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El Huaso, parte 42: “El Fin”
Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4, Parte 5, Parte 6, Parte 7, Parte 8, Parte 9, Parte 10, Parte 11, Parte 12, Parte 13, Parte 14, Parte 15, Parte 16, Parte 17, Parte 18, Parte 19, Parte 20, Parte 21, Parte 22, Parte 23, Parte 24, Parte 25, Parte 26, Parte 27, Parte 28, Parte 29, Parte 30, Parte 31, Parte 32, Parte 33, Parte 34, Parte 35, Parte 36, Parte 37, Parte 38, Parte 39, Parte 40, Parte 41.
A la mañana siguiente de nuestra celebración de aniversario, el Huaso me despertó para tomar desayuno. Entró a la habitación con la bandeja preparada desde la cocina. Dos tazones con té caliente, una paila con huevo revuelto y un par de tostadas para cada uno.
—No era necesario que lo hicieras, amor —le dije, cuando estábamos sentados en la cama comiendo.
—¿Cómo que no?, eres mi invitado y te tengo que tratar bien —se justificó.
—Ya, si, pero yo nunca te llevo desayuno a la cama cuando te quedas a dormir en mi casa.
—Pero eso es porque tus viejos siempre preparan el desayuno po. Y el almuerzo y la once. Ahora que lo pienso, ellos me tratan mejor como invitado que tu —se rió.
—Puede ser —concordé—. Creo que te quieren mas a ti que a mi.
—¿Y como no?, si soy el yerno ideal.
—Claro que sí lo eres —lo halagué, dándole un beso.
Terminamos de desayunar, y el Huaso se quedó acostado junto a mí. me acariciaba el cabello, mientras yo conversaba con el Victor por WhatsApp.
—¿De qué conversan? —preguntó curioso mi pololo.
—De la práctica. Me acaba de hacer acordar que el Ignacio me mandó a hacer una tarea para mañana —le expliqué, un poco malhumorado.
—¿Ignacio el feo? —preguntó con ironía.
—El mismo —me reí.
—Era bien pesao el culiao. O sea, cuando no esta supervisándote directamente se hace el simpático, pero cuando está encima de ti te webea por todo —dijo recordando sus primeras semanas de práctica.
—¿Cierto?, pensé que era pesado conmigo nomas, que me había mandado alguna embarrada.
—Bueno, en vola te pilló mirándole el poto y por eso la mala onda —se rió.
—Puede ser —me reí también—. No, pero tienes razón. Con el Víctor se hace el simpático y conmigo es bien pesado. Después cuando el Victor esté en el rol mío va a ver que se pone pesado el weon.
—Así es.
Me comencé a vestir para irme a mi casa y hacer la tarea, pero el Huaso no quería que me fuera todavía.
—Quédate un ratito más —me pedía.
—No puedo, no sé cuánto me demore haciendo la wea esa —le expliqué con resignación.
—Bueno. Pero igual te voy a mandar al correo la tarea que me mandó a hacer, quizás te sirva.
Me acerqué a besarlo, como señal de agradecimiento.
—Nos vemos mañana —le dije, mirándolo a los ojos—. Te amo.
—Yo también —me sonrió y me volvió a besar.
Se puso de pie y pude ver su erección bajo el short que tenía puesto.
—Perdón por eso —le dije señalando su miembro.
—No tienes que disculparte, es una enfermedad. Pasa cada vez que beso a la persona mas hermosa del mundo —dijo fingiendo vergüenza.
—Bueno, supongo que se te está pasando la enfermedad, porque no hay ni rastros de esa persona por acá.
—Idiota —me dijo un poco molesto, y me abrazó—. Si sabes que eres tú —me besó el cuello—. Avísame cuando llegues a tu casa.
Nos despedimos con un beso y un largo abrazo, y salí de la habitación al living de la casa. Pasé por afuera de la cocina, donde estaba la Señora Sonia picando repollo para el almuerzo.
—Hasta luego —me despedí con cortesía.
—Hasta luego mijo, Dios lo bendiga —respondió ella, con su habitual tono de mujer bonachona, que a mí ya no me engañaba.
Salí de la casa y me fui a tomar la micro.
Al llegar a mi casa, revisé el correo del Huaso y me di cuenta que su trabajo no tenía nada que ver con el mío, así que me dediqué de inmediato a trabajar.
Al día siguiente, el Ignacio revisó la tarea y me evaluó con una excelente nota. A pesar de eso siguió siendo muy extricto conmigo durante la semana. A la siguiente semana, con el Víctor cambiamos de roles, y a él le tocó estar supervisado directamente por el Nacho, mientras yo me encargaba de la parte mas “administrativa” y otras tareas menores en la Unidad.
—Es un conchesumadre el Nacho wn —me dijo el Victor a mitad de semana.
—¿Por qué lo dices? —pregunté sorprendido, por su cambio de opinión con respecto al supervisor.
—Porque si po, me reta a cada rato, que soy muy lento, que debo ser más atento, y weas así. Aparte se pasa preguntando weas —estaba muy molesto.
—Ya, pero si sabías que era así, yo te lo dije.
—Pero yo pensé que era porque eras tú nomas po. Que en volá se había dado cuenta que babeabas mirándolo y no le había gustado —explicó, y no pude contener la risa—. No te rias porque sí se te nota que te lo comes con la mirada.
—Ya, pero no te enojes —me puse serio—. Mira, el viernes lo más probable es que te mande a hacer una tarea así que si quieres te mando el mío. Aparte, hoy en mi casa mientras estudiamos te diré todas las cosas que me preguntaba a mí, para que lo tengas en cuenta.
—Gracias Larry, wn —me dijo—. Me estoy volviendo a poner más nervioso que la chucha.
—Tú tranquilo nomas, si ya llegaste hasta acá, no vay a cagarla en las últimas semanas.
Pasaron las semanas y pude entender por qué el Victor se veía tan relajado en esa sección. No había mucho que hacer más que ordenar papeles y otras cosas, y pude tener más tiempo para conversar con los demás profesionales del área. El Ignacio mostró una faceta más simpática conmigo las veces que se acercaba a conversar en algún momento de relajo, y conocí más de cerca a Anita, la paramédico que tenía vuelto loco al Victor, y me di cuenta que el sentimiento era mutuo.
—¿En serio te preguntaba por mí? —me preguntó incrédulo el Victor cuando le conté.
—¡Si! —respondí—. Bueno, solo me preguntó como estabas, que te había visto temprano y te veías nervioso.
—Es que el Ignacio me había dicho que me iba a interrogar —explicó.
—Si po, si sé. Le dije que estabas nervioso por eso nomas.
La noticia le dio razones para vivir al Victor, y desde ese día no hubo como bajarlo de la nube.
Al terminar la semana final, el Ignacio nos entrego nuestras evaluaciones, y nos aprobó a ambos con nota siete.
—Perdón por ser tan pesado cabros, espero nos veamos pronto —nos dijo al despedirse de nosotros.
Le agradecimos su tiempo y paciencia con nosotros, y nos despedimos de todos ahí en la unidad. El Victor se tomo su tiempo al despedirse de la Anita, mientras yo miraba atentamente los ojos claros de Ignacio, que tenían algún tipo de efecto hipnótico, que me hacían dificil captar todo lo que decía.
—¿Lo harás? —fue lo único que alcancé a escuchar de su conversación.
—Si po —respondí, intentando pasar desapercibido. El Nacho se rió.
—¿Sí quieres pololear conmigo?
—¿Qué?, ¡NO! —me puse rojo, y solo quería salir corriendo de ahí.
Se volvió a reir.
—Entiendo que estés con la mente en otro lado después de aprobar. Yo estaba igual cuando terminé la práctica, no pescaba a nadie cuando me hablaban. Solo quería llegar a mi casa y dormir por seis días seguidos —explicó riendose, pero sin burlarse—. Te preguntaba si vendrías a dejar tu currículo una vez termines los trámites.
—Ah, si, obvio —respondí, intentando hacer menos evidente mi vergüenza.
—De todos los que pasaron por acá, tú y el Victor fueron los que mejor se desenvolvieron. Así que si vienen a dejar sus documentos, yo feliz los llamaría a cualquiera de los dos.
Sus palabras me dejaron una sensación aún mejor que como me sentía antes. Que me dijeran que me había destacado en algo, me subió mucho el autoestima y me dieron ganas de que pasara rápido el tiempo para empezar a trabajar ahí.
Con el Victor nos fuimos a los camarines, y le conté lo que me había dicho el supervisor.
—¿En serio?, ¿yo también? —mi amigo no lo podía creer.
—Si po, dijo que estaría feliz de trabajar con cualquiera de los dos —omití la parte de la broma del Ignacio.
—Entonces, apenas tenga el título vendré a entregarlo —decidió.
—¿Y que onda tu con la Anita? —le pregunté con curiosidad.
—Todo bien —respondió haciéndose el tonto.
—¿Bien, bien?
—Muuuy bien —dijo con una amplia sonrisa.
Llegamos a los camarines y estaba el Bryan y el Huaso cambiándose de ropa, en silencio.
—¡¡¡SOMOS LIBRES!!! —gritó el Victor apenas vió a nuestros compañeros.
El Huaso se acercó de inmediato a abrazarme, y el Victor fue donde el Bryan a hacer lo mismo.
—Por fin terminamos esta wea —dijo con alegría el Huaso, y luego me dio un beso de celebración.
—Ya cabros, abrazo de grupo —propuso el Victor, y se acercó a nosotros con el Bryan, a medio vestir aún.
Nos abrazamos los cuatro, y empezamos a saltar en círculo y a gritar. Cuando nos detuvimos nos dimos cuenta que en la puerta de entrada estaban asomadas la Cata y la Claudia.
—Que son ridículos los weones —dijo la Claudia, riéndose.
—Ya, dejen de reírse y vengan a saltar con nosotros —dijo el Bryan, riéndose también.
La Cata le hizo señas a las otras dos compañeras que estaban esperando afuera. Entraron todas y comenzamos a saltar y a gritar todos juntos, en modo de celebración.
—¿Todos aprobaron? —preguntó la Cata, después de que se calmó la algarabía. Todos respondimos que sí al unísono, y volvimos a saltar y a gritar, hasta que entró el guardia a retarnos por hacer mucho ruido, e hizo que las niñas salieran del camarín de hombres.
Nosotros terminamos de cambiarnos de ropa, y al salir seguían esperándonos las chiquillas.
—Ya, ¿Qué haremos para celebrar? —preguntó la Claudia.
—¡Vamos a tomaaaar! —propuso el Victor, ante las risas del resto de nosotros.
—Podríamos juntarnos a la noche a celebrar, en tu casa Claudia —propuso una de las chiquillas.
—¿Pero hoy?, no puedo porque está de cumpleaños mi mamá —se excusó la Cata.
—Mañana entonces, en mi casa a las 10 —decidió la Claudia, y todos asentimos.
Con el Huaso nos fuimos a su casa, y conversamos sobre nuestro último día y le conté sobre la “bromita” del Ignacio.
—Qué chistoso el weon —dijo molesto.
—No te enojes —le tiré un cojín, para alivianar el ambiente—, si no pasa nada con él.
—Pero igual te quedaste pegado mirándolo —se amurró.
—Ya, ¿pero le viste los ojos alguna vez?, dime que no son hipnóticos.
—No —lo negó, pero noté que igual se demoró en responder.
—Ya po, no te enojes. Hazlo por Mumble que no le gusta ver a sus padres pelear —le dije, tomando al peluche y poniéndolo frente a él.
—Idiota —me dijo sonriendo al fin. Me tomó de la mano y me acercó a él, que ya estaba apoyado en el respaldo de la cama. Me besó y luego me abrazó—. Lo hago solo por Mumble —me advirtió.
—Lo tendré en cuenta —nos reímos y nos volvimos a abrazar.
Nos acomodamos en la cama, y nos quedamos dormidos.
Cuando me desperté, noté que el Huaso no estaba en la habitación y supuse que estaría en el baño. Me desperecé y tomé el celular para ver la hora. Cuando volvió, unos cinco minutos después, le dije que me tenía que ir y él lo aceptó. Nos despedimos de beso en su habitación, y salió a dejarme al paradero.
Al día siguiente me fui a la casa del Huaso a buscarlo para que llegáramos juntos donde la Claudia. Al llegar a su casa, estuve esperando afuera unos minutos, pero no me contestaba. Golpeé la puerta y salió la Señora Sonia a atenderme.
—¿Qué quiere mijito? —me preguntó con cínica amabilidad.
—¿Está el Pato? —le pregunté con la misma cortesía.
—Si, creo que si. Voy a ver y le aviso —volvió a entrar y cerró la puerta.
Al rato salió el Huaso, aún con ropa de trajín.
—Sorry, estaba hablando con mi mamá y se me pasó la hora —me dijo abriéndome la reja para pasar. Llegamos a su pieza y me dio un abrazo y un beso—. No me demoro nada en arreglarme. Me visto y estoy listo —estaba un poco acelerado.
—Amor, tranquilo, si aún es temprano —le dije, para que bajara las revoluciones.
—¿Qué hora es?
—Las diez y cuarto —respondí mirando el celular.
—Ya po, se suponía que nos juntaríamos a las diez —argumentó.
—¿Y cuando alguien ha sido puntual para juntarse para carretear? —dije riéndome.
El Huaso respiró hondo y se sentó en la cama.
—¿Estás bien? —le pregunté preocupado.
—Si, estoy bien. No sé por qué me aceleré tanto —dijo como pensando en voz alta.
—¿Está bien tu mamá?
—Si, está bien. Me contó que fue a un bingo de la vecina y que se ganó un parlante y no cacha como funciona —se rió—. Dijo que me lo iba a regalar a mi, que yo sé como funcionan esas cosas.
Después de contarme eso, se espabiló y comenzó a vestirse. En un par de minutos ya estaba listo y nos fuimos donde la Claudia.
Cuando llegamos, solo faltaba el Victor, que apareció media hora después, excusándose que no podía dejar a su abuela sola hasta que llegara su mamá del trabajo.
Nos pusimos a tomar y comer, mientras comentábamos nuestras experiencias y resultados en las prácticas. Con el Victor nos habíamos puesto de acuerdo en no contarles que el Ignacio nos había dicho que éramos los mejores que habían pasado por la sección, para no hacerlos sentir mal.
Mientras hacíamos que el Víctor contara con detalles su estado sentimental con Anita, el Huaso se paró y salió al pasillo a contestar su celular.
—Ya vengo —me dijo al oído, y yo asentí.
El resto continuamos escuchando al Victor, que nos contaba lo arriesgado que había sido al mandarle un WhatsApp invitándola al cine, pero que aún no le contestaba.
Al cabo de una media hora, el Huaso aún no regresaba, así que me paré y salí a ver si estaba bien.
Lo divisé al fondo del pasillo, aún hablando por celular, y me acerqué para ver si todo estaba bien. Cuando se percató de mi presencia, me hizo señas de que se desocupaba en un rato más, y yo me alejé un poco, para darle mayor privacidad.
—¿Todo bien? —le pregunté preocupado, una vez terminó de hablar por teléfono.
—Sí, es que mi viejo quería que le contara como me había ido en mi último día de práctica —me explicó.
—¿A esta hora? —dije mirando mi celular. Ya era la medianoche.
—¿Y qué tiene?, mañana es domingo, no tiene que trabajar —se puso serio.
—Que pudo haberte preguntado durante todo el día, no a esta hora —argumenté.
—¡Ay Larry, ¿Por qué eres tan insistente?! —dijo ya molesto. Me quedé congelado por su reacción—. Disculpa. Mejor me voy —se acercó a abrazarme y me dio un beso en la frente—. Mañana hablamos.
Se palpó los bolsillos, asegurándose que tenía todo lo que había llevado, y se fue sin despedirse de los demás.
Yo volví a entrar al depa de la Claudia, y me quedaron mirando fijos todos.
—¿Y el Huaso? —preguntó de inmediato la anfitriona.
—Se fué —dije con un nudo en la garganta, evitando mirar a los ojos a todos.
—¿Sin despedirse? —preguntó sorprendida la Claudia, levantándose rápidamente para asomarse por la puerta de entrada.
Yo solo asentí y el Bryan se acercó a hablarme. Me tomó de los hombros y buscó mi mirada.
—¿Estay bien? —me preguntó preocupado.
—No sé —estaba realmente confundido.
El Bryan me llevó a la cocina mientras los demás seguían conversando en el living, con la música a un volumen moderado, y me preguntó qué había pasado y yo le conté todo.
—La verdad no sé qué mierda le pasa —seguía sin entender.
—En volá debe estar estresado por la práctica —intentó explicar.
—Pero si ya terminamos —le dije con tono de obviedad.
—Ya, pero mira. La Cata me contó, que la Claudia le había dicho, que al Huaso le había ido masomenos nomas en la última sección.
—Pero si me dijo que había aprobado. Todos aprobamos. ¿Por qué me iba a esconder eso? —le pregunté, sin entender esa supuesta razón.
—Quizás le daba vergüenza. Aparte, asumo que le contaste lo que te dijo el Ignacio, y más vergüenza le debe haber dado decirte eso —argumentó.
—¿Cómo sabes lo que me dijo el Ignacio? —pregunté sorprendido.
—El Victor me dijo —respondió.
Me quedé pensando, un poco molesto con el Victor por romper la “promesa”, pero por otro lado agradecido de que lo haya hecho, porque así el Bryan me ayudó a entender todo.
Tenía sentido lo que decía el Bryan, y por eso me calmé un poco. Pensé en ir a la casa del Huaso a buscarlo, pero mi amigo me dijo que no fuera, porque sería peligroso andar solo a esas horas en la calle.
Volvimos a reunirnos con el resto, y pensé fugazmente, que por alguna razón, todos confiaban en el Bryan para contarle “secretos”.
Al día siguiente, al mediodía, el Huaso llegó a mi casa para pedirme perdón por su reacción de la noche anterior.
—La verdad, es que sigo muy estresado —comenzó a decir, antes de confirmar la teoría del Bryan—. La supervisora me dijo que si hacía un trabajo de investigación para mañana me podía subir la décima que me falta —explicó—, por eso andaba medio gruñón.
—¿Y por qué no me habías contado?, ¿acaso no confías en mi? —le pregunté, un poco dolido.
—No es eso, es que estabas tan feliz por lo que te dijo ese weón del Ignacio, que me dio vergüenza contártelo —dijo bajando la cabeza.
—¿Y por eso fue que ayer no pudiste hablar hasta tarde con tus viejos? —saqué la conclusión.
—Si, por eso —respondió mirándome a los ojos—. Pero ya la terminé. Hoy en la mañana terminé lo que me faltaba, por eso te vine a ver —dijo con una sonrisa—, para celebrar que por fin yo soy libre —levantó los brazos en señal de triunfo—, o al menos un poquito más libre.
Se acercó a abrazarme y me pidió perdón por haberse enojado conmigo la noche anterior.
—Solo no me vuelvas a mentir, ¿ya? —le pedí.
—Bueno —aceptó, dándome un beso—. ¿Salgamos a dar una vuelta?
Acepté su invitación, y tomamos la micro hasta llegar al balneario. No pude evitar recordar la mañana en que me preguntó si era gay en la balsa, para asegurarse si atreverse a besarme o no, aunque el contraste del clima hacía aún mas nostálgico el recuerdo de esa mañana de verano, contra la tarde gris de invierno que estábamos viviendo.
—¿Una carrera a la balsa? —dijo a modo de broma, reconociendo que estábamos recordando lo mismo.
—Cuando quieras —respondí provocativamente, pero sin verdaderas intenciones de hacerlo. El frío era demasiado.
Nos reímos y continuamos caminando por el borde costero. Al llegar al Parque Croata, nos sentamos al pie de un árbol, uno al lado del otro, después de comprar un par de helados en la tienda del otro lado de la calle.
