Nunca sabes qué día conocerás al amor de tu vida, así como no sabes qué día va a cambiar para siempre tu historia. Para mí, ese día fue hoy, 16 de Noviembre, pero de 2016. El día más emocionante, más irreal, aterrador y maravilloso de mi vida. El día que supe que iba a ser mamá.
Trece meses atrás, mi esposo y yo habíamos decidido empezar a buscar un bebé. Yo, que siempre me había negado rotundamente a tener hijos, por fin, a mis 35 años, había cambiado de opinión. Es muy curioso como funcionan estas cosas, alguien que siempre tuvo argumentos para defender por qué no quería tener bebés, de pronto ya no los tuvo.
Cuando conocí a mi esposo supe que quería tener un hijo con él. No sabía cuándo, si sucedería o no, pero algo en mí, me decía que él era el indicado.
Nos casamos en abril de 2015 y unos meses después dejamos de cuidarnos, esperando a que la naturaleza siguiera su curso natural. No es que tuviéramos prisa, pero ya iba a cumplir 36 años, mi mamá había sido diagnosticada con cáncer unos meses atrás, mi abuela ya estaba grande y enferma y yo quería que mi hijo conociera a su abuela y a su bisabuela. O al menos que ellas lo conocieran. Desafortunadamente, sólo uno de esos deseos se me cumplió.
Pasaron los primeros seis meses en los cuáles mi ginecóloga dijo que era probable que quedara embarazada después de dejar las pastillas, pero no pasó nada. Una prueba con un falso positivo en Diciembre de ese año y un mes tras otro de un no como respuesta. A mediados del 2016 ya estaba un poco harta del mismo resultado negativo todos los meses. Y aunque tampoco estaba obsesionada con la cuestión, sí me comenzó a deprimir el no quedar embarazada a pesar de todos los intentos.
Así que un día me dije que tal vez, tanto había dicho que no quería hijos, que la vida me había cumplido mi deseo y que quizá no podría tenerlos, como muchas mujeres que por más que intentan, simplemente no pueden. Así que ante esta situación y sobre todo, como soy yo de orgullosa, volví a mi postura de “pues al fin que ni quería”. Porque en el fondo de mi corazón, no quería aceptar que no pudiera y me ponía muy triste tener que decir que sí quería y no podía… Lo peor en este caso es cuando la gente te comienza a preguntar ¿y para cuándo el bebé?
Me parece tan imprudente que pregunten estas cosas, ya que uno nunca sabe las razones que puede haber detrás de esa pregunta. Yo, por ejemplo, siempre respondía que no queríamos tener hijos y que los dos estábamos de acuerdo con eso, que preferíamos el trabajo, nuestra vida social, las fiestas, la libertad a esclavizarnos con un bebé y generalmente esa respuesta dejaba medianamente satisfecha la curiosidad de los extraños o al menos lograba deshacerme de esas incómodas preguntas. Y para aquellos que me conocían desde hace muchos años, mi respuesta les hacía todo el sentido del mundo, ya que era la persona con menos instinto maternal en el mundo.
Por dentro, la verdad es que esas preguntas sí me molestaban y pensaba “¿Será que de verdad nunca tendré un bebé? Y era peor cuando en FB alguien anunciaba que serían papás, me daba un sentimiento encontrado entre envidia y al mismo tiempo pensar: “Fuif, pero yo tengo toda esta libertad maravillosa para hacer lo que quiera cuando quiera y no tengo todos esos problemas que tiene la gente con hijos.”
Así pasaron algunos meses hasta que llegó septiembre del 2016, trece meses exactos desde que tomamos la decisión de ser papás y no había ocurrido nada, a estas alturas ya estaba convencida de que no pasaría. Es gracioso que cuando crees que algo ya no va a llegar es justo cuando llega. Ese mismo mes planeamos irnos al Desert Trip en Indio, California. Era el viaje soñado, ir a ver en el mismo concierto a varios de mis artistas favoritos. Fue viendo a los Rolling Stones, viviendo una de las experiencias más increíbles, rodeada de cientos de personas de todo el mundo, escuchando a una de las mejores bandas, con una luna espectacular, un grupo de amigos maravillosos, que pensé: “Wow, qué bueno que no tenemos hijos, qué bueno que no los quiero ni los puedo tener, porque si fuéramos papás no podríamos estar aquí y ahora disfrutando de este evento irrepetible”. Así que en ese momento decidí que apenas regresáramos a México me volvería a tomar las pastillas.
