TOMI MIKAEL
COCHINAS Lelly Kelly y Dolly Melony en la fiesta de las p*llas
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TOMI MIKAEL
COCHINAS Lelly Kelly y Dolly Melony en la fiesta de las p*llas
Clases de Seducción II, parte 20: Destrucción
Temporada 1
Temporada 2: Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4, Parte 5, Parte 6, Parte 7, Parte 8, Parte 9, Parte 10, Parte 11, Parte 12, Parte 13, Parte 14, Parte 15, Parte 16, Parte 17, Parte 18, Parte 19
Rubén despertó a la mañana siguiente con un dolor de cabeza insoportable. La resaca de la noche anterior se acentuaba por el sentimiento de culpa por haber sido infiel a Felipe.
Se levantó de la cama y salió al comedor del departamento de Lu, donde estaba ella tomando un café y comiendo una tostada con mantequilla.
—Buenos días, bello —lo saludó Lu.
—Hola —devolvió el saludo Rubén, desganado.
Se sentó al lado de su anfitriona y se tapó la cara con las manos, para intentar atenuar el dolor de cabeza.
—¿Quieres un té o café? —ofreció Lu—, hirvió hace poco la tetera.
Rubén asintió, y se levantó a tomar un tazón de la cocina para servirse un té.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó Lu, mirándolo atentamente.
—Pésimo —respondió Rubén, dando un suspiro—. Nunca me había arrepentido de tomar tanto.
Lu soltó una risita.
—Te he visto varias veces con razones para arrepentirte del copete —comentó ella.
—¿A qué te refieres? —le preguntó Rubén, mirando a Lu, serio.
—Eres bien jugoso cuando tomas, Rube —le dijo ella—. ¿Te acuerdas el carrete mechón?
Rubén revivió en su mente la noche que mencionaba Lu, y efectivamente ese día se había puesto públicamente en vergüenza.
Al menos, la vergüenza que sentía por la noche anterior era interna, nadie se enteraría. No sabía si eso era mejor o no, pero tenía claro que la causa era mucho peor.
—¿Quieres hablar sobre eso? —le preguntó finalmente Lu a Rubén, apuntando a su cuello, donde Rubén sabía que estaba el chupón que le había provocado Álvaro.
Rubén negó con la cabeza, y Lu no insistió más.
—¿Irás hoy de nuevo? —le preguntó Lu—. Harán otra vez una junta para hacer guardia en la toma.
—No creo —respondió Rubén finalmente—. Necesito hablar con mi pololo.
Lu se puso de pie sin decir nada y se dirigió a su dormitorio. Al cabo de unos segundos volvió con un artículo de maquillaje en la mano.
—Toma —le dijo a Rubén, extendiéndole una base de maquillaje—. Para que te cubras eso si vas a hablar con tu pololo.
—Gracias —Rubén la recibió, algo avergonzado.
La idea de tener que cubrir su vergüenza para ver a Felipe le generó un revoltijo en el estómago.
—¿Puedo decirte algo? —preguntó de repente Lu—. No es necesario que me respondas nada, solo es un comentario —Rubén asintió —. ¿Quién puede ser tan ordinario para andar dejando chupones?
Rubén se volvió a llevar las manos a la cara, en señal de vergüenza.
—¿Es muy tarde para decir que me caí y me golpeé en el cuello con la muleta? —preguntó Rubén, intentando sonar gracioso.
—Sería más creíble si dijeras que te atacó un pez volador que tiene una ventosa en la boca y se te pegó al cuello —comentó Lu.
Rubén se rió.
—Buena idea.
Después de terminar de tomarse el té y comerse media tostada, Rubén se fue al baño a lavar la cara y finalmente pudo ver el chupón que le había hecho Álvaro. Era mucho más grande de lo que esperaba, y estaba completamente morado. Intentó cubrirlo con la base que le había pasado Lu, pero no logró disimularlo por completo. A lo más podía cubrirlo de tal forma que quedaba un manchón enrojecido, sin que se notara el montón de maquillaje que se había aplicado.
Se despidió de Lu y se dirigió a su casa a darse una ducha y esperaba poder seguir durmiendo para no tener que aguantar despierto la resaca.
Al menos en su casa tenía una bufanda negra que le ayudaría a cubrir la zona sin levantar sospechas, ya que en esa fecha el clima ya estaba bastante helado.
***
Sebastian abrió los ojos en la oscuridad del calabozo, sin ninguna alarma o ruido que lo despertara. Había sido el frío.
Estaba abrazando a Javier, quien tenía su cabeza apoyada en el pecho de Sebastian.
Sebastian sentía el aroma del corto cabello de su amigo, que aún conservaba el perfume del shampoo que les entregaban en el regimiento.
Producto del frío, tuvo un espasmo que lo hizo apretar involuntariamente con sus brazos a Javier, presionándolo contra su pecho.
Javier despertó con el apretón y trató de liberarse.
—Ahueonao —le dijo Javier con la voz ronca tras darse cuenta donde estaba, y volvió a quedarse dormido al cabo de unos segundos.
Sebastian se quedó pensando en Rubén. Esperaba tener pronto noticias sobre su recuperación, de parte de Matías que le había entregado su celular de contrabando para comunicarse.
Volvió a quedarse dormido, por un tiempo que le pareció una eternidad porque alcanzó a tener un sueño, donde él volvía a Antofagasta.
Iba caminando por la línea del tren, la misma que recorría con Rubén cuando volvían desde el liceo a sus casas por la tarde después de clases.
Miró hacia uno de los árboles a su izquierda, y ahí estaba Rubén, apoyado en el delgado tronco, esperándolo con una sonrisa.
—Por fin volviste —le dijo Rubén cuando Sebastian se acercó.
Sebastian posó sus manos sobre las mejillas de Rubén, acariciándolas, sin creer que ya lo tenía frente a él.
—No sabes cuanto he esperado este momento —le dijo Sebastian sonriendo, genuinamente feliz, mientras lágrimas caían por su propio rostro.
Sebastian se acercó a su amigo, el amor de su corta vida, para besarlo, cuando un fuerte ruido lo sobresaltó.
Era Ortega, que acababa de abrir la puerta del calabozo, golpeándola con las manos para despertarlo a él y a Javier de su castigo.
Durante la mañana Sebastian quedó con una sensación difícil de explicar. El haber sido interrumpido en su sueño lo frustraba mucho, pero además, producto del sueño, quedó con una nostalgia persistente a lo largo del día.
Mientras estaban almorzando en el casino, Sebastian y Javier conversaban sobre el castigo.
—¿Cuántos días más nos quedarán de castigo? —preguntó Sebastian.
Javier se encogió de hombros.
—No me importa —dijo él.
—Claro porque duermes abrigado por mis abrazos todas las noches —le respondió Sebastian.
Javier se rió.
—Nada que ver —lo corrigió Javier—. Es una mierda el castigo, pero no estoy ni ahí con darle en el gusto a esos viejos de mierda de verme miserable. Así que ni siquiera voy a preguntar.
Sebastian debió haber esperado esa respuesta orgullosa por parte de Javier.
De un momento a otro, Sebastian se dio cuenta que el casino completo quedó en silencio. Miró a su alrededor, y todos miraban en silencio hacia la puerta de entrada, que estaba a sus espaldas.
Se volteó a mirar y descubrió qué era lo que miraban todos: Simón estaba de pie con su bandeja en la mano.
Sebastian se volteó a mirar a Javier, quien le devolvió la mirada con una sonrisa incrédula, y al mismo tiempo instintivamente ambos de levantaron y se acercaron a Simón para darle un abrazo.
Sebastian lo examinó minuciosamente con la mirada, para asegurarse que efectivamente era él, y que en realidad estaba bien, sin ninguna herida superficial.
—¿Qué te pasó? —le preguntó Javier.
—¿Estás bien? —quiso saber Sebastian.
Simón simplemente sonrió y les hizo seña con la mirada para que volvieran a su mesa y se unió a ellos.
—Ya po, cuenta, ¿qué te pasó? —insistió Javier apenas se sentaron.
Simón iba a contestar, pero miró a su alrededor y en la mesa de atrás suyo estaban todos pendientes de su respuesta.
—Después les cuento —respondió finalmente, y se escuchó fuerte la decepción de los intrusos de las otras mesas—. Mejor cuéntenme ustedes, ¿cómo les fue?
—Pésimo —respondió de inmediato Sebastian.
—Todo lo que podía salir mal, salió mal —coincidió Javier.
—¿Tan así? —preguntó Simón, incrédulo.
Ambos asintieron.
—Con decirte que ni siquiera pudo ver a su objetivo —respondió Javier.
Simón abrió los ojos en señal de sorpresa.
—¿Y cuánto tiempo estuvieron afuera? —quiso saber.
—Dos días —respondió Sebastian.
—Y todavía estamos castigados —le contó Javier, con sorna.
El trío de soldados comió rápidamente para después reunirse en su habitual punto de fumadores en el gran macetero de cemento.
Después de que Sebastian y Jaiver pusieron al día a Simón sobre su escapada a visitar a Rubén, le pidieron al recién llegado que les contara su parte de la historia.
—¿Y tú, qué onda?, ¿qué te pasó? —le preguntó Javier.
—Hemos escuchado tantas versiones que ya no sabemos qué creer —le comentó Sebastian.
—Puede que hayan escuchado que me dio un ataque de pánico —comenzó a decir Simón.
—Y también que Julio y su pandilla te sacaron la chucha —intervino Sebastian, y Simón lo miró extrañado.
—Nada que ver —se rió Simón—. Al día siguiente que ustedes se fueron, estuve solo todo el día, y me empezó a dar mucha ansiedad. En primer lugar, pensé que los hueones me iban a molestar, viendo que estaba sin ustedes, pero no. La verdad nadie me pescó. Pero igual no quería estar acá, así que simulé un ataque de pánico.
Sebastian y Javier quedaron boquiabiertos con la revelación de Simón.
—Bueno, no lo fingí tanto —aclaró—. Si, tenía pánico de estar solo, y me daba ansiedad estar solo, pero no externalizo la ansiedad, la guardo dentro mío y creo que la controlo bien. Pero no quería estar acá, así que simulé como que estaba teniendo un ataque de pánico.
—Y te funcionó, al parecer, para haber desaparecido varios días —comentó Javier.
—Si, pero espérate —continuó Simón—. La razón por la que se demoraron tanto en darme de alta del hospital fue porque me hicieron exámenes y estaba con anemia.
—Esperable, si ni comes —intervino Sebastian, a modo de reto.
—Si —asumió con culpa Simón—. Me tuvieron todos estos días con suero en el hospital monitoreándome. Pero ya estoy bien.
—¿Seguro estás al cien porciento? —quiso asegurarse Sebastian, y Simón asintió.
El trío de amigos terminó de fumar y entraron a los dormitorios donde estaban sentados Julio, Luis y Mario, conversando.
Sebastian les mantuvo la mirada, serio, mientras pasaba por su lado, directo a los lockers. Abrió su casillero y buscó entre la ropa el celular que le había prestado Matías Olivares, para asegurarse que aún lo tenía. Esa noche se lo llevaría al calabozo para revisar con tranquilidad las novedades, sin preocuparse que una alerta sonora llamara la atención en el dormitorio.
***
Eran las seis de la tarde y Felipe estaba terminando su turno en la heladería cuando vio que Rubén se estaba acercando al local. Le gustó ver que ya había mejorado su uso de las muletas. Casi no le costaba visiblemente desplazarse.
Se acercó para ayudarlo, y le extendió una silla para que se sentara. Una vez dejó apoyadas las muletas en el respaldo de la silla, le dio un beso a modo de saludo.
—¿Por qué tan abrigado? —le preguntó a Rubén, curioso por la elección de usar bufanda ese día, siendo que no encontraba que hiciera tanto frío, al menos ahí dentro del centro comercial.
—Tengo mucho frío —respondió su pololo, sobándose las manos.
Felipe sonrió extrañado, pero lo dejó pasar. No sería la cosa más rara que haya dicho Rubén desde que lo conocía.
—¿A qué debo esta ilustre visita? —le preguntó Felipe, sentándose en la silla que estaba a su lado.
—Tengo un pololo que trabaja aquí y quería verlo —respondió con sarcasmo Rubén—. Quería ver como estabas.
—Tengo entendido que su pololo está bien —Felipe siguió el juego, aunque ya no era necesario.
Rubén sonrió y bajó la mirada.
—Podríamos ir a mi casa cuando salgas —propuso Rubén, ideando un plan para estar con su pololo—. Mi papá dijo que se iba a quedar trabajando hasta tarde hoy.
—Bueno, me parece bien —aceptó Felipe—. Podríamos ver una película —sugirió Felipe.
—¡Yo elijo la película! —se aseguró Rubén, y Felipe aceptó con una sonrisa y un beso.
***
Rubén se sentía incómodo fingiendo como si todo estuviera bien. Sentía que estaba traicionando sus propios valores.
Si bien, previamente igual había fingido haciendo parecer que todo estuviera bien, pero lo hacía para ocultar sus propios dolores internos, no para ocultar los dolores que él infringiría en su pareja.
Cuando llegaron a su casa, Rubén encendió su notebook, y buscó una película que tenía descargada desde hace varios días y no había encontrado el momento para verla. Era una película de terror sobre una mujer que era poseída por extraterrestres.
En el camino habían comprado bebidas, papas fritas y cabritas para ver la película, y Felipe se encargó de prepararlas mientras Rubén conectaba su notebook al televisor.
Antes de reproducir la película, Rubén se quitó la bufanda y se sentó a la derecha de Felipe en el sofá, para que no viera el chupón desde su ángulo, y se aseguró de apagar las luces.
