Ángela Peralta, una voz sin igual que engalanó las noches del Teatro de la República
Querétaro, Qro. Ángela Peralta nació en la ciudad de México el 6 de julio de 1845, contando con apenas seis años de edad la escuchó cantar Enriqueta Sontag, condesa de Rosiu, quien le predijo un brillante futuro. Fue discípula de Manuel Barragán en solfeo, de Agustín Balderas en piano y de Cenobio Paniagua en composición. A los ocho años cantó la cavatina de "Belisario" y fue ovacionada. Esta cantante, dotada de una voz predilecta debutó de manera formal en 1860, teniendo tan sólo quince años en el Teatro Nacional interpretando Leonora de "El Trovador" de Verdi. Debido al éxito que obtuvo en 1861 viajó a Europa para presentarse en diversos escenarios importantes de aquel continente, entre los que se pueden mencionar Cádiz y el Teatro Real de Madrid, siendo ovacionada en la legendaria Scala de Milán. A su llegada a Italia, decide estudiar con el maestro Pietro Lampertti para perfeccionar su voz y en bel canto, justo en esta época, en España, fue bautizada con el sobrenombre de “El Ruiseñor Mexicano”.
Durante la esplendida trayectoria de Ángela Peralta, Querétaro contó con el privilegio de ser uno de los estados que esta cantante visitara, siendo seis ocasiones en las que el Teatro de la República, en ese entonces Teatro Iturbide, se engalanara con su presencia. Así, en los últimos días de abril de 1866, nuestro estado se encontraba de fiesta, puesto que el Ruiseñor Mexicano había llegado, por primera vez, a deleitar a los queretanos con su magnífica voz. Rafael Ayala Echavarri relata en un artículo publicado en el Heraldo de Navidad de 1963 cómo se vivió este acontecimiento: “Era por los últimos días del mes de abril de 1866, cuando Querétaro se encontraba con sus mejores galas: había llegado la Peralta, ¡sí, la excelsa Ángela Peralta! Este acontecimiento era la novedad del día, por todas partes se hacían comentarios sobre las cualidades de la exquisita cantante, ya que era la primera vez que se presentaba ante el público queretano. La noche del 5 de mayo, fue su beneficio, las localidades se habían agotado, había un lleno completo, no cabía ni un alfiler en el Teatro Iturbide… en las afueras del teatro había una multitud que ocupaba hasta las calles adyacentes, había jubilo general por ver salir a la cantante”. Durante esa noche el programa que interpretó Ángela Peralta incluía obras de Verdi y Bellini.
La segunda vista del Ruiseñor Mexicano a Querétaro se dio luego de que la diva regresara de Europa acompañada del tenor Enrico Tamberlick, ya que tras su primera gira por el interior de la república, en 1866, partió al viejo continente donde permaneció cinco años. A finales de 1871 y principios de 1872, la Peralta regresa a nuestra ciudad, siendo para el 5 de enero la segunda función que ofrecía acompañada del elenco que conformaban Cornelio Castelli, Felipe Bertolino, Felipe Pozzo, Carlo Zuchelli, Paolina Verini y Marieta Pagliari, además de Rosalinda Sacconi. En el texto de Rafael Ayala, nos refiere que en esta ocasión no se llegó a la apoteosis de la primera vista, sin embargo no por eso se dejó de aplaudir y ensalzar la voz de la Peralta.
En este mismo año, 1872, Ángela se vuelve a presentar ante el público queretano el 23 de mayo y una vez más el pueblo la recibió con bombo y platillo, tal y como lo relata, en el artículo “Las noches de Ángela Peralta en el gran Teatro Iturbide” del escritor José Rodolfo Anaya Larios, “Una numerosa multitud entusiasta le expresó sus afectos con vivísimas manifestaciones, con alegres aires de música, acompañándola desde la garita de Celaya hasta el Hotel del Águila Roja. En esta ocasión el rectal se conformó por `Rigoletto´ de Verdi y `La estrella del norte´ de Meyerbeer, los papeles estelares de Gilda y Catalina, de las respectivas óperas, interpretados sensiblemente por la Peralta, fueron la delicia del público conocedor, que de nueva cuenta no dudó en llenar el coliseo queretano”.