—Que relajante esto —dijo feliz el Huaso.
—Sería más ideal con un poco de sol —comenté, imaginándome lo bonito que sería esa misma situación en una tarde soleada.
—Pero igual está rico así, con este frío al menos nos podemos abrigar mutuamente —dijo con coquetería.
—Ya, como si fueras a dejar que te abrace en público —me reí.
—Bueno, si —se rió también—. Pero la idea es buena.
Nos quedamos bastante rato ahí conversando, disfrutando de la tarde, y luego nos fuimos caminando hasta su casa para tener más privacidad.
Al día siguiente el Huaso fue temprano al Hospital a entregar el trabajo que le había pedido la supervisora, y ésta lo hizo esperar mientras lo leía para darle la nota. Finalmente me llamó muy contento para informarme que había aprobado la práctica, y que podría titularse junto a todos los demás, así que desde ese día comenzamos a realizar los trámites de titulación, junto con los otros seis compañeros de la práctica.
El Huaso decidió quedarse acá en la ciudad esperando que el título estuviera listo (40 días hábiles, supuestamente), e insistió en que no quería volver a La Serena hasta después de fiestas patrias.
El 16 de septiembre en la noche, estábamos jugando play en mi pieza, cuando de repente empezaron a sonar las alarmas antitsunami en nuestros celulares.
—¿Qué habrá pasado? —me preguntó el Huaso, un poco confundido.
—No sé… —respondí, sin entender nada—. Bajemos mejor.
Llegamos al primer piso y mis padres estaban sintonizando las noticias nacionales, donde informaban del terremoto en Coquimbo. El Huaso se puso nervioso y tomó el celular para llamar a su familia. Las llamadas no entraban, así que se dedicó a enviar mensajes de WhatsApp esperando que aún tuvieran conexión. Después de una media hora pudo comunicarse y enterarse que estaban todos bien.
—Me alegro que tu familia esté bien —le dije dándole un abrazo de apoyo.
—Vas a tener que dormir aquí hoy, Pato —le dijo mi padre—. Mañana si quieres te llevamos al terminal para que viajes a ver a tu familia.
—Gracias —dijo el Huaso, aún preocupado por el acontecimiento.
Más tarde, cerca de la medianoche el Huaso pudo recién hablar por teléfono con su familia. Les dijo que al día siguiente viajaría a La Serena para estar con ellos y ayudar en lo que fuera necesario.
—¿Quieres que te acompañe? —le pregunté al Huaso, cuando estábamos acostándonos a dormir.
—No es necesario, amor —respondió. Aunque intentaba mostrarse calmo, yo notaba que seguía muy preocupado. Se acostó a mi lado, y me abrazó—. Gracias por todo —me besó y luego sonrió. Una sonrisa cansada—. Buenas noches.
—Buenas noches —le sonreí genuinamente, intentando traspasarle un poco de calma con eso.
Al día siguiente, mi papá nos llevó a la casa del Huaso para que empacara algo para el viaje mientras él esperaba estacionado afuera.
—¿Te llevarás a Mumble? —le sugerí como broma, para aligerar el ambiente.
—No. Mumble se queda a cuidar la casa. Que la Señora Sonia no se meta a intrusear —dijo con cierto ánimo.
Nos reímos y nos besamos antes de salir de su habitación y reencontrarnos con mi papá. Al llegar al terminal, el Huaso compró el pasaje para el bus que salía en media hora. Cuando nos despedimos, lo abracé fuerte y le susurré “te amo” al oído. Él me respondió con un “yo también”, y luego le dio un abrazo a mi papá agradeciéndole la hospitalidad.
A la medianoche me llamó por teléfono, diciéndome que había llegado a La Serena, pero no así a su casa, que al día siguiente me llamaría para contarme la situación real de su familia, ya que sabía que sus papás le bajaban el perfil al asunto por teléfono para no preocuparlo.
Finalmente me dijo al día siguiente que su casa había sufrido mínimas consecuencias del terremoto, y que sus padres estaban bien. La casona de su abuela, en cambio, había sufrido más, pero tampoco hubo pérdidas personales afortunadamente. Me dijo que no tenía claro cuándo volvería, pero que ayudaría a reparar la casona de su abuela.
Como estaba sin el Huaso, me organicé con el Bryan y el Victor para ir a las ramadas. El día 19 nos reunimos, y el Victor llegó con Anita, la paramédico del hospital, sorprendiéndonos a todos.
—Ya la conocen todos, así que no es necesario presentaciones —dijo en su habitual tono alegre.
Anita era muy simpática y se integró muy bien al grupo.
Al rato se nos unieron la Claudia y la Cata, que llegó sin la compañía del Guillermo, que también había viajado a la cuarta región a ver a su familia por el terremoto.
Paseamos por las ramadas, e ingresamos a una fonda a comer algo. La garzona nos tomó la orden y luego nos dejó solos.
—¡Larry! —escuché de repente. Una voz muy familiar se acercaba por mi espalda. Me volteé a ver y era la Vicky, de polera y pantalón negro, al igual que la garzona.
—Vicky, ¿Qué haces acá? —le pregunté sorprendido.
—Trabajo acá po. Mi tía me ofreció trabajar en su fonda estos días que tenía libre —me explicó con una sonrisa de oreja a oreja—. Lástima que no los vi entrar, así los atendía yo.
Me quedé conversando un rato con ella, de pie en una de las mesas contiguas, mientras mis compañeros seguían compartiendo entre ellos.
—¿Y el Huasito?, ¿por qué no está contigo? —preguntó curiosa.
—Viajó a ver a su familia, por lo del terremoto —le expliqué.
—Ah, que pena —dijo con empatía—. Aunque igual me asusté, pensé que se habían peleado.
—No, no es nada de eso —la tranquilicé—. Aunque en ese caso tu no estarías nada de triste —le dije en broma.
—Ay Larry, jamás te haría eso —se ofendió—. Eres como mi hermano mayor.
En ese momento se disculpó conmigo por dejarme, ya que había visto que entraba un nuevo grupo de clientes y quería asegurar su atención.
Volví a la mesa con mis amigos, y me sumé a su conversación, que en ese momento se trataba sobre un cahuín entre los paramédicos del hospital, relatado en primera persona por Anita.
Pasaban las semanas y el Huaso seguía en La Serena trabajando en la reconstrucción de la casona de su abuela.
—Tómate tu tiempo, llamé a la universidad y aún no están listos los títulos —le dije una noche de finales de octubre por teléfono.
—Si, si igual yo cacho que acá nos falta poco —me actualizó en los avances de la obra.
—¿Cómo está tu abuela?
—Bien, al principio estaba triste por el derrumbe, pero ahora anda feliz porque estamos todos acá ayudando —me contó con emoción en su voz.
—Oye, ¿y que tal está el constructor mas guapo de todo Chile? —le pregunté, intentando darle un toque más juguetón al llamado.
—Estoy bien… —respondió escuetamente, sin entender mi intención.
—Pero mi amor —dije riéndome.
—¿Qué pasó? —me preguntó confundido.
—No, nada —me volví a reir—. Hablamos mañana.
Nos despedimos esa noche, y seguimos hablando periódicamente por un par de semanas más.
Faltando un par de días para mi cumpleaños, nos juntamos con el Bryan y el Victor a jugar play, en la casa del primero.
—¿Qué vas a hacer para celebrar tu cumple? —me preguntó el Bryan.
—No sé, algo piola yo creo. Un tecito con mi familia —dije, sin ganas de nada en verdad.
—¡No seay fome po! —dijo con emoción el Víctor—. Salgamos a webiar a algún lado.
—No tengo ganas —respondí—, aparte al Huaso no le va a hacer gracia.
—Demás que le va a gustar que salgas. De hecho, me pidió que te entretuviera harto nomas, para que no te aburrieras. Le dije que podía entretenerte hasta cierto punto, ya que estoy con la Anita ahora —se rió.
—Aweonao —lo insulté riéndome también.
—Le dije que para ese nivel de entretención estaba el Bryan —volvió a reirse—, pero parece que no le gustó la idea.
—Linda la wea, como si fuera un puto —dijo molesto el Bryan.
—Ya, tranquilo si era broma —lo calmó el Victor.
—No te enojes —le pedí—. Parece que vamos a tener que buscarte una polola para que se te pase lo gruñón —dije en modo de broma, logrando sacarle una sonrisa.
—Ya po, ¿qué me dices? —insistió el Victor.
En ese momento me llamó al celular la Vicky, pidiéndome si la podía ayudar con un trabajo para la u, urgente para el día siguiente. Acepté su petición, y les dije a mis amigos que me tenía que ir. “Después les confirmo lo del cumpleaños”, les respondí, y me fui.
Al llegar a la casa de la Vicky, nos desocupamos bastante rápido, teniendo en cuenta lo que pensé que nos demoraríamos. Su trabajo consistía en hacerle una entrevista a un ex alumno de la universidad, sobre su experiencia en la casa de estudios. En el fondo me demoré más en llegar a su casa que en responder sus preguntas.
—Oye, ¿y el Huasito cuándo piensa volver? —me preguntó, curiosa como siempre la Vicky, mientras comíamos galletas después de concluir la “entrevista”.
—No tengo idea —respondí sinceramente—. Me gustaría que viniera para mi cumple, pero tiene que ayudar allá a su familia.
—Oye, pero son dos meses ya casi, ¿cierto?
—Si.
—¿Quedó muy mal la casa de su abuela?
—No sé, nunca me mandó fotos.
—¿Y no subió nada a Facebook o algo así? —seguía en modo entrevista.
—Oye, ¿no que la entrevista había terminado? —dije en modo de broma.
—Si, disculpa. No te quise incomodar con mi curiosidad.
—No, tranquila —saqué mi celular—. Mira, no ha subido nada a su Facebook.
La Vicky revisó el perfil del Huaso desde mi celular y lo evaluó con detenimiento. Se levantó de su silla y fue a buscar su notebook.
—Prométeme que no vas a pensar que estoy loca —me dijo, volviéndose a sentar frente a mí, con el notebook encendido.
—Lo juro —prometí, aunque sin ningún grado de seguridad.
—Mira, tengo un perfil falso en Facebook —comenzó a explicarme, mostrándome el perfil de una chica muy linda—. Voy a enviarle solicitud de amistad a tu Huasito para ver que esconde tu pololo.
—¡No! —dije de inmediato—. ¿Cómo se te ocurre hacer eso? —me levanté de la silla indignado.
—Confía en mí. Siento que hay algo raro —intentó calmarme.
—¿Por qué dices eso? —le pregunté.
—Porque sí. Mira —volvió a tomar mi celular—. Lo último que subió fue una foto con su abuela el 19 de septiembre.
—¿Y qué tiene?
—Mira po, se nota que hay harta gente de fondo. Supongo que son familiares. ¿No te parece raro que siendo una gran reunión familiar sólo haya subido una foto?, o si no le gusta subir muchos fotos, demás alguien más pudo subir otras y haberlo etiquetado, como en todas las otras fotos que tiene con tus amigos —me explicó. Tenía lógica su argumento.
—No lo hagas —le pedí—. No me siento cómodo violando su privacidad.
Me ponía nervioso el solo hecho de pensar hacer algo así.
—¿Estás seguro? —me preguntó mientras buscaba el perfil del Huaso en Facebook. Lo encontró, y obviamente, tenía el perfil privado. Puso el cursor sobre el botón azul que decía “enviar solicitud de amistad”.
—Sí —le dije, finalmente venciendo la tentación. Pero la Vicky no me hizo caso y presionó el botón del mouse—. ¿Qué hiciste? —le pregunté en un volumen más fuerte de lo que debí haberle dicho.
—Perdona, me equivoqué —dijo convenciéndome de su error.
—Elimina eso, deshaz la solicitud —le ordené.
Ella lo iba a hacer cuando apareció el globito rojo con la silueta de una persona en la barra superior de la pantalla, indicando que tenía un nuevo amigo.
Sentí como un escalofrío me recorrió la espalda, y la Vicky me miró con nerviosismo y ansiedad. Me volví a sentar a su lado, en silencio, y tomé el mouse en mis manos.
Hice click en el nombre de mi pololo y su perfil se abrió frente a mis ojos. Bajé por su muro y vi que tenía varias publicaciones que no había visto desde mi celular. Fotos en las que había sido etiquetado, carreteando con sus primos, disfrutando con su familia en la casona, y una foto subida por el Kevin, en la que salía etiquetado el Huaso, además de varios otros miembros de su familia, en la que se leía el comentario “por fin lista la casita de la abuela”. La foto había sido subida hacía tres semanas.
El corazón se me apretó y comencé a temblar. La Vicky me tomó la mano izquierda para darme ánimos ya que estaba viendo lo mismo que yo. Me tomé un momento para respirar y continué bajando.
En publicaciones más antiguas, comenzaron a aparecer fotos de un bebé vestido con ropa en tonos celestes, con muchos comentarios felicitando al Huaso, incluídos mis suegros. Más atrás habían fotos del Huaso y la Mari (ella con un avanzado embarazo), y el resto de la familia, celebrando con un asado las fiestas patrias.
Las lágrimas comenzaron a caer por mi cara, pero yo intenté inútilmente no soltar el llanto. Me sentía ahogado, y no fue hasta dentro de un par de minutos que me di cuenta que la Vicky estaba a mi lado, abrazándome y llorando conmigo.
—Lo siento, Larry, no fue mi intención —me decía ella, engrosando la voz para darse a entender.
Yo solo atiné a asentir y seguir llorando, mientras sentía un dolor profundo en el pecho.
—¿Quieres tomarte un té o algo? —me ofreció ella después de unos minutos.
Negué con la cabeza.
—Necesito mi cama —le dije—. Me voy a ir, ¿ya?
—¿Estas seguro? —me preguntó—. Si quieres le digo a mi hermano que te vaya dejar.
—No es necesario, necesito deshinchar los ojos en el camino, para llegar digno a mi casa —intenté sonreir.
—Me avisas cuando llegues —me pidió. Yo asentí y me despedí de ella con un abrazo, que no alargué demás para no quebrarme denuevo.
Salí de su casa y me vine caminando a la mía. A ratos tenía que determe porque el viento me molestaba en los ojos, aún llenos de lágrimas por la pena y el dolor de enterarme de las mentiras del Huaso. La gente con la que me cruzaba se me quedaba mirando, pero intentaba ignorarlos.
No podía creer que lo que había visto era verdad. El Huaso, mi primer gran amor, que me prometía fidelidad incondicional, con el que había sido tan feliz, me había mentido por al menos nueve meses, con consecuencias tan grandes como un hijo. Enterarme de eso había destrozado toda la estabilidad emocional que tenía.
Al llegar a mi casa, le mandé un mensaje de inmediato a la Vicky diciendo que había llegado, para que después no me interrumpiera mientras dormía. Antes de entrar a mi casa, me quedé esperando un rato afuera, para asegurarme que mis papás no se percataran de mi estado de ánimo.
Cuando entré, mi mamá estaba preparando la once y al verme pasar de largo a mi pieza me dijo que no me demorara mucho en bajar, para tomar té los tres juntos.
Subí a mi pieza, me cambié de ropa y me miré al espejo para ver si se me notaba mucho que había estado llorando. Tenía los ojos rojos y un poco hinchados, pero no podía hacer nada al respecto. Ya se me ocurriría alguna mentira.
Intenté apagar mis emociones y bajé a tomar té. Mis padres conversaban sobre temas intrascendentes mientras yo “escuchaba” en silencio, y asentía de tanto en tanto intentando no hacer contacto visual.
La TV estaba encendida en el canal de noticias y dieron una nota sobre la reconstrucción del terremoto.
—¿Cómo le va con eso al Pato? —me preguntó mi papá, intentando integrarme a la conversación en la mesa.
—Bien… —alcancé a responder con la voz temblorosa, pero de pronto me sentí sin energías para mantener la apariencia anímica que mostraba.
Me puse a llorar, desatando la preocupación de mis padres.
—Hijo, ¿qué te pasó? —preguntaron ambos al unísono, con mi padre acercándose a abrazarme.
El tener a mi padre abrazándome me hizo relajarme aún más y liberar el dolor punzante que sentía en el pecho. Me sentía tan cansado, como si hubiera tenido un día muy ocupado, pero en realidad el cansancio no era solo por el día de mierda que había tenido, sino que también por los años de tener que estarle escondiendo cosas a mi familia, estar constantemente inventando excusas o situaciones para evitar que se dieran cuenta de mi verdad.
Mi mamá se acercó por el otro lado de la mesa y se sentó a mi lado, tomándome la mano y acariciándome el cabello.
No sé cuanto tiempo habré estado llorando con mis padres junto a mí apoyándome, pero cuando por fin pude ver con claridad, las noticias ya habían cambiado de sección y el té estaba casi frío.
—Hijo, ¿estás bien? —me preguntó mi papá mirándome a los ojos.
Su mirada me transmitió seguridad, y por un momento me sentí aliviado y asentí, fiel a mi costumbre de mentir para esconder mis sentimientos, pero luego negué con la cabeza al recordar todo lo que había visto en casa de la Vicky.
—¿Qué te pasó? —me preguntó mi mamá, con la voz entrecortada.
—El Pato fue papá —dije apenas controlando la voz, y volviendo a llorar.
—Hijo… —dijo mi papá y me volvió a abrazar, más fuerte que antes.
Después de otro para de minutos de llanto, por fin sentí como que me desahogué completamente. A pesar de la tristeza que sentía por la infidelidad del Huaso, me sentía muy aliviado de tener a mis padres ahí apoyándome, y haber dado ese pequeño paso para salir del closet ante ellos.
—Lo siento mucho —me decía mi mamá, acariciándome el cabello, dándome contención—. Larry, quiero que sepas que te amamos, sin importar nada, ¿está bien? —me hizo mirarla a los ojos, y asentí—. Todo va a estar bien.
Me volvió a abrazar, y después de un momento me sentí más aliviado.
—¿Puedo ir a acostarme? —les pregunté. Estaba muy cansado—. Necesito dormir.
—Por supuesto —respondieron ambos al unísono.
Les dí las buenas noches, y me dirigí a mi pieza y cerré la puerta. Me saqué la ropa, me acosté en la cama, y me dormí casi de inmediato.
Al día siguiente me levanté a tomar desayuno, y mis padres me saludaron con atención.
—¿Cómo amaneció? —preguntó mi papá.
—Un poco mejor —era verdad. El dormir me había hecho muy bien, y ya me sentía mas tranquilo respecto a lo sucedido.
—¿Quieres conversar sobre lo de anoche? —me preguntó mi madre.
Me quedé en silencio, pensando como empezar.
—Perdónenme. Por haberles mentido —comencé diciendo y se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¿En qué nos mentiste? —preguntó con calma mi padre.
—Soy gay —les revelé, comenzando a llorar nuevamente. No era un llanto de pena, sino mas bien, de cierto alivio.
—Está bien, hijo. Está bien —dijo mi padre para calmarme, dándome unas palmadas en el hombro, mientras mi madre me tomaba la mano a través de la mesa.
—Nunca nos mentiste —me consoló mi madre—. Esperábamos que nos lo dijeras en cualquier momento. Simplemente no te quisimos presionar. Cuando estuvieras listo.
—¿Cómo lo supieron? —pregunté avergonzado.
Mis padres se miraron y sonrieron con complicidad.