Pues resulta que volvimos del viaje y empecé a sentirme rara. No sabía qué tenía, pero estaba rara. Me sentía irritable y sensible, cualquier cosa me hacía llorar, estaba cansada, pero claro, eso lo achacaba a la carga de trabajo que tenía. Noté que había subido un poco de peso o que estaba hinchada, pero tampoco le di demasiada importancia, sólo pensé en hacer alguna dieta o dejar de comer antojitos y golosinas como es mi costumbre. Hasta que mi esposo -muy chistosito- , empezó a hacer bromas y comentarios acerca de que estaba embarazada. Obvio, no me hacían nada de gracia en ese momento. Pero llegó Noviembre y yo esperaba que llegara mi periodo, pero nada. Los primeros días lo dejé pasar, supuse que el retraso se debería al exceso de trabajo, al viaje, etc. Sin embargo, ante la duda, decidí hacerme una prueba de embarazo, claro que compré la más barata que había en el súper y la hice en mi casa un día por la noche regresando de la oficina. Apareció una línea rosa fuerte y la otra muy clarita, que apenas si se notaba. Recuerdo que se la enseñé a mi esposo y le dije “mmm… ya ves, salió negativa, es igual a la que nos hicimos en Diciembre del año pasado”.
No me dijo nada en ese momento, pero él estaba seguro de que era positiva.
Al cabo de una semana, yo ya estaba desesperada y ansiosa, porque aunque no tenía los síntomas típicos que te cuentan del embarazo, no tenía náuseas, ni vómito, ni mareos, nada… solamente sueño, mucho sueño, ya tenía más de dos semanas de retraso y eso era completamente extraño en mí. Así que decidimos ir a comprar otra prueba. Esta vez, una que fuera 100% confiable, cuyo resultado no quedara a la interpretación, quería una prueba que dijera SÍ o NO y punto.
La compramos la noche del 15 de Noviembre, llegamos a casa, cenamos, vimos la TV, todo normal, sólo que me carcomían las ansias de hacer la prueba, cosa que mi esposo no me dejó hacer hasta la mañana siguiente, ya que era lo recomendado para que el resultado fuera más certero.
Yo tenía una junta el 16 las 10am, así que puse la alarma y me dormí. Como era de esperar, los nervios me levantaron a las siete de la mañana. Mi esposo dormía profundamente, así que no hice ruido y fui al baño decidida a hacer la prueba. Por un lado, quería despertarlo para hacerla juntos y que cualquiera que fuera el resultado, no me tomara sola por sorpresa. Tenía mil pensamientos en ese momento, todos revueltos como un torbellino, pensaba en qué pasaría y qué haríamos si resultaba positivo, también consideré que si salía negativo estaría muy triste, pero aliviada de poder continuar con mi vida, en fin… decidí no despertarlo y hacer la prueba yo sola.
Lo juro… fueron los tres minutos más largos de la historia. Me sudaban las manos, me temblaban las piernas, daba vueltas y vueltas dentro del baño, como un león enjaulado, esperando el resultado. Quería ver qué aparecía y al mismo tiempo me aterraba. Y por fin, pasaron los 3 minutos y apareció el resultado: EMBARAZADA 3+
Ahora, un año después, sigo sin poder explicar correctamente todo lo que pasó por mi cabeza en ese instante. Vino a mi mente todo, fue como si a cubetadas me lanzaran preguntas. ¿Qué pasaría con nuestras vidas, con nuestro matrimonio?, ¿la oficina, podría seguir trabajando? Nuestro departamento era muy pequeño, me preocupaban los gastos que se generarían, las responsabilidades por venir, ya no poder salir, no poder beber, tener que renunciar a la libertad… y más que nada, la idea de tener un hijo para toda la vida. La verdad, me quedé en shock, creo que estuve como 5 min sentada en el WC sin poderme mover, con taquicardia, hiperventilando, muerta de miedo. ¿Qué iba a hacer ahora? No estaba en las mejores condiciones para despertar a mi marido y decirle feliz de la vida “vamos a ser papás”, justo cuando estaba más convencida de que no era lo que quería, o al menos, eso pensé en ese momento. Tampoco se parecía nada esta situación a lo que uno imagina que harás para dar la noticia a tu esposo, no pensaba en hacerle algo especial, imprimir una camiseta, hacerle un regalo, hornear un pastel, envolver la prueba para regalo, y otras miles de formas cursis de anunciarlo, no, yo estaba paralizada de terror.
Finalmente, me acerqué a la cama con la prueba en la mano y desperté a mi esposo, llorando, asustada, le mostré la prueba y el pobre, aún adormilado, despertó con la que podría ser la mejor o la peor noticia del mundo. Para él fue la mejor, claro. Yo era la que estaba en shock. Él me tranquilizó, me dijo que no tuviera miedo, que lo que decidiera, él estaba conmigo en todo.
Yo no sabía que hacer. Lloré, reí, me alegré, me enojé, sentí de todo en ese momento, hasta que vi que tenía que meterme a bañar y arreglarme si quería llegar a mi junta a tiempo. Y por un momento la rutina me regresó a mi estado normal.
Salí de casa y subiendo a mi coche dije “por dios, estoy embarazada”, y esas palabras retumbaban en mi cabeza, “estoy embarazada” me repetí como 10 veces y mientras me lo decía, fui sintiendo una alegría enorme en mi corazón, no me lo podía creer, en serio, estoy embarazada, me repetía una y otra vez y a fuerza de decirlo me lo fui creyendo.
