«A MI DIABLO ME REMITO»
Hace un par de años hice un trato con el Diablo. Me encontraba tirado en la banqueta de algún barrio perdido en el Distrito Federal, sumergido en mi propio vómito, sufriendo una congestión alcohólica, desesperado, atragantándome, respirando líquido gástrico, lo llamé. Era estúpido creer que el diablo asistiría ante un simple llamado mental de un sujeto a punto de morir y ser enviado al infierno por la eternidad, pero el diablo vino, o al menos uno de los diablos. Mientras me ahogaba con la mezcla de alcohol y jugos estomacales que hervían en mi garganta, el diablo se paró junto a mi cabeza. Sin agacharse volteó a verme. Su mirada daba asco. Se puso en cuclillas y acercó su retorcida boca a mi oreja.
—¿Por qué debería salvarte? —Preguntó. Por un momento mi garganta se abrió y pude eructar unas palabras. —Accambbio demmialmmmm…á! —¿Tu alma? ¿Para qué me sirve el alma de un condenado al eterno castigo? You’re in the highway to hell, buddy! Jajajajajá! —Rió de forma filosa—. En segundos entrarás por la puerta del lago de fuego donde pasarás las eternidades hasta que tu creador te llame al gran juicio. El diablo se levantó, se dio la vuelta y se comenzó a alejar. —Teegdarégmásss almmággss! —Escupí. El diablo se detuvo. Volteó y preguntó: —¿Las almas de quién? —Deellos… De mishermaggnos.
La presión en mi garganta cedió, el líquido que mis fosas nasales expulsaban en cada bocanada de aire y que me quemaba los lagrimales dejó de fluir, un trago denso bajó por mi garganta cayendo de golpe en mi estómago como una bola de fuego y el oxígeno entró a mis pulmones con un grito desesperado. Viví. Me disponía a inhalar por segunda vez cuando el diablo me colocó un dedo en la garganta y el aire encontró imposible pasar. —Las almas de tus hermanos. Las quiero todas. —Sentenció—. ¿Qué harás para conseguirlas? —Me dejó respirar. —Escribir. —¿Y eres bueno en eso? —Mucho. —No te creo, pero no te puedo otorgar ese talento ni ningún otro, para darte ventaja y asegurarme de que cumplas tu palabra, me quedaré contigo, te diré de lo que debes escribir y todo lo que tienes que decir y ellos leerán y creerán y vendrán a mí. ¿Entendiste? —Entendí. —Contesté por inercia. Me soltó y dándome unas palmaditas en la mejilla se subió a mi hombro y se acurrucó en mi cuello.
Hice un mal trato con el diablo. Aunque supongo que los tratos con el diablo siempre son malos. Pude pedir algo más, pude desear riquezas fama y poder, pero sólo me gané un diablo que no me deja descansar y apenas me permite dormir un par de horas por la noche. Hace mucho que pagué mi deuda. Le entregué las almas de mis hermanos. Sucedió como lo predijo, yo escribí lo que el susurró a mi oído, ellos leyeron y poco a poco vinieron. Soy hijo único, pero hasta hace un par de años pertenecí a un grupo de jóvenes cristianos, buenos chicos, buenos hermanos, realmente querían ayudar, querían salvarme, y los destruí. Entregué sus almas al diablo a través de mis letras. Todos ellos, buenos cristianos. Pero no fueron sólo ellos. Muchos otros también fueron alcanzados por mi evangelio. En especial adolescentes. Niñas que buscan pertenecer a lo que sea que las hiciera sentir diferentes. Mojar sus pantaletas las ha hecho creyentes. No me arrepiento de nada, no me siento mal por ellos, hasta podría brindar en su honor. Tal vez soy un monstruo por regalarles boletos en primera fila a todos los que me rodean sin sentir culpa, no me interesan. Lo que me jode y me jode mucho, es la maldición que trae consigo escribir las palabras de un diablo. Es seductor a la vista, al oído, a la imaginación, es pegajoso, pero no es sano. Es pornográfico y adictivo, y si bien no he dejado de follar desde que hice el trato, no consigo nada más. Sólo sentirme vacío, inmundo, un poco más muerto.