—Siempre fuiste un niño muy reservado, y a pesar de eso, siempre tuviste buena relación con tus compañeros. Invitabas a tus amigos y amigas a la casa de vez en cuando, pero nunca nos presentaste a alguien formalmente. Lo tomamos como algo normal en ti, tu sabes, reservado con tu vida, con tus estudios, etc. Pero cuando empezaste a invitar a Patricio acá a la casa, tu cambiaste. Te veías más alegre y abierto a compartir con nosotros. Quizás no nos dedicabas mucho tiempo, pero comenzaste a contarnos de tus sentimientos, tus relaciones sociales, tus estudios. Quizás tu no te hayas dado cuenta de eso, pero nosotros si, somos tus padres —tenía razón—. Además, el brillo en tu mirada cuando lo veías llegar, era lo más hermoso que he visto —me dijo secándome con el dorso de su mano las lágrimas que caían por mi mejilla, mientras sus ojos se humedecían.
—Notamos que no era algo solo de tu parte. La forma que tenía él de mirarte y de cuidarte era muy especial —agregó mi madre, sonriéndome—. Con esto no queremos decir que la relación que tenían ustedes era tan perfecta que deberías perdonarlo. No sabemos qué tan sana era la relación de ustedes, pero sí sabemos que se tenían mucho amor, porque se notaba. Sin embargo, Patricio cometió un error grave faltándote el respeto, y eso nunca debes permitirlo. ¿Estamos claros? —me miró seria, pero sin perder su expresión maternal.
—Si —respondí, asintiendo.
Continuamos desayunando y por fin me pude sentir 100% cómodo en mi casa, conversando con mis padres sin preocuparme de esconderles nada, o de inventar mentiras para que no sospecharan (que ahora me daba cuenta, no servían de nada).
Durante la tarde, le envié un mensaje a la Vicky diciéndole que no se preocupara por mí, que no la odiaba por lo que había hecho, y que ya estaba mejor. También le conté al Bryan por WhatsApp sobre lo ocurrido, y de inmediato me vino a ver a la casa.
—¿Cómo te sientes? —fue lo primero que me dijo apenas entró a mi pieza.
—Pésimo —dije sinceramente—, pero no sé. Aliviado supongo.
—Al menos ese conchesumadre sirvió para que salieras del closet con tus viejos —dijo mi amigo, intentando ver el lado positivo de la situación.
—Si, supongo. Aún no puedo creer que me haya mentido tanto tiempo —intenté no dejarme invadir por la pena nuevamente.
El Bryan se acercó a abrazarme para consolarme. Luego me miró a los ojos y dijo.
—¿Una partida? —me sonrió con empatía, sugiriendo una dosis de nuestra terapia.
Acepté con una sonrisa, y estuvimos jugando un buen rato durante la tarde.
—Supongo que después de esto menos ganas tendrás de celebrar tu cumple pasado mañana —me comentó él, mientras celebraba un golazo virtual.
—Supones bien. Prefiero descansar.
—¿Estas seguro? —preguntó—. No te voy a ofrecer sacarte a carretear y que conozcas a algún weon random para olvidar al Huaso. Pero si quieres puedes venir a mi casa a pasar el rato. Invitamos al Victor si quieres.
Medité un rato, mientras me intentaba acercar a la portería de mi amigo.
—Bueno —acepté. Sabía que encerrarme en mi pieza no era la mejor decisión, y el ir a la casa del Bryan y estar con mis amigos me despejaría la cabeza.
Durante los días que siguieron, ignoré completamente las llamadas y mensajes del Huaso, porque obviamente no tenía ganas de saber nada de él.
El día viernes en la mañana, para mi cumpleaños, mientras estaba guardando en mi pieza los regalos que me habían dado mis padres durante el desayuno (un reloj de pulsera y una camisa), mi papá subió a decirme que estaba el Huaso abajo, y si quería que lo hiciera pasar.
El corazón se me detuvo por un segundo eterno, y me comenzaron a temblar las manos.
—Dile que suba —le dije a mi papá después de pensarlo un momento.
El Huaso entró a mi pieza por la puerta que estaba abierta. Lo esperé sentado en la cama, pero apenas lo vi empecé a llorar. Él se arrodilló frente a mi, preocupado.
—¿Qué te pasa, amor? —me preguntó, y la ultima palabra fue como un puñal en el corazón.
Me tapé la cara con las manos, intentando calmarme.
—¿Por qué me mentiste? —le pregunté mirándolo a los ojos, después de lograr recomponerme.
El Huaso me miró con miedo en los ojos y también comenzó a llorar.
—Perdóname Larry, por favor —me pidió de rodillas frente a mí—. Me equivoqué —su voz era gruesa y firme. Podía manejar mejor el llanto que yo.
—¿Es tu hijo? —le pregunté manteniendo el contacto visual.
Él dudó antes de responder.
—Sí, es mío —una sonrisa se dibujó en su cara, entre las lágrimas—. Es hermoso.
Bajé la mirada. Verlo feliz por su hijo me daba pena.
—¿Por qué no me dijiste antes?, ¿por qué me seguiste engañando hasta ahora? —volví a mirarlo.
—No lo sé. Pensé que era posible que no lo supieras nunca —explicó.
—¿O pensabas patearme antes de que naciera?
—¡No! —respondió tajantemente.
—Por eso últimamente estabas tan raro. Te enojabas un rato y después se te pasaba rápido. Tu nunca fuiste así. Es porque ya te daba lo mismo —saqué conclusiones.
Se quedó en silencio un rato.
—Larry, aún te amo —me dijo, con lágrimas en los ojos.
—No me sigas mintiendo —le pedí.
—Es la verdad —apoyó su cara en mis rodillas, y yo me tapé la mía con mis manos nuevamente.
Nos quedamos en silencio nuevamente, escuchando los sollozos del otro.
—¿Por qué lo hiciste? —le pregunté, temiendo la respuesta que pudiera venir.
—No lo sé —respondió despues de pensar un buen rato—. Porque soy un imbécil. La Mari me había invitado a un carrete de año nuevo, y no sé, me confundí. La cagué —volvió a llorar.
Todo había pasado antes de mi viaje a La Serena. Cuando la Mari actuaba de forma prepotente y despreciativa conmigo, y el Huaso no hacía nada al respecto, ellos ya habían tenido sexo. El enterarme de eso hizo que me volviera a quebrar, ya que me indicaba que yo no era tan importante para él.
—Cuando la Mari te trataba pésimo —continuó—, no creas que nunca le decía nada porque no te amara. No le decía nada porque tenía miedo de que si te defendía, ella te iba a contar lo que había pasado —explicó secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Me quedé en silencio, intentando calmar mis emociones.
—¿Cuándo te enteraste? —le pregunté después de un rato, cuando ya había recuperado la compostura nuevamente.
—Cuando estábamos en el hospital. Ese día que me retaron por culpa de la Claudia —recordó, mientras se ponía de pie y se sentaba a mi lado—. Por eso también me fue tan mal en la práctica.
—Te retaron por tu culpa —le corregí. Ahora yo estaba del lado de la Claudia.
Se rió brevemente.
—¿Y tu?, ¿Cómo te enteraste? —me preguntó. Estaba seguro que quería preguntarme eso desde el principio.
—La Vicky me convenció de que escondías algo, así que me metí a tu Facebook —protegí los medios espías de la Vicky—. Ahí salía todo.
—¿Y tú nunca sospechaste nada?
—No. ¿Por qué iba a dudar de ti?, si te amaba, pensaba que jamás me ibas a mentir con algo así —le expliqué, con la voz temblorosa.
Nos volvimos a quedar en silencio otro rato más.
—¿Me odias? —me preguntó, aún cabizbajo.
—No —quería responder que sí, que lo odiaba por lo que había hecho, pero no podía odiarlo.
—¿Me amas? —me miró a los ojos, con su mirada llena de lágrimas.
Cerré los ojos y volví a llorar. Asentí con mi cabeza y sentí el abrazo del Huaso. Me acariciaba la cabeza y me apretaba contra él, como queriendo disfrutar los últimos minutos que tendríamos juntos, y yo me dejaba llevar. También quería disfrutar nuestro último abrazo.
—Dejemos todo atrás y sigamos siendo felices juntos —me dijo, poniendo su frente contra la mía y mirándome a la cara.
Lo único que quería hacer era decirle que sí, que siguiéramos juntos y que nos olvidáramos de su “error”. Pero no, no podía hacerlo. Perdonar algo así me era imposible, a pesar de lo mucho que había aguantado hasta el momento en nuestra relación.
—No —decidí finalmente—. Devuélvete a La Serena, y cría a tu hijo con todo el amor que puedas. Asegúrate de que nunca le falte nada, e incúlcale que cuando sea grande respete a su pareja. Forma tu familia con la Mari, que aunque no lo quieras reconocer, la amas y siempre la amaste.
Esta vez él se puso a llorar desconsoladamente. Yo también lloré, en forma sinérgica con el Huaso. Nos abrazamos por un largo rato, hasta que se calmó.
—Te traje un regalo —me dijo—. Por tu cumpleaños.
—No lo quiero —intenté sonar lo más fuerte posible. Él bajó la mirada y aceptó mi decisión asintiendo con la cabeza—. Debes irte, necesito descansar —le anuncié poniéndome de pie. Por mucho que me costara tenía que ponerle fin a todo.
El Huaso también se paró y me dio un último abrazo apretado, que poco a poco fue corriendo su cara, separándola de mi hombro y acercándola a mi rostro. Cuando quedó frente a mi me dio un beso que no le negué. Nos dimos nuestro último beso, calmado y sin prisa, disfrutándolo entre lágrimas, sabiendo que no se volvería a repetir. Nos quedamos un rato tomados de la mano, frente con frente, derramando nuestras últimas lágrimas juntos, hasta que decidí que era hora de irse.
—Cuídate —le dije.
—Tu también —se separó de mi y salió por la puerta.
Lo vi caminar por el pasillo y di un último suspiro cuando desapareció al bajar por la escalera. Me asomé a la ventana y lo vi cruzar la calle, y en la cuadra de enfrente se detuvo y se llevó las manos a la cara. Comencé a llorar nuevamente, al verlo así. Después de un rato siguió caminando y no lo vi más.
Me quedé de pie frente a la ventana, mirando a la nada, cuando entró mi mamá a mi pieza.
—Hiciste lo correcto hijo —comenzó a decir—. Estoy orgullosa de ti —me dio un abrazo.
—Fue tan difícil —le dije, soltando las últimas lágrimas que me quedaban.
—Lo sé, lo sé —me consoló—. Ahora solo te queda felicidad por delante.
—No sé. Solo quiero desaparecer. Alejarme de esta ciudad —dije con sinceridad.
—¿Y qué te frena? —preguntó mi papá entrando por la puerta—. Si necesitas eso, viaja, medita, conoce otras realidades. Te hará bien —mi mamá lo miró preocupada, pero luego cambió su semblante—. Cuando te sientas listo volverás.
Mi mamá concordó con él y me dio el visto bueno. Acepté la propuesta y les dije que pensaría cual sería mi destino.
Al atardecer fui donde el Bryan, confiando en que me despejaría, y así lo hice. Estaban los hermanos anfitriones y ambos Victor’s. Pedrito al llegar me dio todo su apoyo y dijo que si necesitaba algo, que no dudara en pedirle ayuda. También esperé un “te lo dije” de su parte, pero afortunadamente no lo hizo. El Victor estaba medio bajoneado, y le pregunté qué le pasaba.
—Es que me da rabia el Huaso —dijo con pena—. Tu sabi que es mi amigo, pero lo que te hizo fue feo —me dio un abrazo de apoyo, y luego le pedí que subiera el ánimo, por mi.
A decir verdad, disfruté bastante la noche, comiendo pizza y viendo películas de terror pude olvidar por unas horas el asunto de mi ahora ex pololo. Les anuncié que me iría de viaje y todos entendieron mis razones.
—¿Y si te acompañamos? —propuso el Victor, motivándose de los primeros, como siempre—. Ah no, verdad que no tengo plata —recordó su estado financiero, desatando las risas de todos.
—¿Para donde te vas? —me preguntó el Pedro.
—A Chiloé —respondí, un poco ansioso por la expectativa de hacer un viaje solo a un lugar desconocido para mi.
El día lunes, antes de irme al terminal, fui a la universidad por si acaso estaba listo mi título, y para mi sorpresa, así fue. Lo guardé en una carpeta dentro de mi mochila, y me fui al terminal. Me despedí de mis padres y tomé el bus hasta Santiago.
Al llegar a Santiago tomé otro bus hasta Puerto Montt, y desde ahí hacia Ancud. Me bajé del bus y comencé a recorrer los alrededores, buscando algún alojamiento. Me fui caminando por la Avenida Salvador Allende, hasta que llegué a la carretera y vi un discreto letrero que decía “camping”, y una flecha.
Subí el sendero que indicaba la flecha y llegué a una gran casona de tres pisos que se ubicaba en la cima de una pequeña colina, que a sus faldas tenía un terreno grande delimitado en cuadrados por unas pequeñas cercas de madera, y a un costado, un gran espacio de ripio designado para estacionamientos, donde habían tres vehículos estacionados, correspondientes a las tres familias que habían levantado carpa en sus espacios delimitados. Abrí la puerta de la casona que tenía un letrero que decía “Abierto” e ingresé a la recepción, donde estaba una octogenaria mujer de cabello cano y rostro amable, con una piocha dorada con su nombre “Cecilia Gonzalez”
—¿Cuánto cuesta el camping? —le pregunté.
—Cinco mil pesos la noche —respondió con amabilidad—. Necesitaré los nombres de todos los que vengan con usted.
—Vengo solo —le dije de inmediato, y me miró extrañada.
—Es poca la gente que viene sola a acampar —comentó, mientras recibía mi carnet para anotar mis datos—. Si gusta puede arrendar una cama también, acá en una de las habitaciones.
—¿Y eso cuanto me costaría? —pregunté.
—Diez mil —respondió ella.
Lo medité un momento y luego me decidí.
—Bueno, quiero una pieza —acepté, aprovechando de darme un lujo de comodidad por el momento. Más adelante podría cambiarme al camping, o acampar en cualquier otro lado si lo necesitaba.
Me acomodé en mi habitación, que era pequeña, pero acogedora, con dos literas ubicadas una al lado de la otra, enfrente de unos armarios individuales con candados. Guardé mis cosas y salí a caminar. Fui caminando hasta Ancud, y entré a almorzar en una posada. Al salir del local, con el estómago lleno, vi un letrero que me indicaba el hospital de la ciudad, y decidí ir a dejar currículo uno de esos días.
Estuve una semana recorriendo la isla, dándome tiempo para meditar y despejarme. Las heridas por la infidelidad del Huaso ya estaban cerrando. Aún me daba pena recordarlo, y a ratos me daban impulsos de ver como estaba en sus redes sociales, pero ya no lloraba cuando pensaba en él. Cuando volvía a la casona, la señora Cecilia me pedía que le ayudara a hacer alguna tarea doméstica. Que le arreglara un mueble, o que ayudara a cargar las cajas con mercaderías, etc, lo que me permitía, además, mantener mi mente ocupada.
—Por tu ayuda te voy a rebajar un poco el arriendo —me prometía.
Al séptimo día de estancia en la Isla de Chiloé, el Victor me llamó al celular preguntándome donde andaba.
—En Ancud po, si te dije ayer —le respondí.
—Ya, ¿pero en qué calle estas? —me volvió a preguntar.
—¿Y para qué quieres saber eso? —estaba confundido.
—Porque estamos aquí en el terminal con el Bryan, y no sabemos para donde ir.
El corazón se me aceleró de felicidad. No perdí el tiempo en explicarles donde estaba, y de inmediato les dije “quédense ahí, los iré a buscar”. Me despedí de la señora Cecilia y le dije que si tenía alguna tarea que encargarme, que me la dejara para la tarde.
—¿Qué hacen acá? —les pregunté después de darles un fuerte abrazo a los dos. La sonrisa no me la borraba nadie.
—Te vinimos a acompañar po —respondió el Victor.
—¿No decias que nos extrañabas mucho? —habló por fin el Bryan—. ¿Cómo estay?
—Bien. Ahora mucho mejor —los volví a abrazar.
Nos fuimos caminando de vuelta al camping, mientras les contaba qué era de mi vida como turista isleño. Al llegar, los chiquillos se registraron como huéspedes y arrendaron las camas restantes en la pieza que estaba yo.
Durante los cinco días que estuvieron en la isla, nos divertimos mucho, salimos a recorrer la isla, conmigo haciendo casi de guía turístico para ellos, y pude sentirme como en casa otra vez, riendo de alegría con las bromas del Victor, o nutriéndome de la sabiduría del Bryan.
De igual forma, mentiría si dijera que su presencia no me hizo recordar al Huaso y las veces que nos juntábamos todos en la casa del Bryan, o la de la Claudia, pero de todas formas, los sentimientos positivos superaban largamente a los negativos.
Para aprovechar el último día de estadía de mis amigos, nos fuimos a Quellón con la idea de acampar en algún lugar. Recorrimos algunas iglesias que estaban en el camino, y cuando notamos que estaba oscureciendo, nos adentramos entre los árboles y buscamos un claro para armar nuestras carpas. La mía era una individual, y la de ellos, una doble.
Despejamos el suelo y buscamos palos secos para encender una mini fogata. Cuando cayó la noche, el Victor sacó el copete, la bebida y las papas fritas.
El Victor estuvo hasta cerca de la una de la mañana muy animado, pero el abuso del alcohol hizo que se le apagara la tele rápido. Con el Bryan lo acostamos en la carpa individual, para no molestarlo después cuando se fuera a acostar el Bryan.
Nos quedamos frente a la fogata con el Bryan, lado a lado.
—¿Cómo lo llevas? —me preguntó él, de repente.
—Bien —sabía a que se refería—. Bueno, igual hecho de menos, pero me ha servido mucho para pensar. Siento que ya estoy empezando a sanar. De verdad.
—Me alegro mucho —me dijo mirándome a los ojos, y me sonrió—. El Pedro me contó que le habías dicho que tiraste currículo acá.
—Si. Perdón por no decirles —no sabía por qué no se los había mencionado.
—De hecho, él me convenció de venir cuando el Victor me dijo que quería venir a verte —dijo con un temblor en la voz.
—¿Por qué te tuvo que convencer él?, ¿no querías venir? —le pregunté.
En ese momento el Bryan se acercó a mi y me dio un beso en la boca. Un par de segundos y se alejó, bajando la mirada.
Me sorprendió con su gesto y no supe que decir.
—Disculpa, no te quise incomodar —me dijo, con la voz temblándole por el nerviosismo.
En ese momento me acerqué a él y le di un beso yo. Inmediatamente supo que era correspondido y comenzó a besarme con delicadeza y cariño. Terminamos de besarnos y nos miramos con vergüenza, como dos niños que se dan su primer beso.
—¿Y eso a qué se debe? —le pregunté sonrojado.
—Larry, me gustai caleta —seguía con la voz temblorosa, y me sorprendí por su declaración—. No quiero presionarte a nada, yo sé que estas recién saliendo de una relación que fue muy importante para ti, así que probablemente no es sano que me declare y confundirte, pero solo quería que supieras que me gustas.
—Pero Bryan, tu eres hetero —dije, aun confundido. Se quedó en silencio un momento, y luego negó con la cabeza—. ¿Y por qué nunca me lo dijiste? —le pregunté.
—Es difícil —comenzó diciendo—. Cuando el Pedro salió del closet, mis viejos lo aceptaron y todo, pero igual a mi papá le costó un poco, aunque no quería que el Pedro lo supiera. Un día me dijo, como broma, pero yo sé que en el fondo lo decía en serio, que yo era la última esperanza de darle nietos. Y esa wea me mató —se le quebró la voz. Lo abracé para darle contención—. Sentí que era como mi obligación mantener el sueño vivo de mi viejo de tener un nieto, así que intenté convencerme de que me gustaban las chicas. Después de que saliste tú del closet, el Pedro me dijo que el siguiente tenía que ser yo, que no podía seguir reprimiéndome.
—¿El Pedro sabía? —pregunté sorprendido.
