After two in the afternoon, when the sun was no longer at its highest point and people could return to the fields, a violin melody flooded Monura. No one knew where it came from. Yet it was an ancestral tune, one every villager swore they had heard before, though none could truly remember it.
Among the corn stalks, Constantino’s weary body, heavy from the heat, recalled afternoons spent playing hide-and-seek with his five brothers. For a moment he set the bucket of corn aside and ran off, disappearing into the maze of green.
The music stopped. Constantino watched as the stalks around him began peeling back their leaves to reveal their cobs. And, just as when he was a child, the kernels began to fall, each one striking the earth with a musical note: E – E – G — E – E – G.
Suddenly, all the kernels fell at once, a harvest-born symphony, and Constantino danced and feasted on the bounty while the music swelled around him. Then, from the corner of his vision, a black bird beat its wings violently, scattering the sound into silence and driving the man back toward his side of the field.
What tune do you think it was?
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Pasadas las dos de la tarde, cuando el sol ya no estaba en su punto más alto y las personas podían regresar a trabajar al campo, una melodía de violín inundó Monura. Nadie sabía de dónde venía. Pero era una melodía ancestral que todos los habitantes juraban haber escuchado antes, aunque nadie la recordaba realmente.
En medio de las mazorcas, el cuerpo de Constantino, agotado por el calor, recordó las tardes jugando a las escondidas con sus cinco hermanos. Por un momento dejó la cubeta de elotes a un lado y salió corriendo, perdiéndose en el maizal.
La música se detuvo. Constantino vio cómo el maíz a su alrededor comenzaba a abrir sus hojas para dejar salir sus mazorcas. Y, justo como cuando era niño, los granos empezaron a caer, dejando sonar notas musicales con cada uno: Mi – Mi – Sol — Mi – Mi – Sol.
De pronto, todas las notas musicales cayeron al piso al mismo tiempo. Un concierto con base de maíz, en el que Constantino bailó y comió todo lo que pudo; hasta que un ave completamente negra aleteó fuertemente a su lado y, con eso, terminó aquel espectáculo, espantando al hombre hacia su lado del campo.
At midday, when the sun scorched all the inhabitants of Monura, a Lightbird caught Crespín’s attention as he sat cooling himself in the mud. The bird landed in front of him and began fluttering its green wings until they glowed. Then it flew to a branch, waiting for the boy to follow.
Crespín followed the bird with his eyes and took a step. Suddenly, in his mind, he heard his grandfather’s voice among many others, repeating the village saying: “If a bird flaps its wings and starts to shine, it’s best to go the other way and tell a family member.” He glanced toward his house for a familiar face, and once he was sure no one was watching, he ran after the feathered creature.
Under the blazing sun, the village streets were usually empty; the heat could boil everything if left long enough. Luckily, the boy was following this other light, which seemed to protect him from the overwhelming heat—perhaps it was that same light that kept him unseen. He crossed nearly the entire village until he reached its edge.
The bird dropped feathers that lost their glow as they touched the ground, helping Crespín track its path. He picked them up one by one, until they arrived at a huge building, as if plucked from a fairy tale, with two tall towers and a metal door. A shadow passed by the window, moving toward the entrance. But the boy, frightened, could not linger. He dropped the feathers and ran back home, wondering what that place could be.
¿What do you think this building is?
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Al mediodía, cuando el sol abochornaba a todos los habitantes de Monura, un pájaro de la Luz llamó la atención de Crespín, que se refrescaba sentado en el lodo. El ave se paró frente a él y empezó a agitar sus alas verdes hasta que brillaron. Después voló hasta una rama esperando que el niño lo siguiera.
Crespín siguió al pájaro con su mirada y dio un paso. De pronto, en su cabeza pudo escuchar a su abuelo, entre muchas otras voces, repitiendo el dicho del Pueblo: “Si un pájaro bate sus alas y empieza a brillar, mejor ir hacia el otro lado y contárselo a un familiar”. Por lo que volteó hacia su casa, en busca de un rostro conocido. Y, al asegurarse de que nadie lo estaba viendo, salió corriendo detrás del animal emplumado.
Cuando había sol, las calles del pueblo solían estar deshabitadas, pues el calor podía hervir todo, si estaba el tiempo suficiente. Afortunadamente, el niño estaba siguiendo esta otra luz, que parecía protegerlo del calor abismal, quizá fue esa misma luz la que evitó que alguien lo viera. Atravesó prácticamente todo el pueblo hasta salir de él.
El pájaro iba tirando plumas que perdían su brillo al tocar el suelo, y que ayudaban a Crespín a poderle seguir el rastro. El niño iba recolectando una por una, hasta que llegaron a un edificio enorme, como sacado de un cuento de hadas, con dos grandes torres y una puerta de metal. Una sombra pasó por la ventana y parecía dirigirse a la puerta. Pero el niño, asustado, no pudo quedarse más, soltó las plumas y salió corriendo de regreso a casa, preguntándose que era ese lugar.
It was rare for Monura to receive mail. No one had friends or family beyond the town. That’s why, when a white motorcycle came rattling in with a bag full of letters, the entire village gathered to watch.