La compañía de un diablo no es agradable, aun cuando su tarea es brindarte lo necesario para que logres lo que ellos te prometen, siempre intentan perjudicarte. Te ponen el pie en las escaleras, te muerden la mano, intentan asfixiarte mientras duermes, o sabotean tus ideas para que pierdas la inspiración y te frustres. Son unos hijos de puta. Desde que firmé con mi agente demoniaco he podido ver a muchos otros diablos, casi todas las personas tienen uno, diablos de baja categoría, a excepción de la gente famosa, influyente, poderosa, millonaria, ellos poseen diablos con rangos más altos, son malvados. La mayoría sabe que llevan un diablo, tienen pactos sellados con sangre, otros están esclavizados, pero algunos no tienen idea del reptil negro montado en sus cabezas, vomitando dentro de sus bocas. Pobres imbéciles.
Todos los diablos son diferentes. Mi diablo es de apariencia más extraña que escalofriante. Mide menos de noventa centímetros, tiene la complexión de un niño, pero no es un niño, su piel es traslúcida y cristalina llena de tatuajes con formas de humo que se mueven libremente por todo su cuerpo, dándole la imagen de una niebla verdosa. Su rostro es transparente de la nariz hacia arriba. Sólo una boca larga y llena de dientes manchados se distingue, y a veces, en la negrura de la noche, se pueden ver sus ojos circulares inyectados en sangre. Es un diablo inquietante. Existe en una especie de convulsión que lo mantiene en movimiento, como si estuviera bailando, parado, moviendo los hombros de un lado a otro. Provoca asco y desasosiego, pero pone caliente a todos los que lo escuchan.
—Estoy cansado de coger por coger. —Le dije después de venirme por tercera vez en una chica menor de edad que juraba que mis textos la ponían caliente as fuck. Ni bien terminé de eyacular me levanté y salí de la habitación dejándola sobre la cama con las piernas abiertas, escurriendo leche y miel. El diablo se me descolgó del pene. —¿De qué carajo hablas? —Preguntó bostezando y estirando sus extremidades. —De que después de cada follada me vuelvo un miserable. No me llena. Estoy vacío. —Jajajajá! —se burló—, no me digas que quieres amor! —Tal vez no amor, quiero algo más, sentir algo más allá del simple placer carnal, pero no puedo tenerlo. No mientras te tenga haciendo un nido de Cuervo con mi cabello. —Ajám… —Y aquí estoy, con una botella de vino en la mano mientras hablo y hablo sin objetivo con el causante de mis penas, como tantas veces antes. —También soy tu salvador, no lo olvides. —Perdí la noción del tiempo, de cómo me siento, espero a que las cosas sucedan solas. Por suerte, por magia. A veces, suceden, y traen consigo a algunas mujeres que quieren destruirse conmigo, encuentran satisfacción en ver a alguien herido, sangrando, como yo. Me ven y les infundo una clase de esperanza malsana. No están tan rotas ni tan sucias, aún pueden salvarse. Me toman como un espécimen extraño con gafas oscuras cargando un cuaderno o una máquina de escribir, una cucaracha fumándose un cigarro, y me dicen que se sienten igual, que yo las complemento, que se van a quedar, pero con el tiempo se van. —¿Ves esto? —dijo extendiendo el brazo mientras se frotaba el dedo índice con el pulgar— Es el violín más pequeño del mundo tocando una canción triste para ti. Una balada francesa, con la voz de Serge Gainsbourg; oh la belle France, le berceau des cules parfumés! —Si lo pienso un poco, me basta cerrar los ojos para saber que quiero. —Voulez vous? —A ella. —Le dije intentando provocarlo. —Qui? —Preguntó con un gesto de fastidio. —A la chica de los labios rojos. —La femme avec la galaxie de lunaires que m'embrassa dans ce rêve. (?) —Quiero ponerla caliente con poesía. Quiero que me abrace con sus piernas hasta que nos salgan raíces y se enreden alrededor de nosotros, y le crezcan las ramas y hojas y flores, y frutos ácidos, quiero hacer un jardín en ella. Quiero besar su boca de fuego hasta que esté borracho de Cabernet, escurriendo vino por las comisuras de mis labios, quiero… —¡Cállate maricón! A nadie le importa lo que quieras. Disfruta lo que se te ha dado. Cientos de miles venderían la vida de su