—Si, siempre supo. Incluso antes de que se lo contara. Eso sí nunca le dije el por qué no quería salir del closet. Le conté sobre ti —dijo sonrojándose—. Él estaba convencido que haríamos bonita pareja —se rió—. Por eso no pasaba al Huaso… ni a la Karen.
Estaba completamente sorprendido por las palabras de mi amigo y de hecho, ya me estaba confundiendo. El Bryan siempre me pareció guapo, hermoso por dentro y por fuera, pero como yo estaba pololeando con el Huaso, nunca me di el tiempo de verlo con otros ojos. Tenerlo ahora frente a mí, con el fuego iluminando su rostro inocente, me hacía cambiar completamente mi perspectiva sobre él.
—¿Y la Karen? —le pregunté—, igual sufriste mucho cuando quiso terminar contigo.
—La Karen… —dijo pensando en voz alta, mirando al horizonte, como imaginándosela—. De verdad me gustaba ella. Quizás no como me gustabas tu —se sonrojó—, pero me gustaba. Era muy inteligente, y bueno, ella misma se dio cuenta de todo. Cuando fui a su casa, con el chocolate que me recomendaste, conversamos y me dijo: “yo sé que me quieres, pero también sé que no me quieres como yo quisiera”. Era muy perceptiva, y lejos de enojarse, u odiarme por eso, me entendió —hizo una pausa, de unos secgundos de silencio, y luego continuó—. La razón por la que estaba tan asustado cuando me dio que quería terminar, era porque sabía que era la última chica con la que iba a estar. Ya no quería seguir intentándolo, pero tampoco quería decepcionar a mi viejo.
—Pero Bryan, tu siempre fuiste super inteligente. Me sorprende que hayas tenido ese miedo, teniendo al Pedro de hermano, y sabiendo que tus padres lo habían aceptado —comenté, intentando entender.
—Si sé, desde fuera se puede ver súper fácil la solución, pero tu más que nadie debería saberlo —me dijo, con tono empático—. Por ejemplo, también tenías mucho miedo de contarle a tus viejos, siendo que nunca te habían dado razones explícitas para temer, ¿verdad? —asentí, tenía razón—. En mi caso, el miedo me lo infundió mi viejo. Y bueno, aún me da miedo.
—Y ahora, como estamos a miles de kilómetros de él, te atreviste —le dije, y se rió brevemente.
Nos quedamos en silencio otro rato más, y luego él habló
—Antes yo era super bueno para webiar, supongo que te diste cuenta cuando me conociste. Te di un beso sin importarme nada esa vez, ¿te acordai?
—Sí —me sonrojé—. Difícil olvidarlo.
—Bueno, en ese tiempo yo webiaba mucho, y lo hacía como una forma de sentirme libre mientras pudiera. Pero cuando te conocí, no sé wn, como que quise cambiar, ser mas ideal para alguien como tu —me volví a sonrojar con tus palabras—. Te juro que yo con ser tu amigo era muy feliz, pero siento que era hora de decirte que siempre quise ser algo más. No me quería arriesgar a dejar pasar la oportunidad mientras estuvieras soltero.
Tenía ganas de acercarme a él y besarlo, decirle que sí a todo lo que me pidiera, pero también sentía que era demasiado luego después de estar con el Huaso (habían pasado apenas dos semanas), y no estaba lo suficientemente sano emocionalmente como para empezar una nueva relación.
Nos quedamos conversando por mucho tiempo más. Me contó muchas cosas de su vida, que no me había contado antes, y sentí como que estaba conociendo a otro Bryan, el real, y me gustaba más a cada palabra que salía de su boca.
Cerca de las 6 am apagamos la fogata con tierra, y nos encerramos en la carpa para dormir. Nos acostamos frente a frente, mirándonos a los ojos.
—Buenas noches —me dijo, recuperando la timidez de más temprano.
—Buenas noches —respondí, igual un poco cohibido por la situación.
Simultáneamente nos acercamos y nos dimos un beso, nos abrazamos fuerte, entrelazando nuestras piernas y nos quedamos dormidos.
Nos despertamos después de dormir unas tres horas, porque comenzó a sonar mi celular. Me llamaban del hospital de Ancud, preguntándome si estaba disponible para hacer un reemplazo.
—¿Vas a hacerlo? —me preguntó el Bryan, unos minutos mas tarde mientras desayunábamos. Se veía triste.
—Creo que sí. Tengo que ir mañana en la mañana a ver que onda —respondí, un poco triste también.
—Espero que te vaya muy bien, de verdad —me dijo, con una sonrisa que, si bien genuina, no cubría la tristeza de sus ojos.
—Igual, el reemplazo durará a lo más un mes —lo tranquilicé—. Más temprano que tarde estaré de regreso en Antofagasta.
Al rato se levantó el Víctor, y muy animado nos contó que había soñado con brujas que nos venían a hechizar el campamento. Le conté mis novedades laborales al Victor, que se alegró mucho por mí.
—¡Anímate Bryan!, nuestro Larry es todo un profesional ya —dijo con orgullo el Victor.
—Ustedes también son profesionales —le recordé.
—Si, pero nosotros ni siquiera fuimos a buscar el título antes de venir. Quizás habríamos encontrado pega los tres acá —dijo con ilusión el Victor.
Levantamos el campamento y tomamos una micro hasta Ancud, donde la señora Cecilia les permitió al Victor y el Bryan utilizar el baño para ducharse sin haber alojado la noche anterior.
Con el Bryan no volvimos a hablar sobre lo que había pasado la noche anterior. Al verlo cabizbajo me daban ganas de acercarme a él, tomarle la mano o abrazarlo y decirle que no se iba a dar ni cuenta cuando volviera a Antofagasta, pero no me atreví.
Los fui a dejar al terminal, y me despedí con un fuerte abrazo del Victor, y el Bryan me miró a los ojos antes de hacer nada, como deseando besarme, pero sin atreverse. Finalmente me dio un abrazo, que yo prolongué quizás por demasiado tiempo.
—Ya nos volveremos a ver —le dije al oído.
—Eso espero —dijo dando un suspiro.
Tomaron el bus y me hacían señas de despedida desde la ventanilla.
El Bryan se veía muy afectado porque yo me quedaría trabajando en la isla, pero no me dijo nada, porque sabía que era lo que yo necesitaba. Tiempo y espacio.
Meses más tarde, pedí un par de días de permiso en el hospital de Ancud para poder asistir a la titulación, y a decir verdad, la idea de volver a ver a todos mis compañeros, incluído el Huaso, me ponía muy nervioso.
Durante los meses que habían transcurrido, había tenido mucho tiempo para pensar y sanar, mientras trabajaba. Si bien, cada cierto tiempo recordaba al Huaso, sabía que lo había superado porque atesoraba los buenos momentos, y no me deprimía cuando recordaba el fin de nuestra relación.
La ceremonia era el dia miércoles 9 de marzo, y me dieron libre el martes y miércoles (pedí el jueves pero no me lo pudieron/quisieron dar por falta de personal). Por un problema con la aerolínea, mi vuelo del día martes se atrasó, así que no alcancé a llegar al ensayo general de la ceremonia. Le pedí al Bryan que retirara las invitaciones por mi, pero las fue a dejar a mi casa cuando yo aún no llegaba, así que no lo pude ver.
El día de la ceremonia fue todo muy caótico.
Cuando llegué a la universidad, estaban casi todos presentes, menos el Huaso, que llegó de los últimos. Me alegré mucho al reencontrarme con mis amigos. Les dí un fuerte abrazo a cada uno de ellos, siendo el más incómodo el que le di al Bryan, no porque me provocara incomodidad él, sino que porque no sabía si me iba a abrazar o a besar (es estúpido pensarlo ahora, lo sé, pero igual me pasé el rollo), y sabía que él pensaba lo mismo.
Durante los meses que estuve trabajando en Ancud, seguimos comunicándonos por teléfono y WhatsApp, pero nunca tocamos el tema de “nosotros”. Conversábamos como siempre lo habíamos hecho, como los mejores amigos de la vida, como si no hubiera pasado nada esa noche de la fogata. Él nunca me preguntó si había conocido a alguien, y yo tampoco lo hice, pero ganas no me faltaban. La revelación del Bryan, diciéndome que yo le gustaba, me había dado vueltas en la cabeza todos los días desde que se había ido, ilusionándome con un posible futuro juntos, pero me daba miedo pensar, que si le preguntaba sobre su actual vida amorosa, me dijera que estaba conociendo a alguien más.
—Te extrañé mucho —me dijo mientras nos abrazábamos.
—Yo también —le respondí con sinceridad.
—Lástima que vengas por tan poco tiempo —me comentó.
—Si, una mierda —concordé.
Nos pusimos al corriente con la vida de todos. El Victor había aprovechado la buena evaluación que le había dado el Ignacio, y tiró currículo al hospital, donde quedó de inmediato haciendo reemplazos, y estaba muy feliz de poder trabajar con la Anita, su polola. El Bryan, en cambio se había tomado esos meses de descanso. La Cata también había hecho reemplazos en el hospital en Urgencias, mientras que la Claudia (nos contó la Cata), se había ido a trabajar al norte.
Después de la ceremonia, nos quedamos sacándonos fotos y felicitándonos los unos a los otros. Los padres del Bryan se acercaron a darme un abrazo, y los míos hicieron lo mismo con el Bryan y el Victor, mientras el Huaso observaba desde lejos, presentándole a la Claudia a sus padres y a la Mari.
—¿Y tu, ya te olvidaste de mi? —me dijo el Pedro dándome un fuerte abrazo lleno de efusividad.
—Jamás me olvidaría de ti —le dije respondiéndole el abrazo con el mismo fervor.
—¿Cómo estas? —me preguntó, dándome un golpecito en el pecho.
—Bien. Mucho mejor.
—¿Encontraste a algún clavito isleño que te haga compañía? —preguntó curioso.
—No. La verdad no —respondí con sinceridad—. Estoy esperando a alguien especial.
El Pedro sonrió ampliamente con mi respuesta.
—Ese alguien especial también te esta esperando —dijo con complicidad.
Me sonrojé.
—Lo supiste todo el tiempo y no me dijiste nada —le reproché.
—¿Y qué querías que hiciera?, ¿Que sacara del closet a mi hermano?, jamás iba a hacer eso.
—Lo sé —acepté sus razones.
—Aparte intenté muchas veces, no muy sutilmente, de decirte que estabai mal enfocado.
Nos reímos.
—Pero eso ya quedó atrás.
Me quedó mirando en silencio un rato.
—¿Lo quieres? —me preguntó.
—¿A quien?
—Al infiel aquel —dijo señalando con el mentón al Huaso, que se estaba acercando al grupo con la Claudia.
—No. Ya no —respondí convencido.
—¿Y a mi hermano? —preguntó con una amplia sonrisa.
Yo me sonrojé y me reí tontamente, y el Pedro me dio un abrazo de alegría.
Continuamos conversando un rato más, cuando una voz muy familiar nos interrumpió.
—Larry… —me llamó el Huaso, acercándose a nosotros con cautela. Se veía muy guapo, igual que siempre.
—Hola —lo saludé, dándole un abrazo cordial.
El Huaso y el Pedro se saludaron por cortesía, aunque ninguno de los dos tenía intención de hablar entre ellos.
—¿Podemos hablar? —me preguntó con un poco de timidez. Acepté su solicitud y nos apartamos un poco de todo el grupo—. ¿Cómo has estado?
—Bien, trabajando harto —respondí—. ¿Y tu? —no era solo cortesía, de verdad me causaba curiosidad saber en qué andaba.
—Igual que tú. Me fui a Valpo a vivir con la Mari, y encontré pega altiro allá, estoy en un Cesfam. La Mari insistió en irnos para allá, porque su mamá se había ido a vivir allá, y quería que el Mati se criara con su abuela cerca —bonito nombre pensé.
—¿Cómo está él? —le pregunté, por cortesía.
—Está excelente —me indicó donde estaba de pie la Mari con los papás del Huaso, esperando. La polola del Huaso estaba acomodando al bebé en el coche, y al ver que el Pato le hacía señas, se acercó a nosotros. Me saludó con el tono seco que siempre había usado para hablar conmigo, pero ya no me molestaba—. Este es el Mati.
Miré al coche y había un bebé de unos cinco meses, de piel morena, ojos oscuros y pelo negro. Era la viva imagen de su padre. Al verme frunció el ceño, pero luego rió cuando le hice muecas. Se aburrió rápidamente de mirarme, y estiró la mano para tomar algo de debajo de su manta. Sacó un pingüino de peluche, que ciertamente me era muy familiar, y lo abrazó con ambos brazos.
—Es su favorito —me dijo el Huaso, mientras yo usaba todas mis fuerzas para mantener a raya mis emociones.
Ver al hijo del Huaso con Mumble me producía sentimientos encontrados. Por un lado me parecía tierno que lo hubiera mantenido, y dado un buen uso al regalo que le di, que por muy sencillo que fuese, había significado tanto para ambos; pero tampoco quería pensar de esa forma, porque me obligaba a seguir pensando en cadena en otras cosas, hasta volver a pensar en el Huaso como el hombre que amaba.
Finalmente controlé mis pensamientos, y después de conversar un par de cosas más con él, me despedí del Huaso, deseándole lo mejor junto a su familia.
Volví a reencontrarme con mi grupo de amigos, y me despedí de ellos con un gran abrazo grupal. La verdad me daba pena despedirme de ellos, hasta quién sabía cuando, pero por el momento debía hacerlo, ya que mis padres insistían en irnos a almorzar luego para después no perder el vuelo hasta Puerto Montt.
Comencé a caminar hacia donde estaban mis padres esperando, cuando sentí que alguien me tomaba de la mano desde atrás.
—Espera —me dijo el Bryan, mirándome a los ojos con nerviosismo. Buscó con la mirada a sus padres, para asegurarse que no estuvieran mirando, pero para nuestra mala suerte, si lo hacían, a unos cinco metros de distancia.
En mi mente pensaba “hazlo, por favor”, pero lamentablemente al Bryan no tenía la habilidad de leer mentes ajenas, así que no lo hizo. Solo se acercó a darme un fuerte abrazo.
—Te quiero mucho, Larry —me dijo al oído—. Nunca lo olvides.
—Yo también te quiero mucho —le respondí, disfrutando los últimos segundos que me quedaban con él—. Espérame, por favor —le pedí.
—¿Qué crees que he estado haciendo tanto tiempo? —se rió con ternura.
Nos despedimos, sin mayores muestras de amor, pero con el abrazo nos bastó.
Me reencontré con mis padres y cuando íbamos en el auto, camino a algún restorán, mi madre comentó: “Siempre fue tan caballero tu amigo Bryan”, mirándome con complicidad por el espejo retrovisor.
El día jueves 24 había sido un día muy ajetreado en el hospital. Me habían pedido cubrir un turno la noche anterior, porque un colega había renunciado hacía un par de días sin previo aviso, y como el dinero nunca sobra (sobretodo en Chiloé), acepté cubrir cada puesto que me pidieran.
Después de trabajar casi 24 horas seguidas, terminé la jornada agotadísimo.
—Nos vemos mañana, Caro —le dije a mi colega del turno, que tomaba el mando de la unidad, después de entregarle la bitácora.
—Hasta mañana, Larry —me despidió con un beso en la mejilla y una sonrisa.
Caminé por los pasillos del hospital, pasando entre grupos de personas que conversaban entre sí, esperando por su atención, o por algún familiar. Los pies me pesaban mucho por el cansancio, y soñaba con llegar a la pensión a un par de cuadras de distancia, tirarme a mi cama y dormir para siempre.
Al acercarme a las puertas del hospital, una persona se interpuso en mi camino, con una sonrisa muy familiar.
Caminé lo más rápido que pude y lo abracé de inmediato, acariciando su cabello entre mis manos.
—Supe que había una vacante —me dijo el Bryan, con su voz un poco temblorosa, pero alegre.
Me quedé sin palabras. Verlo ahí de pie frente a mí hizo que se me acelerara el corazón, y noté que toda sensación de cansancio acumulado había desaparecido. Nos miramos a los ojos por un par de segundos, que se sintieron eternos, y luego al mismo tiempo, nos acercamos para darnos el beso que habíamos estado esperando por meses.
FIN
escuche a muchos decir que lloraron, no lo hice, por fin larry te diste cuenta de quien era realmente era el huaso, porfa dime en que cesfan de valpo esta el weon pa funarlo por desgraciado
El Huaso, parte 35: “El Deseo”
Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4, Parte 5, Parte 6, Parte 7, Parte 8, Parte 9, Parte 10, Parte 11, Parte 12, Parte 13, Parte 14, Parte 15, Parte 16, Parte 17, Parte 18, Parte 19, Parte 20, Parte 21, Parte 22, Parte 23, Parte 24, Parte 25, Parte 26, Parte 27, Parte 28, Parte 29, Parte 30, Parte 31, Parte 32, Parte 33, Parte 34.
El día jueves mis papás me despertaron temprano como todos los años para desearme feliz cumpleaños, y mientras desayunábamos con una mini torta, me dijeron que si quería podía invitar al Huaso y al Bryan a la hora del té, para así celebrar mi cumpleaños junto a mis amigos más cercanos. En primera instancia decliné la oferta de mis padres, pero luego de pensarlo los invité igual, para ver si era posible que se comportaran como adultos (sobretodo el Huaso).
—¿Y lo vas a invitar? —me preguntó mi pololo, refiriéndose al Bryan, mientras bajábamos al paradero en la U.
—Si po, ¿Por qué no?
—No por nada… —respondió haciéndose el tonto—. Oye, ¿y no te tinca ir a almorzar a mi casa? —me ofreció y pude ver como se aguantaba las ganas de abrazarme.
—No puedo, tengo que ir al lab a seguir con la tesis.
—Puta la wea —se quejó—. Ya, no importa, amor —me susurró la última palabra al oído—. Nos vemos a la tarde entonces —me dio un abrazo de despedida y se subió a la micro.
Yo me devolví al laboratorio a seguir trabajando, y durante la tarde mientras conversaba con Guillermo, el alumno de doctorado del profesor Rosales, mencioné que estaba de cumpleaños.
—¡Buena, felicidades! —me dijo con una sonrisa y se acercó a abrazarme
—Gracias —le respondí un poco tímido.
—Yo creo que esto merece que te vayas temprano hoy, ¿cierto profe? —habló un poco más fuerte para llamar la atención del profe Rosales.
El profe, que estaba hablando airadamente por teléfono, sólo le hizo una seña afirmativa y siguió con lo suyo.
—Ándate nomas, yo respondo ante el profe por ti —me ofreció con amabilidad.
—¿En serio?
—Si po, si es tu cumple. Aparte ya no queda nada más que hacer por hoy. Yo te registro los resultados de los procesos.
Acepté su ofrecimiento y me fui a buscar mi mochila para irme. Me despedí del profe y salí del laboratorio.
—¡Oye, espera! —me gritó Guillermo cuando ya me dirigía al auto—. Toma, feliz cumpleaños —se acercó con la mano estirada.
En la mano tenía un bolígrafo con el logo de la facultad.
—Gracias —le dije sorprendido por el gesto, tomándola con mi mano derecha.
—De nada —tenía una sonrisa de satisfacción en la cara—. Y mira —volvió a tomar el regalo, y le desenroscó el extremo, revelando un dispositivo usb.
—Gracias, en serio —agradecí un poco descolocado—, pero ¿no será demasiado?, no quiero ser malagradecido, pero no puedo aceptarlo.
—Tómalo —me dijo devolviéndomelo—. Este año se equivocaron y mandaron a hacer más de las necesarias para la ceremonia de titulación. Si quieres más están en la caja de cartón debajo del mesón del profesor Rodríguez —me dijo en voz baja.
—Gracias —volví a decir, esta vez aceptando el regalo con una sonrisa.
