Como sucede y hacemos invierno tras invierno, al vivir sobre la ruta, al pie de una montaña, con mamá cruzamos hacia el monte de al lado, (que básicamente es el pie de las sierras) a juntar ramas, troncos o leña para encender el hogar de casa. Prácticamente a medida que subimos se va haciendo cada vez mas bosque. Al principio es todo vegetación y enredaderas y árboles caídos. Esta vez, fui acompañada de Camila, mi actual novia. Ella estuvo ayudándome con la tarea estas últimas semanas ya que mi mamá esta recién operada de un tendón del hombro.
Bien cerca de casa logramos juntar muchas ramas para encender y encontramos muchos troncos de árboles caídos bien secos que servían mucho para el hogar. Pero Cami empezó a adentrarse cada vez más en el bosque, primero para encontrar mas leña, segundo porque, vale aclarar, le gusta mucho la idea de explorar. Y meterse a un lugar así, que no sabía a donde la podía llevar, la tentaba mucho. Yo la seguí y también aprobé el hecho de seguir y seguir metiéndonos al bosque para mostrarle hasta donde podíamos llegar. Una parte importante de está historia que están leyendo, es que con nosotras iba un tercer acompañante. Ese era Moro, mi nuevo perro.. Bah, el de mi madre. Moro es algo desobediente pero siempre que nosotras avanzábamos, él, olfateando muy atento, caminaba a nuestro lado. Es 50% obediente, 50% desobediente. Y TRAVIESO. Al paso de nuestra caminata, el desgraciado de Moro cruza un alambrado por el que íbamos caminando al costado para guiarnos en el camino (A todo esto ya estábamos bastante metidas en el monte) (Ya habíamos cruzado toda las enredaderas y vegetación) y él desaparece. Lo habíamos perdido completamente de vista. Cami siguió caminando pero yo frene para llamarlo. Ella se suma a la búsqueda y lo llamábamos sin parar, bastante fuerte para decir verdad y nada.. Entonces las dos decidimos cruzar el alambrado e ir por Moro. Ya se hacía algo preocupante el que no aparezca ni de señales de andar cerca. Cami, la exploradora.. Avanzó un poco más que yo. (quien estaba un poco desconfiada de el hecho de seguir avanzando, pensando en que podría aparecer algún animal salvaje. En serio) Se agacha al verlo de repente, cruzando un lindo túnel de ramas y hojas (Realmente mágico) y Moro a su vez la vio a ella. Pero no volvió hacia nosotras sino que siguió camino. El perro realmente nos boludeo!! Cuando con Cami cruzamos ese mágico túnel de hojas para alcanzarlo, Moro se frena. Con la lengua afuera nos esperaba. Parecía sonriente! Contento de que lo hayamos ido a buscar pero porque nos estaba jugando una broma. Al menos eso parecía. Yo lo agarro, lo alzo y le doy una pequeña palmadita en el hocico y le doy un ligero reto. Ocurre un silenció y nos miramos con mi novia. Queríamos seguir explorando. Después de cruzar ese túnel había un caminito marcado muy claramente, sobre el cual estábamos paradas, donde habíamos encontrado a Moro. Concordamos en la decisión y seguimos ese caminito. Nos llevó hasta una pared, casi muro que daba hacia unas cabañas nuevas que están construyendo sobre la ruta. Digamos que nos llevo hacia la parte trasera de esas cabañas en construcción. Sin creerlo, nos asomamos un poco con Cami para chusmear y pensar cómo habíamos llegado tan lejos! De repente comienzan a caer algunas gotas, el cielo estaba completamente gris y nosotras recordamos que nuestra tarea era la de la leña, cuya leña, si llovía, se iba a mojar. Entonces decidimos volver. Al regresar, por el mismo caminito encontrado, se abre otro camino. Una vez más, con Camila cruzamos miradas cómplices de querer seguir descubriendo y avanzando el bosque. Ese camino subía aún más por la montaña y en el transcurso de la subida, recordé que siempre desde abajo, yo veía una cima, en donde se destacaba a lo alto un pino. A Meli (mi hermana) siempre le dije que quería llegar algún día hasta ahí arriba. Pero nunca encontré la forma ni el camino para llegar. Cuando logramos finalizar ese sendero marcado, llegamos hasta el árbol que siempre vi y anhele desde abajo. Era el lugar a donde quería llegar algún día. Estaba ahí, lo había encontrado. La vista era hermosa. Había un aire de tranquilidad. Me detuve por minutos a contemplar esa vista, a disfrutar del momento. A darme cuenta que ahí estaba: El lugar que hace tres años siempre quise descubrir. Y todo gracias a mi perro, bah el de mi madre, Moro. En principio gracias a Cami, y sus ganas locas de explorar. En segundo a las travesuras de Moro y mi preocupación por buscarlo y encontrarlo. El momento se torna mucho más mágico, cuando de repente empieza a llover fuerte. Uno de los deseos locos de Cami era tener un beso bajo la lluvia. Nunca lo habíamos tenido y esa era la oportunidad perfecta. Se lo dí. Y tuvimos nuestro maravilloso beso bajo la lluvia, ahí arriba en el lugar que siempre quise conocer de la montaña. Con mucho frío, y con Moro de por medio. Aún así fue fantástico. Creí y tome la decisión, de que ese lugar iba a a ser mi lugar, cuando necesite despejar. Tal vez, nuestro lugar. Otra vez, nuestras reacciones por la lluvia y la leña que habíamos juntado. Volvimos lo más rápido que pudimos por el mismo camino que nos adentró. Empapadas, mojadas a mas no poder, cruzando alambrados, hojas, arboles y ramas, llegamos a la base de la montaña, al patio trasero de mi casa. Donde habíamos abandonado la leña. Y aquí es la parte oscura, anecdotica y un poco fea y graciosa a la vez de la historia. Llegamos abajo, lo primero que Cami me dice es: Uhh, ahí está tu mamá, nos está buscando. Fui un poco inconsciente de la cantidad de horas que nos perdimos adentro de ese mágico bosque, sin haber avisado, sin haber llevado celular. Pero si pensé, mientras estaba arriba, en el hecho de qué podría pensar mi mamá, pero no medí la gravedad. Ni tampoco pensé que ella se preocuparía. Al verla a mi mamá, ella se acerca lentamente llorando muy desesperada, diciéndome que por qué le hice eso, que se preocupó, que pensó que nos había pasado algo, qué nos buscó y nos llamo fuerte como una hora, mientras seguía llorando desconsolada. Yo no sabía ni qué decirle, ni como tomar su reacción. Simplemente le dije que, qué me podría pasar, que solo nos metimos un poco, que.. No sabía que decirle. A la vez, me sentía nerviosa y culpable, pero sabía que mi mamá estaba realmente en una etapa de su vida en la que la sensibilidad es su mejor amiga. Todas mojadas, con Cami, entramos a cambiarnos la ropa, mi mamá se tranquilizó y me pidió perdón por ponerse así. A pesar de que la culpa la tuve yo, por no avisar que me iba a ir tan adentro. Pero lo de Moro fue un accidente que me llevo al momento inolvidable y mágico. Perdón Ma, juro que la próxima te lo hago saber.