- pre cumpleaños -
Estoy a punto de cumplir años. No siento que sea una cifra redonda ni especial, pero sí me empuja a detenerme y mirar hacia atrás, hacia dentro, hacia lo que ha ido quedando de este año.
He pensado que no hay vidas alternativas. Esta es la única vida que se despliega, sin ensayo ni repetición, sin el alivio de compararla con otras posibilidades que nunca existirán. No sabré nunca si elegí bien o mal; sólo sé que elegí, y que cada decisión me trajo hasta aquí, con sus pérdidas y sus hallazgos.
He sentido también que las palabras del amor nunca alcanzan. Barthes lo llamó la incertidumbre de los signos: decir “te quiero” es siempre insuficiente, como lanzar un mensaje en una botella que no sabemos si llegará a la orilla correcta. El amor, en su misterio, habita más en la ausencia que en la certeza.
He recordado que el mar es memoria infinita. Frente a él entendí que todo cabe en sus brazos: la tristeza más honda, la alegría más ligera. Mirar el mar es recordar que la vida es más grande que mi biografía, que en su oleaje se mezclan lo que fui y lo que aún no alcanzo a ser.
Este año también he visto que el cuerpo es tránsito. Dibujarlo, habitarlo, mirarlo envejecer, es aceptar que cada gesto es pasajero. Somos líneas que se borran mientras se trazan. El cuerpo no guarda promesas de eternidad, sólo la evidencia de lo vivido.
He comprendido que la risa y el llanto no son opuestos, sino hermanos. A veces nacen del mismo lugar: de la conciencia de lo absurdo, de sabernos frágiles y aún así capaces de celebrar. También que el silencio, tantas veces incómodo, es otra forma de hablar, una presencia que sostiene.
La nostalgia me devolvió a los lugares donde fui feliz. No para repetirlos, sino para reconocer que a veces puedo seguir siendo esa persona que alguna vez habitó allí. Pero también me mostró lo difícil que será volver a esos sitios probando que el tiempo no sólo nos aleja: también nos anuda.
Y descubrí que fallé en donde lo político también es íntimo. En que me quedé en parlamentos y titulares. Fallé en cómo cuidamos a quienes decidí querer, en cómo compartir lo que tuve, y en cómo construí lo común incluso en lo pequeño.
Hoy, con todo eso en el corazón, me doy cuenta de que la vida sigue siendo simple. Difícil, sí. Insoportable a ratos. Pero simple en su esencia: nacer, elegir, amar, perder, recordar, continuar.
Un año más de tránsito, un año más de preguntas, un año más de vida.