—De nada wn, después me contai como te va con el carrete de cumpleaños—se despidió de mi con un abrazo y se devolvió al laboratorio, mientras yo me dirigía al auto pensando que quizás su última frase era una indirecta para que lo invitara a la celebración.
Me fui a mi casa y me dispuse a preparar las cosas para comer cuando llegasen el Huaso y el Bryan. Mi pololo fue el primero en llegar, y me dio un fuerte abrazo apenas me vio.
—¡Feliz cumple amigo! —me dijo en voz alta para que escucharan mis padres—. Feliz cumple amorcito —esta vez me lo susurró al oído para que solo yo lo escuchara.
—Gracias, Pato —le agradecí escuetamente, sin demostrar todo mi amor frente a mis padres.
—Sorry por no traerte mi regalo hoy, pero tendrás que esperar —puso cara de misterio cuando lo dijo.
Al llegar el Bryan, el Huaso se mostró un poco celoso porque mi amigo me había llevado un regalo.
—Ojalá te guste —me dijo el Bryan, entregándome el regalo después de un largo abrazo. Abrí el presente, cuidadosamente para no romper el papel, y dentro había un ejemplar de “Las Ventajas de Ser Invisible”.
—¡Justo lo quería leer! —le dije muy entusiasmado por su regalo—. ¡Gracias! —le di un nuevo abrazo a mi amigo en señal de agradecimiento.
Nos sentamos a comer, y para sorpresa mía, el Huaso se comportó e incluso conversó con el Bryan en varias ocasiones, aunque se notó un poco confundido por la confianza con la que trataban mis padres a mi amigo.
—¿Por qué lo conocen tanto tus viejos? —me preguntó el Huaso más tarde, estando los tres en mi pieza.
—Porque ha venido otras veces po, ya lo conocen —le expliqué—, así como ya te conocen a ti.
—Si pero conmigo no hablan tanto…
—Quizás no te das el tiempo —intervino el Bryan—, yo cuando vengo no necesito estar encerrado con el Larry para estar cómodo —el Huaso le dirigió una mirada de enojo.
—Si po, amor —me acerqué para abrazarlo—, cuando vienes pasai directo a mi pieza.
—Pero yo lo hago por ti también —explicó—. Siento que quizás te puede incomodar que esté mucho tiempo con ellos, que haga algo que me delate, que nos delate…
—Si, puede ser. Pero confío en ti, sé que no harás nada desubicado.
—¿En serio? —me preguntó sorprendido.
—Si po, hoydía lo hiciste bien…
—Ni siquiera se notó que me odias —volvió a intervenir el Bryan, aunque esta vez recibió una mirada más amable de parte del Huaso.
Nos quedamos un rato escuchando música, mientras conversábamos (principalmente conversaba yo con el Bryan, el Huaso se dedicaba a intervenir en ocasiones puntuales cuando no se aguantaba decir una talla), hasta que ambos se tuvieron que ir.
Me despedí de mi pololo con un largo beso, y de mi amigo con un fuerte abrazo, y ambos se fueron juntos a tomar la micro.
—¡Fue muy incómodo! —decían los mensajes que me mandaba el Huaso más tarde, refiriéndose al viaje en silencio de ambos en la micro.
Al día siguiente me fui donde mi pololo para buscarlo antes de ir a la casa del Bryan, donde finalmente conoceríamos a Karen, su nueva “algo”.
—Tan elegante —halagué a mi pololo, que se había puesto una camisa bastante elegante—, igual no era necesario si es mi cumpleaños nomas.
—Me la puse para darle una buena impresión a la polola del Bryan —intentó sacarme pica.
—¿Ah si? ¿ya descubriste quién era?
—No, pero por si acaso —se hizo el hetero.
Nos fuimos a la casa del Bryan y ya estaban casi todos ahí: las dos parejas anfitrionas, el Victor y el Nico.
—Ella es Karen —nos dijo el Bryan, presentándonos a una niña rubia muy bonita, y que se veía muy tierna. El Huaso quedó con la boca levemente abierta por su belleza, así que tuve que golpearle con el codo en las costillas para que se concentrara.
—Mucho gusto, Karen —le dije dándole un beso en la mejilla.
—Él es el Larry, y él es el Pato —nos presentó el Bryan.
—Un gusto igual, el Bryan siempre habla de ti —me dijo ella con una dulce voz.
—Espero que sean cosas buenas —me sonrojé.
—Solo cosas buenas —respondió ella, y miró con complicidad al Bryan—. Feliz cumpleaños —me dijo con una sonrisa y un abrazo.
—Gracias —le agradecí con una sonrisa igual de amable que la de ella.
Justo en ese momento el Nico se acercó a saludar y me preguntó por “mi primo”.
—El Sergio no era mi primo, era del Pato —lo corregí, apuntando al Huaso, después de saludarlo.
—Ah, perdona —se puso a reír por su error—, ¿y no va a venir?
—No ha venido a Antofa —le expliqué—, pero si viene te aviso po. ¿No has hablado con el?
—Si, si siempre hablamos, pero igual quise preguntarte, en una de esas no me había dicho que vendría.
Nos sentamos a conversar mientras escuchábamos música a buen volumen, y no faltó mucho para que Nico, el bombero, se levantara a bailar animadamente. Se movía muy bien y no pude evitar imaginarlo bailando (y quizás haciendo otras cosas) con el Sergio. Al rato se le sumaron el Pedro y su pololo Victor.
Mientras conversaba con la Karen, pude escuchar como el Huaso y el Victor comentaban sobre la única mujer en la casa.
—Es muy rica —dijo en voz baja el Victor.
—La cagó —coincidió mi pololo.
—Oye, ¿y hace cuanto que llevan saliendo ustedes? —le pregunté a la Karen, esperando que no hubiera escuchado los comentarios de los otros dos.
—Hace como un mes —respondió rápidamente el Bryan.
—Un mes y una semana —lo corrigió ella, con su ya característica voz suave.
—¿Y cómo se conocieron? —pregunté.
—Un día había ido al cine con el Nico, y a la salida se encontró con el Bryan que andaba por ahí en el mall. Lo ví y lo encontré muy lindo, así que le pregunté al Nico quién era y nos presentó. Y desde entonces empezamos a hablar y a salir juntos —relató ella mientras el Bryan asentía con la cabeza.
Seguimos conversando por un rato, hasta que el Pedro fue a atender la puerta y luego volvió diciéndole al Huaso que lo buscaban a él, lo que me pareció muy raro.
El Huaso volvió al rato seguido de la Vicky, la promotora de la tienda de al lado de donde yo trabajaba.
—¿Qué hace ella aquí? —me acerqué a preguntarle al Huaso.
—Me dijo que tú la invitaste así que la dejé pasar —me explicó.
Me acerqué a la recién llegada que miraba atentamente a los presentes, como analizándolos.
—Vicky, ¿qué haces aquí? —me acerqué a ella para pedirle explicaciones.
—¿Ella es la tal Karen? —me preguntó ignorando mis palabras.
—No. Dime, ¿Qué haces aquí? —insistí, intentando ocultar mi nerviosismo.
—¡Oye Karen! —gritó ella, y la aludida se volteó a mirarla.
Antes de que le pudiera decir algo más, la tomé de la mano y me la llevé devuelta al jardín.
—¿Qué haces acá? —le volví a preguntar, muy serio.
—Vine a ver al Huasito. Para quitárselo a esa… —se contuvo antes de insultar a la Karen.
—Te tienes que ir. No tienes nada que estar haciendo aquí.
—¡Pero quiero ver al Huasito!.
—No le digas así —me molestaba escuchar que le dijera así a mi pololo—. Mira, voy a llamar al Pato para que hable contigo, pero después te tienes que ir. ¿Trato?
—Trato —acordó con una sonrisa infantil.
Volví a entrar y tras la puerta estaba el Huaso con el Pedro espiando lo que conversaba con la Vicky.
—Anda a hablar con ella y dile que no estay ni ahí con ella, que estay soltero, no tení nada con la Karen, y que no vuelva a webiarte nunca más. ¿Ya? —lo instruí—. Y asegúrate que se vaya a su casa después.
El Huaso asintió sorprendido por mis indicaciones, aunque con una sonrisa en la cara. Se aseguró que desde nuestra posición no nos vieran desde el living y me dio un beso que me descolocó. Salió y cerró la puerta tras él.
—¿Qué mierda fue eso? —me preguntó confundido el Pedro.
—Una mierda —le respondí después de dar un largo suspiro, intentando desacelerar la taquicardia. Me senté en la escalera que daba al segundo piso—. Lo que pasa que esa mina trabaja en la tienda de al lado de la mía, y está loca por el Huaso. Obviamente no le puedo decir “oye, deja de soñar porque es mi pololo”, así que le dije que estaba saliendo con una niña y cuando me preguntó el nombre, lo único que se me ocurrió decirle fue “Karen”.
Pedrito se tapó la boca con las manos al escuchar el nombre de la andante de su hermano.
—Te ajilaste un poco Larry —me comentó él, sin rodeos.
—¿Un poco? La cagué hasta el fondo —admití—. Ni siquiera conocía a la Karen y ya la metí en una wea nada que ver.
—Si, pero igual si es sensata va a entender que no puede obligar al hombre de sus sueños a estar con ella si él no siente lo mismo —me intentó calmar.
—¿La viste? Claramente no es sensata. De hecho ni siquiera sé cómo llegó hasta acá —le dije tapándome la cara con las manos.
—Cálmate Larry, todo va a salir bien.
El Pedro se quedó sentado a mi lado, intentando tranquilizarme hasta que el Huaso volvió a entrar después de unos 30 minutos.
—¿Se fue? —le pregunté de inmediato, poniéndome de pie.
—Sí, se fue. No va a volver a molestar —me dijo abrazándome.
—¿Estás seguro? —le pregunté, aún sin creer lo que había dicho.
—Sí. Le expliqué que no era mi tipo, y que era maravillosa y que encontraría a otro niño que la correspondiera. Lloró un poco, le dije que llamara a alguien que la viniera a buscar, y cuando llegó su hermano se fue y me entré —explicó.
—¿Y cómo llegó hasta acá? —le preguntó el Bryan.
—Bueno, me explicó que como nos escuchó hablando el otro día que vendríamos donde el “Bryan”, te psicopateó el Facebook y encontró al Bryan. El muy weon tiene puesta la dirección de su casa en Facebook.
—Oye —le dijo serio el Pedro, empujándolo.
—Ya, perdón. Pero no me digas que es una wea muy inteligente poner tu dirección en Facebook.
—Voy a hablar con él para que la borre —pensó en voz alta el Pedro.
Volvimos con el resto del grupo, que seguían conversando, como si no notaran nuestra ausencia.
—¿Quién era esa niña? —me preguntó la Karen cuando me volví a sentar a su lado.
—Una amiga del Huaso —mentí.
—Ah, ¿y por qué sabía mi nombre? —inquirió nuevamente.
—Es que se quería quedar y… dijo que te conocía. Debe haber escuchado tu nombre en algún momento cuando entró y sacó la cuenta que eras la única que se podía llamar “Karen” —le dije riéndome, como para hacerle creer que era algo sin importancia.
—¿Y por qué no dejaron que se quedara? Pobrecita…
—Esa es una muy buena pregunta —admití al darme cuenta del vacío en mi historia.
Por suerte el Nico se acercó a nosotros y le dijo a la Karen que bailara con él, y ella aceptó de inmediato.
—Solo porque esta canción no la puedo dejar pasar —me explicó y se puso de pie.
Yo respiré aliviado y me apoyé en el respaldo del sillón, relajándome.
El Huaso se sentó a mi lado, con su ya típica cerveza en una mano, y con la otra me acarició el cabello.
—Amor, nos pueden ver —le dije advirtiéndole que estaba siendo muy demostrativo.
—Pero esto no significa nada. Te hago cariñito como amigo —me dijo con una sonrisa de inocencia.
Nos reímos juntos y me dio unas palmadas en el hombro.
—¿Cuándo me darás mi regalo? —le pregunté.
—No sé, tendremos que ver si te portas bien como para recibir un regalo —se puso en modo “daddy”.
—Si sabes que me porto bien —lo dije como si fuera obvio—, aparte es mi cumpleaños, no necesito portarme bien.
—Lo de recién no pasó por portarte bien…
—Bueno, pero olvidemos eso, ¿ya? —le pedí.
En resumidas cuentas, el carrete estuvo muy bueno (obviando el incidente de la Vicky), y pude conocer por fin a la Karen, y me di cuenta que era una niña muy simpática y no podía ser más ideal para el Bryan.
Al dia siguiente el Huaso me pasó a buscar a mi casa después de almuerzo para darme mi regalo.
—¿Para dónde vamos? —le pregunté cuando me dijo que me pusiera ropa cómoda.
—Sorpresa. Pero voy a necesitar que le pidas prestado el auto a mi suegrito —me dijo poniendo cara de incomodidad.
No fue problema para mí así que a la media hora ya estaba listo para lo que tenía planeado. El Huaso se fue manejando y me hizo taparme los ojos con una bufanda, para no saber hacia dónde me llevaba.
Al cabo de un rato se detuvo y me hizo bajarme del auto, aún vendado. Sentía bajo mis pies el sonido de la tierra y piedrecillas, y hacía mucho viento.
—Todavía no llegamos —me advirtió el Huaso.
—¿Está seguro el auto? —le pregunté preocupado.
—Si, está seguro —me tranquilizó.
—¿Para donde me llevas?
—Sorpresa —noté un dejo de ansiedad en su voz.
Me llevó de la mano por lo que asumí era un sendero, hasta que se detuvo, me sacó la bufanda de los ojos y pude ver que estaba en una quebrada.
—¿Por qué me trajiste hasta acá? —le pregunté sorprendido por el lugar desolado al que me había llevado.
—Sorpresa —me volvió a decir, dándome un beso en la boca—. Vamos a tener que escalar un poco.
No mentía. Estábamos frente a un cerro, que si bien no teníamos que escalar, claramente necesitaba mis ojos para poder subirlo. Caminé tras mi pololo el empinado terreno hasta casi llegar a la cima del cerro. El Huaso se volteó y se acercó a mí.
—Vuelve a taparte los ojos —me dijo con una sonrisa en la cara. Yo le hice caso, y esperé que me tomara de la mano para volver a guiarme. Después de unos segundos de guía volvió a detenerse—. Espera aquí un ratito.
Me quedé de pie esperando, comenzando a sentir frio por el viento que hacía en el lugar, pero como si me pudiera leer la mente, el Huaso se acercó a mí y me puso su chaqueta en los hombros y me besó. Se alejó y volví a escuchar el ruido de las piedras bajo sus pisadas y del cierre de su mochila al abrirse y cerrarse.
—¡Listo! —dijo después de unos cinco minutos que en realidad parecieron más largos. Se acercó a mí y me sacó la bufanda de los ojos—. Feliz cumpleaños amor.
Estábamos parados casi en la cima de un cerro desde donde se veía toda la ciudad. La tarde despejada daba unos bellos tonos anaranjados al paisaje que ciertamente te hacían enamorarte del lugar. A unos metros de donde estaba parado, en una superficie algo plana, el Huaso había puesto unas mantas en el suelo, y sobre estas un par de cojines, un par de termos y un plato con sándwiches.
—Pato, te pasaste —le dije con una amplia sonrisa, llena de felicidad. Me volteé a besarlo en señal de agradecimiento, y nos quedamos de pie uno frente al otro—. Gracias.
—Todo esto es por ti, amor —me dijo mirándome a los ojos—. No tienes idea lo feliz que me haces, y por eso te quería dar esta sorpresa. Gracias por aguantarme y por ser como eres. Te amo.
—Yo también te amo —le dije volviendo a besarlo.
—¿Vamos a comer? —me tomó de la mano y me llevó a donde estaba preparado el picnic.
Nos sentamos uno al lado del otro y me sirvió de inmediato una taza de té. Cuando iba a tomar un sándwich del plato, me detuvo.
—Espera —dijo sacando una caja de su mochila. Adentro tenía un par de porciones de torta. Sacó una vela y un encendedor de su bolsillo y preparó todo para cantarme el cumpleaños feliz.
—Gracias —dije entre risas después de apagar la vela.
—¿Cuál fue tu deseo? —me preguntó.
—No te puedo decir po, o si no, no se cumple.
—Verdad po, que soy weon —se rió—. Ojalá se te cumpla.
—No eres weon —lo conforté.
Nos pusimos a comer, y entre conversaciones, risas y besos, la tarde no podía ser más maravillosa.
—¿Cómo se te ocurrió todo esto? —le pregunté.
—El otro dia había visto que el Yiyo subió una foto en Facebook desde acá. Y altiro se me ocurrió traerte para tu cumpleaños.
—¿Quién es el Yiyo? —estaba confundido porque me hablaba de él como si lo conociera.
—Ah, el Jaime po, de quinto año —al ver mi cara de WTF siguió explicando—. Juega a la pelota conmigo y los niños.
—¿Y por qué le dicen Yiyo? —me parecía curioso su nombre.
—Por Topo Gigio. Es que tiene las medias orejas —se puso a reir, como acordándose en su mente de la cara de este tal Jaime.
Cuando mencionó que el Yiyo jugaba con él a la pelota, me acordé de algo que no le había contado, así que aproveché el buen humor para decírselo.
—Oye, Pato —le dije, con un poco de miedo.
—Dime, amor.
—Tu conoces al Guillermo, ¿cierto?
—Si po, de repente igual juega a la pelota con nosotros, ¿por? —preguntó curioso.
—Es que el otro día me pasó algo raro con él, sentí como que me estaba coqueteando —le expliqué.
—¿El Guille? ¿coqueteándote? —me preguntó incrédulo.
—Si. Te juro que yo no le coqueteé de vuelta —me defendí.
—Amor, nada que ver —dijo escéptico—. O sea, igual eres rico —me dio un agarrón en la cintura—, pero na que ver, el Guille es hetero.
—Tu igual eras hetero po Pato —le recordé.
—Si, pero es distinto. Tú me conquistaste —se acercó a besarme.
—¿No te pone celoso que trabaje con él en el lab después de contarte esto? —le pregunté confundido.
—Nop —dijo confiado—. Mira yo lo conozco, y estoy seguro que el weon es hetero. Y si fuera el caso, tú no te fijarías nunca en él.
—¿Por qué no? Es guapo —intenté ver como reaccionaba.
—Ya, si, puede ser. Pero igual su perso es muy nada que ver contigo. Puede ser hasta desagradable —me explicó—. Confío en ti.
—¿Seguro? —ahora era yo el incrédulo—. ¿Y no confías en mi cuando estoy con el Bryan?
—Eso es distinto —se rió—. El Bryan es más bonito e inteligente que el Guille. Aparte me cae mal —se volvió a reír.
—Gracias por confiar en mi —le dije, aún descolocado—. Igual no sé qué tan inteligente sea el Bryan si pone la dirección de su casa en Facebook.
El Huaso guardó silencio para no decir alguna pesadez sobre mi amigo.
—Faltó traer alguna silla para poder apoyar la espalda —le comenté cuando terminamos de comer.
—No es necesario, amor —me dijo, y se levantó para sentarse detrás mio, con las piernas abiertas y abrazándome por detrás—. Apóyate en mí.
Le hice caso y nos quedamos ahí, abrazados mirando la ciudad mientras el sol caía y las luces de las casas y edificios comenzaban a encenderse. El Huaso me daba besos en el cuello y me abrazaba fuerte a ratos cuando la brisa hacía lo suyo. En ese momento me di cuenta que no pude haber tenido un mejor regalo de cumpleaños de parte de mi pololo, y podía decir con total seguridad que al menos uno de los deseos se había cumplido: era el hombre más feliz del mundo.