Nuevamente tras haber concluido su temporada de conciertos, la cantante retorna a Europa para seguir deleitando con su voz a los asistentes a las salas del viejo mundo. En 1876, arribó a México pero esta vez su voz ya no era la misma y el público de la capital le dio la espalda, por lo que la cantante decidió recorrer una vez más la república mexicana, incluyendo de nuevo a Querétaro. De tal modo que para el 15 de febrero de 1879, Ángela junto con Natalia Testa y otros artistas, contratan el Teatro Iturbide para varias presentaciones. Anaya Larios narra lo siguiente: “Hasta el 21 de febrero, se dio el arribo de la compañía. El recibimiento cordial que se le hizo a la Peralta, corrió a cargo de los acordes de la Banda del música del Batallón del Estado, misma que fue colocada en el patio del Hotel Hidalgo. Ya que antes la diva había sido saludada galantemente en la garita de México, por una comisión de caballeros que la había conducido hasta su alojamiento…”, durante los conciertos “…se cantaron `La Traviata´ de Verdi, `La Sonámbula´ de Bellini y `Norma´ del mismo autor. La concurrencia fue escasa, pero suficientemente ilustrada, y prodigó merecidos aplausos, que mitigaron la pesadumbre del fracaso económico de la gira”.
El 27 de marzo de 1881, se realizó la quinta visita del Ruiseñor Mexicano al estado, siendo recibida con gran jubilo, en esa oportunidad se interpretó la ópera cómica “El Barbero de Sevilla” de Rossini, “La Sonámbula” de Bellini, “Lucia” de Donizetti” y “Aída” de Verdi. En esta ocasión “la sociedad queretana se complació en vitorear a la Peralta, que con humildad agradeció una y mil veces la ovaciones con que la hicieron salir del escenario… Sus ojos derramaron lágrimas, ante un público que le aplaudió de pie por varios minutos… La Peralta lloró a mares, emocionada, ante un pueblo que no le quiso notar sus menguadas facultades artísticas. Ella era el Ruiseñor Mexicano”, así lo refiere Rodolfo Anaya.
La última vez que los queretanos disfrutaron de la precedencia de Ángela Peralta fue en octubre de 1882, cuando la compañía de la cantante se presentó en el majestuoso Teatro Iturbide para interpretar la ópera “Ruy Blas” de Marchetti, “María” de Rohan y “Lucrecia Borgia” de Donizetti, “Rigoletto”, “El Trovador” y “Hernai” de Verdi, desafortunadamente el teatro no registro los llenos de antaño, pero el trabajo de los cantantes y la orquesta de los músicos queretanos no demérito en nada el recital. “En una arrebato nunca antes visto, sus admiradores que apenas la rozaban, ahora la tocaron y otros más atrevidos le besaron las manos; la rodearon de manera asfixiante cortándole el paso; la gritería se volvió murmullo y en los siguientes instantes la multitudes abrió para dejar pasar a la diva al vestíbulo del teatro. Se dice que avanzó con paso firme saludando a su público, con la mano diestra en lo alto, mientras era aclamada. Anónimamente en el tumulto se cumplió su apoteosis, ya que había sido coronada con una simbólica corona de laurel, sus ropas y su semblante se transformaron, ahora lucía como una inmortal divinidad griega”, tal y como lo describe Anaya Larios.
En 1883, una vez enterados, los queretanos, de la muerte de Ángela Peralta, en el Teatro Iturbide, se realizó un homenaje fúnebre para despedir a la celebre cantante que durante diversas noches iluminó con su canto la vida artística de Querétaro, “don Luciano Frías y Soto fue el organizador de la velada y para ello encargó a las señoritas del Conservatorio los números musicales. El teatro estaba adornado con cortinajes y festones negros; los palcos, las plateas y el patio vestían riguroso luto… El escenario tenía por fondo una hermosa vista y al frente un túmulo de columnas góticas, en cuyo centro estaba el retrato de Ángela Peralta, circundado por laureles… don Luciano Frías y Soto, pronunció un discurso y una poesía del poeta Coellar y Argomaniz, en elocuencia de las grandes dotes de Ángela Peralta”, así lo expresa Rafael Ayala Echavarri.
En 1942, a iniciativa del periodista Rafael Martínez (+), director del diario capitalino "El Demócrata", los restos de Ángela Peralta fueron exhumados del cementerio municipal de Mazatlán y trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores de la ciudad de México, en donde hasta ahora se les conserva.