, entre ramas que me arañaban la cara, los brazos y el pecho, me sentía completamente perdido teniendo en cuenta que el cazador y su perro conocían perfectamente la zona.
Estaba exhausto, la corrida me había aflojado las piernas y escuchaba los ladridos de Sansón cada vez más cerca.
De repente, sentí el empujón de unas garras que se clavaron en mi espalda y ya no recuerdo más.
Lo siguiente fue verme en una cama desconocida, con un tremendo dolor de cabeza y con el cazador y el muchacho sentados junto a mí, uno a cada lado.
Se miraban con cierta complicidad y una media sonrisa que me confundía.
Quise ser prudente y lo primero que hice fue pedir perdón.
- ¿Nos vas a decir quién coño eres tú y qué hacías en la ventana? —dijo el cazador.
- Me llamo Matt. Iba por la carretera y vi luz aquí. Pensé que podrían darme cobijo para pasar la noche, y cuando vi a —entoces miré al muchacho para que dijera su nombre.
- Federico, me llamo Fede —respondió con un pronunciado acento argentino.
- Bien, cuando vi a Fede desnudo acariciándose sobre el sofá, no me pareció elegante llamar a la puerta.
- Claro, te pareció mucho más elegante quedarte a ver cómo me comía la polla y cómo le petaba el culito, ¿no? —dijo el cazador irónicamente.
- No, claro que no.
- Pero nos viste, boludo. Ahí yo estaba solo. Viste todo, no me jodas.
- Sí, está bien. Lo vi todo. Por eso pido disculpas.
- ¿Te hiciste una paja, maricón?
- Bueno….
- Claro que se hizo la paja, Goyo —dijo Fede a su macho—, cuando lo bañé tenía restos de semen en el calzoncillo, por las bolas y la pija. Le babeaba como un caracol, carajo.
- ¿Me has bañado?
Entonces miré bajo las sábanas y estaba completamente en pelotas.
- Cuando entré al huerto seguí los ladridos de Sansón y cuando llegué, estabas inconsciente en el suelo —contó Goyo, el cazador—. Menos mal que Sansón estaba bien comido.
- Te diste tremendo golpe en la cabeza —prosiguió Fede—, estabas herido en la espalda, magullado y lleno de barro hasta las orejas. Así que Goyo no tuvo otra que cargarte hasta la casa y me indicó que te aseara, te curara y te acostara.
- No sé qué más deciros, chicos. Muchas gracias.
- No nos des las gracias —exclamó Goyo yéndose hacia la puerta—. Cuando te recuperes, ya nos lo cobraremos —y salió del cuarto.
- La verdad es que no tengo mucho dinero, pero trabajaré en lo que sea.
- No te apures, Matt. Las deudas con Goyo no son lo que te imaginas. Acá la plata no te hará falta —dijo Fede levantando su hermoso culo de la cama—. Descansa pibe, luego vendré a mirarte las heridas.
Me quedé pensativo, absorto en la lámpara rústica del techo. La vergüenza inundaba cada rincón de mi mente recordando la escena que presencié a través de la ventana, pero una dura erección me trajo a la realidad. No tenía fuerzas para pajearme, así que me di la vuelta y me quedé dormido.
Cuando abrí los ojos, tenía delante el maravilloso culo de Fede casi en pompa vistiendo un suspensorio rosa que combinaba a la perfección con el pálido color de su piel, y en la parte baja de la raja, entre los mofletes de culo a la altura del ojete, asomaba la base de un plug con una especie de diamante gigante y brillante. Estaba preparando los apósitos para curarme. Entonces, me di la vuelta por pudor, pero Fede estaba empeñado en que no me sintiera mal.
- Dale, Matt. No seas vergonzoso —dijo entre risas.
- No, tranquilo, si cada uno en su casa va como quiere.
- A ver esas heriditas —dijo retirando la sábana y descubriendo mi cuerpo desnudo—. Goyo es un señor, mi señor, todo un caballero. Si no fueta por él, no sé dónde andaría en estos momentos.
- Entiendo que el cortijo es suyo.
- Sí, claro. Yo lo conocí haciendo cruising en los cañaverales que hay cerca del pueblo. Era su primera vez, y le gusté tanto que no dudó en traerme a casa, y tras follarme como quiso, me invitó a quedarme para siempre con él.