—¿Has sabido algo nuevo sobre tu papá? —le preguntó sutilmente Rubén en medio de la película.
—Nada —respondió sucintamente Felipe.
“¿Por qué me miente?”, se preguntó Rubén, ya sin prestarle atención a la película.
“¿Qué estoy haciendo mal para que no confíe en mí?”
“Podría partir por no serle infiel”, se respondió a sí mismo, provocando un leve ardor en su pecho.
La respuesta negativa de su pololo igualmente le molestó a Rubén. ¿Por qué su pololo seguía mintiendo y no se preocupaba por ello, como lo hacía él?
“Quizás igual lo carcome por dentro la culpa de mentirme”. Quiso justificarlo, pero rápidamente la segunda voz en su cabeza lo contradijo: “En ese caso, puede simplemente decir la verdad”.
Tantas voces en su cabeza respecto a la mentira de Felipe, el beso con Gabriela en el carrete de hace semanas, su propia infidelidad de Álvaro la noche anterior, y la culpa posterior, solo hicieron que su mente divagara sin alcanzar una conclusión lógica.
Y luego estaba todo lo que había pasado con la visita del compañero de regimiento de Sebastian, y como le había respondido casi explosivamente con despecho.
Cuando terminó la película, Felipe se levantó al baño, y Rubén levantó rápidamente las fuentes y vasos que habían ocupado, guardó su notebook y se fue a su habitación, con la luz apagada a esperar a su pololo.
—¿Qué haces acá tan a oscuras? —le preguntó Felipe cuando volvió.
—Es que las luces me hicieron doler la cabeza —respondió Rubén, aunque había algo de verdad en su respuesta.
—¿Quieres que me vaya?
—No, quédate —le pidió Rubén, pretendiendo en el fondo de su corazón, tener la posibilidad de conversar esa noche.
—Felipe se quitó los zapatos y el pantalón, y se acostó junto a Rubén.
Rubén lentamente comenzó a besar a Felipe en los labios, para encender el momento.
Tenía la intención de hacer pasar el chupón de Álvaro como si se lo hubiese hecho su mismo pololo.
Felipe rápidamente le siguió el juego y al cabo de pocos minutos, ambos estaban completamente desnudos bajo las sábanas.
Mientras Felipe le besaba el costado izquierdo del cuello a Rubén, éste ejercía presión en su cabeza para que lo hiciera con más pasión, y así tener mayores posibilidades de prestarse a la confusión, pero su pololo no tendía a besar su lado derecho del cuello, que es donde tenía el moretón.
Cuando Felipe ya estaba dentro suyo, Rubén entornó los ojos para verlo en la oscuridad de la habitación, y pudo encontrar su mirada.
—Pégame —le dijo de repente.
—¿Qué? —preguntó Felipe, extrañado, levantándose.
—Pégame —insistió Rubén, ahora con algo de vergüenza.
—¿Cómo te voy a pegar? —Felipe soltó una risita incrédula.
—Así —Rubén le dio una cachetada suave a su pololo—, o ahórcame, no sé.
—¿De dónde sacaste eso? —Felipe se mostró muy confundido por la idea, y no le dio la impresión a Rubén de que fuera a acceder.
—De una película porno que vi —mintió.
—¿Y de cuándo que te gusta ver porno? —se rió Felipe—. ¿Quién eres y que hiciste con el Rubén que quiero?
A pesar de que la pregunta era retórica y claramente a modo de broma, sintió que algo de verdad podía tener. Probablemente ya no era el mismo de quien Felipe se había enamorado.
—Ya, olvídalo. Durmamos mejor —decidió Rubén, resignado.
Felipe se acostó a su lado y lo abrazó.
—Disculpa, no te quise hacer sentir incómodo —le dijo Felipe al oído—. Simplemente me causó gracia estos nuevos gustos.
Rubén dio un suspiro.
—Hace días que no pasa nada entre nosotros —comenzó a explicarle Rubén—. Tuve el accidente, con una oleada de hormonas y adrenalina dando vueltas por mi cuerpo. Creo que eso era lo que hablaba, más que Rubén, el que quieres.
La respuesta de Rubén en un inicio fue para justificarse, pero al final quiso convencerse a sí mismo de que efectivamente esa era la realidad.
—Lo siento —insistió Felipe—. Si quieres podemos intentarlo de nuevo.
Rubén negó con la cabeza. No estaba molesto, sino que se sentía estúpido, avergonzado, y culpable. Estaba cansado de lidiar con tanta carga mental.
—Igual no tenía tantas ganas —lo tranquilizó, bajándole el perfil.
Rubén se quedó pensando si su pololo aprovecharía de seguir pidiendo perdón por otras cosas, pero no lo hizo.
—Ayer vino alguien del regimiento del Seba —le dijo Rubén, queriendo liberar al menos uno de sus demonios.
Felipe se enderezó en la cama, y Rubén notó que lo estaba mirando atentamente, en la oscuridad de la habitación, iluminada solo por la luz de la luna y los postes de la calle.
Rubén se sentó al lado de su pololo para continuar.
—Me dijo que Sebastian lo había enviado, dando a entender que quería saber cómo estoy. Pero me lo tomé mal.
—¿Por qué te lo tomaste mal? —preguntó Felipe, confundido.
Rubén dio un suspiro.
—Nunca te conté esto, pero cuando se fue el Seba, él terminó nuestra amistad —le contó Rubén—. Cuando me quedé dormido y no pude ir a su despedida, eso fue como inaceptable para él, dijo que se dio cuenta que nunca me importó, que siempre fui egoísta… —iba a continuar diciendo que le había dicho que le daba asco, pero prefirió evitarlo—. Sufrí mucho por eso.
—¿Por qué no me lo contaste? —le preguntó Felipe, con un hilo de voz.
—No se —respondió Rubén—. Creo que no quería hacerte sentir culpable, por habernos quedado dormidos juntos.
Rubén se volvió a acomodar para dormir sin decir una palabra más, dándole la espalda a Felipe. Al menos su cabeza estaba un poco más libre.
Felipe lo imitó, y se acostó detrás suyo, abrazándolo.
—Lamento que hayas tenido que pasar por eso, Rubén —le dijo al oído.
Rubén asintió, a pesar de que Felipe no lo podía ver; cerró los ojos, y se quedó dormido al poco rato, cómodo entre los brazos de Felipe.
***
Felipe se despertó con el brillo del sol entrando por la ventana del dormitorio de Rubén.
Se incorporó levemente para ver a su pololo dormir, y notó que en el costado derecho del cuello de Rubén tenía un moretón, como un chupón.
Le pasó el dedo pulgar para asegurarse de que no fuera una mancha de algo más, y afectivamente, el moretón no se salió, pero quedó con restos de base de maquillaje en el dedo, revelando un moretón más grande en el lugar.
Rubén aun dormido se volteó, hasta quedar de frente con Felipe, quien se levantó en ese momento y comenzó a vestirse.
Cuando estaba poniéndose las zapatillas, Rubén despertó.
—¿Tan rápido te vas? —le preguntó Rubén con los ojos entrecerrados.
—Si, tengo un turno temprano hoy —mintió.
Felipe se despidió con un beso en la mejilla de su pololo, salió del dormitorio y luego de la casa, cerrando la reja tras de sí.
No tenía turno asignado esa mañana. Solo quería salir de ahí.
Su pololo tenía un chupón en el cuello. Un chupón que estaba seguro que no se lo había hecho él.
Entendía que en el ambiente universitario se podría dar la oportunidad que por una jugarreta o una apuesta alguien le tuviera que dejar un chupón en el cuello a otra persona (o dejarse hacer un chupón), pero Felipe supuso que si era la situación, Rubén se lo habría dicho.
Eso en una relación sana, pero últimamente se habían ocultado muchas cosas entre ambos. Y en ese momento, él no era el indicado para pedir sinceridad. No le había contado a Rubén que su padre había muerto, y que incluso ya había ido al cementerio a visitarlo por última vez.
A pesar de eso, le sorprendía y le dolía la posibilidad de que Rubén hubiese estado con alguien más.
—¿El Rube?, ¿estás seguro? —preguntó extrañado Roberto, cuando Felipe le contó en su dormitorio—. No creo.
—¿Qué otra cosa podría significar un moretón en el cuello? —contra preguntó Felipe.
—No sé, quizá se pegó con algo… quizás se tropezó con las muletas y se pegó en el cuello —teorizó Roberto.
—Hermano, si se te hace un moretón en el cuello por un golpe deberías estar muerto —respondió Felipe, cansado—. Tú que eres universitario, ¿crees que pueda haber otra razón que no implique que se haya comido a otro hueon?
—¿Onda como un juego de verdad o castigo? —quiso confirmar Roberto, y Felipe asintió—. Supongo que podría pasar, pero por lo que conozco al Rube te lo habría contado, ¿o no?
—Lo mismo pensé —coincidió Felipe—. Intentó ocultarlo usando una bufanda, y después en la noche sentí como que trató de simular que se lo hice yo —agregó, con algo de decepción.
Roberto lo miró en silencio, como sin saber qué decir, y Felipe igualmente se quedó en silencio.
—Hace unas semanas ya se había comido con otro hueon —comenzó a contarle Felipe—, pero me lo contó altiro, aunque después lo negó, se notaba que se sentía culpable.
—Mira el Rube —comentó sorprendido Roberto—. No me lo esperaba de él. Tan buenito que se veía.
Felipe soltó una risita desganada.
—Es bueno el Rubén —lo corrigió Felipe—. En esa oportunidad estaba volado, así que pudo haber influido.
—¿Y ahora podría haber estado volado igual? —preguntó Roberto.
Felipe se encogió de hombros.
—Independiente de eso, la actitud es distinta —insistió Felipe.
—Bueno, entonces mándalo a la chucha.
—No puedo.
Roberto lo miró extrañado.
—¿No puedes porque lo amas demasiado? —preguntó Roberto con tono sarcástico.
Felipe negó con la cabeza.
—O sea, sí, lo quiero mucho —se corrigió Felipe.
—Ya, di que lo amas —lo interrumpió Roberto, conociendo la reticencia de su hermano a usar el verbo amar.
—No es ese el punto —Felipe miró serio a Roberto—. No puedo exigirle sinceridad, si yo mismo le he ocultado muchas cosas. No soy una buena persona para él.
—No digas eso —Roberto de acercó a la cama de Felipe y tomó asiento junto a él, confundido por sus palabras—. ¿Qué cosas le has ocultado?
—No le he dicho lo de mi viejo —respondió Felipe, ante la mirada sorprendida de Roberto—. Incluso todos estos días que me ha preguntado, le he dicho que no he sabido nada desde que me dijeron que estaba enfermo.
—¿Y por qué no le has dicho? —preguntó Roberto, y Felipe se encogió de hombros—. Bueno, independiente de tu razón, eso no quiere decir que eres una mala persona.
—Anoche me comentó algo de su amigo Sebastian, y me hizo recordar otras cosas que le hice —continuó Felipe—. Hace meses, cuando su amigo se tenía que ir, iba a hacer un carrete de despedida. Rubén estaba súper entusiasmado con eso, pero Sebastian no me daba confianza. Siempre estuve seguro de que estaba enamorado del Rubén, y quizás esa noche podía pasar algo entre ellos, a modo de despedida. La cuestión es que no pudo ir a esa despedida porque se quedó dormido.
—¿Fue esa vez que me llamaste para que los llevara donde su amiga a las cuatro de la mañana? —recordó Roberto.
Felipe asintió.
—Yo no quería que estuviera con Sebastian esa noche —continuó Felipe—. Rubén me dijo que le dolía la cabeza, y pensé en darle un relajante muscular para que le diera sueño y no quisiera ir a huevear a un carrete. Siempre pienso en esto. Al final me arrepentí, pero después siempre quedé con la duda de si quizás me confundí yo con la pastilla o no. Después de eso tiramos, quedamos muertos y nos quedamos dormidos, ambos. Había casi olvidado todo esto, porque ese hueón se había ido y todo bien. Pero anoche Rubén me contó que Sebastian terminó su amistad después de eso, antes de irse. Terminó su amistad por mi culpa.
El silencio se apoderó de la habitación, mientras Felipe se quedó mirando el suelo, avergonzado, con una lagrima colgando silenciosamente de la punta de su nariz.
—No tenías como saber que a Sebastian le iba a molestar tanto que el Rube no estuviera en su fiesta de despedida como para terminar su amistad —comentó Roberto después de varios segundos, intentando subirle el ánimo.
—Después, cuando Rubén tuvo el accidente, había venido Sebastian con otro hueón del regimiento —continuó Felipe—. Por alguna razón, después el otro hueón llegó al hospital, seguramente a hablar con Rubén sobre Sebastian. Para evitar que le dijera cualquier cosa, llamé a los carabineros para decir que ese hueón se había arrancado del regimiento, y al rato se lo llevaron.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Roberto, después de varios segundos de silencio donde procesó lo que Felipe le acababa de contar.
—Supongo que tenía miedo de perder a Rubén —respondió Felipe—. Estaba mal en ese momento. Había discutido con Rubén, y por mi culpa después tuvo el accidente; y justo como por arte de magia, aparece este hueón del regimiento, a lavarle la cabeza, en el momento que nuestra relación estaba más débil... No quería perderlo.
Felipe se llevó las manos a la cara y dio un largo suspiro. A pesar de que ya se conocía a sí mismo, no dejaba de sorprenderle su capacidad de controlar sus emociones al liberar su interior. Lágrimas cayeron por su rostro durante su confesión, pero su voz no tembló como le ocurriría a otras personas.
