lunes, 28 de mayo 2018
Estábamos en clases, en realidad, empezando una clase. El profe nos dijo que debíamos ir a la aula magna porque teníamos que asistir a una charla, nadie sabía de qué. Yo tenía una pequeña noción porque recordé que había leído un correo diciendo que habría una charla con una mujer aymará (o aimara, disculpen si no sé donde va el tilde); tenía ganas de ir, pero no recordaba cuando era.
Al llegar a la aula magna, nos sentamos y esperamos que empezara la charla. Empezó Juan Carlos Lillo, bisnieto de Eusebio Lillo, quién es más conocido por haber escrito el himno nacional de Chile. Habló sobre un postre que inventó la ama de llaves de la casa de su bisabuelo, Juanita. El postre se le nombró “Dulce Patria” en honor al himno que compuso su patrón.
El postre consistía en almendras picadas, huevos, coñac, azúcar, agua y especias. Luego, nos contaba que, a través de los años y por los difíciles tiempo que Chile pasaba, a Juanita y a toda la familia Lillo se le hizo muy complicado encontrar coñac, así que Juanita, lo remplazó por whisky. Tiene un sabor parecido al pan de pascua. Obviamente no nos dijo como es su proceso, sino, perdería su negocio.
Terminando Juan Carlos, invitó a todos los asistentes a probar “Dulce Patria”, pero la directora de mi carrera, nos pidió que nos quedáramos porque falta una charla más, que para mí fue la más interesante de ambas.
La charla que seguía era sobre el Patrimonio Culinario. Principalmente, la realizó una señora una antropóloga, experta en patrimonio nacional, Sonia Montecinos, acompañada de la mujer aymará, Aurora Cayo.
Sonia, nos explicó que la cocina es un patrimonio, pero de forma intangible, que además, nos dijo que la UNESCO declaró el arte culinario como parte del patrimonio de un lugar, el año pasado, si no mal recuerdo.
En eso, también, Aurora, nos explicó algunas cosas de qué tan importante es el trigo como para ellos, el pueblo aymará, como para el resto del pueblo americano. Nos decía que antes, habían distintos tipos de trigos, de muchos colores y que además de ser sabrosos, eran muy lindos, extrañaba comer esa variedad de trigo. También nos contaba que, la madre tierra o pachamama, descansaba, dormía todo el mes de julio. En todo ese mes no se sembraba.
El 1 de agosto, la pachamama despierta hambrienta y sedienta; ya era hora de sembrar (alimentar) y regar (quitar la sed). La tierra estaba lista, descansada y fértil para dar nuevamente vida y cerrar aquellos ciclos que ya habían terminado.
Aquí fue la intervención del jefe de mi escuela, “aquí ocurre algo muy curioso, nosotros, los viejitos, (risas) nos tenemos que cuidar en este mes, porque hay más probabilidades que no pasemos agosto”.
Aurora decía, que los aymarás veían que las personas que se iban en agosto, es porque la madre tierra se los lleva, porque ya cumplieron su ciclo, su misión en la tierra y que se tienen que preparar para la siguiente vida. También, nos contaba que si a la persona que falleció le gustaba cocinar, se tenía que ir con sus ollas, para que así, en la siguiente vida, pueda seguir haciendo lo que le gusta.
Fue lo anterior que me quedó dando vueltas. Hace casi tres años, que mi abuela, mi abu, como yo la llamo, falleció. Y falleció en agosto... algo en mi alma hizo que tuviera un poco más de paz.
... Me hizo entender que todo y TODOS tenemos ciclos que cumplir, que nadie está por estar. Todos tenemos una razón del porqué estamos en la tierra, porqué estamos vivos. Todos tenemos una misión...
Siempre la extraño, porque me hace mucha falta, siempre la recuerdo con mucho cariño y alegría, pero al escuchar toda esta cosmovisión del mundo aymara, me hizo estar más tranquila y sentirme más conectada a ella.
Gracias a las palabras de Aurora, ahora puedo estar un poco más tranquila. De igual forma, la seguiré extrañando, pero con una tranquilidad más grande de la que tenía.
Aurora, gracias.