It carried only one envelope, addressed to Arturo Vid-Arma: a solitary man who had arrived to hide after the war. He had been a commander of the Pale Ones, and rumor had it that back in the city, he was still wanted for countless crimes.
That was why he spent his afternoons sitting in front of his house with a rifle across his lap, and why no one in Monura dared to speak to him.
When the postman dismounted, Arturo raised his rifle.
—Stop right there, ay!
—I only came to deliver a letter.
—There’s no one left here who reads. We’re all dead, and so are those who write to us. Get back on your motorcycle and ride out'er
The man tucked the letter away. Some swore it bore the presidential seal, others said it belonged to the Pale Ones. He sped off, kicking up so much dust that no one saw him leave the village.
By morning, Arturo was gone from his post. Since then, his house has remained with the lights turned off.
¿What did that letter had inside?
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Era raro recibir correo en Monura. Nadie tenía amigos o familia fuera del pueblo. Por eso, cuando vieron llegar la motocicleta blanca cargando cartas.
Solo traía un sobre pequeño para Arturo Vid-Arma; un hombre solitario que había llegado ahí a escapar después de la guerra. Él era uno de los comandantes de los Pálidos, y en el pueblo se rumoraba que allá en la ciudad lo buscaban por innumerables crímenes. Por eso pasaba sus tardes sentado frente a su casa, con un rifle, y por eso mismo, nadie en el pueblo se atrevía a hablarle.
Cuando el cartero se bajó, Arturo le apuntó con el rifle.
—¡Párese ay!
—Nomás vengo a dejarle una carta.
—Aquí no hay quién lea. Aquí todos estamos muertos. Y todos los que nos escriben también, súbase a su moto y váyase d’aquí.
El señor guardó la carta, que después algunos dijeron que tenía el sello presidencial, otros dijeron que tenía el sello de los Pálidos; aceleró en la moto levantando tanta tierra, que nadie lo vio dejar el pueblo. A la mañana siguiente, después de que salió el sol, Arturo no estaba vigilando la calle. Y desde entonces, tiene las luces apagadas.
It was rare for Monura to receive mail. No one had friends or family beyond the town. That’s why, when a white motorcycle came rattling in with a bag full of letters, the entire village gathered to watch.
It carried only one envelope, addressed to Arturo Vid-Arma: a solitary man who had arrived to hide after the war. He had been a commander of the Pale Ones, and rumor had it that back in the city, he was still wanted for countless crimes.
That was why he spent his afternoons sitting in front of his house with a rifle across his lap, and why no one in Monura dared to speak to him.
When the postman dismounted, Arturo raised his rifle.
—Stop right there, ay!
—I only came to deliver a letter.
—There’s no one left here who reads. We’re all dead, and so are those who write to us. Get back on your motorcycle and ride out'er
The man tucked the letter away. Some swore it bore the presidential seal, others said it belonged to the Pale Ones. He sped off, kicking up so much dust that no one saw him leave the village.
By morning, Arturo was gone from his post. Since then, his house has remained with the lights turned off.
What do you think the mail was about?
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Era raro recibir correo en Monura. Nadie tenía amigos o familia fuera del pueblo. Por eso, cuando vieron llegar la motocicleta blanca cargando cartas, el pueblo entero la vigilo.
Solo traía un sobre pequeño para Arturo Vid-Arma; un hombre solitario que había llegado ahí a escapar después de la guerra. Él era uno de los comandantes de los Pálidos, y en el pueblo se rumoraba que allá en la ciudad lo buscaban por innumerables crímenes. Por eso pasaba sus tardes sentado frente a su casa, con un rifle, y por eso mismo, nadie en el pueblo se atrevía a hablarle.
Cuando el cartero se bajó, Arturo le apuntó con el rifle.
—¡Párese ay!
—Nomás vengo a dejarle una carta.
—Aquí no hay quién lea. Aquí todos estamos muertos. Y todos los que nos escriben también, súbase a su moto y váyase d’aquí.
El señor guardó la carta, que después algunos dijeron que tenía el sello presidencial, otros dijeron que tenía el sello de los Pálidos; aceleró en la moto levantando tanta tierra, que nadie lo vio dejar el pueblo. A la mañana siguiente, después de que salió el sol, Arturo no estaba vigilando la calle. Y desde entonces, tiene las luces apagadas.
Conzy thought she heard a gentle knock at the door. Sleep still clinging to her eyes, she peeked out, but there was no one in the entryway. All seemed calm, except for some Light Birds playing in the branches of the tree across the street.
It wasn't the first time she'd felt someone was calling. She closed the door and had barely taken a step when the same taps shook the wood again. This time it was unmistakable: someone—or something—had knocked. But outside, there was no one.
Looking down, amidst the dirt and dust, she discovered an old photograph. She picked it up carefully and almost dropped it when she recognized the woman in the portrait as a mirror image of herself: thin, with brown hair, surrounded by couples in formal attire. The yellowed text bore a date from several decades past.
In the picture, Conzy noticed a butterfly-shaped ring, identical to one Teté always wore. She ran to ask him what he knew about the woman and why she looked so much like her.