Fui a mi junta y saliendo pasé a comprar un café a Starbucks. Ahí mismo le llamé a una amiga, necesitaba hablar con alguien que me entendiera, con alguien que ya hubiera pasado por esto, así que le dije que me urgía verla y quedó de pasar por mí.
Debo confesar que esa plática me cambió totalmente. Todo el terror que sentí al ver el resultado positivo, despareció. Entendí que ser mamá no iba a terminar con mi vida, que si bien, muchas cosas serían diferentes de ahora en adelante, yo tenía en mis manos el poder de decidir cómo sería mi proceso y mi maternidad, cómo quería incluir a este bebé en mi vida sin que se convirtiera en una pesadilla.
Me dijo que mi vida iba a seguir y que ese bebé sería un motor y un impulso, no un freno, me contó de su experiencia con su hijo y de cómo sus vida ha sido increíble gracias a ese bebé que ya es un adolescente ahora. En ese momento, lo juro, desapareció mi miedo y estaba mucho más tranquila por lo que se avecinaba. Creo que sin esta conversación que me ayudó tanto, no hubiera podido afrontar las cosas como lo hice. Me tranquilizó y me dio esperanzas en que la maternidad podía ser algo cool y divertido, algo que le diera un nuevo sentido a mi vida y sobre todo, una aventura maravillosa.
Así que llamé a mi ginecóloga y como le dije que estaba embarazada, me citó ese mismo día a las 5 en su consultorio. Mi esposo fue por mí para ir al doctor. En el camino, platicamos un poco más calmados sobre la inesperada noticia y decidimos que antes que nada, queríamos saber qué nos decía la doctora y ver si todo estaba bien con el bebé y el embarazo.
Llegamos al consultorio, hablamos con ella y le preguntamos todas nuestras dudas, hasta que por fin nos pasó a revisión para hacerme un ultrasonido. Vaya sorpresa, ahí estaba ella, mi bebé, un pequeño frijolito que parecía una mini tortuguita de las de Mario Bros. Y dentro de ese frijolito, un latido a dos mil por hora, un minúsculo corazón, vivo, latiendo, saludándonos.
Podría tratar de explicar con adjetivos lo increíblemente maravilloso que fue ese momento, pero los que lo han vivido, saben que no hay palabras que describa ese instante de felicidad cuando ves y escuchas ese mini corazoncito latir. Fue ahí, ese preciso momento en el que la escuché por primera vez, que verdaderamente cambió mi vida para siempre. Eso fue amor a primera vista, el más real que había sentido jamás, fue magia pura, tan sólo un latido bastó para que amara a ese pequeño ser que ya estaba creciendo dentro de mí con toda mi alma. Obvio lloré y mi esposo también, él me tenía tomada de la mano y en ese segundo todo tuvo sentido, no había sentido jamás tal fuerza de amor hasta ese momento.
Salimos del consultorio felices, eufóricos, emocionados… Me sentía lista para afrontar lo que viniera con este pequeño angelito.
La mayoría de mis miedos habían desaparecido. Y es que hay que aceptarlo, hoy en día la maternidad parece aterradora. Lo primero que te dice la gente cuando sabe que vas a tener un bebé es que no volverás a dormir jamás, que tu vida nunca será igual, lees a las mamás de tus redes sociales quejándose 24/7 de todo lo que viven con los niños, los memes pintan a las mamás como locas neuróticas a punto de un colapso y aunque sea a manera de chiste, todo hace parecer como que ser mamá –sí, mágico y bello y maravilloso también- es escalofriante y básicamente, una condena a cadena perpetua. Y todos te dicen las cosas a las que vas a renunciar, lo que va a cambiar, cómo tendrás que hacer miles de sacrificios y básicamente, como nada en tu vida será igual. Lo que no te dicen, es que si bien no será igual es porque va a ser mejor, que cada segundo valdrá la pena y que tu vida, aunque diferente, ahora tendrá mucho más sentido del que tenía antes, que si acaso en tus 20’s o 30’s seguías cuestionándote sobre el sentido de la vida, ahora lo entenderás y que tendrás al mejor y más sabio maestro en tu hijo. Que sí vas a dormir, que sí vas a salir, que vas a tener vida, no como la de antes, distinta, claro, pero en muchos aspectos más feliz, más plena, más mágica. Así entendí yo que esta cosita diminuta de 7 semanas y apenas 11mm que estaba dentro de mi, no venía a destruir mi existencia, si no a construirla de una forma en la que jamás lo imaginé.
Así que hoy, justo hace 365 días, mi vida se transformó. Desde hace un año, en mi vida hay más amor, más felicidad, más sonrisas, más sorpresas, más ilusiones, más alegrías, más magia, más y más y más de las mejores cosas de la vida. Sin duda, no lo cambiaría por nada en el mundo.
Hace un año supe que sería mamá y ha sido la mejor noticia de toda mi vida.