El Huaso, parte 34: “La Verdad”
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—¿Qué pasó anoche? —me preguntó el Huaso cuando despertó.
—Te curaste raja po —le respondí, un poco enojado por su descontrol.
—¿Me mandé alguna cagá? —preguntó asustado y con vergüenza.
—No, obvio que no —lo tranquilicé—. Si te mandabai alguna cagá te hubiera dejado botado en la disco.
—Amor, perdón —me dijo acercándose a mí y tomándome del brazo.
—No tengo por qué perdonarte. El hígado es tuyo y tu sabrás como lo tratas.
En realidad no me daba lo mismo lo que hiciera el Huaso o que tomara hasta borrarse. Me importaba y mucho, pero en ese momento esta distraído, dándole vueltas a la ausencia del Bryan la noche anterior.
—¿Y cómo llegué acá? —su pregunta me trajo de vuelta a la realidad.
—Con el Victor te trajimos casi a rastras —le respondí acomodándome en la cama, con la espalda apoyada en el respaldo de la cama.
—¿En serio?
—Si po, y no fue fácil. Si cachay que los dos somos re flacuchos —le dije enrostrándole su alta masa corporal.
—Ya, pero el Victor se ve flaco pero igual tiene harta fuerza. Y tu tampoco erí debilucho. Con tus piernas —dijo acariciándolas— demás me podías soportar.
—No sabes cuánto nos costó —le dije haciéndome el difícil.
—No, creo —subió sus manos por mis muslos y le dio un agarrón al borde de mi glúteo—. Tengo total confianza en tu musculatura.
Se acercó a besarme y con su lengua me hizo enfocarme completamente en él. Con mis manos acaricié su abdomen desnudo, marcado por su preparación intensa para la noche anterior.
—Te esmeraste para causar una buena impresión —le dije.
—¿Cómo? Si esas siempre han estado ahí —dijo haciéndose el tonto.
—¡Mentira! Te esforzai para tener locas a un monton de minas y por mí nada —le dije dándole un suave combo en el abdomen.
—No es eso, tonto —me calmó besándome con pasión, mientras me apretaba con fuerza los glúteos por debajo del bóxer y jugaba con sus dedos en mi ano—. Lo que pasa es que no quería quedar en ridículo frente a ese montón de gente. Aparte sé que tu me quieres como sea, fofito o marcado —me besó pero ahora mas despacio, con delicadeza.
—Obvio que te amo como sea. Gordito o marcado, te amo igual —esta vez yo lo besé—. Aparte con qué cara te voy a exigir que tengas buen cuerpo.
—Tonto, deja de tirarte para abajo —me dijo acariciándome el rostro—. Eres el mino mas rico que he visto. Por eso eres el único que me ha conquistado.
No pude no sentirme ultra bacán con sus palabras. El saber que era el único que lo había conquistado me subía el ego y reafirmaba mis sentimientos por él.
Nos volvimos a besar, recorriendo con nuestras manos el cuerpo del otro. El Huaso se disponía a sacarme el bóxer cuando sonó mi celular por la llamada entrante de mi padre.
—Querían saber si iba a llegar a almorzar —le informé.
—Si caché —había escuchado toda la conversación—. ¿Qué hora es?
—Casi las dos —respondí viendo la hora de mi teléfono.
—¿Tan tarde? —me dijo sorprendido, sentándose en la cama—. ¿Por qué no me dijiste? Tengo que juntarme con la Claudia a las tres.
—No me habías dicho que te tenías que juntar, así que asumí que no tenías nada que hacer —le expliqué.
—Bueno igual la Claudia demás que también se quedó raja —reflexionó calmándose un poco.
—No creo, se despidió de nosotros un rato después de terminar el miss reef. Se vistió y se fue.
—Puta la wea —no le gustó la información.
El Huaso se despidió de mi y se fue a duchar. Mientras él se bañaba yo me fui a tomar la micro para irme a mi casa, aunque como no pasaba la micro, seguía caminando en dirección norte, siguiendo el recorrido de la locomoción. A medida que caminaba me iba acercando más y mas a la casa del Bryan, hasta que tomé la decisión de ir a verlo.
—Larry, ¿Cómo estay? —me saludó el Pedro con una sonrisa al salir a abrirme la reja.
—Bien, ¿y tu? —le di un abrazo.
—Todo bien. El Bryan no me dijo que ibas a venir…
—Es que vine de sorpresa. Quería hablar con él.
—¿Sobre qué? —preguntó sorprendido—. ¿Pasó algo?
—No, nada. Tranquilo —le dije con una sonrisa.
—Ah. Oye, supe que volviste con ese Huaso —me dijo con tono de reprobación.
—Si, ya nos arreglamos —le dije con una sonrisa, tratando de convencerlo de que era la opción correcta.
—¿Incluso después de haberte echado a la calle?
—Si —dije un poco avergonzado—. Lo conversamos y quedamos en que trabajaríamos en el manejo de nuestras emociones.
—Larry, tu no tienes que trabajar nada —me dijo tomándome de los hombros—. El Bryan está con el Victor en su pieza —cambió de tema—. Vuestro Victor, not mine —agregó aclarando la confusión de nombres—. Sube nomás, dudo que estén muy ocupados.
Subí las escaleras, y me pareció raro que estuviera todo en silencio. Me acerqué a la puerta de la pieza del Bryan, y antes de abrirla escuché unas carcajadas desde el interior que me hicieron saltar del susto. Golpeé la puerta y esperé que respondieran.
—Pasa —dijo la voz del Bryan, aún entre risas.
Abrí la puerta con lentitud, costumbre empática mía para darle tiempo a quien esté dentro de disimular bien lo que sea que estuviera haciendo. Estaban ambos sentados en la cama mirando la pantalla del notebook.
—Wena, Larry —me saludó el Victor con alegría, mientras el Bryan intentaba disimular su sorpresa—. ¿Nos vienes a ayudar con la tesis? —preguntó medio en broma y medio en serio.
—No se ve como que estén trabajando mucho —le dije señalando el notebook que tenía el Bryan en sus piernas.
—Es que estábamos viendo un video —me explicó el Bryan—. Mira —me hizo señas para que me sentara a su lado y yo obedecí. El video que estaban viendo era de un programa de televisión español, donde los invitados se ponían unos audífonos que los hacían hablar como idiotas. Comprendí completamente sus risas y no podía parar de reir.
Nos pusimos a conversar livianamente, pero dado que no tenía demasiado tiempo para esperar el momento adecuado, le pregunté al Bryan las razones de su ausencia.
—Oye, ¿y que onda anoche? ¿por qué no fuiste? —le pregunté intentando no sonar demasiado entrometido.
Noté cierta incomodidad en su mirada. Miró hacia el lado y se ruborizó.
—Lo que pasa que nuestro amigo andaba pelándose por otros lados —respondió el Victor ante el silencio del Bryan.
El Bryan miró al Victor serio, como enojado por su desliz de lengua.
—¿En serio? —le pregunté al Bryan, intentando no parecer enojado, sino mas bien curioso por la verdad—. Espero que sea la misma niña de la que me hablaste la otra vez…
—Si, la Karen —comenzó a explicar—. Nos juntamos anoche para… celebrar nuestro primer mes.
No pude evitar expresar en mi rostro la sorpresa por sus palabras. Tenía muchas preguntas acumuladas en la cabeza pero no pude formular ninguna. Vi a mi amigo sumamente incómodo, debatiéndose entre la vergüenza, la culpa y la furia por la poca complicidad del Victor.
—Me tengo que ir, me están esperando en la casa —dije finalmente, intentando cortar el momento incómodo.
—Te acompaño a la puerta —me dijo el Bryan poniéndose de pie. Acepté con una sonrisa y me despedí del Victor.
—Perdona si te incomodé con la pregunta, no fue mi intención —rompí el silencio mientras bajábamos las escaleras.
—No te preocupes —respondió en voz baja—. Prometo que te explicaré todo. ¿Juntémonos más tarde? —propuso.
—Bueno —acepté de inmediato.
—Voy a tu casa después de terminar aquí con el Victor —me dijo con una sonrisa genuina.
Nos despedimos con un abrazo en la entrada de su casa, y al emprender mi partida le hice señas de despedida al Pedro que me saludaba desde la ventana.
Llegué a mi casa a almorzar, y tras contarle a mis padres qué tal estuvo la noche, me senté a ver tele esperando que pasara la tarde. Tenía un poco de sueño, pero la ansiedad de saber las razones de la ausencia del Bryan no me dejarían dormir. Al final me quedé pegado en una maratón de Friends en el cable, y así pasó volando la hora.
El Bryan llegó pasadas las 7 de la tarde, justo a la hora que mis padres preparaban la once.
—¿Y el Pato va a venir también? —me preguntó mi mamá después de saludar al Bryan.
—No, solo el Bryan por ahora —le respondí, calculando que preguntaba para poner un lugar extra en la mesa.
El Bryan siempre era muy educado y respetuoso cuando venía a mi casa, y mis papás siempre me comentaban que les gustaba eso de él.
Finalmente subimos a mi pieza para conversar más en privado, mientras jugábamos play. Nuestra sesión de amistad.
—¿Estas bien? —le pregunté apenas cerré la puerta.
—Si, bien —aseguró él, lo que me tranquilizó un poco.
Prendí la tele y el play, y mientras buscaba el PES le dije que se acomodara en la cama. Se sacó las zapatillas y se sentó, apoyándose en el respaldo de la cama.
—Cuéntame, ¿con quién saliste anoche? —le pregunté, tratando de que mi pregunta no sonara tan amenazante.
—Con la Karen, la amiga del Nico, que te conté la otra vez..
—¿Y por qué no me contaste que estaban pololiando?
—No estamos pololiando —me corrigió—, solo estamos… saliendo, creo.
—¿Cómo? ¿se juntan a celebrar que llevan un mes “saliendo”? —no entendía mucho.
—Sí, o sea, es distinto. La semana pasada ella me dijo “oye Bryan, la próxima semana se cumple un mes desde la primera vez que nos juntamos”, y claro, habíamos salido muchas veces, y que ella se fijara en la fecha me pareció bonito, así que le dije que nos juntásemos para “celebrarlo”. Fue a mi casa a ver una película y eso. Fue lindo —terminó de decirme con una sonrisa en la cara, aunque avergonzado.
—¿Y por qué no me contaste esto desde el principio? ¿por qué hasta ayer me decías que irías a la disco?
—Porque si te decía que no iba a ir tenía que explicarte todo esto, y no quería quitarte tiempo porque tienes muchas cosas que hacer…
—Idiota, si tengo tiempo. Podías haberme dicho que querías hablar, como ahora —le dije abrazándolo de costado—. Me preocupé por ti, ¿sabes? Pensé que te pasaba algo, que estabas enojado o no sé.
—¿Por qué voy a estar enojado? —preguntó riéndose—. Era solo eso, no quería quitarte tiempo. Aparte hace rato que no estábamos así, los dos conversando, como antes.
—Si, te he tenido ultra botado, así que perdón por eso —le dije con un sentimiento de culpa.
Nos pusimos a jugar, y mientras lo hacíamos seguimos conversando.
—Oye, ¿y cuándo voy a conocer a la tal Karen? —le pregunté.
—No sé po, el viernes juntémonos —propuso—. Anda a mi casa y ahí la conoces. Así aprovechamos de celebrar tu cumple.
—Ya po —acordé con una sonrisa de alegría. Por fin conocería a la tan misteriosa nueva “algo” de mi mejor amigo—. ¿Puedo llevar al Huaso?
—¡Obvio que puedes! —afirmó con una sonrisa—. Mejor que vayan juntos, si sabes que no tengo problemas con él.
—Aunque no sé si quiera ir si estamos los cuatro nomas… —razoné mejor.
—Pero va a estar el Pedro y el Victor —sugirió, aunque se dio cuenta altiro que no hacía gran diferencia—. También podemos invitar al Nico y al Victor.
—¿Y a la Cata? —propuse, tratando de no hacerlo sentir incómodo.
—¡Tambien! —aceptó sin problemas—, y a la Claudia también —sugirió riéndose.
—¡No! —me puse serio—. Oye empezamos organizando algo piola y ya vamos en el medio carrete.
—Oye si —se rió—. Ya pero dejémoslo así piola nomas. Se cierra la lista.
Seguimos conversando, y a pesar de rogarle porque me mostrara una foto de la Karen, se negó rotundamente ya que quería que la conociera en persona.
Antes de acostarme a dormir le mandé un mensaje al Huaso diciéndole del plan de juntarnos con el Bryan el fin de semana, y a pesar de que por WhatsApp aceptó de inmediato, sabía que lo había hecho a regañadientes.
El día lunes en la tarde tuve turno en la tienda, y mientras no habían clientes nuevos, la Vicky, la promotora de la tienda vecina, se acercaba a meterme conversa.
—Oye, ya po, dime si ese amigo tuyo, el Huasito tiene polola —llevaba un mes insistiéndome con saber, desde que lo conoció. Yo evitaba responderle a toda costa.
—Ah, no se yo, aunque últimamente se le ve muy apegado a una niña en la U —inventé para que dejara de insistir.
—¡Maldita! —exclamó con odio a la muchacha imaginaria—. No importa, igual lo voy a conquistar —más dura que la vieja—. Y tu, ¿Cómo no vas a saber bien? Si son super amigos, él pasa metido acá contigo.
Me puse nervioso porque no supe qué responder, pero justo llegó a verme el Huaso, como casi todos los días. Me saludó con un abrazo “de amigos”, y se disponía a saludar de beso a la Vicky, pero ella se le lanzó al cuello para abrazarlo, como si fueran conocidos de toda la vida.
—Justo estábamos hablando de ti —le dije a mi pololo, sin rodeos.
—¿Ah si? —se sonrojó un poco, pero sabía que con eso aumentaba su ego.
—Si —respondió ella, con valentía—. Larry me estaba contando que eres muy pelado en la U…
—¿Ah si? —volvió a preguntar aún mas fuerte, casi riéndose.
—Si po, te saqué del closet de la peladez —le respondí desafiante, aunque noté que se puso un poco nervioso con la palabra “closet”.
—No le creas Vicky, no me ando pelando —le respondió sin esconder su natural coquetería.
—Si siempre dudé de lo que decía el Larry —dijo ella igualmente coqueta.
—El Larry siempre miente —agregó el Huaso.
—¿Ah si? —pregunté yo ahora—, hablemos con la verdad entonces —me puse a reir, por la reacción del Huaso ante mis palabras. Abrió los ojos por la sorpresa y el miedo.
—Oye, Larry, así que donde el Bryan el viernes… —intentó cambiar de tema rápidamente con lo primero que se le vino a la mente.
—¿Entonces es verdad que tienes polola? —preguntó la Vicky, pegada con el tema anterior, y por suerte, sin darse cuenta de nada.
—¿Qué? No, na que ver, no tengo polola —respondió el Huaso sin prestarle mucha importancia.
—Si po, el viernes donde el Bryan. Tienes que ir —le informé, intentando poner un tono liviano.
—¿Puedo ir? —preguntó la Vicky, intentando tener mas oportunidades de ver al Huaso.
—Creo que no, es algo privado del grupo de la U —le expliqué.
Como salvados por la campana, la jefa de la Vicky salió a buscarla, así que se tuvo que ir.
—Un poco cargante tu amiguita —me dijo el Huaso cuando estuvimos solos.
—Es una niña, le falta madurar nomas —reflexioné—. Tu en cambio, ¿Cómo se te ocurre tratarme de mentiroso?
—Era una broma amor —se acercó a abrazarme.
—Ya, pero no me trates de mentiroso, si todas las weas que le inventé a la Vicky fueron por ti.
—Ya, si, perdón —me pidió, besándome—. Entonces, ¿tenemos que ir donde el Bryan el viernes?
—Si, tenemos que ir. El Bryan quiere que conozcamos a su polola —le dije con una sonrisa.
—¿Polola? —preguntó sorprendido—. Pero si ese weon es cola —comentó con displicencia.
—“Ese weon” es mi amigo —le dije serio—, y se llama Bryan. Y no es cola. Tiene la mente bien abierta como para andar buscando pantallas.
—Ya, bueno —aceptó resignado—. ¿Y es bonita su polola?
—No sé, no quiso mostrarme fotos de ella, quiere que la conozcamos por primera vez en persona —le comenté sin ocultar mi emoción.
—Qué raro —dijo pensativo—. Oye amor, ¿no será mejor celebrar tu cumple nosotros dos solos nomas? —me propuso, claramente para evitar tener que juntarse con el Bryan.
—Si, pero tenemos toda la vida para estar solos los dos. Aparte la ultima vez te comprometiste a llevarte mejor con el Bryan. ¿Qué mejor manera que juntándote con él para conocer a su polola?
—Bueno —aceptó resignado—. Oye, ¿y estaremos los cuatro nomas?, ¿no va a ser muy obvio que somos pareja?
—¿Y qué tiene?, ¿acaso te avergüenzas de mi? —le pregunté fingiendo dolor.
—No, no es eso —me tomó de la cintura y volvió a besarme—. Lo que pasa es que, tu sabes, no me gusta que todos sepan que soy gay. Aún me da miedo.
—¿Seguro que es solo eso? Porque ella es literalmente una desconocida —le dije con suspicacia.
—Bueno, si, pero imagínate que me conoce, queda la cagá —dijo intentando convencerme.
—Lo dices por si alguna vez te la pinchaste, ¿cierto? —le pregunté levantando una ceja.
—…Si… —respondió después de titubear un rato.
—Eris bien puto —le dije empujándolo suavemente.
—¡Pero eso era antes! Lo juro —aseguró cruzando sus brazos alrededor mio—. Tu sabes que desde que estoy contigo no he mirado para el lado.
—Pato, ¡llevabai como dos años pololeando con la Mari antes de venirte!
—Si, pero es difícil llevar una relación a distancia, aparte la Mari se enojaba a cada rato, te conté. Aparte es tu culpa también.
—¿Cómo es mi culpa? —pregunte riéndome por la desfachatez.
—¿Te acordai que te dije un dia que tenía sospechas de que la Mari me cagaba?
—Si, lo recuerdo muy bien —admití con vergüenza.
—Ya po, en ese tiempo coincidió que me empezaste a gustar po, pero no podía “liberarme” por decirlo así, porque no sabía qué onda tu. Te juro que intenté aguantarme porque no me gustaba la idea de cagar mi relación por una infidelidad, pero de verdad estaba mal, me teniai mal. Tenía la cagá en la cabeza.
—¿Y con cuantas lo hiciste? —le pregunté pasando de la indignación a la copucha.
—Ya ni me acuerdo —dijo con timidez—.Tu cachay que no me cuesta mucho, y no me medí.
—¿Te imaginai que la polola del Bryan sea una de ellas? —metí el dedo en la herida.
—No, amor, ojalá que no.
—Ya, tranquilízate. Si ya conversamos con el Bryan y dijimos que invitaríamos a mas amigos para que pase piola, que no seamos solo parejas.
El Huaso se acercó a mi y me dio un gran abrazo de agradecimiento.
—Gracias por siempre pensar en mi —me dijo y luego me dio un largo beso.
Se quedó conmigo hasta la hora de cierre, esperándome para cerrar el día.
—¿Por qué no cierras nomas? Si total nadie viene a esta hora —sugirió él—. Y tu jefe es tan pajero que dudo que justo hoy venga a la hora de cierre.
—Si, yo igual lo dudo, pero no puedo cerrar antes. Aparte solo falta media hora.
—Media hora, y podríamos quedarnos un ratito mas aquí, con las luces apagadas… —me ofreció besándome el cuello.
—Acuerdate lo que pasó la última vez que te pusiste así acá en la tienda —le recordé riéndome.
—Ya, pero ahora bien lejitos del mesón —insistió abrazándome por detrás—. Piénsalo, faltan treinta minutos.
