“And clenching your fist for the ones like us
who are oppressed by the figures of beauty,
you fixed yourself, you said, 'Well never mind,
we are ugly but we have the music’"
Debo atenderme a mí, a mis formas. A la sutileza y el hermetismo. Al trabajo minucioso de las palabras, las relaciones de sonidos que me obsesionan.
Pero a la vez tengo que hablar de vos, tengo que decirte cosas y sólo me salen en mi forma directa, como en todas las pocas (quizá no tan pocas) cartas bienintencionadas, pero torpes, que escribí en mi vida.
Y es demasiado extraño sentarme a teclear frente a la pantalla sabiendo que nunca me vas a leer. Que ya no haya forma de, cada tanto, escribir o trabajar en un texto con la certeza de tu lectura. Pero esto lo digo ahora, en frío. Ahora que puedo pensar más de dos palabras seguidas sobre todo lo que quiero decirte sin angustiarme de manera insoportable.
Tu ausencia recién está pasando por la palabra. Y antes fueron los días de ver tu cara en todos lados y tenerte bronca y miedo. Y tenerme miedo. Y así como nos conocimos trasnochados y sedientos de palabras, metidos en la depresión, por turnos, víctimas de colapsos nerviosos y desamores, la palabra nos fue salvando, mes sí, mes no, hasta ponernos ojos y voces y caras. Hasta trasnochar en la cerveza con limón y sal, las caminatas eternas, la música, los vínculos expandidos, el frío que cada cual decía soportar menos, el sol en la cara jugando a los linyeras, los chistes internos, los amigos de los amigos de los amigos. Y así el mundo. Y también otra vez la palabra.
Yo sé que no te me moriste a mí, pero me duele tanto, Fede, la puta madre. Pero está bien, está muy bien. O no, no importa. Yo a vos te digo que está bien. Y me veo a mí misma acariciando a Balthus mientras sin saberlo asistía a la premonición y te abrazaba.
He estado limpiando la casa después de tener que vivir fuera por dos semanas para que cambiaran toda las cañerías podridas. El polvo lo cubría absolutamente todo. Las cucarachas se apoderaron de mi habitación en una invasión furiosa y extensa. Pero empecé a sacar el polvo de todos lados, de adentro mío también, de la memoria, de esas cajas herméticas en que uno guarda cosas que no vuelve a revisar. Estaba, por ejemplo, tu voz, en un mail titulado “hoy estoy para arruinarte el día” en que me mostrabas cómo le habías puesto música a algo que yo había escrito y hacías todo lo contrario al asunto. La mayoría de las cosas son bobadas. Y me di cuenta de la importancia de las bobadas.
Las bobadas, gente, sí. Podíamos hablar de cosas culturosas, complicadas, explayarnos en reflexiones, lecturas o lo que fuera. Pero están las bobadas, mezcladas o resumiendo o zanjando una cuestión, que no eran más que estrellas fugaces compuestas de tu inteligencia y chispa, de tu pesimismo o tus ucronías chabacanas. ¿Qué onda? Deberíamos alimentarnos más de esas bobadas, de esas cosas que simplemente conectan, hacen click, las palabras, incluso estas de autocompadecimiento, catarsis o ejercicio para entender algo (¿qué? ¿sobre qué?), son tan al pedo si son solo palabras. El miedo. De nuevo el miedo: Las pesadillas de manual en que a todos mis amigos les pasa algo terrible, la cadena de palabras que se enrolla alrededor de mis muñecas y las inmoviliza.
Quizás te haga mil homenajes. Quizás no escriba nunca ni una palabra más. Me dolés fuerte y me siento egoísta. Siempre te exigí demasiado como amigo y siempre terminó importándome poco que fallaras constantemente a mis estúpidas pretensiones. De cualquier forma, eras alguien al que valía la pena ver siempre, en cada encuentro, tragarse el orgullo de cualquier insólito enojo si lo había y salir al encuentro solo porque estar en tu compañía, tener tu amistad, ser tu “hada madrina” era un regalo que hasta creí no merecer.
Te recuerdo en todo lo que escribieron otros y te recuerdo en los abrazos, en el olor a humedad de una remera, en la risa apesadumbrada después de las últimas reflexiones sobre nuestras familias, en todos esos cuentos primitivos que me tuvieron como primera lectora, en las canciones, en los pocos comentarios que recelosamente hacías sobre un poema mío y que eran un lujo viniendo de vos.
Te quiero más allá de la palabra, te extraño en la lista de cosas que tenía para preguntarte “para la próxima”, en las frases tuyas que mi mente conecta con los acontecimientos más mundanos del ahora, en esa relación casi unilateral en que me proyecté en tus talentos, en tus muchas formas de hacer las cosas bien.
“Porque está todo bien pero no está todo bien. Bien para quién” cantabas, una de tantas, en esa manía por citar, o parafrasear, o traducir en un espanglish medido o en un español de barrio cualquier cosa que aconteciera.
Hay una soledad que asusta porque estoy lejos hace tiempo y no verte se me hizo costumbre. Entonces siempre espero el reencuentro, que no llega, que parece prolongar la postergación que se nos hizo costumbre. Estoy hiperconsciente y aturdida, llena de palabras. Y no sabría nunca qué hacer sin las palabras, sin tu prosa poco pretensiosa y limpia, que llega directa e incisiva a la media sonrisa propia de una complicidad que el que te lee se inventa.
Ya sabré cerrar este texto. En otra ocasión, en otro universo en que no sea tan difícil hablarte.