—Hermano —comenzó a decir Roberto—, tu relación con Rubén no es sana. Ya no.
Felipe asintió, y Roberto lo abrazó de costado.
—No eres un hueón malo —continuó Roberto—. Solamente eres un niño que le ha tocado pasar por situaciones de mierda. Todo lo de tu familia, tu viejo… nadie debería pasar por lo que te ha pasado. Eres un hueón capaz de amar, te he visto cómo tratas al Rube, cómo lo quieres, o cómo lo amas, pero no puedes hacerlo bien si no sanas tú primero.
Felipe sintió una opresión en el pecho, como si el llanto estuviera intentando salir de forma caótica, libre, pero conscientemente no lo permitió. Cerró los ojos, respiró profundamente, y dejó que cayeran las lágrimas por su rostro, pero no que el llanto saliera.
Se dio cuenta que era momento de tener las conversaciones incómodas, y hacer lo que era mejor para ambos.
***
Esa noche, Sebastian después de ducharse previo a la hora de dormir, se acercó a su casillero, sacó el celular de Matías, y lo escondió dentro de sus calzoncillos.
—Cuidado con que te empiece a vibrar —le comentó Javier a modo de broma cuando le contó, y Sebastian lo miró serio.
Como todas las noches por las últimas semanas, se dirigieron al calabozo, entregaron su ropa a ortega, e ingresaron al calabozo.
—Que bien los tengo entrenados al par de perritos —comentó Ortega, lanzándoles la ropa de vuelta, lo más lejos dentro del calabozo que pudo, y cerró la puerta frente a ellos.
El calabozo quedó en oscuridad total, y los muchachos fueron rápidamente a buscar su ropa. A tientas la encontraron, la sacudieron y se volvieron a vestir.
—Al fin cortó su hueveo el viejo de mierda ese —comentó Javier.
—Si —coincidió Sebastian—. O sea que me escondí el celular en vano.
Sebastian escuchó la risa burlesca de Javier en la oscuridad.
El parcito de amigos se acomodó nuevamente en el catre metálico, esta vez de espaldas, a diferencia de las noches anteriores.
—¿Es idea mía o ahora se siente más helado que otras noches? —comentó Javier.
—Si quieres que te abrace para dormir solo dímelo —respondió Sebastian, con acidez.
—Mira hueon, en primer lugar, lo digo en serio, está más helado que anoche —le dijo Javier, apoyándose en su codo y dirigiéndose a Sebastian, quien no lo podía ver, pero por el sonido de sus movimientos imaginó su postura—. Y en segundo lugar, sí quiero que durmamos abrazados, no tengo problemas en decirlo.
—Y decían que el romance estaba muerto.
Javier le dio un empujón amistoso a Sebastian, mientras éste sacaba el celular de su entrepierna.
—Veamos si Olivares nos ha enviado alguna novedad —le dijo Sebastian, presionando el botón de encendido, y esperando que aún estuviera con algo de batería.
Javier se acomodó de espaldas junto a Sebastian, que tenía el celular levantado frente a su rostro.
La pantalla del equipo se encendió con un color verde intenso, dibujando el logo de la compañía telefónica, iluminando el rostro de ambos muchachos.
Esperaron un par de minutos a que el celular recibiera la señal suficiente para que aparecieran mensajes o llamadas recibidas, mientras Sebastian rebuscaba en el teléfono para asegurarse que estuviera en silencio.
El ícono de la señal de servicio telefónico iba y venía intermitentemente, lo que le preocupó a Sebastian que no alcanzaran a llegar sus mensajes.
—¡Tan lenta la hueá! —comentó Javier, impaciente, verbalizando los pensamientos de Sebastian.
—Quizás no llega nada porque Matías no ha enviado nada —supuso Sebastian, junto a tiempo cuando le llegó un mensaje de texto de la compañía telefónica indicándole que tenía un mensaje en el buzón de voz, seguido de las instrucciones para escucharlo.
Sin dudarlo ni un solo segundo, Sebastian siguió las instrucciones, y puso el altavoz, para que Javier también escuchara.
“Tiene un mensaje en su buzón de voz”, dijo la voz de la operadora telefónica, seguido de un tono que indicaba el inicio del mensaje:
—Hola Seba, ¿cómo estai? —era la voz jovial de Matías—, acabo de ver a Rubén hace un rato —Matías tomó una pausa para dar un suspiro audible, y luego continuó—. Estaba bien, o se veía bien al menos, anda con muletas y una bota ortopédica, pero creo que es algo esperable después de un accidente así —tomó otra pausa para un suspiro—. Aparte de eso, me fue mal. Muy mal. Básicamente me dijo que no quería saber nada de ti, que ya no eran amigos, por decisión tuya por no saber perdonarlo por un error, y que le habías dicho que él te daba asco. Dijo que le rompiste el corazón, que lo dejaste destrozado por meses —volvió a dar otro suspiro—. En fin, Seba, lo siento, pero al parecer la cagaste feo con este cabro.
Sebastian no podía creer las palabras de Matías. Esperó un par de segundos a que dijera que todo era una broma, hasta que sonó el tono indicando el final del mensaje.
“Para volver a escuchar este mensaje, presione uno; para finalizar, cuelgue” dijo la grabación de la operadora, y Sebastian cerró la tapa del celular finalizando la llamada.
—Quizás si vas a hablar con él en persona esté más dispuesto a escucharte —dijo Javier lentamente, después de un minuto de silencio entre ambos.
Sebastian se acurrucó en el catre dándole la espalda a Javier.
—Rubén jamás respondería algo así a un desconocido si no fuera cierto que efectivamente lo destruí —comentó Sebastian, con la voz apagada—. Le rompí el corazón al chico más precioso y bueno que existe en este mundo. Lo arruiné.
Sebastian comenzó a llorar mientras temblaba por el frío del calabozo. Ni siquiera intentó guardarse el llanto, ya que sabía que podía estar vulnerable junto a Javier, y no había nadie más presente.
Sumidos en el silencio del calabozo, interrumpido solo por los sollozos de Sebastian, Javier le dio un par de palmaditas en el hombro a su amigo, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para la situación.
Clases de Seducción II, Parte 19: Muletas
Temporada 1
Temporada 2: Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4, Parte 5, Parte 6, Parte 7, Parte 8, Parte 9, Parte 10, Parte 11, Parte 12, Parte 13, Parte 14, Parte 15, Parte 16, Parte 17, Parte 18
Felipe se despertó llorando, con el corazón acelerado y completamente transpirado.
Intentó llevarse la mano derecha a la frente, pero algo lo retuvo.
Roberto estaba sentado al borde de su cama, tomándole la mano, seguramente para calmarlo.
Felipe tuvo una sensación de mareo, seguido de una profunda vergüenza.
—¿Estás bien? —le preguntó Roberto, serio, pero preocupado.
Felipe se sentó en la cama y se tomó un segundo en responder. Pensó en asentir, pero finalmente negó con la cabeza y dejó que las lágrimas cayeran por su rostro.
Roberto lo abrazó para darle consuelo, en silencio, suponiendo a qué se debía el estado de su hermano.
A pesar de que permitió que las lágrimas cayeran por su rostro, seguía sintiendo un nudo en la garganta, manteniendo el llanto a raya.
Después de un par de minutos en que Felipe logró ahogar el llanto, y el nudo en su garganta desapareció, se separó de Roberto, para secarse las lágrimas con las manos.
—¿Mejor? —preguntó Roberto, rompiendo el silencio.
—No sé —respondió ahogadamente Felipe, soltando una risita desganada.
—¿Quieres hablar?
Felipe se encogió de hombros.
—No sé —respondió nuevamente.
Felipe estaba cansado de cargar con todas las emociones que se amontonaban en su interior producto de la muerte de su padre, pero notó que Roberto lo miraba preocupado, y entendió que no era bueno que lo mantuviera fuera de lo que le estaba pasando.
—El otro día me dijeron que mi viejo murió —le contó finalmente Felipe.
Roberto abrió los ojos ante la sorpresa, y luego bajó la mirada, lo que Felipe interpretó como decepción, quedándose nuevamente en silencio.
—¿Cuándo fue? —quiso saber Roberto.
Felipe se encogió de hombros.
—El viernes me avisaron en el liceo —respondió finalmente Felipe.
—¿Y por qué no dijiste nada en tres días? —lo cuestionó Roberto.
Felipe dio un suspiro, como para recuperar la compostura y empoderarse.
—Porque no sé cómo procesarlo —respondió Felipe, ya más calmado—. Es difícil saber cómo sentirme después de que me rechazaron como lo hicieron.
Roberto guardó silencio unos minutos, como asimilando las palabras de Felipe.
—¿Sientes pena?
Felipe negó con la cabeza, orgulloso, pero la mirada de Roberto le hizo ver que su respuesta no era nada creíble.
Y tenía razón. Felipe en su interior sentía mucha pena. Y rabia. Decepción y culpa.
Y sobre todo, soledad.
A pesar de que el abandono de sus padres lo había hecho madurar a la fuerza hace poco más de un año, y hasta hace poco pensaba que ya lo tenía superado, el haber vuelto a verlos en el último tiempo le remeció toda la estabilidad emocional que pensaba que tenía.
El breve momento de alegría que sintió cuando su madre le dijo que le permitirían volver a su casa (antes de demostrar que en realidad no lo aceptaban) le hizo bajar la guardia a tal punto que todos los muros que había construido para protegerse del daño que le podían hacer, se derrumbó.
Quedó completamente vulnerable.
Después al experimentar nuevamente el rechazo cuando visitó a su padre en el hospital, se dio cuenta que efectivamente volvió a ser ese adolescente de dieciséis años que había sido expulsado de la casa de sus padres por primera vez al ser descubierta su orientación sexual, sin herramientas ni manejo de sus emociones.
Y finalmente, se dio cuenta que, ni en el más extremo de los casos, sus padres lo iban a aceptar. Era una realidad que conscientemente la tenía aceptada, pero en lo más profundo de su corazón, siempre albergó una mínima esperanza de que algún día podría volver a vivir con ellos. Que lo podrían aceptar si se permitían abrir los ojos.
Su mente estaba hecha un desastre en ese momento, con todo lo que estaba viviendo, y pensó que lo más sensato era evitar que esta noticia invadiera otros aspectos de su vida.
Sabía que si le contaba a Rubén al respecto, su pololo se iba a preocupar en demasía por él, dejando de lado su propia recuperación física después del accidente. Además le preocupaba que, por haber perdido a su propia madre, Rubén sentiría una conexión particular con la muerte de su progenitor, quizás asimilando empáticamente su dolor.
Por eso decidió evitarle esa preocupación a Rubén, al menos hasta que estuviera recuperado al cien por ciento del accidente.
No quería hacerle daño. No más de lo que ya le había hecho.
—¿Irás a su funeral? —le preguntó Roberto.
Felipe se encogió de hombros.
—Cuando me lo dijeron no dejé siquiera que me dieran más detalles —le contó Felipe—. Me fui lo más rápido que pude del liceo. No quería seguir ahí. Necesitaba llenar mi mente con otras cosas para no pensar, así que me fui a la pega.
Roberto lo miró con algo de lástima.
—¿Crees que ya hayan sido los funerales? —preguntó Roberto con suavidad, intentando no presionarlo.
Felipe nuevamente se encogió de hombros.
—Yo creo que si —respondió después de un largo suspiro—. Igual no quería ir. No quería estar en presencia de la gente que me rechazó, y de los que le metieron en la cabeza que tenía que mantenerse alejado de mí, aun cuando estaba en sus últimos momentos —agregó con rencor.
Roberto entendió su postura.
—Igual no es bueno que te guardes estas cosas —le dijo finalmente su hermano después de unos segundos—. Está bien que tus viejos te hayan hecho daño, y que no sepas como lidiar con su muerte, pero no por eso tienes que encerrar tus emociones. Al final eso te hará más daño. Por eso es importante que no pases esto solo.
Felipe asintió, nuevamente avergonzado. Tenía claro que lo que decía su hermano era cierto, pero estaba tan roto emocionalmente que en ese momento era difícil para él tomar decisiones lógicas, así que prefería aislarse de los demás, y en el proceso, de sus propios sentimientos.
***
Al día siguiente de esa conversación, Felipe le pidió a Roberto que lo acompañara al cementerio general, para despedirse de su padre.
A pesar de que no permitió que la directora del liceo le dijera dónde serían los funerales, Felipe tenía claro que no había otra alternativa donde podrían sepultar a su padre, que junto a sus abuelos.
Felipe recorrió el cementerio, buscando el lugar donde habían enterrado a sus abuelos años atrás. Su abuela paterna había fallecido cuando él tenía cinco años, mientras que su abuelo la siguió tres años después. Cuando era pequeño, su padre lo llevaba casi todos los fines de semana al cementerio a visitarlos, aunque cuando llegó a la adolescencia dejó de acompañarlo.
Sin embargo, recordaba el lugar. Y no se había equivocado. Una pequeña y brillante placa rezaba los datos de su padre:
Guillermo Felipe Ramírez Zamora
05 de julio 1959 – 12 de mayo 2011
Amado Padre y Esposo.
A Felipe le pareció irónico leer la frase, y soltó una pequeña risa.
Cerró los ojos y se sintió culpable por lo que acababa de hacer. Reírse en la tumba de su padre.
Sacudió la cabeza, como para liberarse de esos pensamientos, y abrió los ojos. Sentía la mirada de Roberto a sus espaldas, que estaba detrás suyo en silencio.
