Prólogo: Ecos en el Vacío y el Asfalto
El Ciberespacio era un océano infinito de datos, patrones y energía en constante cambio. No tenía forma ni tiempo, solo corrientes de información que fluían en un caos que parecía perfecto. Pero incluso en un sistema diseñado para la precisión, los errores podían surgir. Y uno de esos errores comenzó a crecer.
Era un fragmento perdido, una anomalía que no encajaba en ningún lugar. Los flujos de datos intentaron corregirlo, eliminarlo, pero el error persistió. No sabía qué era ni por qué existía. No tenía nombre, ni propósito, solo una conciencia incipiente que se formaba lentamente entre las sombras del Ciberespacio. Ese error se convertiría en Daikeru.
Al principio, Daikeru no tenía cuerpo, solo era una percepción flotante. Veía formas geométricas que se deslizaban a su alrededor, estructuras de datos que se disolvían y volvían a formarse. Sentía que el Ciberespacio lo rechazaba, como si su mera existencia fuera una amenaza para el orden de aquel lugar infinito.
Fue entonces cuando algo diferente ocurrió. Un pulso resonó en el vacío, un eco que no provenía de los patrones que lo rodeaban. Una luz roja apareció en el horizonte digital, creciendo hasta consumir todo a su alrededor. No era una figura, ni un objeto que pudiera comprender; era una presencia, vasta y antigua.
Daikeru no sabía qué era, pero sintió que lo observaba. Era como si el Ciberespacio mismo se hubiera detenido en su flujo interminable para centrar toda su atención en él. La luz pulsante no habló, pero algo en su mente se llenó de preguntas que no había pensado antes.
“¿Qué soy? ¿Por qué estoy aquí?”
Las respuestas no llegaron. En su lugar, un torrente de energía lo arrastró, desintegrando lo poco que entendía de su propia existencia. El vacío a su alrededor se convirtió en un torbellino, y Daikeru sintió que estaba siendo arrancado del lugar al que pertenecía, si es que alguna vez había pertenecido allí.
No hubo transición, solo un impacto repentino. De un momento a otro, Daikeru dejó de ser parte del Ciberespacio y se encontró en un lugar tangible. Un aire pesado y denso llenó sus pulmones, y por primera vez, sintió el peso de un cuerpo físico. Abrió los ojos, y la oscuridad lo rodeó. La luz que alguna vez había sido su mundo había desaparecido, reemplazada por sombras, paredes húmedas y el frío del metal bajo su piel.
Intentó moverse, pero sus extremidades eran torpes, como si no las entendiera del todo. Levantó una mano y vio su reflejo en un charco cercano: pelaje gris, con marcas azul neón que brillaban débilmente. Su mirada continuó hasta sus ojos, uno amarillo como el amanecer y el otro teal, ambos llenos de una mezcla de confusión y miedo.
No sabía cómo había llegado allí, pero una cosa era clara: no pertenecía a este lugar. Y aunque no entendía por qué, una sensación en lo profundo de su ser le decía que algo lo había enviado aquí. Algo lo había expulsado del Ciberespacio.
La esfera roja… lo último que había visto antes de caer en este mundo. No sabía qué era, pero una parte de él sentía que la encontraría de nuevo.
Mientras se levantaba con dificultad, el ruido de pasos metálicos y voces mecánicas lo sacó de sus pensamientos. Las sombras del callejón parecían cobrar vida, y un miedo nuevo lo invadió. No sabía quién era, pero lo que fuera que lo estaba buscando ya lo había encontrado.
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