- Tiene que ser duro ser maricón en una casa de campo aislada del mundo sin vecinos.
- Nada que ver, boludo —dijo sorprendido por mi comentario—. Él ha follado todo lo que ha querido. Tiene coche, y la ciudad no está muy lejos, pero ya estaba cansado de culear a desconocidos. Necesitaba a alguien que atendiese sus exigencias y deseos sin contrariarlo. Y yo, eso es lo que mejor he sabido hacer siempre.
- Hacéis buena pareja. Y si me lo permites, te diré que en el sexo, parece que os compenetráis perfectamente.
- Sí con eso no hay duda —dijo mientras me pidió que abriese las piernas—. No te asustes. Las heridas van de maravilla, y bueno, espero que entiendas esto.
Fede se echó lubricante en una mano y la llevó hasta mi culo. Me embadurnó el ojete y me metió dedo insistiendo pero suavemente. Yo no entendía nada. Mi culo estaba perfectamente, no había sufrido daño alguno.
- ¿Sabés lo que es esto? —preguntó enseñándome un plug.
- Sí, claro. Tú llevas uno igual en el culo.
- Goyo me ha pedido que te lo meta en el orto —y lo hizo sin contemplaciones—. Me imagino sus intenciones, pero no me preguntes, yo solo cumplo órdenes. Ni se te ocurra quitártelo hasta que Goyo lo diga.
Yo no impedí que lo hiciera. Aquel artilugio entró por mi esfínter sin mucha resistencia y se quedó instalado. Inmediatamente mi polla creció y salió una gotita de líquido transparente.
- Bien, veo que eres un buen puto —dijo cogiendo la gotita y llevándosela a los labios—. Ummm, delicioso.
Y volví a quedarme solo. Despejado por tantas horas de sueño y con el culo petado esperando nuevos acontecimientos. En un par de horas ya estaba desesperado, no necesitaba más reposo. A pesar de lo extraño de la situación me habían caído bien, sobre todo Fede, pero debía emprender de nuevo mi camino. No pintaba nada allí, así que salí de la cama y bajé las escaleras desnudo. No había rastro de mi ropa en la habitación, así que supuse que mi mochila debería estar abajo. Cuando llegué al salón, allí estaba otra vez el puto árbol de Navidad. Fede apareció y me pilló olisqueando la estancia.
- ¿Dónde crees que vas, pelotudo? —su tono no era tan amigable como cuando me estaba curando las heridas—. A ver, date la vuelta.
Quería comprobar si me había quitado el dilatador anal.
- Bien, puto, bien. ¿Y qué hacés acá abajo? Goyo lo dejó bien claro. Que no te movieras, quiere que te repongas cuanto antes.
- Y agradezco vuestra preocupación, pero yo solo pasé por aquí para pasar la noche, y ahora he de seguir mi camino.
- ¿Espiar como un macho se folla a un puto significa para ti pasar la noche? —dijo con sorna—. Mirá que no termino de acostumbrarme a todas las expresiones en castellano, pero esta es la más absurda que escuché nunca.
- Disculpa, solo quiero irme. Dime cómo pagar mi deuda y lo haré con mucho gusto.
- Sí, te aseguro que te gustará, no lo dudes. Andáte al sofá y no te muevas. Goyo está a punto de llegar y no quiero que te vea de pie.
Accedí a sus exigencias por no meterme en más problemas. Fede era un chico de mediana estatura y, aunque fibrado, no tenía ni media hostia. Podría haberle dado un mamporro y salir por patas aprovechando que el macho alpha no estaba en el cortijo, pero el atizador de chimenea que el argentino llevaba en la mano y mi desnudez, hicieron que me relajara hasta la llegada de Goyo.
Al rato, escuché los ladridos de Sansón y pensé que mi estancia en aquel cortijo perdido llegaba a su fin. Pero nada más lejos de la realidad.
Se abrió la puerta del cortijo y entró Goyo con el perro. Fede se apresuró a recibirlo pero su señor ya había dejado media docena de perdices muertas sobre la mesa. El argentino las cogió y halagó el éxito de la caza.
- Sos increíble —dijo exhibiendo las piezas—. Tu escopeta y tu polla son infalibles, ¿cierto?
