La patada que me impulsó hacia delante
Salí apretando los labios y conteniendo mis lágrimas, tratando de simular toda la rabia e impotencia que sentía. Me crucé con una compañera que fingió no verme y siguió de largo. De todas maneras mi desesperación apuraba mis pasos para encontrar un lugar donde llorar hasta hartarme. Caminé hasta la rambla, mi pecho estaba a punto de estallar hasta que me senté en el pasto y le di rienda suelta a mi tristeza. Arranqué los pastos con furia, como si eso le diera una solución a mis problemas. Miré la insulsa bolsa rosada que estaba a mi lado y al ver su contenido recordé la escena previa a mi llanto descontrolado.
-¿Qué hago con la remera? Pregunté.
-Es tuya Ceci, hacé lo que quieras. Dijo Maine
Y eso hice, me soné los mocos con la remera del uniforme. Seguí llorando, llorando y llorando. Llegó un momento en que a la remera ya no le quedaban espacios limpios, ni a mí lágrimas, seguro que por deshidratación más que por consuelo. Pareciera que me hubiera dejado el amor de mi vida, pero no, me habían despedido.
Esa tarde llegaba de mi fin de semana libre, estaba contenta porque la había pasado genial con mis amigos en el festival de Treinta y Tres. Entré directo a la caja para pedir la llave del vestidor. Estaba Patricia, una de las encargadas que apenas al saludarme me dice “tenemos que hablar”. Llama a la otra encargada, y me llevan afuera para tener “la charla”. Me hacen sentarme entre el medio de las dos, y a partir de ahí empieza la trayectoria directa hacia mi declive.
- Ceci sos re voluntariosa, nunca nos decís que no para hacer horas extras, y te vemos con muchas ganas. Dice Maine.
- Y yo no dudo que seguro necesites este trabajo, pero llevás tres meses acá y no te vemos cómoda. Interrumpe Patricia.
- Osea no te vemos en tu salsa.
- No sé si entendés la situación, pero vamos a prescindir de tus servicos.
Asentí con la cabeza porque me había quedado muda, no me esperaba lo que estaba pasando. En realidad quería saltarles a la yugular y darle patadas hasta quedarme lisiada. Pero acepté lo que me estaban diciendo, como si fuera irrefutable, a pesar de que me habían dicho cosas positivas como mi voluntad y esas boludeces que te dicen como premio consuelo. Y para la única cosa que abrí la boca fue para hacer la pregunta de la remera. El resto de la charla siguió con el típico protocolo de que se van a comunicar contigo para pagarte la liquidación por la patada en el orto que te acababan de dar.
El maltrato psicológico había terminado, pero yo ni arrancaba mi carrera, y aunque trabajar allí fue una tortura mental necesitaba pagar mi beca en la facultad. Y por eso lloraba, por todas las cosas que soñaba y que ya no podía hacer. Cuando por fin me calmé, me digné a levantarme y a buscar la parada del bondi. Pasé por un tacho de basura y tiré la remera llena de mocos. Era linda y me la pude haber quedado, pero estaba furiosa y no quería nada que me hiciera recordar a mi primer despido.
Pasó un tiempo, hice la carrera y trabajé en muchos lugares, dormía muy poco, pero sentía que valía la pena. Aunque francamente no duraba más de tres meses en ningún lugar, salté de un trabajo a otro, uno más indigno que el anterior. Los sueldos de hambre que pagan en este país son una vergüenza. Debo confesar que el trabajo más denigrante que tuve fue en el casino, mi uniforme era una pollera roja muy corta que para rematar tenía un “tajo”. Cumplía la función recorrer los pasillos y e charlar con los clientes, entre otras cosas, pero la idea realmente era que los viejos vieran a una pendeja de 22 con pollera muy corta y tuvieran otra motivación más para ir a apostar de madrugada. Lo que demoré en renunciar fue tiempo record; estuve una semana nada más, no pude aguantar que un cliente me tratara como prostituta, sin contar el señor que todos los días quería fotografiarme y me ofrecía una sesión.
Mil veces pensé en esa importante tienda de ropa internacional y chic en la por tan pocas horas de trabajo ganaba tan bien. Me pregunto que pasaría si me hubiera endulzado con la plata y me impotara tres carajos las humillaciones, la carrera, la beca y la marincoche ¿Me hubiese creado una zona de confort, nunca hubiese elegido ser vendedora en otro lugar?¿Me conformaría con ser una vendedora de pelo largo con mucho estilo? Porque eso me querían remarcar siempre: ellas eran distintas al resto, ellas maracaban tendencia, y aunque fueras cuatro horas a poner ropa a una percha.OJO, eras una previlegiada, una elegida por trabajar allí. Se creían un clan, una secta, se los juro, la cosa más rara (bueno una de tantas) que vi en un lugar de trabajo.
Menos mal que salí al mundo a decepcionarme, que no cree una burbuja, que me permití caer y crecer una cacho.