Teté held the photograph for a few seconds, silent, before meeting her gaze.
"I don't know how I could help you understand that," he murmured.
"Aren't you the one in the photo?"
"Which one?" he asked, handing it back so she could point.
Conzy froze. The image had changed. It was no longer couples in formal wear, but a group of children running after a ball, their faces all obscured.
¿What other objects are magic in Monura?
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Conzy creyó escuchar un leve golpeteo en la puerta. Con el sueño aún pegado en los ojos se asomó, pero en la entrada no había nadie. Todo parecía en calma, excepto unos pájaros de Luz que jugueteaban en las ramas del árbol de enfrente.
No era la primera vez que sentía que alguien llamaba. Cerró la puerta y apenas dio un paso cuando los mismos golpecitos volvieron a sacudir la madera. Esta vez era inconfundible: alguien —o algo— había tocado. Pero afuera no había nadie.
Al mirar hacia abajo, entre la tierra y el polvo, descubrió una vieja fotografía. La tomó con cuidado, y casi la dejó caer al reconocer en el retrato a una mujer idéntica a ella: flaca, de cabello castaño, rodeada por parejas vestidas de gala. El texto amarillento traía una fecha de varias décadas atrás.
Conzy distinguió en el retrato un anillo en forma de mariposa, igual al que siempre llevaba Teté. Corrió a preguntarle qué sabía de aquella mujer y por qué se parecía tanto a ella.
Teté sostuvo la fotografía durante unos segundos, en silencio, antes de devolverle la mirada.
—No sé cómo podría ayudarte a entender eso —murmuró.
—¿Qué no eres tú el de la foto?
—¿Cuál? —preguntó él, devolviéndosela para que señalara.
Conzy quedó paralizada. La imagen había cambiado. Ya no eran parejas de gala, sino un grupo de niños corriendo detrás de un balón, y a ninguno se le veía el rostro.
Fito had been called to the streets of Monura by an unusual scent;
one that did not belong to the barren dust nor to the heat of the town.
The dog seemed to be the only one who could notice that bitter trace in his nostrils, while the rest of the townsfolk carried on as if nothing had shifted. A few nearly stumbled over his braided fur, but they kept walking, indifferent to the strangeness of his presence.
In Monura, it was rare to see a dog wandering the streets. Between the heat and the hunger, they were more often found slumped by the roadside, covered in lime. Yet the smell was so strong for Fito that he had no choice but to leave the town behind and follow it to its source:
A freshly painted green house stood before him, doors wide open, as if inviting him toward his fate. His first step made the wooden floor creak with a sharp ache. He pressed on and climbed the stairs, though his bony legs slipped against the worn steps. The room he entered was so dusty that his tracks remained stamped across the floor. He pushed his cold nose against rag dolls, brushed the dust off a spinning top with his paws, and jumped back in fright when his tail rattled a noisemaker.
And then he found it: a missing poster, with the picture of a little girl—and her dog.
¿What Monura location would you rather visit next the town hall, the libary or the bank? Any other suggestions are welcome
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Fito fue llamado a las calles de Monura por un aroma inusual; uno que no formaba parte de la polvo infértil ni al calor del pueblo.
El perro parecía ser el único que podía percibir esa sensación amarga en sus fosas nasales, pues los demás habitantes del pueblo siguieron sus actividades normales. Uno que otro casi se tropezaba con el pelaje trenzado del can, pero seguían su camino a pesar de la extrañeza del encuentro.
Para los habitantes de Monura, era raro ver un perro en las calles, pues entre el calor y el hambre era más probable verlos arrimados a un lado de la vereda, cubiertos de cal. Sin embargo, el olor era tan fuerte para Fito que tuvo que abandonar su pueblo y seguirlo hasta su origen:
Una casa verde recién pintada lo recibía con las puertas abiertas para que encontrara su destino. El primer paso hizo rechinar la madera del piso con un dolor punzante. Continuó su camino y subió las escaleras, aunque los escalones hacían resbalar sus huesudas patas. El cuarto al que entró, estaba tan sucio que sus huellas quedaban marcadas al andar. Pasó su nariz fría por las muñecas de trapo, desempolvó un trompo con sus patas y saltó asustado cuando su cola sonó una matraca.
Entonces lo encontró: un letrero de Se busca, con la foto de una niña y su perro.
¿Qué otro lugar de Monura quieres conocer, la alcaldía, la biblioteca o el banco?
The clock in Monura’s central plaza had been frozen for as long as anyone could remember. Perhaps only Teté had ever heard its bells ring. Then, one summer morning, the entire town woke to a tiny “Ping” echoing through the sleepy streets.
A clock hand had fallen, striking the town’s lone sidewalk, its echo carried by the wind. It wasn’t until the next day that people realized the clock had been crippled. It no longer told time correctly, not even once a day.
Months passed before a clockmaker could be summoned from another state to repair the tower. When the bells finally rang, it was not at the hour they were meant to toll, but the moment the gears were dusted and tested. The sound startled everyone, unexpected and solemn.