madre por menos de lo que tienes. Lo sé porque he comprado esas vidas. He arrastrado al interior de la oscuridad a muchas personas inocentes a cambio de una botella de Whisky o un coño virgen y caliente para fornicar, o un piquetito en la vena con heroína tan pura como la leche de los ángeles, un viaje que seguro termina en pasón. A ti te he dado todo. Te dejé vivir. Te conté historias que te han hecho popular, te conseguí mujeres dispuestas a satisfacer tus deseos, te abastezco las drogas que tanto te gustan, y si necesitas algo que no puedes comprar, lo robo por ti. Tienes lo mejor, ¿qué más quieres? —Alguien que no se vaya al amanecer, que me destruya lentamente pero por necesidad no por pasatiempo. Las mujeres sólo me quieren para decirles cosas sucias al oído, escribirles hasta mojar sus bragas. Y si me dejan sumergir mis dedos en sus flores… —Vaginas! No son flores. Son vaginas. Llámalas por su nombre. No seas cursi, me dan ganas de vomitarte encima, y sabes que lo hago. —Vaginas… —pinche diablo—, si me dejan sumergir mis dedos en sus vaginas, después me ven mal si me huelo los dedos, si los chupo. Me desechan como al condón lleno de mí que sacan de su interior como si fuese lo más repulsivo del mundo. Ellas no me pueden amar. Y si me aman, si dicen que me aman, me aman a cucharadas, como si prepararan una solución peligrosa, una sustancia química que requiere precisión milimétrica. A gotas me dan su amor. Para demostrar que no están locas, que tienen el control, que no están pérdidas y que si las dejo no se destruirán, que sin ellas no puedo vivir, que las necesito y por eso me dejan, que lo hacen para que nunca me vaya. Me tratan como un objeto que pueden remplazar. Me dan las sobras para que pida más.
El diablo me veía horrorizado. Encendí un cigarro y me senté en el sofá, era un sofá de color rosa forrado de plástico y pronto se empañó con el calor de mi cuerpo. Estaba desnudo sentado frente a un espejo, pero en él, mi reflejo se veía distorsionado. Fuera de enfoque. Una mancha color crema.
—El amor es una creación de Dios. Y los condenados no pueden experimentarlo. —Me dijo el diablo con cierto aire de lástima. Hacer tratos con los diablos no es buena idea. Te quitan más de lo que te dan, siempre faltará algo, y cuando sientas que por fin lo tienes, en realidad no. Se va. —¿Qué debo darte a cambio de la chica de los labios rojos? —No tienes nada que yo quiera. —Te daré más almas. —Ya lo haces, y lo seguirás haciendo. La cosecha, aunque a baja escala, a comenzado. Pero no te sientas mal, tu recompensa es que no desaparecerás cuando mueras. Trascenderás. Te lo prometo. Después de tu deceso, cientos y cientos leerán tus textos, y en unos cuantos años te convertirás en un escritor de culto. Tus novelas serán leyendas. Himnos. Emblemas. Tu nombre y tus letras inspirarán a muchos más que con sus letras traerán almas para mí. Es una ganancia eterna. Mientras el hombre exista. Así que… Ya no te necesito. Te mantengo vivo con el único fin de que te sigas ensuciando y tu condena sea mayor. —Me suicidaré. —¡Oh por favor hazlo! Pero mejor espera un poco, en dos semanas cumples veintisiete años. Córtate las venas ese día y te prometo que en una década estarás en el club de los 27. Junto a Hendrix y Joplin, bueno… A donde irás también podrás ver a Hendrix y Joplin pero no creo que quieras verlos o que te importe algo más que no sea el inmenso dolor que te infringiremos. —Quiero que esto termine. —Yo creo sinceramente que deberías disfrutar el puto momento. Terminarte esa botella de vino, cogerte por cuarta vez a la adolescente desnuda que tienes en la cama y al terminar escribir sobre la pedofilia y el sexo con princesas que conociste en galerías de arte, mientras nos fumamos un porro. Yo invito. ¿Qué dices? Suena como la noche perfecta para mí.
Los diablos son astutos, saben persuadir. Me termino la botella de vino. Me follo a la chica en la cama. Fumo. Escribo. Fumo.
Me termino la botella de vino. Me follo a una chica en mi cama Fumo. Escribo. Fumo.
Me termino la botella de vino. Me follo a una chica en su cama. Fumo…
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