Cambié el tema y seguimos conversando. Su idea me tentaba pero no lo quise admitir. De todas formas no fue necesario ya que poco antes de cerrar volvió a aparecer la Vicky.
—¿En que están? —preguntó con su mochila puesta, lista para irse a su casa.
—Esperando que pase la hora nomas, ¿y tu? ¿ya te vas? —le pregunté con cordialidad.
—Si, ya cerró la tienda mi jefa, pero no quiero irme a mi casa aún —aseguró ella, con claras intenciones de quedarse para seguir viendo al Huaso.
—¡Buena! —dije intentando ocultar mi desgano—. Ayúdame a doblar estas camisas —le ofrecí—, ya que el Huaso justo se estaba yendo.
El Huaso me miró con cara de pena, pero asumiendo que era necesario despedirnos por ahora.
La Vicky igual puso cara de pena, pero supongo que no quiso volver a mentir para no ser tan evidente, así que aceptó mi ofrecimiento.
El Huaso se despidió de nosotros y se fue.
“TE AMOOO :(” decían los mensajes que me llegaban a WhatsApp de su parte apenas puso un pie fuera de la tienda.
—¿Y?, ¿descubriste si tenía polola o no? —me preguntó ella como si nada, mientras doblaba las prendas.
—Ah, si —respondí con naturalidad.
—¿Y quien es? —quiso saber ella.
—Una niña… de la U, Karen, se llama —se me ocurrió inventar, sin saber que dar esa pizca de información falsa había sido un grave error.
Bryan Taiva (21 años, jugador de Universidad de Chile)
ctm qlio ricooooooooo
Que ricooo y de la u jejeje
ΔangelΔ
El Huaso, parte 32: “El Escritorio”
Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4, Parte 5, Parte 6, Parte 7, Parte 8, Parte 9, Parte 10, Parte 11, Parte 12, Parte 13, Parte 14, Parte 15, Parte 16, Parte 17, Parte 18, Parte 19, Parte 20, Parte 21, Parte 22, Parte 23, Parte 24, Parte 25, Parte 26, Parte 27, Parte 28, Parte 29, Parte 30, Parte 31.
Subí a la Avenida Angamos y me fui caminando en dirección norte. Seguía llorando, pero en silencio. Mis lágrimas caían sin obstáculos por mi rostro y yo evitaba mirar a la gente en la calle, hasta que a la altura del “previa”, escuché una voz familiar que decía mi nombre.
—¿Larry?, Larry, ¿qué te pasó? —me preguntó Pedro, el hermano del Bryan, que se separó de su grupo de amigos y se acercó a abrazarme.
—Nada… —le respondí, tratando de hacerme el tonto, pero apenas hablé la voz me tembló por el llanto.
—Fue ese Huaso, ¿cierto? —me preguntó con certeza, y yo le respondí con mi silencio—. Ya, tranqui. ¿Quieres ir a la casa y tomarte algo? Un vaso de agua, un café… —me ofreció amablemente.
Acepté altiro porque no quería irme a mi casa y llegar llorando o con los ojos rojos, eso levantaría sospechas. El Pedro se despidió de sus amigos, y el Victor, su pololo, nos acompañó.
Llegamos a la casa de los Rojas, y noté que el Bryan estaba muy arreglado (mucho más de como estaba cuando nos juntamos mas temprano). Al verme se sorprendió y se asustó.
—Larry, ¿Qué te pasó? —me preguntó y se acercó a abrazarme rápidamente, tirando su celular en el sillón. Yo solo le respondí con silencio, y apretándolo fuerte para soltar toda la angustia que tenía, porque no quería soltar el llanto gritón—. ¿Te asaltaron? —me preguntó separándose de mi, y mirándome de pies a cabeza en busca de algún daño.
—Fue ese tal Huaso —respondió el Pedro por mí.
El Bryan abrió los ojos ampliamente, demostrando su sorpresa.
—¿Te pegó el Huaso? —tenía rabia en sus ojos—. Está en su casa, ¿cierto? —me preguntó, dirigiéndose al sillón a agarrar su chaqueta y su celu.
—No me pegó —hablé al fin—. No se preocupen, lloro porque soy muy cuático, solo eso —me justifiqué. No quería preocuparlos más, y tampoco quería que el Bryan fuera a pegarle al Huaso, porque lo más probable era que el Huaso se desquitara con él también.
—¿Qué pasó entonces? —volvió a preguntar mi amigo, calmándose un poco.
Nos sentamos en el sillón y les conté toda la historia, que tuve un pequeño palabreo con la Señora Sonia, que el Huaso se asustó y se enojó por eso y me terminó echando a la calle.
—Es bien imbécil tu pololo —dijo el Pedro después que terminé de contarles lo sucedido.
—Es que tiene miedo de que su familia se entere… —trataba de justificarlo, porque en el fondo lo entendía.
—No wn, él no puede hacerte esto —comentó el Bryan.
—El miedo a que la gente sepa que te gusta el pico no te da derecho a echar a tu pololo a la calle como si nada —el Pedro estaba indignado.
Estuvimos bastante rato hablando. Ellos me aconsejaban e intentaban subirme el ánimo, y lo estaban logrando. El Victor comentaba poco pero de todas formas me hacía sentir su apoyo y empatía. Nos pusimos a ver tele mientras tomábamos té con empanadas de pino que había hecho la mamá del Bryan, y pude relajarme un poco y sentir que lo que había pasado no había sido tan importante.
—No puedo creer que le haya puesto tanto color. Que vergüenza —comenté.
—No le pusiste color…o bueno si, un poco —me dijo el Pedro—. Quizás exageraste el llanto —se rió—, pero lo que hizo él no fue muy bonito tampoco.
—Está bien que llores, no te preocupes por eso —me apoyó el Bryan, dándome unas palmadas en la espalda.
Al rato el Victor se tuvo que ir, así que se despidió de nosotros y el Pedro lo acompañó a tomar colectivo.
—Te apuesto que aún ni te ha hablado para pedirte perdón —me dijo el Bryan cuando estuvimos solos.
—Capaz que no —le respondí buscando mi celular entre mis bolsillos. Entré en pánico al no sentir mi celu en ninguno de mis bolsillos—. CSM se me quedó el celu en su cama —le dije con pesar.
—¿Estarán preocupados tus viejos si no contestas? —me preguntó.
—Si, obvio que se preocuparían —le respondí—. Pero les dije que me quedaría a dormir donde el Huaso, y cuando lo hago no me llaman mucho. Aparte si llaman quizás el Huaso contesta y les dice que estoy durmiendo.
—¿Quieres dormir acá entonces? —ofreció mi amigo—. Digo, en caso de que el Huaso les haya dicho que estás durmiendo en su casa.
Acepté su ofrecimiento. Me llevó a su pieza y me dijo que podía dormir en su cama, que él dormiría con su hermano, y me dio permiso para desordenar todo lo que quisiera.
—Gracias por soportar mi crisis de hoy —le agradecí, con un poco de vergüenza.
—De nada Larry, para eso estoy —me sonrió y me dio un suave golpe de puño en el brazo—. Solo no dejes que te traten mal. Nunca. Te mereces mucho mas que eso —me dio un fuerte abrazo—. Te quiero mucho wn.
—Yo también te quiero caleta wn —le respondí, con un nudo en la garganta. Lo apreté bien fuerte contra mí, como si haciéndolo pudiera absorber el máximo de su tranquilidad y sabiduría.
—Buenas noches —me dijo después de unos largos segundos de abrazo.
—Buenas noches —le respondí. Cerró la puerta y me dejó solo en su pieza.
Me saqué la ropa y me acosté en su cama bajo las tapas. A pesar de todo lo que había pasado (o por causa de ello), me quedé dormido de inmediato, y me sumí en un sueño profundo sin volver a despertar hasta la mañana siguiente.
Cuando desperté ya tenía la mente mas despejada y me di cuenta de verdad lo que había hecho el Huaso. Entendía que tuviera miedo por la posibilidad de que sus padres se enteraran, pero ésta era tan remota que lo que hizo fue injustificado, y así pasé de la pena al enojo.
Me desperté y comencé a vestirme, y en ese momento el Bryan tocó suavemente la puerta y entró a la habitación.
—Hola —me saludó con su habitual sonrisa—. ¿Cómo dormiste?
—Bien —le respondí—. Ahora estoy con rabia —se rió.
—Tranquilo wn —me dijo sacando ropa de su closet—. Tienes hartos días para no verlo si no quieres.
—Menos mal.
Me ofreció quedarme a desayunar, pero le dije que prefería irme lo mas luego posible por si mis papás habían llamado mucho por teléfono. Me despedí de él con un largo abrazo de agradecimiento, y me fui.
Al llegar a mi casa, no había nadie levantado, así que supuse que me había salvado del interrogatorio, pero cuando estaba subiendo las escaleras, escuché que mi papá abrió la puerta de su habitación y me habló.
—¿Y usted por qué no contesta el celular? —me preguntó con voz grave. Me volteé para responderle, esperando que no se notara en mi rostro la pésima noche que pasé.
—Es que se me descargó y no me di cuenta —inventé.
—Mmm, ya —evaluó mi respuesta—. Estábamos preocupados por usted. Para la próxima cargue su celular —me recomendó y se acercó a abrazarme.
—Sí papá —le respondí entre sus brazos, disimulando mi emoción y vergüenza por haberlos preocupado tanto.
Ese fin de semana fue eterno. Como no estaba con el Huaso, las horas pasaban muy lentas y sentía que tenía demasiado tiempo libre y no sabía qué hacer con él.
El Bryan se ofrecía para distraerme y no pensar en la pelea con el Huaso.
—Ayer salí con una niña —me contó él mientras jugábamos play.
—¿Con quién? —le pregunté sorprendido, desconcentrándome un poco del juego.
—Es una amiga del Nico, que conocí hace un tiempo. Nos íbamos a juntar el jueves, pero como llegaste mal, lo cancelé —dijo sonrojándose.
—¿Y por qué no me dijiste? —volví a sorprenderme—. ¡Te arruiné la cita! Yo podía irme a llorar a otro lado.
—No, no, no. ¿Cómo se te ocurre? Debiste verte como estabas. Eras un desastre —me explicó.
—¿Y qué tal la cita? —le pregunté dándole codazos en el brazo.
—Buena. Buenísima. Fuimos a las ramadas y la pasamos re bien. Después quiso que fuéramos a su casa, así que fuimos…
—Pero amigo, ¡en la primera cita! —le dije pausando el juego, sorprendido por su rapidez—. Eres bien puto wn —le di golpes en el abdomen, riéndome.
La conversación se vio interrumpida por mi mamá que entró a la pieza con cara seria.
—Hijo, el Pato te trajo esto —me dijo y me entregó mi celular—. ¿Por qué lo tenía él?
Me quedé congelado. No supe que responder (o inventar), así que el Bryan intervino.
—Tía, lo que pasa es que el celu del Huaso murió, y necesitaba uno para comunicarse con su familia porque su hermana está enferma —inventó mi amigo, mientras yo trataba de disimular la sorpresa—. Yo le iba a pasar el mío, pero no usaban los mismos chips, así que no le servía, y por eso el Larry le prestó el suyo.
Mi mamá y yo quedamos perplejos ante la explicación del Bryan.
—¿Y está bien su hermana? —preguntó preocupada mi mamá después de unos segundos. Yo asentí con la cabeza inmediatamente.
—Por eso lo trajo, ya su hermana está bien, así que ya no necesita estar contactando a su familia 24/7 —respondí.
—Ah, ya. Que bueno que se haya mejorado —comentó mi mamá—. Le dije al Pato que subiera, que estaban ustedes jugando acá y no quiso subir —agregó. Se me heló la sangre, pensando que el Huaso pudo haber dicho algo demás a mi mamá por el enojo.
Mi mamá nos dejó solos y el Bryan se quedó mirándome preocupado.
—¿Estas bien? —me preguntó poniéndome su mano en la espalda—. Creo que zafaste super bien —dijo para tranquilizarme y yo me lancé a abrazarlo. Necesitaba aferrarme a alguien, para sentir que todo estaba bien—. Estás temblando —dijo sorprendido.
—Si, sorry —me disculpé separándome de el—, es que me dio miedo que pudiera haberse dado cuenta.
—Al menos lo manejaste mejor que el Huaso. Espero que no me eches a la calle —comentó en broma.
—Idiota —le dije, recuperando un poco la tranquilidad.
Revisé mi celu y tenía muchos mensajes de Whatsapp y la mayoría eran del Huaso, pidiéndome perdón.
—Se ve arrepentido —comentó el Bryan.
—Si… —no sabía como sentirme al respecto. Estaba feliz por saber que estuviera arrepentido, quería estar con él, abrazarlo, besarlo, amarlo; pero aún estaba dolido por lo que hizo, así que le dejé el visto por el momento.
Al día siguiente en la U, estaba trabajando en la tesis y el profe me dijo que desde ahora en adelante los trabajos experimentales no requerirían tanto tiempo, así que el tiempo que me sobraba lo podía ocupar en escribir el marco teórico. Y obviamente yo no le hice caso. Gracias a eso pude recuperar mis turnos en la pega y así distribuí bien mis tiempos entre la u, la tesis y el trabajo.
Al Huaso no lo vi hasta el martes, mientras esperábamos que comenzara la clase teórica de ese día. Cuando llegó no me saludó y yo no entendí por qué si me pedía perdón por whatsapp, pero hice como si nada, porque de todas formas aún estaba molesto.
—¿Qué le pasa? —me preguntó el Bryan en voz baja—, ¿Qué pasó con que te pedía perdón?
—No sé wn —le respondí simulando indiferencia—. Cada vez más raro el Huaso…
Así estuvimos toda la semana. Mirándonos seriamente a la distancia (aunque notaba más enojo en su mirada que en la mía), con el grupo dividido entre ambos. La Claudia no me dirigía la palabra, y el Bryan no intentaba hablarle al Huaso porque sería perder el tiempo. el Victor y la Cata compartían con ambos, pero se inclinaban un poco más hacia el Huaso y hacia mi, respectivamente.
—Oye, ¿qué te pasa? —le pregunté al Huaso el día jueves, cuando lo encontré saliendo solo de la biblioteca en la tarde. El Huaso me miró y siguió caminando como si no hubiera escuchado nada—. ¡Oye! —le repetí, agarrándolo del brazo.
—¿Qué me pasa de qué? —me preguntó haciéndose el tonto y zafándose de mi agarre.
—¿Por qué estay enojado? —le pregunté, calmándome un poco y bajando la voz a un volumen normal.
—¿Te parece poco lo que hiciste?
—¿Qué hice? —le pregunté desafiante.
—Le dijiste a la señora Sonia que somos pololos —dijo bajando la voz para que nadie escuchara.
—¡Nunca le dije eso! —le respondí sorprendido por su capacidad de tergiversación—. Aparte me mandaste mensajes pidiéndome perdón por eso, porque sabes que reaccionaste mal.
—Te quería pedir perdón por haberte echado de mi casa. Para eso fui a tu casa, a dejarte tu celu y pedirte perdón. Pero estabai super bien con el Bryan.
—¿Y por esa wea te enojaste? ¿por el Bryan? —le pregunté incrédulo.
—Siempre que peliai conmigo después te vay a meter con ese weon —me dijo con rabia.
—Voy a hablar con él, porque es mi amigo. No me meto con él —le respondí serio—. ¿O que wea querí que haga? ¿Que me coma tu mierda en silencio y me deprima encerrado en mi casa sin hablar con nadie?
—Ya, si. Tienes razón —dijo después de unos segundos, y se fué, ignorando mi petición de que se quedara para conversar.
Tenia ganas de ir tras él y abrazarlo para dejar todo atrás y solucionar nuestros problemas, insistir en que se le pasara el enojo, pero también me sentía muy descolocado por toda la situación. Me senté en la escalera pensando qué podría hacer para que volviéramos a como estábamos antes, pero solo se me ocurrió hacer lo que hago suelo hacer: arrancar de mis problemas.
Decidí que dejaría de ir a las clases teóricas por el momento para dejar de ver al Huaso. Así, podría despejar bien la mente y decidir qué era mejor para mí.
Claramente no funcionó. Pensaba en el Huaso todos los días, a todas horas, pero al menos eso no me desconcentraba de mi trabajo en la tesis o en los laboratorios prácticos. Sí me desconcentraba en la pega, pero no requería mucha concentración en ese ámbito, ya que el manejo de los clientes era bastante sencillo.
Después de una semana de no ver al Huaso, un dia jueves en la tarde, pensé que la mente me estaba jugando una mala pasada, cuando lo vi entrar a la tienda.
—Hola —me saludó con timidez.
—Hola —lo saludé serio, disimulando la alegría que me daba verlo.
—Quiero ver camisas —dijo inseguro, como intentando omitir que éramos pololos.
—¿De qué tipo? —le seguí el juego, parándome para mostrarle las camisas. Le di la espalda mientras seleccionaba distintos tipos de camisas, y él aprovechó la ocasión para acercarse por detrás mío y abrazarme. Me zafé y me volteé para mirarlo, enojado por su patudez.
—Perdóname por favor —me pidió con la voz temblorosa.
—¿Por qué precisamente? —pregunté serio aún.
—Por todo. Por tratarte pésimo, por echarte de mi casa —dijo con las lágrimas corriendo por su rostro, pero con su voz aún bastante firme para su estado emocional—. Por ser tan celoso y por arruinar todo por ser tan cobarde.
Me hice el fuerte y no mostré señal de perdón.
—Eran varian cosas… —dije en voz alta, como si estuviera pensando.
—Y deben haber muchas mas que no recuerdo ahora —dijo humildemente.
—¿Te dijo algo después la señora Sonia? —pregunté curioso, alargando el momento para perdonarlo.
—Nada… —respondió él, avergonzado.
—¿Y tus papás te han dicho algo? —tenía que confirmar que mis palabras no habían tenido una real consecuencia en su vida.
—Nada.
—¿Entonces admites que sobredimensionaste todo?
—Si —admitió él, cabizbajo—, pero por favor entiéndeme también.
—Pero si yo te entiendo. Entiendo el miedo que sientes porque yo también lo siento. Cada vez que estamos juntos en mi casa lo siento. Tengo terror de que mis papás se enteren, pero al menos sé que te tengo a ti, y como sea que ellos reaccionen tú vas a estar ahí conmigo. Y me duele que tu no sientas lo mismo hacia mí, que prefieras echarme de tu casa en vez de aceptarme como un apoyo emocional —ahora era yo el que lloraba, pero con la voz quebrada y con dificultad para hablar.
El Huaso se acercó a mí y me abrazó fuerte.
—Te amo. Y sé que tu también estarás ahí para mí, pero necesito aprender a manejar el miedo. Me bloqueo cuando entro en pánico, y no lo puedo controlar…
—Ya estay grande como para no saber como reaccionar frente a una situación adversa —le dije con la voz aún temblorosa.
—Lo sé… —me abrazó más fuerte.
Estuvimos ahí abrazados por unos segundos, asimilando nuestras palabras.
—¿Vas a dejar de enojarte por juntarme con el Bryan? —le pregunté, después de un rato.
—Lo intentaré —aceptó—. Todo lo demás prometo cambiarlo, pero no puedo asegurar que me va a empezar a caer bien ese weon.
—De verdad que no te entiendo —le dije molesto, separándome de él.
—¡Pero si tú sabes por qué me cae mal! —dijo intentando mantener la voz en un volumen normal.
—Ya, pero yo ya te dije que eso es imposible, que te estas pasando muchos rollos.
—Bueno, y por eso lo seguiré intentando, olvidarme de mis celos, dejarlo pasar. Te lo juro que lo intentaré —prometió, acercándose nuevamente a mí—. Por ti.
—¿Seguro? —quise confirmar.
