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Tengo que salir ;_;. Lamento tener que hacerte esperar, pero prometo que no será más de una hora.
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OOC:
Tengo que salir ;_;. Lamento tener que hacerte esperar, pero prometo que no será más de una hora.
¿Aceptar una bebida del vaso de un desconocido que la miraba como si fuera algo que pudiera comerse? En una situación normal, se reiría de la ridícula posibilidad y, claro, no aceptaría. Sin embargo, en ese instante, le pareció una buena idea. —Pero, ¿qué es?— insistió abriendo un poco más los ojos para mirar al chico que se había acercado hasta el punto de sorprenderla. Sin esperar respuesta, tomó el vaso que le era ofrecido y le dio un pequeño trago antes de asentir. —Oh… ¡Sí! Tienes razón, no está mal. ¿Podemos pedir otro? No quiero dejarte sin tu bebida. O puedo pedir algo también, quizá una limonada,— comentó con una sonrisa eterna dibujada en sus labios.
Oh, no te preocupes. Puedes terminarte mi bebida, ya no tengo ganas —sonrió. La verdad era que prefería continuar acercándose y evitar la presencia incómoda de un mesero. Además, ¿qué haría un mesero en ese caso? Acunó su rostro con una de sus manos, sin más—. Eres bastante guapa —susurró. Su mirada se paseaba una y otra vez en sus labios y, sin dudar ni un segundo, la besó. Esa no era su manera habitual de coquetear, normalmente esperaba recibir un halago a cambio. Ni siquiera se paró a pensar si la atracción era mutua, solo hizo lo que su instinto quería que hiciese. Y la besó.
Ni siquiera había tomado mucho, apenas una copa de algún cocktail, pero había sido suficiente para hacerla sentir… rara. Había dejado de lado la responsabilidad de observar para tomar notas y, posteriormente, hacer algún artículo sobre la fiesta. Con los grandes ojos color avellana puestos sobre un chico, se dispuso a hacer un poco de charla, sólo por no aburrirse. —No, nada, nada. Sólo me preguntaba qué estás tomando.
Asintió con la cabeza mientras llevaba el vaso a su boca. El primer trago lo hizo sentir completamente diferente. Al mirar a la rubia, no pudo evitar desnudarla con la mirada. Se acercó a ella esbozando una sonrisa ladina, mientras con una de sus manos sostenía su bebida—. ¿Quieres probar un poco? No sabe nada mal —estiró su brazo, acercando el vaso a la rubia. La distancia era corta mas le resultaba lejana, quería acercarse hasta el punto en que ni siquiera una corriente de aire pase entre los dos cuerpos.
Pareja: Marianne
Poción: Atracción sexual. Deberá intentar llevársela a la cama. Duración: 2 horas
El estar en la cafetería durante aproximadamente dos horas lo mantenía relajado. Tanto así que la soledad en su mesa, leyendo un libro de su interés lo tenían cautivado. Levantó su vaso, dispuesto a beber el líquido que en él estaba, hasta que sintió algo. La presencia de alguien que lo miraba lo perturbó hasta el punto de regresar a ver con curiosidad—. ¿Necesitas algo? —preguntó, impaciente.
La rubia soltó un suspiro pesado, lánguido y sin ningún objetivo más que el de soltar un poco de su frustración. Se dispuso a releer las correcciones que su editor había hecho, en tanto intentaba disfrutar de una taza ya tibia de café, allí en la cafetería que frecuentaba en sus días libres. Apenas alzó la mirada para dirigirse a la persona a su lado, cuando dijo: —Dime que sabes de alguna noticia más interesante que la probabilidad de que el alcalde no vuelva a dar alcohol en las fiestas. Me salvarías completamente.
Tal vez lo de la inauguración del bar que será hoy, aunque supongo que eso ya lo sabías —sonrió de lado, antes de tomar un sorbo de su propio café. Se encontraba sentado sobre uno de los taburetes de la cafetería, leyendo un cartel sobre el evento que mencionó previamente—. Dudo que el alcalde prohíba el alcohol en esta fiesta. ¿Irás?
...
— ¿Es en serio? —Soltó un suspiro pasando ambas manos por su lacio cabello color chocolate, quitó la mirada de su teléfono guardando éste cerca de su bolsillo. Estaba furiosa, ¿cómo no lo iba estar?, todo había fallado, el karma la hacía pedazos. Comenzó a caminar hacia algún parque que estuviese cerca, era lo único que la calmaba en esos momentos. — Mierda, mierda, mierda. —Murmuraba cada vez que pasaba cerca de algunos mortales.