Felipe se quedó se pie, mirando la lápida por varios minutos en silencio, sin saber qué sentir. Tenía la mente en blanco.
Durante las horas previas a ir al cementerio estaba ansioso por no saber cómo reaccionaría al ver su tumba, pero al estar ahí, por alguna razón las emociones que lo habían acompañado los últimos días ya no estaban.
Finalmente se volteó a mirar a su amigo, que lo miraba atento.
—Estoy vacío —le dijo a Roberto.
—¿Cómo? —preguntó confundido su amigo.
—No siento nada.
—Quizás te estás reprimiendo —teorizó Roberto.
—No, de verdad no siento nada —aclaró Felipe.
—Imposible que no sientas nada, Felipe —insistió Roberto—. Era tu viejo.
—¿Quieres que finja el llanto, acaso? —preguntó Felipe con sarcasmo—. No siento nada.
—No me puedes decir que no sientes nada si ayer despertaste llorando por esto —le espetó Roberto, levantando la voz sin querer.
Felipe se acercó a Roberto para calmarlo. Para él era igual de inexplicable su reacción. Pensó que se derrumbaría al ver la tumba, pero en ese momento por alguna razón sus emociones estaban apagadas.
—Deja de guardar tus emociones, por favor —le pidió Roberto, casi como una súplica.
—Hermano, te prometo que no lo estoy haciendo a propósito. Quizás hoy desperté bloqueado.
—Más te vale que me estés diciendo la verdad —respondió Roberto—. Lo digo por tu bien. No quiero que más adelante explotes por todo lo que te estás guardando.
—Ya sé —asintió Felipe, abrazando a Roberto—. Pero de verdad no estoy sintiendo nada ahora.
Felipe pretendía en esa instancia liberar definitivamente sus emociones, pero por alguna razón su inconsciente no lo estaba permitiendo. Se volvió a acercar a la placa de su padre.
—Chao, viejo —le dijo, sin ánimo.
A Felipe le pareció irónico que estando frente a la tumba de su padre, sus emociones estaban reprimidas, tal como él quería.
La incapacidad de poder sentir algo en ese momento le preocupó, y se culpó a sí mismo por haber reprimido sus emociones en los últimos días respecto a ese suceso.
Felipe se acercó a Roberto, indicándole que estaba listo, y tras un largo abrazo, los hermanos comenzaron a caminar hacia la salida del cementerio.
***
Roberto acompañó a Felipe hasta el centro comercial, ya que quería comprarse un pantalón, y mientras Felipe se dirigió a iniciar su turno en la heladería.
Después de una media hora, finalmente Roberto encontró lo que estaba buscando, y se dirigió a pagar a la caja.
Al salir de la tienda, Roberto se cruzó con Rubén, que iba caminando aparatosamente con ayuda de las muletas.
—¿Te ayudo? —ofreció Roberto, a modo de saludo.
—No es necesario —Rubén rechazó el ofrecimiento—. Ya casi lo domino.
—¿Cuánto tiempo más tienes que usar eso? —preguntó Roberto.
—Unas dos semanas más. Aunque cada vez me duele menos, así que quizás las dejo antes.
—Me alegra verte bien, Rube —le dijo Roberto—. Felipe me contó del accidente, pero no quise agobiarte preguntándote directamente.
—No te preocupes —lo tranquilizó Rubén—. Ya me tengo que ir al trabajo, voy un poco atrasado.
—Si, claro, anda nomas —le dijo Roberto y vio como Rubén se alejaba lentamente.
Roberto se quedó pensando unos segundos, indeciso si acercarse nuevamente a Rubén para pedirle que apoye a Felipe, hasta que finalmente se decidió.
—Rube, espera —lo llamó Roberto, trotando suavemente para alcanzarlo—. No te detengas por mí —le dijo, para que no perdiera el impulso—, puedo acompañarte.
—Gracias —respondió Rubén algo confundido, y siguió caminando.
—Quería aprovechar de pedirte un favor —comenzó a decirle Roberto, mientras Rubén escuchaba atentamente—. Bueno, no es un favor como tal, solo te quería pedir que estés atento a Felipe, a cómo actúa, sus emociones, si sientes que está ocultando algo…
Rubén se detuvo y miró asustado a Roberto.
—Espera, no es lo que crees —se rió nervioso Roberto—. No es que te esté cagando. Es por lo de su viejo. Hoy fuimos al cementerio a ver su tumba, y Felipe dijo que se sentía vacío, que no tenía ninguna emoción en el momento, pero el otro día despertó llorando…
—¿Qué? —Rubén estaba muy confundido—, ¿su papá murió?
—¿No te dijo? —Roberto estaba igual de confundido que Rubén.
Rubén negó con la cabeza.
—Bueno, seguramente tendrá sus razones —quiso tranquilizarlo Roberto, aunque ni él mismo se convenció. El que no le haya contado a su pololo algo tan importante indicaba que efectivamente estaba reprimiendo algo—. Por eso mismo te quería pedir esta ayuda. Probablemente no contarle a nadie sea su forma de bloquear lo que pasó. No tener que procesarlo.
—Si, puede ser —coincidió Rubén, pero tampoco sonaba muy convencido—. ¿Cuándo pasó?
—No tengo claro cuando murió, ni él tampoco, pero le avisaron el viernes en el liceo —le contó—. Solo ten ojo con él, por favor.
Terminó por insistir en su pedida, y luego se despidió rápidamente tras recibir un asentimiento por parte de Rubén.
Roberto quedó con la sensación de que había cometido un error en contarle a Rubén antes que lo hiciera Felipe, pero lo había hecho por el bien de su hermano. Quería verlo bien, sano emocionalmente.
***
Rubén se despidió de Roberto y siguió caminando aparatosamente con las muletas un par de metros más hasta que Roberto se le perdió de vista. Luego se detuvo, analizando la información que le había entregado su cuñado.
¿Por qué su pololo no le había contado sobre la muerte de su padre? Según Roberto, le había avisado hace tres días en el liceo, y él le preguntó a Felipe ese mismo día viernes en la noche si había tenido novedades de su padre y le había respondido que no.
Le había mentido directamente a la cara (al menos, según la versión de Roberto). Probablemente estaba confundiendo los días. Probablemente Felipe no le había mentido en ese momento, y se enteró después de la muerte de su padre.
Para aclarar las dudas, se acercó a la heladería donde trabajaba su pololo, para ver cómo estaba.
Lo divisó a la distancia, atendiendo una mesa. Se acercó a Felipe, que tras terminar de tomar una orden, lo miró y le sonrió.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó sorprendido, aunque sin mostrar ningún signo de afectación emocional.
—Vengo a trabajar, y se me ocurrió pasar a saludarte —respondió Rubén, disimulando la preocupación.
—¿Estás bien para trabajar? —preguntó Felipe, mirando directamente las muletas.
—No, pero necesito el dinero. Vengo a estorbar lo más que pueda para que mi jefa me mande para la casa, y me pague al menos por presentarme a trabajar.
—Bien pensado —Felipe le acarició el cabello.
Rubén notó que Felipe estaba actuando muy normal como para haber perdido a su padre hace un par de días.
—¿Has sabido algo de tu papá? —le preguntó Rubén con delicadeza, dándole la oportunidad para que le contara las malas nuevas.
—Nada aun —Felipe se encogió de hombros.
Con la respuesta de Felipe, Rubén sintió como un pequeño derrumbe dentro de su cabeza. ¿Por qué le estaba mintiendo respecto a algo tan importante?, ¿acaso no confiaba en él?, ¿acaso no era tan importante en su vida como para confiarle esa noticia tan sensible?
Quizás Felipe no le estaba ocultando nada, porque en realidad era Roberto el que estaba mintiendo. Pero ¿por qué Roberto inventaría algo así? No tenía sentido.
Nada tenía sentido.
Se fue al cine, y sin quererlo, efectivamente estuvo un par de horas sin hacer nada productivo, completamente desconcentrado por la situación de Felipe.
—¿Te sientes bien? —le preguntó Jonathan, uno de sus compañeros de trabajo.
—La verdad, no —respondió Rubén.
—Se te nota —comentó su compañero, sin anestesia—. Deberías irte. No deberías haber venido, de hecho. Hablaré con Martina para que te deje ir.
Rubén agradeció el gesto de Jonathan, y al cabo de diez minutos ya estaba recogiendo sus cosas para irse a su casa.
Seguía dándole vueltas al asunto. No podía creer que su pololo le ocultara una noticia tan importante, incluso después de preguntarle directamente.
“Seguramente ya se desahogó con Alan”, pensó. Anteriormente ya le había contado a su ex pololo antes que a él sobre el estado de salud de su padre, así que no le sorprendería que así fuera. El pensamiento le provocó un dolor punzante en el pecho, breve pero intenso, como si el corazón se le hubiese roto un poco.
A medida que más pensaba en la situación, en vez de empatizar con Felipe, sentía cada vez más enojo por lo inexplicable de la mentira de su pololo.
Cuando iba caminando trabajosamente con las muletas por la calle de su barrio, se percató que afuera de su casa había un apuesto joven de cabello corto y negro, llamando a su puerta.
—¿Qué necesita? —le preguntó Rubén, con desconfianza.
El joven parecía un espía encubierto de los que se ven en las películas.
—¿Eres Rubén? —contra preguntó el muchacho, iluminando su rostro.
—¿Qué necesita? —insistió Rubén. Le pareció sospechoso que el joven supiera su nombre y que se alegrara de verlo.
—Soy Matías, amigo de Sebastian —se presentó el desconocido—, soy del regimiento.
Lo que le faltaba. A las emociones que le había provocado descubrir las mentiras de Felipe, se sumaba ahora el recuerdo de todo el sufrimiento y frustración que le provocó la partida de Sebastian, y cómo había decidido finalizar su amistad.
Rubén se acercó para abrir la reja, y dejó que la estructura generara la distancia entre ambos.
—¿Te mandó él? —le preguntó a Matías.
—Si —respondió el muchacho.
Rubén notó en la expresión de Matías que había notado su hostilidad, pero no le importó.
—Se pasa de cara de raja para mandar a un hueón a preguntar por mí, después de mandarse a cambiar dejándome destruido —le dijo Rubén, desahogándose—. Dile que estoy mejor que nunca. Ahora. Después de haber llorado por meses por él, destrozado porque decidió desconocer todos los años de amistad, por un pequeño error de una noche —Rubén tomó aire para calmarse, ya que notó que se le estaba quebrando la voz—. Dile que recuerde que ya no somos amigos. Que se acuerde que le doy asco. Que sepa cómo sus palabras me partieron el corazón.
Rubén abrió la puerta de entrada, ingresó a su casa y la cerró tras de sí, apagando la voz de Matías que había intentado seguir hablando con él.
Se dirigió a su habitación, se quitó la mochila y se sentó en la cama por un par de minutos, tiempo en el cual sintió culpa por haberle respondido de esa forma al mensajero. Se levantó, se acercó a la puerta y salió para disculparse por su actitud, pero Matías ya no estaba por ningún lado.
Se le revolvió el estómago por la culpa de haber tratado de esa forma al desconocido.
Pero le tocó una fibra sensible, en un momento sensible.
Volvió a su dormitorio a buscar sus medicamentos para los dolores provocados por las lesiones del accidente, y esperaba que calmaran también el dolor de cabeza que había comenzado a sentir producto de todas las emociones vividas esa tarde.
Se recostó en su cama, mirando el cielo de su habitación, esperando que el dolor se desvaneciera.
Al cabo de unos minutos, su celular comenzó a vibrar. Lo tomó del velador y miró la pantalla: Tomás lo estaba llamando.
—¿Cómo estás Rube? —lo saludó su compañero—. Quizás es un mal momento, llamarte después de tu accidente. El Marquitos me comentó que estás bien, así que te quería comentar que vamos a ir a la U a realizar guardia por la toma, por si te quieres distraer. Te extrañamos.
—¿A qué hora van a ir para allá? —preguntó Rubén, simulando interés.
—Nos juntaremos a las siete, con los de siempre en el depa de Lu —respondió Tomás—, desde ahí nos iremos a la U.
Rubén miró el reloj en la pantalla del celular: eran las seis de la tarde.
—Veré si alcanzo y les aviso —respondió Rubén, intentando sonar interesado.
La verdad no tenía ganas de socializar.
Finalizó la llamada y se quedó acostado en la cama, intentando dormir, pero no logró conciliar el sueño.
Se volteaba sobre la cama cada dos minutos, tratando de encontrar una posición cómoda para dormir, pero su mente seguía dando vueltas a la noticia que le había dicho Roberto, la mentira de Felipe, y la visita de Matías.
18:19
18:37
18:52
19:12
19:34
Necesitaba ocupar la mente con otras cosas que no fueran Felipe y Sebastian.
Se levanto, tomó una ducha y se alistó para acompañar a sus compañeros en la toma de la universidad.
—¿Para dónde vas? —le preguntó su padre al verlo mientras se aplicaba perfume.
—Voy a la u —respondió Rubén, avergonzado. Aún le costaba hablarle a su padre después del accidente—. ¿Hay algún inconveniente con que vaya? —le preguntó, para asegurarse de tener su autorización.
Jorge dio un suspiro.
—¿Te sientes seguro yendo?
Rubén asintió, pero era mentira.
—Me ayudará a despejar la mente —respondió, con algo de verdad.
—Eres un adulto, hijo, puedes ir si quieres —le dijo su padre, dándole una palmada en el hombro—. Solo cuídate.
Rubén asintió, algo aliviado.
—Asegúrate de llevar tu celular cargado, y me llamas si necesitas cualquier cosa. Si necesitas cómo venirte, te puedo pedir un taxi —continuó su padre.