During the month the tower was under repair, the town became alive with insects. At least three spiders clung to every corner of every house. Cut a mango, a watermelon, or a melon, and swarms of bees devoured the fruit, leaving nothing behind. The birds grew fat on the unclaimed feast.
The townspeople, covered in rashes, blamed the bells, claiming that the vibrations of their metal would bring doom upon them. And so, once the clockmaker left, satisfied with his work, and just after the chimes of midday, the people of Monura made a decision: they would stop the clock forever.
And from that day on, it remained frozen, always at 12:15.
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El reloj de la plaza central llevaba paralizado mucho tiempo. De hecho, tal vez solo Teté había escuchado el sonar de las campanas de aquella máquina. Pero un día de verano, todo el pueblo despertó cuando escucharon un pequeño “Ping” mientras dormían.
El eco de una de las manecillas estrellándose contra la única acera del pueblo se esparció arrastrado por el viento. Y no fue hasta el día siguiente que descubrieron que el reloj estaba castrado. Ahora, no daba bien la hora ni siquiera una vez al día.
Pasaron algunos meses antes de poder traer a un relojero de otro estado para que reparara la torre del reloj. Todos se sorprendieron el día que escucharon la solemne melodía de sus campanas; no la escucharon a la hora que tocaba, pues sonaron cuando sus engranajes fueron desempolvados y probados. Había sido sorpresivo.
Durante el mes que la torre estuvo en reparación, el pueblo se llenó de insectos. Había por lo menos tres arañas en cada una de las esquinas de las casas. En cuanto cortaban un mango, una sandía o un melón, las abejas llegaban a devorarlo, sin dejar ni siquiera una gota para comer. Los pájaros se pusieron gordos del festín que estaban teniendo.
La gente, llena de ronchas, decía que era culpa de las campanas. Que el retumbar de ese metal les traería su fin. Por eso, en cuanto el relojero se fue, satisfecho con su trabajo, y justo después de las campanadas del mediodía, la gente de Monura decidió apagar el reloj. Marcando las 12:15 para siempre.
Bobby Malfuego asked the same questions every child in Monura always asked.
Why is the sky purple? Why does the sun leave at night? Why does Kevin scream every morning?
His nanny, Raqui, tried her best to answer them all.
“The sky is purple because the fields are covered with violet fox fur. The sun goes to sleep, just like you do. And Kevin screams in the morning so people won’t stay asleep after dawn.”
—“And what’s that thing at my feet?” asked the boy, pointing at a black stain on the dirt road.
Raqui had never seen anything like it: a dark patch clinging to the ground right under Bobby. It moved when he moved, and it seemed to breathe along with him.
Worried, the witch carried the boy in her arms, but the creeping darkness followed until they reached the house—where it stopped at the threshold, unable to come inside.
Raqui told Madam Grilma what had happened. Alarmed, the old woman dragged the boy out into the sunlight. There, she saw it clearly: the light beneath Bobby grew faint, and then vanished altogether.
Trembling, she pulled books from her cabinet, tossing herbs and powders into the cauldron. Without stopping, she explained to Raqui that the boy had acquired a shadow, and if they didn’t act quickly, it might never let him go.
“Bobby, what did you eat? What did you do differently today?”
The child burst into tears, not understanding why both women looked so frightened.
“Bobby,” Grilma pressed, “I need to know if you did anything unusual today.”
He shook his head. “No. I woke up, worked my father’s field, ate, brushed my teeth, made my bed… everything was the same.”
But outside, the sun was sinking, and soon the house was swallowed by darkness. The potion was ready. They gave it to Bobby, and with one gulp, the shadow dissolved into nothing.
“Your shadow won’t harm you, Bobby,” said Grilma at last. “The only thing is… you will never be alone again.”
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Bobby Malfuego hacía las mismas preguntas que cualquier niño de Monura hacía todo el tiempo. ¿Por qué el cielo es lila? ¿Por qué el sol se va en la noche? ¿Por qué Kevin grita en las mañanas?
Y su niñera Raqui intentaba contestarlas todas. El cielo es lila por el reflejo de los campos llenos de pelaje de zorro lila. El sol se va en la noche porque también tiene que dormir. Y Kevin grita en las mañanas porque, si no, la gente se quedaría dormida después del amanecer.
—¿Y qué es esa cosa en mis pies? —dijo el niño, apuntando a una mancha negra en la terracería.
Raqui nunca había visto algo como eso: una mancha negra en el suelo justo debajo de donde estaba Bobby. Se movía al ritmo del pequeño niño y parecía que respiraba junto con él.
La bruja, preocupada, cargó al niño y vio cómo esa oscuridad rastrera los seguía. Llegaron a la casa, donde la mancha ya no pudo entrar.
Raqui le contó lo sucedido a Madam Grilma, que se sobresaltó y llevó al niño a los rayos del sol para poder ver el suceso por sí misma. Efectivamente, vio cómo la luz debajo del niño se hacía más tenue hasta desaparecer.
Entró y sacó varios libros de su gabinete. Temblando y jadeando, consiguió aventar algunos ingredientes al caldero y, sin parar de preparar una pócima, le explicó a Raqui que el niño había adquirido “una sombra” y que, si no hacían algo rápido, podría quedársela para siempre.
