Ray se llamó a sí mismo estúpido por no reconocer aquella cintura tan bien entornada, aquel cabello lleno de brillo y la piel resplandeciente. ¿A quién más pertenecerían esos esculturales movimientos, sino a la dueña de su corazón? Bastó un solo gesto de la castaña para que Ray tragara saliva en seco, pues sólo había hondeado su cadera una sola vez para encontrar esos ojos en los que se reflejaba todo el amor, la química, y la esencia que los atraía. Ni siquiera pudo parpadear ante la visión de ensueño que podía apreciar, y cuando le dejó aquel beso sobre su piel recién rasurada, pudo cerrar por un momento los ojos, meditando como con tan poco su piel se erizaba, y su corazón parecía agarrar carrera hacia el abismo.
Sin meditarlo una vez más, colocó sus palmas en la cintura de la castaña, ya devorándola con sólo la mirada, en la que en lugar de reinar el celeste tranquilo y suave, parecía arder como su propia alma. con ese mismo movimiento la pegó a él todo cuánto podía, pareciendo un abrazo común, cuando para él era mucho más. acariciaba su espalda como si fuese una diosa, y enterraba su nariz en el cuello de la muchacha, resoplando lo menos ruidosamente posible. “Tengo celos justo ahora de todos los que te miraron justo antes que yo. Pero los veré en el infierno después”.Contestó al tiempo en que sus labios buscaban a tientas los suyos. Aquel vestido le provocaba más sensaciones que incluso si trajera encaje, y toda clase de juegos, pues el propio encanto de la morena era suficiente para tenerlo a sus pies. “Mis más sinceras disculpas por la tardanza, mademoiselle”. Comentó con aquel pronunciado acento, puesto que el alemán y el francés no se llevaban precisamente de la mano. No quería soltarla, era lo bastante egoísta como para mantenerla en su cobijo, lejos de que alguien más pudiera deleitarse con su atuendo, y mucho menos con su visión. “Fue una fortuna no verte justo antes del baile, no habría resistido no sacarte de ese vestido, y mucho menos dejarte salir. Pero no dejaré que mi instinto animal me lleve hacia donde mis piernas lo imploran, mereces una noche espectacular, cerrada con broche de oro”. Susurró a su oído mientras salía del cobijo de sus brazos y le tomaba orgullosamente la mano, no sin antes dejar un beso sobre la misma. “¿Me permites éste baile, mi amor?”
No se equivocaba al asegurar que Raymond Montheith con un traje era la representación misma de los ángeles en las pinturas de Michelangelo. La francesa quedó embelesada por esos orbes celestes que regresaban su mirada detrás del antifaz. Y sonrió, pues se dio cuenta que ambos, ataviados en oscuros colores, habían vestido a juego sin siquiera proponerselo. “Parece una cosa de telepatía que ambos viniéramos a juego, ¿no crees, mon amour?” Cuestionó con su suave y cantarín acento, dejando que su cuerpo se adaptara a las manos contrarias de aquella tan natural manera.
Aquel abrazo, tan común para cualquier otro que no fuera uno de los implicados, significó un mundo entero para la castaña. Y deseó quedarse así, al cobijo de sus brazos, el resto de la noche. ¿Por qué no podían irse a sus habitaciones y consumirse en palabras y actos de amor? Eso le hubiera encantado más que el compartir espacio con otros cuerpos cuando sólo un alma le importaba y ésta ya se hallaba a su lado. Se aferró a eso y río cuando el aliento del alemán hizo estragos en su cuello. “No puedes quejarte cuando tú atraes más atención que yo.” Replicó, segundos antes de sellar sus labios con los ajenos sabor miel, con un puchero formado por la morena que no alcanzó a consumarse. Pues ahí estaba de nuevo, sonriendo ante el más pequeño de los detalles. “No se preocupe, monsieur Montheith, mientras prometa quedarse conmigo el resto de la velada, entonces estará bien.” Depositó una suave caricia en el rostro de su amor, disfrutando de su áspero y encantador acento al pronunciar palabras en la lengua materna de la morena. “En realidad creo que fue un error no verte antes, hubiéramos tenido toda la cabaña para nosotros solos porque todos estarían ocupados con el baile. Una verdadera lástima, pero ya estamos aquí...” La mitad de una sonrisa coronó su tono bromista y sugerente, pues acababa de pasar por su mente aquella posibilidad perdida. Soltó una suave risita cuando se esforzó por hacer una torpe y pequeña reverencia, sujetando la mano de su compañero. “¿Acaso debes preguntar? Éste y todos mis bailes son tuyos.”