Stephen había decidido pasar el día sentado en el piso de la Torre de Astronomía. Releía un libro sobre criaturas mágicas que su padre le regaló en uno de sus cumpleaños más recientes. Cada vez que lo leía sentía adentrarse más y más en el mundo de tan fascinantes criaturas. Al paso de unas horas decidió darle un descanso a sus ojos que últimamente le daban molestias al leer. Aquella era señal de que probablemente necesitaba comenzar a usar anteojos de vez en cuando. Se levantó del suelo y caminó a un extremo de la Torre que le permitiera apreciar mejor el paisaje. El viento soplaba con fuerza, sin embargo, en lugar del aire agradable tan característico del lugar, ahora se respiraba un aire pesado muy extraño, que provocaba una sensación de angustia. «Estás siendo dramático, Larson» murmuró casi inaudible para sí mismo e intentó relajarse. Lamentablemente aquella tarea de relajarse se vio interrumpida cuando notó a un par de personas que vestían ropa oscura merodear por los alrededores del castillo, ¿qué estaba pasando?
De inmediato salió disparado de la Torre con la intención de dar aviso en la dirección y a los prefectos de cada casa. No tuvo tiempo siquiera de recordar que su libro preferido se había quedado olvidado en un rincón.
Lo primero que vio al entrar al castillo fue: caos. Había personas corriendo de un lado al otro en busca de refugio. Otros hacían frente valientemente a los ataques. Personas yacían sin vida en el suelo con expresión de dolor grabada en el rostro, ¿qué clase de mal sueño era ese? De pronto sintió que su cuerpo se estremeció, las manos se le humedecían con un sudor gélido. Y el miedo lo embargó como nunca antes al pensar en la pequeña Hufflepuff, ¿dónde estaría Joyce? ¿Estaría a salvo? Stephen se sumergió en ése tipo pensamientos y por unos segundos dejó de escuchar el caos del que era parte. De pronto el sonido de un ladrillo cayendo en el suelo a causa de un hechizo que revotó en la pared, lo sacó de su ensoñación. No era momento para quedarse congelado, ¡tenía que actuar rápido! Y tenía bastante información muy bien guardada en su memoria gracias a los años de estudio y de libros que consiguió por su cuenta, que podía usar en momentos como ése. Metió rápidamente la mano en el bolsillo de su pantalón, y sin vacilar sujetó con fuerza la varita y con la frente en alto se propuso una meta que era cruzar el pasillo para asegurarse que su amiga estuviera bien, y además ayudar a todas las personas que tuviera cerca «Debes ser astuto, Stephen. Astucia… »
Comenzó a cruzar el pasillo sigilosamente, sosteniendo la varita firmemente frente a él. El reflejo de los destellos que emitían las varitas de los enemigos quedaban grabados en su memoria, al avanzar un poco más observó a una alumna de Hufflepuff que estaba en problemas, por lo que no dudó en lanzar un “Crucio” a la persona que se encontraba poniéndola en aprietos. El hombre cayó al suelo, retorciéndose, y la muchacha de cabello rubio salió corriendo aprovechando el momento. Stephen sonrió al darse cuenta que salió airoso y corrió entre la multitud lanzando hechizos a quienes querían causarse algún daño, aunque no salió del todo ileso. Llevaba algunas heridas en las piernas, aunque nada grave. Conforme caminaba a paso apurado su preocupación crecía más y más, estaba consciente de que Joyce era una chica inteligente, tenaz y muy capaz, sin embargo, era tan pequeña… Que alguien podría atraparla sin mucho esfuerzo. Estaba a punto de tomar el camino que lo llevaría en dirección de la Sala Común de Hufflepuff, cuando vio a la castaña caminando cuidadosamente con un grupo de chicos y chicas de grados menores, ¡estaba a salvo! No parecía estar herida ni nada por el estilo. Únicamente pudo alzar su mano en señal de saludo o despedida, con la esperanza de que ella pudiera verlo.
Ahora, el plan había cambiado… Tenía que dirigirse a la Sala Común de Slytherin y revisar que no hubiera nadie atrapado ahí, herido o que simplemente necesitara una mano. Utilizó varios hechizos para salir bien librado, algunos que realmente no se sentía del todo preparado para lanzar, pues sabía los daños que causaría a la otra persona, incluso quizá los asesinaría. De todas formas, controló la presión a la perfección, se sentía bien poder defenderse…
Gracias al manojo de emociones que había atravesado comenzaba a sentirse fatigado. El sudor le escurría por la espalda, incluso podía sentir pequeñas gotas sobre su frente, la camisa que llevaba puesta estaba empapada. Estaba muy cerca de la Casa Común cuando escuchó unos gritos… Era una voz familiar, buscó con la mirada el lugar de donde provenían y era a unos pasos, quizá medio metro de distancia “¡Larson! ¡Larson! ¡Por aquí! ¡Ayúdame!” Se trataba de Tim Williams, un compañero de clase, rubio, alto. El Slytherin en cuando lo escuchó corrió en dirección a su compañero, pero entonces la enigmática figura lanzó al rubio un hechizo que hizo que se desvaneciera de inmediato, el sonido que hizo su cuerpo al chocar con el suelo fue horrible. Sus ojos estaban abiertos, sus brazos rígidos, y sus piernas en un extraño ángulo. Sintió un choque de emociones, una parte de él se partía en pedazos por la vida perdida del joven Tim, y la otra parte estaba hirviendo en rabia, sentía la cólera invadir su cuerpo. Apretó con fuerza su varita y conjuró con todas sus fuerzas haciendo que un destello cegador verde saliera de la misma. El asesino de Tim cayó a un lado de su víctima. Estaba dispuesto a ir a buscar a Joyce, sentía una necesidad enorme de contarle lo que había sucedido. Se sentía de mil maneras posibles… Mantuvo alta la guardia mientras ideaba como ir en búsqueda de su amiga, cuando se vio sorprendido por la luz cegadora de un hechizo que revotó a su lado. Se sintió mareado y sus piernas poco a poco se paralizaban… A partir de ese momento no supo más de él ni de la batalla. Simplemente se desmayó.
Cuando abrió los ojos poco a poco pensó que debía estar en la enfermería, pues la luz era sumamente blanca y cegadora. Estaba ocupando una cama que después de todo no era tan incómoda. Intentó sentarse para servirse un poco de agua, pero se mareó al instante. Entonces vio que alguien (a quién no había notado hasta entonces) le ofrecía el vaso con agua. — Estoy en la enfermería, ¿cierto? ¿O la luz blanca es de ¨el más allá?¨ ¿Estoy muerto? —preguntó con un poco de confusión postergando la toma del vaso y tocándose la cara, en dónde se encontró algunos raspones. Probablemente producto de su caída hacia el suelo.