—Bobby, ¿qué comiste? ¿Qué hiciste diferente el día de hoy?
El niño lloraba al ver las reacciones de las dos mujeres, porque no entendía la gravedad del problema.
—Bobby, necesito saber si hiciste algo nuevo el día de hoy.
El niño sacudió la cabeza. —Hice mi rutina de todos los días. Me levanté, trabajé la tierra de mi papá, comí, me lavé los dientes, tendí mi cama… todo fue igual.
La luz del sol estaba por acabarse, por lo que prendieron la lámpara y vieron cómo la oscuridad invadía la casa de Grilma. La poción estaba terminada y se la dieron al niño, que de un sorbo hizo desaparecer su sombra.
—La sombra no te va a hacer nada, Bobby. El único problema… es que no estarás solo nunca más.
Las Afueras" was the most marginalized neighborhood in the already marginalized town of Monura. Raqui had been banished there after being branded a witch. She wasn't one when she was exiled, but if there was anywhere in Monura to learn magic, it was there.
For her first week in the new neighborhood, Raqui took shelter under some old pieces of cardboard. Then one day, she saw a pair of spoons float past, carrying a few stale loaves of bread. When she asked for one, the spoons took pity on the young girl with the freckled face and told her she could follow them. Perhaps Madam Grilma would take mercy on her.
Through the barely paved streets and the smell of sewers that defined Las Afueras, they arrived at a small house. It was a single room without windows, and its paint was so old it looked as if the snails and mosquitoes that had once died there were now fossils.
The spoons slipped through a crack in the corner of the wall and asked her to wait. A short while later, the door opened and let the young girl in. Her straight hair was so electrified that one of the spoons jumped up to fix it before she met Grilma.
An old woman rested in front of an antique television. Without turning to look at the girl, she said, "To stay here, you'll have to run some errands. The list is on the table."
Raqui took the list, which didn't seem too complicated, and went to fetch the ingredients. Some lemon leaves she tore from the Malfuego family's infertile tree. A potato she found on the way to Toñito's general store, where she begged for some beans. And finally, a stick of sugar cane she took from the river's dry basin.
She returned to find Madam Grilma preparing something in a cauldron. She handed over the supplies and sat in the armchair in front of the television's static. After a while, Madam Grilma came over and gave her a plate of food. "Sometimes, we only practice witchcraft to get rid of our hunger," she commented as the young girl managed to take her first bite in weeks.
¿What of the characters would you want to get to know more of?
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Las Afueras era el barrio más marginado de la ya marginada Monura. Raqui había sido desterrada ahí después de que la hubieran tachado de bruja. Cuando fue desterrada no lo era, pero si en algún lugar de Monura se podía aprender magia, era allí.
Raqui se refugió debajo de unos pedazos de cartón viejo durante su primer semana en el nuevo barrio. Hasta que un día vio un par de cucharas pasar frente a ella cargando unos cuantos panes viejos. Cuando les pidió uno, las cucharas sintieron lástima de la joven con cara pecosa y le dijeron que las podía seguir. Que tal vez Madam Grilma apiadaría de ella.
Entre las calles apenas pavimentadas, y el olor a coladeras que caracteriza a Las Afueras, llegaron a una casa pequeña. Un cuarto y sin ventanas cargaban con una pintura tan vieja que parecía que los caracoles y mosquitos que alguna vez fallecieron ahí, se habían fosilizado.
Las cucharas se colaron por una grieta en la esquina de la pared y le pidieron que esperara. Al poco tiempo la puerta se abrió y dejaron pasar a la joven. Su pelo lacio se electrificó lo suficiente como para que una de las cucharas saltara a arreglárselo antes de que conociera a Grilma.
Una señora grande descansaba frente a un televisor antiguo. Y sin voltear a ver a la niña le dijo:
Para poder quedarte aquí, tendrás que hacer unos mandados. La lista está sobre la mesa.
Raqui tomó la lista, que no parecía muy complicada y fue a traer los ingredientes. Unas hojas de limón que arrancó del árbol infértil de la familia Malfuego. Una papa que encontró de camino a la miscelánea de Toñito; donde mendigó unos frijoles. Y finalmente una caña de azúcar que tomó de la cuenca seca del río.
Regresó y encontró a Madam Grilma preparando algo dentro de un caldero. Le entregó el mandado, y se sentó en sillón frente a la estática de la televisión. Al cabo de un rato, la señora Grilma llegó y le dio un plato de comida. - A veces la brujería solo la hacemos para quitarnos el hambre. – Comentó mientras la joven lograba dar su primer bocado en semanas.
It was unusual for the people of Monura to dream. Normally, they would close their eyes and open them as if only a blink had passed, and then return to work. But that night was different. Everyone dreamed. Loved ones, endless feasts, forgotten abilities… Monura’s night was draped in a dreamlike haze.
The next day, people woke late; not even Kevin got up to give the morning shout. Everyone remained snug in their beds, wrapped in their desires.
When they finally rose, they spoke with their friends about the visions that had visited them in sleep.