El castaño caminaba con toda la tranquilidad del mundo, distraído en mínimos detalles y perdido en pensamientos variados. Hasta que chocó con alguien. Se separó rápidamente y miró a la chica, ladeando la cabeza—. ¿Todo bien, Gabrielle? —inquirió, frunciendo el ceño levemente—.
—Al final, decidiste venir por el ponche, ¿no? —Una sonrisa amplia se formó en su rostro al encontrase con una cara conocida. —Gracias, y tú tampoco te ves nada mal. —Comentó mientras aceptaba el brazo ajeno y comenzaba a caminar hacia la mesa. —Por cierto, soy Enya.
Exactamente —asintió y no evitó sonreírle. Al llegar a la mesa de bebidas, sirvió dos ponches y le ofreció uno—. Es todo un placer, Enya, yo soy Chris. ¿Ya tomaste algo?
...
Es que ese tipo de fiestas no le gustaban en lo más mínimo, porque no le gustaba el baile ni los ritos ni los cuentos de hadas… Así que se puso a pensar sobre el tiempo. En lo increíblemente rápido que pasaba, y en lo, también, increíblemente difícil que era seguirlo con exactitud, a pesar de tener un reloj. Se acercó inconscientemente a la mesa con comida, guiado por el poco hambre y el gran aburrimiento que sentía. Se sirvió un vaso de ponche, y miró a la persona que se encontraba a su lado. —¿Quieres?
Ya tengo uno, rizos —soltó, levantando su vaso antes de beber un sorbo—. No necesito que un niño venga a darme lo que no le he pedido —aclaró mostrando una sonrisa cargada con ironía—.
Ya había dejado de danzar alrededor de la piedra de la fertilidad unos minutos, descansando antes de recuperar energías para volver. Mentiría si dijera que no estaba de cierto buen humor con toda la celebración que estaba llevándose a cabo. La música invitaba a bailar, el ritmo que tenían era innegable. Su cuerpo se movía cadenciosamente al ritmo de las percusiones y una sonrisa sutil curvaba sus labios. —¿No vas a bailar?— preguntó a la persona que se encontraba a su lado, tomando su brazo con confianza y tirando con cuidado hacia donde se encontraban otras cuantas de las hadas. —Anda, vamos. No serás de los que necesitan de unos litros de ponche para hacerlo, ¿o sí?—
De hecho sí, necesitaré mínimo unos cuantos baldes de ponche para bailar alrededor de una roca —comentó con sarcarsmo y no evitó soltar un par de risas antes de tomar su primer sorbo de ponche. Al ver a la rubia, no dudo ni un segundo en servirle uno para ella y ofrecérselo—. Pero tú no, al parecer. ¿Estás disfrutando la fiesta? —preguntó entregándole el vaso con líquido—.
Elizabeth llevaba un buen rato merodeando por el lugar, escapando de más de una invitación a bailar. Se sumió un pequeño segundo en sus pensamientos, mientras que su mano era adornada por el vaso lleno de ponche. Fue sacada de sus pensamientos al escuchar una voz, se giró suponiendo que iba dirigida a ella —¿Disculpa?— Inquirió, apretando los labios.
Estás regando ponche —contestó señalando la bebida cayendo sobre el suelo. Había estado llamando a la rubia ya varias veces para informárselo hasta que finalmente logró llamar su atención. Palpeó sus bolsillos y sacó un pañuelo para enseguida ofrecérselo junto con una pequeña sonrisa—.
Sus movimientos eran naturales y delicados. Cada vez que giraba, su vestido ondeaba alrededor de sus piernas, haciendo que la castaña se sintiera ligera y cómoda, como si el baile fuera tan normal como caminar o respirar. Enya todavía se negaba a aceptar ser un hada, pero estar allí danzando por más de media hora, era un gran paso para ella… —Te lo digo en serio, a la mitad de la noche, mi cintillo estará repartido por todo el suelo. —Le comentó con diversión a la persona que tenía a su lado, mientras intentaba acomodar el tocado de flores que se había soltado tras su baile alrededor de la gran roca. —Nunca pensé que bailar de esa forma me traería tanta sed, ¿me acompañas a buscar algo para beber, o estás esperando a alguien? —Inquirió la ojiazul terminando lo que hacía con su cabello, para alzar la mirada y ver a la persona a la que le hablaba.
El tomar ponche y observar a las hadas bailando lo había aburrido desde hace ya un poco más de media hora. Así que, por simple diversión, decidió acercarse a la roca. No para bailar, ¡por supuesto!, lo único que deseaba era encontrar una cara conocida y hablar. Al oír a la castaña preguntarle, la regresó a ver al instante y sonrió—. Vaya, te ves muy bien —la halagó—. Claro, vamos —ofreció su brazo y la miró expectante—.