- ¿Lo dudabas? —dijo asiéndole una cacha del culito respingón con la mano abierta—. ¿Que hace este aquí? ¿Ya está recuperado?
- Sí, yo creo que estoy perfectamente ya —dije con ánimo de acabar cuanto antes con aquel teatro—. Dime lo que tengo que hacer y os dejaré tranquilos.
Goyo no respondió. Se acercó al sofá donde yo estaba y con un gesto de rotación de mano me hizo entender que me diera la vuelta. Y así lo hice. Me puse a cuatro patas y sentí como cogía el plug y cómo me lo sacaba lentamente. Una vez que lo tuve fuera, me puso sus fuertes manazas en ambas nalgas y me abrió la raja a tope.
- ¡Empuja, maricón!
Yo abrí el ojete a todo lo que me daba el esfínter. Me pidió que me lo tocara y así lo hice. Tenía un agujeraco grandísimo, podía meterne un dedo sin a penas rozar mi anillo estriado y carnoso.
- Ese orto no es virgen, eh… —dijo Fede sorprendido por la dilatación de mi ano.
Goyo soltó mis nalgas, y mi ojete atrapó mi dedo sin remedio, y dijo a su muchacho:
- Prepáralo todo, lo tiene a punto de caramelo.
- En seguida, Goyo —dijo llevándose las perdices a la cocina.
Y allí me quedé yo. Solo, en un moderno y navideño salón en pleno mes de junio, a cuatro patas y con un dedo como presa del improvisado cepo en el que se convirtió mi culo peludo. A los pocos segundos, me sentí tan ridículo que recompuse mi postura. Miraba el plug lubricado pensando en lo que podía esperarme y me relajé para enfrentarme a ello con las pocas fuerzas que me quedaban. Quería hacerme el fuerte, pero en el fondo estaba reventado.
No pasó más de media hora en la que, sin dirigirme la palabra, ambos anfitriones entraban y salían de la casa llevando algún que otro apero. Solo llegué a identificar lo que parecían cuerdas. Entonces, Fede se acercó por fin a mí y con su dulce acento, me habló del por qué del árbol de Navidad entrando el verano mientras me ataba una soga primero al cuello y luego a una muñeca, dejando un par metros sobrantes.
- Todavía no me acostumbro a celebrar la Navidad con frío —explicaba el argentino—, al menos así, siento por momentos que estoy en mi tierra. Siempre me ha gustado colocar los adornos del árbol en pelotas, y aquí en diciembre eso es imposible.
Yo me dejé hacer y seguí sus pasos tirado por la correa como un perro hacia el porche del cortijo. Me llevó hasta un gran algarrobo que daba buena sombra al lugar y pasó la cuerda alrededor del tronco para terminar atándola a mi otra muñeca.
Entonces, apareció Goyo. Escuché sus pasos y llegó hasta mí para comprobar los nudos de las cuerdas. Estaba completamente desnudo, y solamente calzaba sus botas de caza y un sombrero tipo cowboy. Aún tenía el rabaco flácido, pero con todo el capullo fuera, gordísimo. El cazador volvió a situarse a mi espalda e indicó a su muchacho que me diera de comer.
Fede, obediente como el que más, me pidió que flexionara un poco las rodillas y dándome la espalda, se apoyó en el tronco del algarrobo y subió, primero un pie y luego el otro a mis rodillas, de tal manera que su precioso culo quedó a la altura de mi cara.
- ¿No tienes hambre? —preguntó Goyo—. Me ha dicho Fede que a penas has desayunado. Así que, come y no rechistes.
La verdad es que no tenía en absoluto hambre de comida, y aunque el argentino me estaba destrozando las rodillas laceradas, no iba a negarme a saborear su culito redondo y turgente. Lo había deseado tanto la noche anterior tras el cristal que no podía creerme que lo tuviera en frente, todo para mí, ummmmmm.
Me acerqué para observarlo con detenimiento. Las cachas blancas y voluminosas me invitaban a mordelo con moderación pero con contundencia.
- ¡Ay, ay! —se quejaba tontamente Fede—. Este loco va a dejarne marcas de guerra. Se nota que tiene hambre.
…Continúa en la siguiente entrada…
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