Giza told Crespín that she had dreamed of spilling a cup of tea, and that no one scolded her; from the tea emerged a dog that followed her everywhere.
Petro told Romaldo that he had dreamed of a man who came to teach them how to bake better bread, handing them his family’s secret recipe, and that their bakery grew so vast they could move to the great city.
Teté painted his dream: a vast river flowing through all of Monura; his mother and father waved from the banks to a boat that he steered himself.
The day grew heavy for everyone. They waited for the moment the Moon would return to guide them to bed. But the dreams never came, even though no one had stayed up late. Their eyes closed and opened again, seeing not a single color while they slept. The dog, the man, and the river—along with the other dreamlike figures of the city—chose not to appear.
Many thought it had been mere luck, that such things were not meant for them. That dreaming was for others, for those who did not live there. Others said it must have been magic, for it was not normal to witness such delight in the city. Yet Raqui—the witch on the outskirts—knew exactly what it had been: a soda truck that rumbled past on the road, heard by all.
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No era normal que la gente en Monura soñara. Lo común era que cerraran los ojos y los abrieran como si hubiera sido apenas un parpadeo; y tuvieran que irse a trabajar de nuevo. Pero esa noche fue diferente. Todos pudieron soñar. Seres queridos, comida por montones, habilidades perdidas, la noche de Monura se cubrió con una capa onírica.
Al día siguiente la gente despertó tarde, ni siquiera Kevin se levantó a dar el grito de la mañana. Todos estaban muy cobijados en sus camas, en sus deseos.
Al levantarse, conversaban con sus amigos sobre lo que habían visto al dormir.
Giza le contó a Crespín que había soñado que derramaba un té, y que nadie se enojaba con ella, y que del té aparecía un perro que la seguía a todas partes.
Petro le contó a Romaldo que soñó que un señor venía y les enseñaba a hacer mejores panes, que les daba la receta de su familia y que la panadería se volvía tan grande que se iban a vivir a la gran ciudad.
Teté pintó su sueño: un río enorme que atravesaba por todo Monura; su mamá y su papá saludaban desde la orilla a un barco que él dirigía.
El día se hizo pesado para todos. Esperaban el momento en el que la Luna llegara y los acompañara a la cama. Los sueños no aparecieron, a pesar de que nadie quiso trasnochar en la ciudad. Sus ojos se cerraron y se volvieron a abrir sin haber visto ni un solo color mientras dormían. El perro, el hombre y el río, junto con las demás figuras oníricas de la ciudad, decidieron no aparecer.
Muchos pensaron que había sido suerte, que esas cosas no estaban destinadas a pasarles a ellos. Que soñar era para otros, para los que no vivían ahí. Otros dijeron que había sido magia, que no era normal ver cosas tan agradables en la ciudad. Sin embargo, Raqui -la bruja de las afueras- sabía perfectamente que había sido, un camión con refrescos que pasó cerca de la carretera, y que todos oyeron pasar.
🇺🇸 The Loaves of Lewestyn // 🇲🇽 La panadería Lewestyn
The bread tastes different," Romaldo told Petro that morning. "It tastes like a church." And it was true. Petro didn't even need to eat a piece to notice. It smelled different, as if someone had burned incense.
Petro decided to throw out all the bread for the day rather than sell something he didn't like. This was why Panes Lewestyn were the best in the city.
As they started to make a new batch, they heard Kevin’s morning shout, announcing that the sun was up and it was time to rise. In a few minutes, a huge line would start to form in front of their bakery.
The next batch was ready, and it still smelled of a church. The strange thing was that they hadn't added anything different. Into the trash again. They began making the dough from scratch, thinking that would fix it. People started to line up, looking confused, as Panes Lewestyn was rigorous about punctuality. Inside, everything was a mess. The third batch had come out, and they still smelled the same. What worried the brothers even more was that when they took them out, they heard a faint bell, as if something was calling to them.
Petro announced that they wouldn't open that day because they had a problem. People took the news relatively well, considering that they probably wouldn't eat anything else for a good part of the day.
They had to solve it quickly, or people would start going to other places or, worse, making their own bread. Petro waited for the oven to cool down before going in to figure out what was happening.
The oven, as large as two houses, had an image of a baguette made of copper engraved on the door. It was unlit now, but when the oven was in use, it glowed with the heat.
When he opened it, he thought he had found the problem. The wood they used was different. Instead of using oak, they were using palo santo. And everyone knows that palo santo wood isn't good for cooking.
Without a problem, he washed the oven and changed the wood. By the time he came out, it was night. Romaldo was sleeping by the door, waiting for his brother to give him the keys so he could go home. Petro stayed behind to take out the trash, all the day's production that hadn't been sold. Suddenly, he felt a kick from inside the bag, which made him drop it. From it, like rats, a bunch of loaves of bread scurried out, running through the city, looking for a place to shelter their souls or a soul to relieve.
The next morning, the bakery opened with Kevin’s shout, but the people didn't come. There was no line. The city was so quiet it seemed like a temple.
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El pan sabe diferente, le dijo Romaldo a Petro esa mañana, sabe como a iglesia. Y era verdad. No fue necesario que Petro comiera un pedazo para notarlo. Olía diferente, como si hubieran prendido un incienso.