—Seguro. Hasta podría invitarlo a salir un día —se dio el lujo de bromear.
—¿Ah si? —me reí—. Te voy a cobrar la palabra entonces.
Nos reímos, relajándonos un poco por las emociones de la “reconciliación”.
—¿Cuánto te falta para salir? —me preguntó, abrazándome.
—Salgo a las 9. Si quieres esperas conmigo, queda media hora —ofrecí.
—Bueno, te espero —se comprometió, y me besó. Por fin después de semanas pude sentir sus labios. Me estremeció como si fuera nuestro primer beso, y de inmediato crucé mis brazos en su nuca.
Él aprovechó el impulso y me tomó de las piernas, y cargándome me llevó al escritorio.
—¿Qué onda esto? —preguntó sorprendido al ver que no llegaba a la superficie del mueble. El escritorio era mas bajo de lo normal, así que quedé a una altura medio incómoda—. Bueno, cambio de planes entonces —dijo sentándose en mis piernas, frente a mí, y nos besamos.
Nos besamos lentamente, disfrutando nuestro “reencuentro”, el cual fue interrumpido por unos crujidos. Nos quedamos inmóviles y en silencio al escucharlos, pero al hacerse más fuerte los crujidos caímos ambos al suelo, entre los restos del escritorio que había cedido bajo nuestro peso.
—¿Estás bien? —me preguntó preocupado el Huaso, y tras mi respuesta afirmativa con la cabeza, se puso a reir por lo ocurrido—. Amor, creo que te acabas de quedar sin pega.
—Si… —respondí, intentando pensar en como iba a solucionar tremendo problema.
El Huaso, parte 31: “Flu”
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Llegué a mi casa enfocado a juntar las cosas necesarias para acampar en la playa junto a mi pololo.
—¿Y a esta hora vienes llegando? —me preguntó mi papá con tono de reprobación al verme entrar a la casa.
—Si po, si les dije que me iba a quedar a dormir donde el Huaso —le respondí con naturalidad.
—¿Cómo estuvo el carrete? —me preguntó mi mamá, bajando un poco el tono a la severidad.
—Bueno… —respondí escuetamente—. Más tarde vamos a ir con los niños a acampar a la playa —les dije, como pidiéndoles permiso, pero mas bien estaba avisándoles.
—¿Y a quién le pediste permiso? —me preguntó serio mi papá.
—A ustedes, ahora —puse cara de gato con botas.
Mis papás accedieron a dejarme ir a acampar a la playa con “los niños”. Mi papá, que era el más reticente a dejarme ir, fue el que más me ayudó a reunir las cosas necesarias.
Pasé a buscar al Huaso a su casa, y sacamos las frazadas y almohadas de su cama (a escondidas de la señora Sonia), y partimos rumbo a Hornitos.
Llegamos a la playa, y estaba soleado, aunque corría un viento que daba frío. Eran cerca de las 5 de la tarde y ya habían un par de campistas por ser el inicio de la semana dieciochera. Nos pusimos a montar el campamento de inmediato (armamos la carpa e inflamos el colchón), y luego nos pusimos a pensar en qué hacer.
—Vamos a bañarnos —me decía el Huaso.
—¿Estay loco? Hace mucho frío.
—No hace tanto frío —me rebatía él—. Vamos, aprovechemos que aún hay sol.
—Bueno ya —accedí, de mala gana—. Pero si me da frío me abrazas —lo condicioné.
—Bueno —aceptó, pensándolo un poco.
Nos desvestimos y nos fuimos al agua, y apenas mis pies tocaron la arena húmeda pude sentir que estaba demasiado helada. El Huaso se metió como si nada, pero yo seguía en la orilla.
—¡Ya po, amor! —me gritó, aunque bajó la voz al decir la ultima palabra—, ¡apúrate!
Yo seguía de pie en la orilla de la playa, con el agua llegándome casi hasta las rodillas. El Huaso miró para todos lados, asegurándose que no había nadie mirando. El campamento más cercano estaba a unos cien metros de distancia, así que las probabilidades de que hubiera alguien mirándonos atentamente eran muy pocas.
El Huaso se acercó a mi y me dio un beso. Fue muy rápido, pero lo suficiente como para encender una llama en mí, no de calentura, sino de cariño. Sentir esa muestra de amor de parte de él, me dio la seguridad y valentía para poder aguantar las bajas temperaturas del agua.
Me tomó de la mano y yo caminé junto a él, adentrándonos más y más en el agua. Con cada ola que llegaba el agua me llegaba hasta más arriba, paralizándome casi por completo. Cuando el agua nos llegaba hasta el pecho, el Huaso se paró frente a mí, me tomó de las manos, y se sumergió bajo el agua. Yo me quedé ahí de pie sin saber que hacer, ya que no pensaba sumergirme aún.
Salió del agua, me soltó las manos y se corrió el pelo de la cara con las manos, para no tirarme agua sacudiéndose.
—¿Por qué no te sumergiste conmigo? —me preguntó sorprendido.
—Porque tengo frío —le respondí con la voz entrecortada.
—¿Mucho frio?
—Sí —le respondí, aún tiritando.
El Huaso miró hacia los lados, buscando gente que pudiera estar mirando. Al no encontrar a nadie, se acercó a mí.
—Y ahora, ¿sigues teniendo frío? —me preguntó abrazándome por la cintura.
—S-s-sí —tenía la voz entrecortada, aunque su abrazo me ayudaba a sobrellevarlo.
Mi pololo me tomó las piernas e hizo que las cruzara por detrás de su espalda. Me tenía soportado en sus brazos bajo el agua, y conmigo sujetado a él, comenzó a bajar de nivel, haciendo que el agua llegara más arriba de lo que había alcanzado hasta el momento.
—¿Está bien así? —me preguntó cuando el agua nos llegaba al cuello.
—Sí —le respondí con voz firme, aunque mi cuerpo aún temblaba.
—¿Quieres meter la cabeza? —me preguntó y yo me alejé un poco de él y lo miré a los ojos.
—¿Qué? —dije riéndome, por la mala elección de palabras.
—¡En el agua! —se explicó riendo conmigo—. ¿Quieres meter la cabeza en el agua? —yo seguía riéndome y no pude contestar—. ¿Eso es un si?, entonces tápate la nariz.
—¡No, no! —grité, tratando de zafarme.
—Ya, ya —me dijo tratando de tranquilizarme, abrazándome más fuerte, y levantándose hasta que el agua nos llegara al pecho nuevamente—, si era broma.
Me soltó y volvió a mirar alrededor, para asegurarse que aún nadie miraba. Me tomó de la mano y me acercó a el para besarme, y luego me soltó y volvió a sumergirse. Yo estaba temblando, con el viento congelando mi piel ya mojada por el agua, así que decidí sumergirme completamente. Mi atrevimiento me duró solo un par de segundos y me volví a levantar rápidamente.
A partir de ahí tomé mas confianza y pude comenzar a disfrutar un poco más del agua (no tanto como el Huaso). Después de un rato jugando en el agua, nos salimos.
Nos secamos y nos pusimos un poleron abrigado, pero yo no pude entrar en calor.
—¿Estay bien? —me preguntó el Huaso, ya de noche mientras comíamos frente a la “fogata”.
—Sí —respondí, tratando de ocultar el hecho de que el cuerpo aún no se me abrigaba—, estoy bien, amor.
Mas tarde nos acostamos frente a frente en nuestro nidito de amor, y el Huaso me acarició el rostro, mirándome con enamoramiento.
—Te amo, ¿lo sabías? —me preguntó.
—Lo suponía… —le respondí haciéndome el tonto—. Yo también te amo.
Se acercó a besarme y bajó su mano desde mi cara, hacia mi hombro, mi brazo, y terminó posándola en mi cadera. Me acercó a él y me besó con más pasión, y yo le respondí sin ganas.
—¿Qué pasa? —me preguntó preocupado.
—Tengo frío. Mucho frío —respondí avergonado.
—¿Todavía? —me miró sorprendido, examinando mi rostro en la oscuridad buscando algún indicio de enfermedad.
—Sí…
—¿Tienes algo para tomar?
—Nada
—Durmamos entonces, quizás mañana amaneces mejor —me dijo, preocupado y me dio un beso de buenas noches—. Dése vuelta —me ordenó con amabilidad y yo le hice caso. Me volteé y él me abrazó, dándome todo su calor corporal. Me quedé dormido casi de inmediato.
A la mañana siguiente desperté sintiéndome peor. La garganta me dolía y tenía la nariz tapada. Eso sumado al calor infernal que había dentro de la carpa producto del sol que incluso a esas tempranas horas ya pegaba con fuerza.
El Huaso me preparó el desayuno, prendió un poco de carbón e hizo hervir la mini tetera que teníamos, mientras calentaba unos panes para ambos. Se sentó frente a mí, él fuera de la carpa y yo en la entrada de esta, sentado aún en el colchón.
—¿Cómo te sientes? —me preguntaba cada cierto rato.
—Masomenos —por dentro solo quería morir, pero tiendo a exagerar cuando me enfermo.
—Tomemos desayuno, esperamos un rato y de ahí nos vamos, ¿oka?
—Bueno —le respondí con una sonrisa, que me costó todas mis fuerzas.
Terminamos de comer y nos acostamos un rato en la carpa, con la “puerta” abierta, para no morir sofocados. Después de un rato nos volvimos a levantar y pusimos manos a la obra para desarmar el campamento. Yo invertí toda mi energía en la tarea de desarme, y por fortuna el Huaso andaba con su licencia, así que él se vino manejando hasta la ciudad. En condiciones normales yo soy muy reacio a pasarle el auto a alguien más para que lo maneje, pero en mi condición de convalescencia estuve mas que dispuesto a pasar la responsabilidad a alguien mas.
Me llevó hasta mi casa, me ayudó a bajar las cosas, y se quedó un rato conversando con mis papás.
—Nos vinimos temprano, porque se sentía mal, así que lo traje. Los demás se quedaron en la playa un rato más —le explicó él a mis padres.
—Gracias por traerlo sano y salvo —le decía mi madre—. Nos alegra saber que el Larry tiene un amigo como tu que se preocupa tanto por él.
—Para eso están los amigos, tia —respondió él con humildad.
—Por supuesto —concordó mi padre—. Nos habría gustado que pudieras ir con nosotros a San Pedro…
—A mi también me habría gustado ir con ustedes —intervino el Huaso, dándome una mirada reprobatoria—, pero no podía ir porque tenía que terminar un trabajo que no había hecho —agregó para no delatar mi mentira.
El Huaso se despidió de mis padres, y luego de mí, con un fuerte abrazo.
—Espero que lo hayas pasado bien, dentro de todo —me dijo al oído mientras me abrazaba.
—Sí —le respondí escuetamente al oído.
El Huaso se fue y me fui a acostar a mi cama. Mi mamá me dio todo tipo de remedios que se le pudieron ocurrir, pero ninguno funcionó.
Al día siguiente tuve que ir a trabajar, para recuperar los días que no pude ir porque estaba ocupado con la tesis. Llegué a la pega, casi arrastrándome del malestar general que sentía. A medio día apareció el Huaso, con una sonrisa de oreja a oreja para hacerme compañía.
—¡Sorpresa! —me dijo levantando las manos en señal de celebración—. ¿Cómo estas amor?
—Maaaal —respondí con exageración, tirándome al escritorio, sobre un montón de papeles y lápices.
—Amor, mira lo que te traje —me dijo sacando un termo de su mochila—. Ah no, espera, este no —dijo al abrirlo, pero lo volvió a cerrar y sacó otro termo, un poco mas grande—. Este sí. Te traje sopa de pollo. Te hará bien —despejó el escritorio y sacó un bowl de su mochila y virtió el contenido del termo.
—Gracias amor —le agradecí, tomando la cuchara que me estaba ofreciendo.
—La hice yo —agregó con una sonrisa de orgullo en la cara—. El otro termo es para que después a la tarde te tomes un té de algo —me dijo sacando de su mochila una caja con bolsitas de té, de distintos tipos, inseguro de cual me haría mejor para mi enfermedad.
El Huaso me fue a acompañar al trabajo todos los días, y todos los días me llevaba sopa de pollo y té para tomar. Al tercer día ya me sentía mucho mejor, gracias a sus cuidados especiales, ya que me permitía descansar en mi trabajo porque él atendía a los pocos clientes que llegaron.
El 18 de septiembre por fin volví a mi buen estado de salud de siempre, así que fuimos a las ramadas junto al Bryan, la Cata, el Victor y la Claudia. Nos pusimos a comer en una fonda, y la Claudia se motivó apenas escuchó la primera cueca (después de muchos temas de Américo).
—¿Bailemos? —le ofreció ella a mi pololo.
—¿Qué? —preguntó el confundido, mirándome a mí.
—Larry, ¿te lo puedo quitar un rato para una cueca? —me pidió permiso.
—Si, dale —accedí, sonriéndole a la Claudia (igual como le sonreí a la señora Sonia), y dándole una mirada severa a mi pololo para que no se sobrepasara.
—Y tu, ¿bailas conmigo? —me ofreció la Cata. No supe que responderle. Sabia bailar cueca, pero lo hacía mal, aparte todo me daba vergüenza, así que estuve a punto de rechazarla—, vamos —me dijo, tomándome de la mano y llevándome al frente sin que pudiera negarme.
Estuvimos bailando bastante rato. Con la Cata me pude relajar harto y desempolvar mis viejos pasos de cueca que ya hacía más de un lustro no usaba. Al rato aparecieron el Bryan con el Victor, bailando juntos como si no importara que un monton de homofóbicos conservadores vieran a dos hombres bailando juntos el baile patrio. En mi interior deseaba que la pareja de hombres bailando cueca ahí fuéramos el Huaso y yo, pero sabía que su paranoia (y un poco la mía, debo admitirlo) no lo permitiría, y eso me hacía envidiar un poco a mis amigos.
Después de un par de pies de cueca, con la Cata nos sentamos a descansar, mientras mirábamos a nuestros amigos bailando. Mi pololo se movía con tal gracia al ritmo de la música, como si hubiera sido criado bailando cueca (obviamente, así había sido, pero nunca habíamos hablado al respecto). Sus movimientos, tan sensuales y masculinos provocaron en mí sentimientos de admiración y excitación.
—¿Cómo están ustedes, Larry? —me preguntó la Cata.
—¿Nosotros?
—Si, ustedes. Tú y el Huaso —especificó ella.
—Bien, como siempre —le respondí escuetamente, haciéndome el tonto.
—Me alegro por ustedes. De verdad —me dijo ella, mirándome a los ojos y con una sonrisa en su rostro—. Me alegro que hayan podido superar lo de la tesis.
—Ah si —dije entendiendo a qué se refería—. Igual nos costó un poco… tu cachay como es el Huaso po.
—Si, es medio terco —se rió—. Debes tener una paciencia infinita.
—Si supieras… —me reí yo también.
—Lo peor de todo es que se podrían haber evitado todo el drama si no fuera por la Claudia —me dijo mirando hacia el piso.
—Sí, pero ya me dijo que fue un error y que se equivocó —comenté haciéndome el weon.
—Cierto —dijo ella arqueando las cejas, pensando quizás que no la estaba mirando.
—Oye ¿y tu? —le pregunté cambiando de tema después de unos segundos de silencio, aunque aún con ese gesto en la mente—, ¿Qué onda con el Bryan?
—El Bryan… —repitió con una sonrisa en la cara—. Es un niño el Bryan.
—¿Si? Yo lo veo bien grande —le comenté intentando que se explayara.
—¿Y el Huaso sabe que andas viendo “bien grande” al Bryan? —me preguntó ella en doble sentido, riéndose.
—¡No me refería a eso! —dije riéndome—. ¡No pongas tus pensamientos pecaminosos en mis palabras!
—¡Ay! Me los imaginé —dijo tapándose los ojos y sonrojándose.
—Ya, suficiente —le advertí, aun riéndome—. Ya, en serio, dime ¿estas saliendo con alguien?
—Quizas… —respondió misteriosa ella.
—¿Pero no es el Bryan? —inquirí.
—No —dijo por fin poniéndose seria—. Con el Bryan nos dimos cuenta que era mejor seguir como amigos. Yo a él lo veo como un hermano, y estoy segura que él también me ve de la misma manera.
Nos quedamos un rato en silencio mirando como el resto bailaba. El Huaso seguía acaparando miradas por su talento en el baile, mientras el Bryan y el Victor las acaparaban por su falta de coordinación que compensaban con esfuerzo y humor. Al rato ellos volvieron a sentarse junto a nosotros, y más tarde, el Huaso con la Claudia se nos unieron.
Terminamos de tomarnos los terremotos y salimos a recorrer las ramadas. Nos subimos al zamba del “divertilandia”, y el Victor con la Claudia quedaron sentados en el medio del juego por no afirmarse bien.
Ya al terminar la noche nos dirigimos a tomar la locomoción. Embarcamos a la Cata y al Victor que debían tomar transporte, y el resto nos fuimos caminando. Me fui con el Huaso a su casa, y al llegar nos encontramos con la señora Sonia.
—Parece que voy a tener que cobrarle mensualidad a usted también —comentó con su habitual sonrisa.
—No se preocupe si casi ni duermo acá —le respondí haciéndome el amable también.
—¿Ah no? ¿Y qué viene a hacer siempre acá en las noches entonces? —me preguntó con rostro triunfal, como si acabra de obtener la respuesta que llevaba años buscando.
—No lo pesque señora Sonia, está un poco curado —intervino el Huaso, intentando ocultar su nerviosismo.
—Bueno usted sabrá que no puedo permitir que traiga borrachos a mi casa —se puso seria.
—No estoy borracho —dije ofendido. Ni siquiera se me trababa la lengua.
—Larry ándate a la pieza —me dijo mi pololo, serio—. Lo que pasa es que lo traje para darle un vaso con agua porque se sentía mal —continuó dirigiéndose a su hospedera—. Comió muchas cosas ahí en las ramadas, usted sabe…
No pude terminar de escuchar la conversación, ya que ingresé a la pieza del Huaso y cerré la puerta. Al rato el Huaso entró a la pieza con una mano en la frente.
—¿Cómo se te ocurre decirle esa wea? —me preguntó enojado, apenas cerró la puerta tras él.
—Perdona, no fue mi intención —me sentía mal por dejarlo expuesto.
—¿No vei que la vieja ya sospecha de nosotros? Ahora con lo que le dijiste prácticamente lo confirmaste —se paseaba a lo largo de la habitación, tapándose la cara con las manos.
—Ya, ¿pero qué tiene? —le pregunté sin entender tanto alboroto.
—¡Que me puede echar po! —me dijo enojado—. ¡Y le puede contar a mis viejos!
—¿Cómo le va a contar a tus viejos? —le pregunté incrédulo.
—¡Porque tiene su número en caso de emergencias po!
—¿No crees que estas exagerando? —le pregunté un poco molesto por su sobre reacción—. Y en caso de que te eche, ¿cual es el problema? ¿te complica tanto dejar de vivir en la casa de una vieja homofóbica?
—Tu no entiendes nada… —me dijo, respirando profundo.
—¡Explícame entonces! —le pedí.
El Huaso se acercó a la puerta de la pieza y la abrió de par en par.
—¡Qué bueno que ya te sientes mejor, Larry! —dijo en un volumen mas fuerte del necesario— ¡Nos vemos, cuídate!
Tuve una mezcla de emociones dentro de mí peleando por salir. Entre la pena y la rabia, mantuve mi orgullo, me acerqué al Huaso y le dije mirándolo a los ojos:
—Ni siquiera me diste un vaso de agua, aweonao —y salí de su habitación.
Salí de la casa y cerré la reja de la calle, y recién ahí, cuando comencé a caminar por las calles sin rumbo, dejé que las lágrimas cayeran como ríos por mis mejillas.