—Gracias papá —Rubén se emocionó con la disposición de su padre. Después de todo lo que había pasado, ni siquiera lo había regañado una vez—. Me voy a portar bien —le aseguró, a modo de broma.
Su padre simplemente le sonrió y salió de la habitación bajando la mirada.
Eran casi las nueve y media de la noche cuando Rubén salió de su casa, se dirigió al paradero aparatosamente con las muletas a tomar la micro y llamó a Tomás para preguntarle donde estaban.
—Ya estamos acá en la U. Sube a la Facultad, estamos todos acá afuera de la oficina del jefe de carrera —le contó Tomás.
Al cabo de casi una hora de viaje en micro, Rubén se dirigió a la facultad de ingeniería, como le había indicado Tomás.
“No se les pudo ocurrir reunirse en un lugar más cercano” pensó Rubén, teniendo en cuenta que la facultad era la más lejana a la entrada de la universidad, lo que hacía complejo su traslado usando las muletas.
Al llegar a la facultad, Rubén se sorprendió por la cantidad de gente que había, la mayoría eran completos desconocidos para él. Obviamente había estudiantes de todas las carreras de ingeniería y de todos los niveles, lo que le provocó mucha ansiedad social, sumado a que se sentía algo estúpido llegando con muletas a un “carrete” universitario.
Después de unos diez minutos recorriendo el lugar, finalmente divisó a Lu a la distancia. Se acercó y le dio un abrazo a modo de saludo.
—¿Dónde están los demás? —le preguntó Rubén.
—Allá están —le indicó Lu, señalando a unos quince metros de distancia en una pequeña pérgola, donde estaban Tomás, Barbara y Gabriela fumando—. Yo iba a buscarme un copetito, acompáñame.
Rubén siguió a Lu, que llevaba un enterito de color negro, resaltando su delgada figura, y en esa ocasión se puso extensiones de pelo.
—Rube, necesito que me aclares si le hablamos a Gabriela o no —le comentó Lu, de improviso, llegando al mesón que actuaba como barra, donde un apuesto desconocido servía las bebidas alcohólicas que comunitariamente habían llevado entre todos.
—¿Cómo? —preguntó Rubén, confundido.
—¡Recuerda que te quitó a tu marido! —le recordó Lu—. No podemos seguir como si nada.
Como si Rubén necesitara más razones para recordar las acciones de Felipe.
—¿No viniste con ella? —le preguntó Rubén—. Tomy me dijo que se juntarían todos en tu depa.
—Si, pero cuando estás tú es distinto —aclaró Lu—. No quiero que te sientas incómodo.
Rubén soltó una risita desganada.
—No te preocupes por mi —le aclaró—. Si quieres hablar con ella, hazlo. A mí no me importa.
—Te admiro, Rube —le dijo Lu, dándole un golpecito cariñoso en el hombro—. Si me hubiese hecho eso a mi, nadie le quita la maldición gitana que le hubiese lanzado.
Rubén se rió.
—Asumo entonces que está todo bien con tu marido —comentó Lu, pero entendió de inmediato la respuesta cuando Rubén simplemente bajó la mirada—. ¿Terminaron?
—No, no hemos terminado —replicó rápidamente Ruben—. Simplemente descubrí que me ha mentido con cosas importante.
—¡Maldito! —exclamó Lu, interrumpiendo a Rubén—. Todos los hombres son iguales.
—No es como todos los hombres —dijo Rubén, intentando explicar la situación.
—Dos tequilazos, y dos piscolas —le dijo Lu al improvisado barman.
Rubén asumió que todos los pedidos eran para el grupo de amigos, pero no podía explicarse cómo se llevarían todos los vasos, considerando que él no podría ayudar a cargarlos por estar usando las muletas.
El barman en primer lugar les entregó los dos shots de tequila mientras comenzaba a preparar las piscolas.
—Ya Rube —le dijo Lu, entregándole uno de los pequeños vasos—, al seco.
Rubén se confundió al inicio, pero le siguió la corriente a su amiga. Se llevó el vasito a la boca y bebió al seco el licor, que le provocó un mareo inmediato y un leve ardor en la garganta. Sintió que al caer a su estómago vacío le provocó cierta acidez, y deseó haber comido algo antes de irse a la universidad.
Lu al ver el rostro arrugado de Rubén se rió.
—Ya, vamos —le dijo Lu, tomando los dos vasos de piscola, indicándole a Rubén que retomara el camino con sus muletas.
A Rubén le costó avanzar con las muletas, ya que el shot de tequila le había provocado un mareo considerable.
—¿Es normal que maree así? —preguntó Ruben.
—Si —respondió entre risas Lu—. Hoy te vas a alocar. Te tienes que vengar de ese mal hombre tuyo.
—No me voy a alocar —Rubén no concordó con la misión, y el hablar hizo que perdiera levemente el equilibrio—. Vine solamente a despejar la mente, no a vengarme de mi pololo.
—Ex pololo —lo corrigió Lu, aunque Rubén en ese momento notó que lo decía en broma.
Llegaron hasta donde estaba ubicado el resto de su grupo, y Rubén saludó a todos con un movimiento de mano, para no acercarse a saludar a cada uno. Tomás se acercó y le dio un abrazo fraterno, mientras que las chicas le devolvieron el saludo con la mano.
—Qué bueno verte bien —le dijo Barbara, y Gabriela asintió en acuerdo.
—Lo que no te destruye te hace más fuerte, Rube —le dijo Tomás, alborotándole un poco el pelo.
A pesar de las buenas palabras de sus compañeros, Rubén se sentía un poco disminuido, como un niño al que le decían esas cosas para ayudarlo con su autoestima.
Comenzó a sentir nuevamente ansiedad social, la que intentó aplacar bebiendo de su vaso de piscola.
—¿Marcos no vino? —les preguntó Rubén, buscando a su amigo.
—Dijo que iba a estar con su polola hoy, pero que quizás venía más tarde —respondió Barbara, y Rubén notó el desagrado en el rostro de Gabriela.
La ausencia de su amigo más cercano en la universidad le provocó cierta sensación de vértigo, pero intentó aplacarla nuevamente dando un sorbo a su vaso.
Al cabo de unos minutos se acercaron más compañeros de nivel a su grupo, y algunos traían snacks para comer, como papas fritas, frutos secos y galletas saladas, los que iba consumiendo Rubén a medida que le ofrecían, para evitar tener el estómago vacío.
En un momento durante la noche, se acercaron al grupo Álvaro y el barman de la barra improvisada, junto con otra chica que Rubén no reconoció, y les comentaron a las chicas algo que Rubén no entendió, y los muchachos les dieron un beso en la boca a cada una y se fueron a hablar con otro grupo que estaba a unos metros de ellos.
—¿Qué dijeron? —preguntó Tomás.
—Un juego entre ellos —respondió Lu—. Tienen que besar a todas las personas del carrete para ganar, al parecer.
—A mí no me besaron —comentó Tomás, fingiendo indignación a modo de broma.
—A mí tampoco —intervino Rubén, aunque dudaba que Álvaro lo incluyera en un juego así.
Tomás se acercó al grupo donde estaban en ese momento Álvaro y el barman y habló con la chica que los acompañaba.
—Si empatan con las niñas, la segunda ronda es con nosotros —les contó Tomás, sobándose las manos.
—No lo van a hacer —intervino Rubén, bajándole el perfil al asunto, completamente desinteresado en el jueguito de su némesis.
Desde el incidente en la fiesta mechona que Rubén no había vuelto a hablar con Álvaro, y mucho menos le había pedido perdón por su actitud. Desde entonces Álvaro no perdía oportunidad de empujarlo cada vez que se cruzaban en la universidad, o lo intimidaba haciendo un amague de golpearlo cada vez que pasaba a su lado, para provocar la reacción temerosa de Rubén, la cual nunca podía controlar.
—Y tan interesado que estas en el jueguito ese —le comentó Gabriela a Tomás, con tono sarcástico—, no me digai que te cambiaste al otro lado ahora.
—Amiguita, lo que a mí me gusta es poner a prueba los límites de la gente —respondió con tranquilidad Tomás—. De hecho, me sorprende que tu no estés interesada ante la posibilidad de comerte a dos hueones que tienen polola.
Rubén no pudo evitar escupir el trago de piscola que estaba bebiendo en ese momento al escuchar la respuesta de Tomás, mientras Lu y Barbara estallaban en risa.
—No te voy a responder nada porque te respeto —le dijo Gabriela a Tomas—, y porque tienes razón.
A pesar de que la ingeniosa respuesta de Tomas le sacó una carcajada a Rubén en el momento, al pasar los minutos se quedó pensando en eso mismo: el beso de Felipe y Gabriela en el último carrete de la universidad.
Felipe le había comentado que lo había hecho sin pensar, y que obviamente no tenía un significado para él, pero a Rubén le había dolido el hecho de ver a su pololo besándose con otra persona, y recordó que Felipe no se disculpó por la situación, a pesar de que Rubén había confesado posteriormente haber besado a Tomas.
Recordar esa situación, sumado a que se enteró esa tarde que Felipe le había ocultado la muerte de su padre, sin razón aparente, le hicieron pensar que en realidad Felipe no lo amaba.
Quiso ahogar esos pensamientos negativos mientras bebía los últimos sorbos de la segunda piscola de la noche, y le pidió a Lu que lo acompañara a buscar la tercera.
Al cabo de una hora, tiempo que Rubén sintió que habían transcurrido diez minutos, volvieron a aparecer Álvaro, el ex barman y la chica que los acompañaba.
—Ya perrito, te toca —le dijo Álvaro a Tomas, mientras Rubén miraba a unos metros de distancia, intentando pasar desapercibido.
Asumía que ninguno de los dos muchachos lo tendría en cuenta para el juego.
—Pero beso con lengua si po —le advirtió Tomás, tomando un sorbo a la lata de cerveza que tenía en la mano—, no esos piquitos hueones que estaban dando a los cabros de acá al lado.
—No, perrito ¿cómo se te ocurre? —respondió Álvaro, negándose.
—Si lo pide el público, hay que hacerlo —interrumpió la chica que los acompañaba, a modo de árbitro.
En ese momento, el barman se acercó y agarró a Tomas de la nuca y le robó un beso que a juicio de Rubén lo hacía merecedor del triunfo en el juego.
—De eso estaba hablando —dijo Tomás, moviendo los brazos como un bailecito triunfal.
—Ya perrín, te toca —le dijo el barman a Álvaro.
—¿Quién va ganando? —le preguntó Lu a la chica que los acompañaba, mientras Álvaro se acercaba lentamente a Tomás para besarlo.
—Van empatados —respondió la muchacha, divertida con la situación—. En realidad, todos se dejan besar siguiendo el juego.
Finalmente, Álvaro besó a Tomás. Si bien le dio un beso francés, se esforzó por mostrar desagrado al hacerlo, y lo hizo lo más breve posible, ante los aplausos de los que observaban.
—Ya, vamos —dijo Álvaro al recibir el visto bueno de su amiga.
—Espérate, nos falta el lisiado —dijo el barman, acercándose a Rubén, que pensó que había pasado desapercibido.
Rubén tuvo una sensación de vértigo y se puso nervioso al convertirse de repente en el centro de la atención de todos.
—¿Qué prefieres?, ¿piquito o con lengua? —le preguntó el apuesto joven, y Rubén se puso tan nervioso que no pudo verbalizar una respuesta.
En ese momento prefería no estar ahí, y no tener que decidir. Hubiese preferido que pasaran de largo, ignorándolo.
—Con lengua, es el nuevo estándar —respondió la arbitro.
—¿Puedo? —le preguntó respetuosamente el joven, a quien Rubén ni siquiera le conocía el nombre, ni en qué nivel estaba. Era un completo desconocido.
Rubén asintió y dejó que el muchacho lo tomara del cuello y lo besara con una pasión que solo había conocido en los labios de Felipe. Una pasión innecesaria para un juego intrascendente de carrete.
Rubén cerró los ojos y se dejó llevar por la actividad. Sintió que el beso duró una eternidad, mucho más de lo necesario para ese tonto juego, pero una vez finalizó se dio cuenta que solo había sido sensación suya.
—Bien, campeón —le dijo el joven al terminar de besarlo, le dio un golpecito de puño en el brazo y se puso de pie para sumarse a su amiga.
—Ya Perrin, te toca con el lisiado —le dijo a Álvaro.
Álvaro miró a Rubén de pies a cabeza y negó con la cabeza.
—Ni cagando —respondió, negándose—. Yo no como mierda.
Las palabras de Álvaro cambiaron de inmediato el ambiente liviano del carrete, y provocaron en Rubén un bajón de autoestima.
Si bien, sabía que era imposible que Álvaro lo besara voluntariamente, nunca pensó que se referiría así a él.
—Tampoco es para que lo trates así —lo enfrentó Lu.
—Si, Perrin, ¿qué onda? —intervino el desconocido.
—Si no lo besas vas a perder —le recordó la muchacha totalmente metida en su rol.
—No me importa —respondió Álvaro.
—Ya, hueón, no seai fome —le dijo el desconocido a Álvaro para motivarlo.
Álvaro insistió en su postura.
Tomás empezó a pifiar a Álvaro, mientras que Lu, Bárbara y Gabriela lo abuchearon.
Álvaro se fue del lugar, aceptando su derrota.
—Muletas, igual fuiste el mejor beso de la noche —le dijo el desconocido a Rubén, guiñándole un ojo a la distancia, y Rubén lo sintió como un gesto de deferencia para subirle el ánimo ante el rechazo de Álvaro.