Petro decidió tirar todas las piezas de la venta de ese día, antes que vender un pan que a él no le gustaba; por eso los Panes Lewestyn eran los mejores de toda la ciudad.
En lo que se pusieron a hacer más, escucharon el grito de todas las mañanas de Kevin, anunciando que el sol había salido y que era hora de levantarse. En pocos minutos, una fila enorme empezaría a formarse frente a su panadería.
La siguiente tanda estaba lista y seguía oliendo a iglesia. Lo raro era que no le habían puesto nada diferente. De nuevo a la basura. Empezaron a hacer la masa desde cero. Pensaban que eso lo arreglaría. La gente se empezaba a formar con extrañeza, pues los Panes Lewestyn eran rigurosos en cuanto a la puntualidad. Adentro todo era un caos. Había salido la tercera tanda y seguían oliendo a lo mismo; además, lo que le preocupaba a los hermanos era que al sacarlos escuchaban una leve campana, como si algo los estuviera llamando.
Petro anunció que ese día no iban a abrir, que habían tenido un inconveniente. Lo tomaron relativamente bien, considerando que probablemente entonces no comerían nada más en buena parte del día.
Tendrían que resolverlo pronto, pues si no, la gente empezaría a ir a otros locales o, peor, a hacer sus propios panes. Petro esperó a que se enfriara el horno para entrar y descubrir qué estaba pasando.
El horno, tan grande como dos casas, tenía grabado en la puerta la imagen de una baguette hecha de cobre, que ahora estaba apagada, pero cuando se usaba el horno brillaba con el calor.
Al abrirlo pensó que había encontrado el problema. La madera que usaron era diferente. En lugar de estar usando encino, estaban usando palosanto. Y todo el mundo sabe que la madera de palosanto no es buena para cocinar.
Sin problema, lavó el horno y cambió la madera. Cuando salió, era de noche. Romaldo dormía en la puerta; esperó a su hermano para darle las llaves, y luego irse. Petro todavía se quedó a sacar la basura, toda la producción de aquel día, la que no se vendió. De pronto sintió una patada de adentro de la bolsa, que hizo que la soltara. De ella brotaron, como ratas, un montón de panes que salieron corriendo por la ciudad, buscando dónde refugiar su alma o qué alma aliviar.
La mañana siguiente, la panadería abrió con el grito de Kevin, pero la gente no fue, no hubo fila. La ciudad estaba tan callada que parecía un templo
Teté fue uno de los primeros habitantes de Monura. Sus padres, dos personas mayores, huyeron con él en brazos, y cuando preguntaban cómo habían llegado, siempre cambiaban el tema. Cuando cumplió cinco años, su padre se fue. No es que con su mamá fuera difícil. Pero no había trabajo. Apenas quince familias, en las mismas condiciones precarias eran parte del pueblo. Casi todos los hombres se fueron a buscar mejores destinos. A Teté no le importaba demasiado, el disfrutaba jugar por el río. Con otro par de niños. Todo el día veían pasar el agua, el tiempo y los peces. Esperando que la corriente trajera buenas noticias.
Un día llegó un señor. Montado en su caballo y cargado de una decena de libros. Dijo que lo habían mandado de allá, de la ciudad. Que tenía que enseñarles cosas a los menores de 10 años. Teté ya los había cumplido varias primaveras atrás. Pero se sentaba cerca del grupo de chicuelos a escuchar a aquel señor. Y simulaba estar repartiendo periódicos, mientras su cabeza giraba a mil por hora para poder entender. Además de ser analfabeta, no lo dejaban hacer preguntas.
Al cabo de unas cuantas clases, el señor se le acercó, le dijo que lo habían notado atento, que si tenía preguntas, caminara con él, y las respondería poco a poco.
En el camino, el señor no lo dejó hablar, le dijo que todo tenía su tiempo, y que en un lugar con tanto ruido sus enseñanzas no tendrían sentido, que esperara, que todo llegaría en su momento.
Teté se sorprendió al darse cuenta que habían caminado hasta el río. Hacía algunos años que se lo habían prohibido, desde que se volvió el principal recurso del pueblo. Avisaron que nadie podría entrar. Además, él recordaba que el canto del río se podía escuchar a kilómetros de distancia. Tal vez, ya había mucha gente en el pueblo. Monura era una buena escapatoria, para los que huían de su hogar.
A diferencia de Teté, el hombre parecía haber estado ahí antes. Se detuvo a dos pasos del agua. Se sentó y se dispuso a sacar sus manuales de conocimiento, que en un abrir y cerrar de ojos, se zambulleron en el río, como queriendo conocer sus adentros. Teté se lanzó rápidamente tras ellos. Siguió la corriente acompañado de peces y camarones, pintados por letras, palabras y hasta oraciones completas. La corriente despiadada lo azotó contra el fondo y lo arrastró con ella. A pesar de que el joven se resistió, el río se negaba a dejarlo ir, quería llevárselo a como de lugar. Pero las algas que lo vieron crecer, lo envolvieron con un abrazo, asegurándolo en su tierra.
