Escribí una carta a mi agresor.
Pensando ingenuamente que una carta borraría mis traumas.
Imaginando que el dolor, ese que me quebró en dos tras reconocer a mi ex como agresor, se esfumaría cuando terminara de redactarla.
Creyendo que adelantaría mi proceso.
No la puedo volver a leer, me es muy difícil.
Mi cuerpo comprende aquello, entiende la situación por la que estoy pasando.
Mis brazos tiemblan, mis piernas también, como si supieran que él está cerca solo porque su memoria me atormenta más seguido estas últimas semanas.
Es que yo sigo creyendo que él no sabe que es un agresor sexual.
¿Por qué no quiero decírselo?
¿Por qué sigo cuidándolo?
¿Por qué espero un cambio que sé jamás llegará?
¿En qué momento va a parar?
¿Por qué soy yo la que tiene que recordarlo a él?
¿Por qué yo tengo que vivir con esa constante puñalada en el estómago que me deja sin aire?
¿Por qué solo a mí me tiene que afectar y rondar todas las memorias de violencia verbal y sexual?
¿Por qué el agresor puede seguir con su vida como si nada hubiera pasado?
¿Qué clase de injusticia es esa?
Quiero que le duela. Que le arda. Que le clave en el pecho.
Quiero que sienta lo que es quebrarse desde adentro.
Quiero que viva en carne propia el que nadie más pueda tocar tu piel de una manera no platónica porque tu cerebro asocia.
Tiemblan tus manos, tus piernas, te oprime el pecho, comienzas a llorar.
Por mucho que tus amantes sean comprensibles, completamente empáticos, nada ayuda.
Tu piel tiene memoria, recuerda lo que ha pasado unos años atrás.
Tu cuerpo asocia un acto tan íntimo como algo doloroso.
Incluso escribirlo ahora mismo hace que sudes frío, que llores un poco.
No entiendes por qué todo lo tienes que cargar tú sola, cuando el culpable sigue impune.