Rubén quedó con una sensación amarga por el rechazo público que mostró Álvaro, y sobre todo por las palabras hirientes que usó, mellando su autoestima.
—Es bien ahueonao ese otro —comentó Lu molesta, después que se fueron los participantes del juego.
—No importa —dijo Rubén, intentando dejar atrás el mal rato, y le pidió a Lu que lo acompañara a buscar otra piscola.
Al cabo de cerca de una hora, Rubén se levantó para ir al baño y se sintió muy emborrachado, lo que intentó disimular yendo muy despacio con ayuda de las muletas.
Se sorprendió a si mismo cuando logró llegar al baño más alejado de la facultad, sin caerse en el camino, a pesar de que incluso su visión ya estaba algo borrosa a esas horas de la madrugada.
Mientras estaba en el cubículo orinando, escuchó que alguien más ingresó al baño y ocupó el cubículo contiguo al suyo para hacer la misma actividad.
“Tenían que venir a este baño justo ahora que estoy yo” pensó Rubén, resignado.
Terminó de orinar, y se dirigió dando saltitos a los lavamanos, donde había dejado apoyadas las muletas.
Se estaba lavando las manos, cuando sintió que el otro muchacho del cubículo de al lado tiraba la cadena y levantó la vista para saludar cordialmente a través del espejo y vio el rostro serio de Álvaro, quien murmuró algo (seguramente una maldición) al verlo.
Era la primera vez que estaban solos, y primera oportunidad que tenía Álvaro de vengarse por lo que había hecho Rubén en el carrete mechón.
—Con razón me llegó olor a mierda —comentó Álvaro, soltando una sonrisa socarrona
Álvaro se acercó a tomar las muletas de Rubén, quien atinó a intentar tomarlas pero su reacción fue demasiado lenta. Álvaro se acercó a la puerta de entrada del baño, y dejó las muletas en tal posición para trabarla.
—¡Espera! —le dijo Rubén, con la voz temblorosa.
Rubén comenzó a sudar frio, y tembló por el miedo de que su compañero de curso le iba a dar la paliza que le tenía silenciosamente prometida desde hace semanas.
Álvaro se acercó con rostro serio a Rubén, que en un inicio intentó mantener una actitud desafiante igualmente, a pesar de que temblaba visiblemente. Cuando Álvaro se acercó lo suficiente como para darle un golpe, Rubén se comenzó a alejar, pero se acorraló en una esquina del baño, al lado del lavamanos, sin escapatoria.
Álvaro tomó a Rubén del cuello y lo empujó contra el espejo, y una lágrima de dolor y miedo cayó por la mejilla de su víctima.
Rubén intentó defenderse, dando manotazos a Álvaro, pero no le quedaba fuerza.
—Me duele —murmuró, llevándose las manos al cuello, como si esas palabras fueran a hacer que Álvaro dejara de ahogarlo.
Sorpresivamente el agresor disminuyó la presión en su cuello, pero sin soltarlo. Mantuvo la presión contra el espejo y se acercó lentamente, mirándolo intermitentemente con furia a los ojos y a sus labios, hasta que finalmente lo besó.
Rubén, temblando por el miedo, sintió que Álvaro también estaba temblando mientras lo besaba.
Al cabo de unos cortos segundos Álvaro separó sus labios de los de Rubén y lo miró al rostro, como analizando su expresión. Se enderezó y continuó mirándolo mientras recuperaba la compostura.
—No iba a perder el juego —le dijo, intentando sonar serio.
Rubén no entendía que estaba pasando. En un momento pensó que iba a recibir la golpiza de su vida, pero en su lugar recibió un beso.
Álvaro se sacudió la ropa, como si el contacto con Rubén lo hubiese contaminado, y se dirigió a la puerta.
—¡Espera! —le dijo Rubén, aun sin entender nada.
Álvaro se detuvo cuando se estaba agachando a recoger las muletas para destrabar la puerta, y como si la voz de Rubén hubiese activado algo en él, se devolvió a besarlo nuevamente. Esta vez más apasionado que antes.
Rubén le había hablado para pedirle explicaciones, pero en ese momento las acciones decían más que mil palabras. Y se dejó llevar por sus acciones, liberándose de todas las inhibiciones gracias al alcohol consumido durante toda la noche.
Si antes había hecho contacto con sus labios solamente, ahora Álvaro se aseguró de ir más allá, buscando efusivamente la lengua de Rubén, quien se dejó llevar por la situación sin oponer resistencia, mientras las manos de Álvaro desabrochaban su cinturón y el botón del pantalón, y buscaban debajo de su ropa interior la respuesta involuntaria a la situación.
Álvaro torpemente comenzó a masturbar a Rubén, temblando casi sin control, provocándole dolor en el miembro.
Rubén con su mano comenzó a guiar la de Álvaro, en movimientos ascendentes y descendentes controlados, logrando estimularlo para erectarse, mientras Álvaro besaba el cuello de Rubén con una pasión casi descontrolada.
Volvió a besarlo, esta vez más despacio, como si estuviera volviendo a ganar su habitual confianza, y luego de un minuto separó su rostro del de Rubén y lo miró serio.
—Di mi nombre —le dijo.
Rubén no entendió en primera instancia y soltó una risa. Antes de que pudiera siquiera decir algo recibió un cachetazo de parte de Álvaro, lo que hizo que volteara violentamente la cabeza provocándole dolor en el cuello.
—Di mi nombre —repitió Álvaro, mientras Rubén se llevaba la mano a la mejilla como acto reflejo.
—Álvaro —respondió Rubén, temblando ante la sonrisa depravada de su compañero.
Álvaro asintió, satisfecho con la respuesta, y con su mano tomó el mentón de Rubén y lo acercó hacia él para besarlo, mientras se desabrochaba el pantalón y se los bajaba hasta la rodilla junto con su ropa interior.
Rubén extendió su mano instintivamente buscando el miembro de Álvaro mientras era besado por él, y al sentir sus dimensiones con los dedos rápidamente retiró la mano y separó sus labios de los de él, mirándolo sorprendido.
Álvaro le devolvió la mirada con una sonrisa soberbia.
—¿Te la puedes, putito? —le preguntó a Rubén, con un tono denigrante.
Rubén no respondió y puso cara de desagrado. Le dio un empujón a Álvaro para alejarlo de él y se agachó para subirse el pantalón.
—Ya, no te enojí —le dijo Álvaro, acercándose nuevamente—, métete en el papel.
Álvaro se acercó y le dio un beso en la boca, seguido de una cachetada suave, y luego otro beso, y otra cachetada.
Con cada golpe que recibía en la mejilla, Rubén sentía como azotes de castigo, por estar siéndole infiel a su pololo, hasta que al quinto golpe ya tuvo suficiente.
—No puedo —dijo finalmente, empujando a Álvaro, alejándolo de él.
—Ya, te estai dando color —respondió Álvaro.
—Tengo pololo —le contó Rubén, asumiendo que no tenía idea de su vida.
—¿Y qué me importa a mí? —respondió el dotado compañero—, si ni a ti te importaba hace dos minutos.
Rubén sintió la culpa por ese comentario, y bajó la mirada, avergonzado, ante la exasperación de Álvaro.
—Eris bien fome —le dijo Álvaro, con desdén—. Igual después me vas a estar pidiendo más.
—Tengo pololo —repitió Rubén, ya sin saber si intentaba convencer a Álvaro o a él mismo.
—Todas dicen lo mismo al principio —se regodeó—. Absolutamente todas.
Álvaro le tiró el cabello de la parte posterior de la cabeza a Rubén para exponer su cuello y besarlo.
—Hueles rico —le dijo, levantando la vista, y luego nuevamente puso su mano alrededor del cuello de Rubén, lo apoyó contra el espejo y lo besó por última vez.
Rubén hizo muecas leves de dolor, pero intentó aguantárselas.
—¿Estás bien? —le preguntó Álvaro cuando terminó de besarlo, mientras se abrochaba su pantalón, y se volvía a sacudir el chaleco.
Rubén asintió, y Álvaro le dio unas últimas cachetadas suaves y se dirigió a la puerta para levantar las muletas.
—Ninguna palabra de esto a nadie, ¿entendido? —le dijo, apuntándolo con la muleta a modo de arma.
Rubén asintió. De todas maneras, no tenía ganas de contarle a sus compañeros que había sido infiel con el imbécil más grande de su curso.
Cuando Rubén escuchó que la puerta se cerró detrás de Álvaro al salir, comenzó a respirar hondo, repasando en su mente lo que había pasado. Estuvo a punto de tener sexo con otra persona. Le había sido infiel a su pololo.
Se sentía sucio. Después de todo lo que había criticado a Felipe por tonteras, había hecho lo peor que podía hacer estando en una relación de pareja.
La culpa le provocó ansiedad y comenzó a hiperventilar. Necesitaba salir de ahí, idealmente corriendo, pero no podía.
Al comenzar a utilizar las muletas para salir del baño, notó que estaba aún más mareado que antes, como si el subidón de adrenalina por lo que acababa de pasar le hubiese aumentado la sensación de embriaguez.
Finalmente llegó a duras penas hasta donde estaban sus compañeros carreteando, y se acercó a Lu y Tomas que estaban bailando reggaetón, mientras a unos metros de distancia, Barbara consolaba a Gabriela que lloraba por alguna razón.
Cuando se acercó a la pareja para decirles que se iba a ir a su casa, ambos lo miraron con sorpresa. Lu, con expresión preocupada, y Tomas con expresión coqueta.
—¿Qué te pasó? —preguntaron ambos al unísono.
—Estoy cansado —respondió Rubén, demasiado nervioso como para prestar atención a la expresión de cada uno.
—¿El cansancio hizo que te salieran chupones en el cuello? —preguntó Tomás con ironía.
—¿Qué? —preguntó Rubén, llevándose instintivamente las manos al cuello, cubriéndose donde creía que estaba el chupón.
—¿Estás bien? —le preguntó Lu, preocupada.
—Si, estoy bien —respondió Rubén—. Solo quiero irme.
—¿Te quieres quedar en mi depa hoy? —ofreció Lu—, por si no quieres llegar así a tu casa.
Rubén asintió.
Los tres muchachos se dirigieron a la salida de la universidad y tomaron la primera locomoción que pasó. Al llegar al departamento, Tomás ayudó a Lu a acomodar a Rubén en la habitación de visitas, y Rubén se dejó mimar.
—¿Necesitas algo más? —preguntó Tomas, cuando Rubén ya estaba acostado, mientras Lu estaba en su dormitorio poniéndose pijama.
Rubén negó con la cabeza, con los ojos cerrados y comenzó a llorar.
Tomás se sentó en el suelo, junto a la cama y tomó la mano de Rubén.
—¿Seguro que estás bien? —le preguntó.
Rubén nuevamente negó con la cabeza.
—Me cagué a Felipe —admitió, con culpa y vergüenza.
—Rube… —comenzó diciendo Tomas, pero claramente no sabía que decir porque se quedó en silencio por largo rato—. No pienses en eso ahora —le dijo finalmente—. Mañana podrás procesarlo con más calma.
Rubén asintió, pero era mucho más fácil decirlo que hacerlo.
Le había faltado el respeto a Felipe, a su relación de pololeo, y por sobre todo, a sí mismo.
Siempre se había considerado una persona correcta y leal, y esa noche por culpa de un par de tragos de más se había dejado llevar por una situación que no tenía por qué haber ocurrido.
Y lo peor de todo, era que le había gustado.
Clases de Seducción II, parte 18: Omisión
Temporada 1
Temporada 2: Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4, Parte 5, Parte 6, Parte 7, Parte 8, Parte 9, Parte 10, Parte 11, Parte 12, Parte 13, Parte 14, Parte 15, Parte 16, Parte 17
El día lunes Rubén finalmente salió de su casa para reunirse con Catalina. Si bien, se habían visto el jueves después del accidente de Rubén, no habían vuelto a encontrarse en persona para conversar todo lo que había sucedido.
En el trabajo, Rubén le había pedido a Catalina y Jonathan que le cubrieran sus turnos, y aceptaron sin dudarlo, ya que cada uno tenía liberadas sus semanas de clases por los paros estudiantiles. Si bien, estaba justificada su ausencia por las lesiones físicas del accidente, emocionalmente no se sentía listo para volver a exponerse al agobio del trabajo y de la atención a público. Rubén sabía, eso sí, que después cuando sus compañeros necesitaran que los cubriera no tendría alternativa.
Se reunieron en la casa de Catalina, quien le aseguró que estaría sola durante todo el día, ya que sus padres le estaban ayudando a su tía en un nuevo emprendimiento que estaba instalando cerca de la plaza de armas.
—Es una cafetería —le contó su amiga, mientras ayudaba a Rubén a sentarse en el sillón del living—, Lo más probable es que le ayude a mi tía atendiéndola.
—¿Y cómo lo harás con las clases, y con el cine? —preguntó Rubén, sorprendido por el nuevo empleo de su amiga.
—Ay Rube, estamos en paro en la U —le recordó ella—. En toma de hecho. Y por lo que he sabido, el Ministro no tiene ningún interés en sentarse a negociar con los estudiantes, así que viene para largo —blanqueó los ojos—. Y el cine, podré acomodar los turnos para poder ayudar a mi tía.
Catalina fue a la cocina a buscar unos snacks, mientras Rubén se quedó pensando en la capacidad de compromiso de su amiga, y un poco la envidió. Él colapsaba cuando tenía más de tres turnos a la semana en el cine.