De pronto volvió a respirar.
El agua bajó drásticamente. Recuperando el aire voltio a todos lados, buscando señales de aquel hombre, de sus libros. Fue la última vez que vio al hombre, y pasaron muchos años para que pudiera ver un libro.
Así fue como un hombre, que llegó con libros, se llevó consigo el río.
Giza ya había buscado por toda la casa, pero sus zapatos no aparecían. Crespín decía que él no los había tocado, y su Abuela seguía dormida, así que no podría haber sido ella.
Giza, sudando de desesperación, abrió la ventana para recuperar la calma. El viento cálido de Monura entró levantando polvo, y dejó al descubierto unas pequeñas marcas en el suelo terroso de los niños.
Crespín corrió a ponerse sus zapatos, y junto con Giza que temía ser picada por una serpiente, corrieron siguiendo las huellas hacia el patio de los Remedios.
Las calles estaban vacías. Aunque lograron ver a Kevin, descalzo como siempre, tapado con su pequeño techo de cartón.
Eh, Giza, la mejor hora para caminar así es cuando no hay sol, así no te quemas.
Los pies de la niña estaban rojos porque el camino estaba hirviendo. Además, las piedras del camino habían cortado su piel, y unas gotas de sangre se fueron quedando en el sendero.
Llegaron al Patio. Al llegar se sintieron como unos verdaderos idiotas. Una lona enorme, amarrada a la reja oxidada, anunciaba lo que sucedía.
“Reunión anual de Zapatos
No faltes”
Los zapatos de Crespín se agitaron, derribando al niño. Querían huir de aquellos pies y asistir a la reunión. Crespín se los quitó y ambos vieron como el par de cueros se introducía al patio saludando a sus colegas.
¿Se les habrá olvidado como a nosotros?
Yo no sabía que era hoy, no se me olvidó, dijo Giza intentando recuperar la compostura y esconder la vergüenza que le ardía tanto como sus pies descalzos.
Había algo raro en el silencio de esa tarde. Para la mayoría de los habitantes pasaba desapercibido. Pero para Roberto Malfuego, o Boby, como lo conocían en las canchas de Graspo, era muy evidente. Las gallinas de la casa de Teté, no estaban cacareando.
Boby guió a sus 2 amigos, con quienes se había estado riendo de los forasteros en la plaza principal, Crespín, y Giza, hacia la casa de Teté.
El silencio creciente adormecía las pisadas de los tres niños, volviéndose más leves
Boby tocó la puerta, y no sonó nada. Volteó a ver a sus amigos para decirles que algo estaba pasando, y por más que abrió la boca, y forzó su garganta, no salió un solo ruido de su cuerpo.
Los tres niños echaron a correr. Y al alejarse de la casa, sus pisadas recuperaban sus vibraciones naturales, y escuchaban más claramente el crujir de las hojas bajo sus pies.
Los niños, asustados, corrieron buscando ayuda y todavía con ese nudo en la garganta que no los dejaba gritar, llegaron a la casa Malfuego.
En la puerta Teté se despedía, y agradecía las galletas. Giza fue la más sorprendida por la tranquilidad del anciano.
— No no no, no hay problema, he comprado un dije del silencio. Las gallinas ya no ahuyentarán a los pájaros de Luz.
Los niños quedaron aliviados de saber eso.
— Y si ven uno, recuerden seguirlo, pues su destino está a punto de cambiar.
Fue lo último que dijo Teté antes de regresar al silencio luminoso de su hogar.
Cuando dieron las 3 de la tarde, todas las personas salieron de su trabajo, como de costumbre. El reloj de la plaza no sonó, como hacía años no sonaba. Pero todos parecían saber que hora era. Iván, que apenas llegaba al pueblo, fue sorprendido por una manada de gente que le pegaba con sus bolsos, maletines y paraguas al pasar junto a él, que se abría pasó para llegar a la plaza principal.
Al llegar, noto que esos jardines estaban abandonados. Parecía un lugar deshabitado. Grandes casas, mal cuidadas se levantaban junto al reloj inmóvil de Monura. Iván, atravesó hasta la mitad del parque y se detuvo junto a la fuente que sonorizaba aquel lugar. Se detuvo a contemplar al pez que de su boca vertía agua en la fuente de trébol, mientras sus ojos veían al infinito.
Ya recuperado el viajero dio un pasó más. En ese momento todo su cuerpo cambió. Sus piernas se escogieron tanto que desaparecieron, sus pies se desprendieron de su piel y caminaron sin rumbo fijo. Sus brazos y manos hicieron lo mismo. Su cabeza y su torso se fundieron en un mismo objeto, justo antes de que le salieran branquias. Entonces se arrastro a la fuente dónde encontró a muchos más como él.
Entendió algunas horas después, que lo que había pasado era que no había seguido el ritual que le vio hacer a Roberto, de recoger las tres piedras que ahí flotaban y meterlas a la boca del pez, antes de seguir su camino. Cuando el ritual no se cumplía el caminante, quedaba transformado, para siempre, en un nadador, destino que le vio cumplir a muchos más.