La castaña parpadeó, mirando el pequeña, rectangular y oscuro objeto que el ojizaul le tendía, efectivamente era suyo y, para su vergüenza, no se había percatado de que lo había tirado. Sonrió apenada, tomando la billetera entre sus manos, dando un rápida chequeada para comprobar que el poco efectivo que portaba y sus credenciales se encontraban aún dentro. — Gracias… No me dí cuenta de que la había perdido. — Admitió, haciendo una pequeña mueca, poco antes de guardar el objeto de piel dentro de su bolso.
Acabo de encontrarlo justo a un par de metros, seguramente se te cayó. Debes tener más cuidado —levantó sus cejas, insistente. Sostuvo sus papeles para asegurarse de que los seguía teniendo en sus manos y sonrió levemente—. ¿Cuál es tu nombre, cielo? —inquirió, dejando que la curiosidad le gane. El atractivo inegable de la morena había despertado su interés. ¿Quién sería y por qué no la había visto hasta aquel momento?
—Muchas gracias. —Le sonrió mientras sacaba el móvil de su bolsillo, miró los miles de mensajes que figuraban en su pantalla y se apresuró a responder el de su madre, como mínimo, indicándole la hora a la que volvería a casa. —Lo siento, pueblo pequeño, desastres grandes y madres paranoicas. —Dejó los ojos en blanco y metió el teléfono nuevamente en su bolso. Estiró su mano para recibir sus libros.— Muchas gracias, lamento mucho haberte distraído de lo que sea que estuvieras haciendo.
Rió levemente al oírla—. No te preocupes, no hacía nada importante. ¿Cuál es tu nombre, por cierto? —indagó.
Día de sol
Arrugó su nariz, mas esta vez fue por la imagen que se formaba en su cabeza al imaginarse tendida sobre el césped. Negó con su cabeza y rió un poco ante su ocurrencia. —Vale, no hablemos de cadáveres. —Pidió para escucharle con atención y mirarle. —Estamos en un cambio constante, sí. A veces cambiamos para bien y otras para mal, depende de como se mire. —Asintió, recordando algo. — ¡Oh! Se me había olvidado que hoy era la fiesta, ¿irás?
Exacto —asintió con la cabeza, y al oír su pregunta tan solo soltó una pequeña risa—. No me lo perdería por nada, ¡aunque! no bailaré. Iré para beber y la fiesta que habrá después tampoco me la perderé. Seguramente tú sí irás y bailarás —afirmó—.
Recordó la noche de luna llena y todo volvió a pasar por su cabeza. ¿Miedos? Sí tenía y eran muchos. Tal vez unos más insignificantes que otros, pero existían. Se percató de que la figura contraria acortaba la distancia entre ambos y el corazón, en respuesta, comenzó a latirle a una velocidad y con una fuerza impresionantes. Retrocedió tan sólo un paso y echó la cabeza hacia atrás con la intención de buscar un buen camino que pudiera usar para irse de aquella escena. —Le tengo miedo a muchas cosas, así que no soy valiente—. Y lo dijo controlada por los nervios que se habían apoderado de ella tan pronto como su instinto le gritó se fuera a otra parte.
En un rápido movimiento, la castaña le había permitido observar su cuello con mayor claridad. Las venas palpitaban fuertes y rápidas lo cual aumentaba su sed. Relamió sus labios, en un vago intento por controlarse. Aunque no lo logró. Sus colmillos aparecieron en cuestión de segundos y su cuerpo fue más rápido. No dejó que ella lo mirase, aún así, pues temía perder el control y matarla. Clavó sus colmillos en la yugular, y en un breve momento el líquido carmesí ya se paseaba entre sus dientes. Se separó antes de romper su cuello y la miró a los ojos—. Fuiste valiente al quedarte aquí —susurró en su oído antes de retroceder un par de pasos, listo para irse y dejarla sola—.
Día de sol
—¿Te imaginas y hubiera estado muerta? Uh, habría sido tan extraño. —Arrugó su nariz con diversión, abrazando sus piernas. —Con el ataque, cambiaron muchas cosas, supongo. Trois lys no es lo mismo y muchos de nosotros tampoco somos como antes.
Me hubiera encontrado con una cadáver sobre el césped, y tal vez ya estuvieses apestando —rió ante la idea, apoyándose sobre sus codos—. Oh, entiendo. La gente cambia siempre, por eso no tenemos que aferrarnos demasiado a una actitud cuando poco después puede que cambie. Tal vez las personas que cambiaron vuelvan a hacerlo esta noche, en la fiesta. Ya sabes, los eventos importantes ayudan con eso.