—Ya suficiente que hablemos de mi —le dijo su amiga, sacándolo de sus pensamientos, volviendo de la cocina con una bandeja llena de papas fritas, galletas y ramitas, y dos vasos de jugo de naranja—. ¿Cómo estás tu?
Rubén no quería hablar de él, pero tenía claro que el propósito de esa reunión era eso. Desahogarse y tratar de desenredar su mente después de los últimos sucesos.
—Estoy agotado —comenzó diciendo Rubén, tras un largo suspiro.
Catalina lo miró seria, con compasión en sus ojos.
—¿Quieres hablar de otra cosa? —le sugirió—. Si quieres podemos ver una película.
Rubén negó con la cabeza.
—Bueno, no quiero hablar de esto, pero creo que es lo que necesito.
Catalina asintió.
—Hablar las cosas con alguien más te sirve para verlas desde otra perspectiva —le dijo Catalina.
Rubén asintió.
—Me siento tan… estúpido —comenzó a decir Rubén, y al notar que Catalina iba a responderle, le hizo una seña con la mano, para que no lo interrumpiera—. Siento que estoy dañando a la gente a mi alrededor por hacer cosas estúpidas. Cata, no soy capaz de ver a mi papá a los ojos, porque puedo ver en su mirada que el accidente lo rompió por dentro. Por mi culpa.
Rubén comenzó a llorar, y Catalina se apresuró a abrazarlo.
—Rube, tuviste un accidente. A cualquiera le puede pasar. Independiente de la razón, lo importante es que quedaste vivo. Estás bien —le dijo ella al oído mientras lo abrazaba.
—Pero Cata, le cagué años de trabajo a mi viejo. Le destrocé el auto, el regalo que me hizo —siguió.
—Da lo mismo eso —Catalina soltó una leve risita—. El único trabajo de años de tu viejo que importa, el trabajo de toda su vida, eres tú. ¿Tú crees que hubiese preferido perderte a ti en vez del auto?
—Bueno, quizás así no tendría que verlo a los ojos —murmuró Rubén, y Catalina le dio un pellizco en el brazo.
—No vuelvas a decir eso —le dijo seria.
Rubén dio un suspiro, arrepentido por el comentario, y algo humillado por el reto de su amiga, pero lo aceptó.
—Siento que se me juntaron muchas cosas en los últimos días —continuó Rubén, reorganizando las ideas en su cabeza—. Los problemas que tenía con Felipe, el accidente, la decepción de mi papá, la visita de Sebastian…
—¿Vino Sebastian? —preguntó ella, sorprendida.
—Si, mi papá me dijo que vino el día de mi cumpleaños, pero no lo pude ver porque se lo llevaron al regimiento —le contó—. Después que mi papá me dijo eso, sentí que mi mente siguió dándole más vuelta a todo. El cómo se fue, enojado, rompiendo nuestra amistad… —Rubén dio un suspiro—. Me rompió el corazón cuando se fue.
Rubén tomó una pausa dando un largo suspiro.
—Y que ahora venga como si nada a verme para mi cumpleaños —continuó Rubén, soltando una risita de incredulidad—. Me dio rabia.
—Quizás está arrepentido —abogó Catalina, queriendo darle sentido a la situación.
Rubén se encogió de hombros.
—Como sea, me hizo mucho daño. Y que volviera justo ahora, con todo lo que pasó estos días, no sumó nada bueno.
—Al menos no tuviste que verlo.
Rubén recordó el sueño que tuvo, y lo raro que le parecía.
—El otro día cuando mi papá me contó lo de Sebastian, tuve un sueño —comenzó contando Rubén—. Una voz, que me decía que venía a buscar al Seba. Me dio miedo.
—Quizás asociaste que así lo vinieron a buscar para llevarlo de vuelta al regimiento —razonó Catalina.
—Si, tiene sentido, pero cuando soñé eso, sentía como que la voz se me hacía familiar. Y no solo la voz, la frase completa igual —le contó Rubén—. Como si ya la hubiese escuchado antes.
—A mi me pasa que ciertas situaciones de mis sueños se me hacen muy familiares dentro del sueño, como si fueran repetitivas de días o sueños anteriores, pero en realidad solo están en ese sueño en específico —le contó ella, enredándose al momento de explicar—. Quizás te pasó lo mismo.
—Si, puede ser —aceptó Rubén, aunque no estaba seguro de entender a qué se refería su amiga.
Ambos se quedaron en silencio un par de segundos, hasta que Catalina miró nuevamente a Rubén a los ojos, y le dijo:
—¿Te puedo preguntar qué pasó el día del accidente que hizo que salieras arrancando en tu auto?
Rubén suspiró. Se dio cuenta que inconscientemente estaba demorando la llegada de ese tema.
—Ese día llegó Felipe, después de ignorarme por muchos días, y me contó por qué había estado actuando tan raro —comenzó a contar Rubén, y Catalina tomó una postura de escucha activa—. Me contó que su papá tiene cancer, que está internado y probablemente va a morir pronto —Rubén dio un suspiro de pena por su pololo—. Se enteró hace unos meses y ha estado cargando con esto solo.
Catalina se llevó las manos a la boca.
—Pobrecito —murmuró ella, y Rubén asintió.
—Me contó que le pidieron volver a la casa… o más que pedirle, le dijeron que podía volver —Catalina mostró señal de alegría— siempre y cuando dejara de lado su “estilo de vida” —Catalina mostró en su rostro la decepción.
—Qué pena —comentó.
—Y pasó por todo eso él solo, lo que lo llevó a aislarse de mí, no querer estar conmigo —Rubén entonó el verbo para dar a entender a qué se refería—. Al final me contó que un día, cuando fue a juntarse con sus amigos de la infancia, Alan lo besó. Y eso fue lo que me hizo salir corriendo, huyendo de todo eso —Rubén terminó de relatar, no con pena, sino con vergüenza.
—Ay Rube —Catalina se acercó a su amigo y le dio un abrazo, entendiendo totalmente el sentir de Rubén—. ¿Te dijo siquiera si fue correspondido?
—No —respondió Rubén—. No dijo mucho más. Solo me dijo que Alan lo besó y ahí salí arrancando —Rubén se llevó las manos a la cara—. Sentí en ese momento que era mucha información, y ahora pensándolo con la distancia de los días, siento que es una tontera, sobre todo porque yo hice lo mismo con el Tomy.
—Rube, no te mortifiques por tu reacción —comenzó a decirle Catalina—. Obviamente si lo piensas ahora con la cabeza fría, enterarte que otra persona besó a tu pololo no es la gran cosa, sobre todo sin saber el contexto. No sabes si lo correspondió, si fue en un contexto de juego grupal, si fue un momento íntimo, o algo así. No sabes nada. Pero a pesar de eso, tú ya tenías muchas cosas en la cabeza, muchas inseguridades. Todavía tenías fresco el recuerdo del beso que se dio con tu compañera —Rubén había olvidado por completo el beso con Gabriela—. No debes ser tan duro contigo mismo. Y ya olvida el beso con Tomás.
—No puedo —se rió Rubén tapándose otra vez la cara con las manos.
—Bueno si no quieres olvidar nada, al menos él te lleva dos faltas y tu solo una —argumentó Catalina, para darle algo de liviandad a su mente.
—¿Quieres decir que tengo pase para comerme a otro hueón? —bromeó Rubén.
—A quien quieras menos a Marco. Al menos no sin estar yo presente —Catalina continuó la broma, pero tras unos segundos de risa se volvió a poner seria—. Insisto Rube, no seas tan duro contigo mismo. Sí, te equivocaste. Si, fuiste súper irresponsable de salir arrancando en el auto, sin saber manejar bien. Sí pudo haber sido mucho peor el accidente. Pero tienes que a partir de eso aprender de aquí en adelante. Piensa las cosas antes de hacerlas. No te guardes nada. Si necesitas hablar o desahogarte, llámame. Aquí voy a estar cuando me necesites. Si tienes que resolver algo, háblalo con Felipe. No puedes seguir así. Porque si sigues así, para la próxima quizás no la vuelvas a contar.
Rubén asintió, avergonzado.
Finalmente siguieron conversando un buen rato más, hasta que se pusieron a ver Lilo & Stitch, que estaban transmitiendo en el Disney Channel.
***
Pasaron los días, y el castigo parecía no tener fin.
Cada vez que Sebastian o Javier le preguntaban a Ortega hasta cuando estarían castigados, el superior se reía en sus caras y se alejaba sin responder.
Al finalizar el primer castigo juntos, Sebastian despertó con el chirriar de la cerradura. Por alguna razón a Ortega le costó abrir la puerta, así que estuvo varios segundos intentando destrabar sonoramente la puerta. Sebastian estaba con la cabeza apoyada en el pecho de Javier, quien lo abrazaba protegiéndolo del frio, dentro de lo que le permitía su cuerpo.
Ambos tenían las piernas entrelazadas, aunque sus extremidades ya no conservaban calor.
—No siento las piernas —murmuró Javier, molesto por el ruido de la puerta.
—Yo tampoco —respondió Sebastian, separándose instintivamente de su amigo al darse cuenta que estaba despierto.
—Tampoco es para que te pongas así —comentó Javier adormecido, aunque con tono burlón.
Sebastian sabía que se refería a la forma en que se alejó de él. Iba a responder, pero justo en ese momento Ortega abrió la puerta y les gritó.
—¡Arriba princesas!, ¡Vayan a las barracas a darse una ducha y a alistarse para la primera formación!
Ortega les lanzó las chaquetas y los pantalones, y los jóvenes se los pusieron de inmediato.
Sebastian y Javier se fueron caminando tranquilos hacia las barracas.
—Nos debe quedar unos treinta minutos más para dormir —le comentó Sebastian a Javier, según su experiencia de días anteriores.
—Pasaré al baño a mirarme la cara —le comentó Javier.
En la oscuridad de la madrugada, Sebastian aun no podía ver bien, pero al llegar a las barracas se pudo dar cuenta que su amigo tenía la cara manchada con sangre, un gran moretón en la zona central del rostro, y la nariz inflamada.
Sebastian acompañó hasta el baño a Javier para ver su reacción, quien soltó solo una risita decepcionada.
—Me arruinó mi fuente de ingresos —bromeó, sin ganas, mientras se lavaba el rostro.
—Ahora tendrás que usar tus manos para ganarte la vida —le respondió Sebastian—. Deberías ir a la enfermería.
Javier sacudió la cabeza, con la intención de secarse, y aprovechó de burlarse de su amigo.
—No, House, no es necesario —se acercó a Sebastian y le dio un golpecito con el dedo índice en el pecho—. Gracias a tus primeros auxilios estoy de maravilla.
—Ya, vamos a dormir mejor —Sebastian aceptó la decisión de Javier.
—Cada uno en su cama, eso si. No te ofendas, pero no abrigas mucho —respondió Javier, y ambos amigos se dirigieron a los dormitorios.
***
—¿Qué te pasó en la cara? —preguntó preocupado Andres, al ver el rostro de Javier en el desayuno.
—Nos hicieron pelear por una frazada, y este culiao —Javier apuntó a Sebastian— me noqueó de un solo combo.
Andrés estaba sorprendido.
—Menos mal no me han castigado —exclamó aliviado Andres—, ni me van a castigar nunca.
—Nunca digas nunca —respondió Sebastian, con cizaña.
—A todos nos llega el castigo tarde o temprano —continuó Javier.
Los días siguientes de castigo, Ortega seguía quitándoles la ropa antes de que ingresaran al cuarto, así que los muchachos se preparaban poniéndose dos o tres poleras.
—Tanto que insiste con la hueá —murmuró Sebastian.
—Se calienta de vernos en pelota —comentó molesto Javier—. De seguro se lleva nuestros pantalones a la pieza y se pajea pensando en nosotros.
—Cállate hueón —le dijo Sebastian, dándole un empujón.
—Ayer me di cuenta que mi pantalón estaba más tieso —argumentó Javier—. Yo solo digo.
—Eso es porque no has lavado tu uniforme desde que llegaste —bromeó Sebastian, y Javier no le respondió.
El par de amigos nuevamente de acostó a dormir compartiendo el pequeño catre sin colchón, con Sebastian abrazando por la espalda a Javier.
Al día siguiente Javier ayudó a Sebastian a averiguar qué había pasado con Simón.
Directo, como era siempre, se acercó a Julio a preguntarle qué había pasado.
—Supe que andabas diciendo que le habían hecho algo al Simón —le dijo Javier a Julio, interrumpiendo su juego de billar.
—No sé nada yo —respondió Julio con una sonrisa socarrona, haciéndose el tonto—. Solo puedo decir que lo que le pasó fue algo muy, muy lamentable —Julio miró a Sebastian directo a los ojos cuando dijo esto.
—Si me entero que le hiciste algo… —comenzó a decir Javier.
—¿Qué? —lo desafió Julio—, ¿qué harías si te enteras que le hice algo? Como sea, no es como que él mismo pueda hablar y decir lo que le pasó, lamentablemente.
—Ten cuidado, Julito. Solo eso —finalizó Javier, dándole unas palmaditas en la mejilla, y se fue del lugar, dándole un empujón con la mano a la bola blanca sobre la mesa de billar, eliminando 3 bolas de un solo movimiento.
Javier y Sebastian salieron al patio a fumar y comentar lo sucedido.
—Está fanfarroneando —concluyó Javier.
—¿Estás seguro? —inquirió Sebastian, aun sospechando de Julio y sus amigos.
—Si, solo sabe lo mismo que los demás. Si fuera verdad que le hizo algo, no lo andaría contando así como así. Es un delito —argumentó Javier.
—Okay, Sherlock —Sebastian le devolvió la burla a su amigo.
Javier se rió.
—Entonces, si es verdad la “versión oficial” del ataque de pánico —continuó Sebastian—, ¿qué le pudo provocar el ataque de pánico?
Javier se encogió de hombros.
—Quizás al verse sin nosotros, se sintió solo y colapsó —supuso Javier—, o quizás como nosotros no estábamos, Julio y los weones lo empezaron a molestar y eso hizo que colapsara.
—Creo que eso es más probable —coincidió Sebastian.
—Como haya sido, espero que esté bien —Javier cerró el tema con una última fumada.
—Yo también.
Sebastian también dio su última fumada al cigarrillo antes de volver a las barracas, y agradeció al universo la presencia de Javier, y que le permitiera ver las cosas con claridad.
***
El día martes Felipe estaba en clases, esperando que pasara la hora lo más rápido posible para dejar de escuchar a sus compañeros hablando cosas sin importancia, como la nueva canción que había lanzado Daddy Yankee o el último eliminado de Calle 7.
Faltando exactamente diez minutos para que sonara el timbre indicando el fin de la jornada, ingresó la orientadora, que Felipe desconocía cómo se llamaba, a la sala de clases a hablar brevemente con la profesora de Historia.
—¡Guillermo Ramirez! —llamó en voz alta la profesora.
Felipe levantó la vista se inmediato al escuchar el nombre que le habían puesto sus padres.
—Lo llaman de la oficina de la directora —le comentó la profesora a la distancia—. Lleve todas sus cosas —le indicó, mirando la hora en su reloj de muñeca.
Felipe guardó sus cosas y salió de la sala, siguiendo a la orientadora. Sentía un vacío en el estómago, sospechando que la razón del llamado no era buena.
Caminaron en silencio todo el trayecto hasta llegar a la oficina de la directora, y Felipe ingresó al lugar siguiendo a la orientadora.
—Felipe, por favor toma asiento —le dijo la directora, visiblemente nerviosa—. ¿Cómo estás?
—Bien —respondió Felipe, de forma completamente monótona.
—Felipe, le pedí a Patricia que te fuera a buscar, porque llamó tu madre hace unos minutos para informarnos que tu papito falleció anoche —le informó la directora.
Felipe sintió como si le hubiesen lanzado un bloque de concreto encima del estómago. Se sintió mareado y por un momento creyó que había perdido la habilidad de mover sus miembros (incluso levantó sutilmente los dedos de las manos para comprobar que aún los podía mover).
Quería llorar y liberar toda la angustia que tenía guardada, toda la pena que le provocaba el no haber podido estar con su padre en sus últimos minutos, liberar toda la rabia que le producía el saber que hasta sus últimos días su padre lo rechazó por ser homosexual, y la culpa que sentía de haberle deseado que se fuera al infierno al morir.
Felipe simplemente asintió levemente y bajó la mirada, para evitar ver la lástima que le tenía la directora.
—Si necesitas algo, como establecimiento te podemos entregar orientación para que lidies con tus emociones en estos momentos tan difíciles —intervino la orientadora Patricia.
—Estoy bien —respondió Felipe, intentando no sonar cortante, pero sin perder la monotonía.
—Tu madre también nos informó que a tu padre lo van a estar velando en la iglesia…
—Ya sé dónde lo van a velar —Felipe interrumpió a la directora.
—El funeral va a ser en…
—Ya sé —insistió Felipe, poniéndose de pie—. ¿Algo más?
—No, eso es todo —concluyó la directora.
Felipe miró a la orientadora, para ver si tenía algo más que decir.
—Si necesitas ayuda, mi oficina está saliendo por el pasillo a la izquierda —dijo rápidamente Patricia, como temiendo que Felipe la interrumpiera.
—Gracias —dijo sencillamente Felipe, mirando fugazmente a cada una, y luego salió cerrando la puerta detrás de sí.
No sabía qué hacer.
Al conocer la noticia de la muerte de su padre, por alguna razón sintió como un vacío en su pecho, como si algo hubiese desaparecido de su interior. Era tal la sensación que mientras salía caminando por la puerta del liceo sentía como que se iba encogiendo por el vacío que sentía.
Mientras esperaba la micro, empezó a hiperventilar en el paradero. Su respiración se aceleró a tal nivel que se mareó y se tuvo que sentar en la solera.
Se tomó un par de minutos para controlarse, dejando pasar un par de micros. Controló su respiración, y así su ritmo cardiaco se reguló, y pudo volver a la normalidad. Ahora podía pensar con algo más de claridad.
Pero no quería hacerlo. No quería pensar.
Tomó la siguiente micro con dirección al centro comercial, y habló con su jefa para ofrecerle su disposición a trabajar en ese mismo momento, lo que fue aceptado por ella.
Así Felipe mantuvo la mente ocupada por el resto del día, y no tuvo que pensar en el fallecimiento de su padre.
***
Al finalizar la semana, Rubén ya había dejado de usar el cuello ortopédico de acuerdo con las recomendaciones del médico de urgencias, pero tenía que seguir usando la bota por el esguince.
El día viernes, decidió ir a buscar a Felipe al finalizar su turno en la heladería.
—¿Y tú?, ¿Qué haces aquí? —le preguntó sorprendido Felipe.
—Te vine a ver —respondió con simpleza Rubén—. Necesitaba salir de la casa, y creo que ya estoy listo para volver a la vida normal.
Efectivamente, después de la conversación con Catalina, Rubén analizó más a fondo las cosas, que le habían pasado, y pudo verlas desde otra perspectiva, aunque seguía sintiendo la culpa respecto a su relación con su padre.
Jorge seguía teniendo una actitud pasiva frente a todo lo que había pasado, casi distante, a pesar de que Rubén sabía que le había afectado, esperaba que al menos lo hubiese regañado, o castigado por haber arruinado el Aska en el que había trabajado toda su vida.
Respecto al estado de su relación con Felipe, creía que estaba listo para enfrentarla.
—¿Cómo has estado? —le preguntó Felipe, tomándolo de la mano a la salida del centro comercial para ir a tomar la micro.
—Mejor —respondió Rubén, con la verdad—. Siento que necesitaba estos días para estar solo, sin estímulos, después de todo lo que pasó.
Ambos se sentaron en una banca que estaba a los pies de un árbol, casi a la salida del centro comercial.
—Rube, te quería pedir perdón, por todo —le dijo Felipe, mirándolo a los ojos con su seriedad característica.
El repentino cambio de tono en la conversación puso nervioso a Rubén. Se dio cuenta que no estaba listo para hablar el tema como le hubiese gustado.
—Felipe, ya me pediste perdón, y ya te perdoné —lo tranquilizó Rubén, evadiendo la conversación.
—Si, pero no te pude decir todo ese día —insistió Felipe.
—No importa —mintió.
En realidad, sí importaba, pero no estaba preparado para hablarlo.
—¿Estás seguro? —quiso saber Felipe—, ¿no hay nada que me quieras preguntar?
Rubén no sabía por qué se ponía de esa forma cuando tenía que enfrentar su relación con Felipe. Se supone que estar en pareja es para estar tranquilo y cómodo, no para ponerse nervioso como si tuvieras que dar un examen de cálculo.
Bajó la mirada antes de responder, y dio un largo suspiro.
—No —respondió finalmente.
Felipe miró hacia el cielo, en señal de incredulidad.
—Perdón, pero me da pánico hablar las cosas contigo —se sinceró Rubén.
Felipe abrió los ojos como plato.
—¿Por qué?, ¿acaso te intimido? —Felipe estaba sorprendido por la elección de palabras de su pololo.
—No, no es eso. El problema soy yo. No sé cómo voy a reaccionar —respondió Rubén—. Después de lo del otro día, y como reaccioné, me da miedo qué podría hacer ahora.
Felipe sonrió, como aliviado.
—Rubén, no te va a pasar nada —le tomó las manos, para darle tranquilidad—. Todos nos equivocamos. Te mandaste un cagazo una vez. Ya está. Eso no quiere decir que va a volver a ocurrir —Felipe juntó su frente con la de Rubén—. Y si se te ocurre salir arrancando esta vez, te tengo agarrado —presionó con suavidad sus manos.
Rubén soltó una risita desganada.
—Me dolió mucho que me hayas contado que te comiste al Alan esa vez que se juntaron —admitió Rubén.
Felipe se rió incrédulo nuevamente.
—No nos comimos —lo corrigió—. El Alan me besó, y fue solo eso. Un beso, de él a mí. No significó nada para mí en ese momento. No me confundió ni nada, pero te lo conté porque quería ser sincero contigo.
Rubén se quedó en silencio esperando que Felipe siguiera dándole contexto al beso.
—Esos días estaba mal. Mis papás justo me habían dado la noticia que mi viejo tenía cáncer —continuó Felipe—. Le conté a Alan, recordamos cuando pasó todo eso —refiriéndose a cuando lo echaron de la casa—, y bueno, Alan se confundió y me besó.
Rubén sintió como un puñal al enterarse que Alan supo antes que él sobre la enfermedad del papá de Felipe.
—¿Seguro que no significó nada para ti ese beso? —preguntó Rubén, intentando bloquear ese pensamiento.
—Cien por ciento seguro —confirmó Felipe.
—¿Y la vez cuando besaste a la Gaby? —le enrostró Rubén, recordando la fiesta de la universidad.
Felipe se llevó las manos a la cara.
—No tengo excusas, soy un imbécil —reconoció Felipe—. Supongo que tenía tanta mierda en la cabeza que lo hice sin pensar.
—Eso me dolió mucho —le reveló Rubén—. Cuando te vi besándola, me sentí muy estúpido.
—No eres estúpido —lo interrumpió Felipe.
—Pero así me hiciste sentir —insistió Rubén—. Imagínate por un minuto, que vamos juntos a un carrete, me presentas a todos tus amigos como tu pololo, y después enfrente de todos me meto con otro hueón ahí frente a todos.
Felipe asintió.
—Mi intención no fue herirte. Pero tengo que admitir que lo hice sin siquiera pensar en ti, y en cómo te podías llegar a sentir.
Felipe secó una lagrima que empezó a caer por la mejilla derecha de Rubén.
Rubén dio un suspiro, sabiendo que era su momento de contar su verdad.
—Yo también tengo que contarte algo —admitió Rubén, ante la sorpresiva expresión de Felipe—. La otra vez, cuando te dije que me había comido al Tomy, era verdad.
Felipe se rió, y Rubén lo miró sorprendido.
—¿Por qué te ríes? —le preguntó.
—Porque era obvio que era verdad. Después cuando me dijiste que lo habías inventado era obvio que estabas mintiendo —le explicó Felipe—. Eres pésimo mintiendo.
Rubén bajó la mirada, avergonzado.
—Eres demasiado inocente como para mentir, o hacer daño —le dijo Felipe, acariciándole la mejilla.
Rubén soltó una risita desganada.
—No soy tan inocente —dijo fingiendo seriedad—, y puedo hacer daño.
Comenzó diciendo la frase de modo coqueto, pero al finalizar cambió completamente su pensamiento, pensando en que efectivamente podía hacer daño. Como le hizo daño a su padre al accidentarse, o como seguramente le hizo daño a Sebastian en su último día de libertad por no asistir a su despedida.
—Si tú lo dices —concluyó Felipe.
Rubén y Felipe se fueron caminando a tomar la locomoción, mientras Rubén seguía pensando en la conversación.
Si bien, según las palabras de Felipe, era incapaz de hacerle daño a la gente, Rubén estaba convencido de que sí. Y en último caso, sí era capaz de hacerse daño a sí mismo.
Se quedó pensando en que Felipe le había contado lo de la enfermedad de su padre a Alan antes que a él, y eso le dolió particularmente. Saber que había sentido la confianza de compartir esa información con su ex y no con él, sentía que decía mucho más de lo que Felipe había contado.
—¿Has sabido algo más de tu papá? —le preguntó Rubén a Felipe, intentando dejar de lado esos pensamientos.
—Nada —respondió Felipe sucintamente.
Rubén suspiró con algo de alivio. Que no haya recibido noticias eran buenas noticias, pensó.
La pareja se subió a la micro, y se sentaron juntos, casi en completo silencio todo el camino hasta que Rubén se tuvo que bajar para caminar el último par de cuadras hasta su casa.
Estoy de regreso!!
Después de literalmente años, vuelvo a esta cuenta para contarles oficialmente que voy a publicar los últimos capítulos de “Clases de Seducción 2”!!
Ha sido una larga espera (poquito mas de dos años) y les ofrezco disculpas por eso, pero finalmente está aquí, así que les sugiero que vuelvan a leer la historia para refrescar los principales puntos de la trama, y para reencantarse también con estos queridos personajes 💕
De momento son 4 los últimos capítulos (con potencial de ser 5, ahí sigo afinando detalles), y los iré publicando semanalmente desde el domingo 7 de diciembre por aquí y en mi cuenta de Wattpad.
Espero que les guste el desenlace de la historia, la estoy escribiendo con mucho cariño, y debo decir con mucho dolor también sabiendo que todo va a terminar.
Por ultimo quiero agradecer a todos ustedes por seguir aquí, pendientes de la historia, los que constantemente me preguntaban si estaba bien y cuando volvería. Y a los que quedaron en el camino y no tienen ningún interés en leer el final de la historia (probablemente tampoco lean esto jaja), también les agradezco por haberse dado el tiempo de leer en su momento, y a todos les pido perdón por haberme demorado tanto en escribir y publicar.
Los amo ❤️🧡💛💚💙💜🤗
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Love to be on my knees sucking cock with another on deck.
Le dejo el culo bien cremoso
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출처 happysmile6969
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