Las paredes blancas son los fríos muros que rodean una leve llama. De nuevo me levanté y volví a verlas. Largas superficies planas y lisas, de un blanco impoluto, más claro que la nieve, más liso que el hielo. La luz de la mañana rebotaba por todos lados, sintiéndome inundado por una claridad abrumadora. Tan fuerte era la luz que abrir los ojos me costaba el doble de lo que me habría costado de encontrarme en mi propia cama. Con los ojos doloridos por una luz tan fuerte, la memoria muscular aun hacía que se me cerrasen, volví a ver aquellas hojas que caían elegantemente y que surgían del tronco incrustado en aquella árida mezcla de cortezas de pino y tierra que formaban el contenido del tiesto color naranja. El escritorio de madera clara con diferentes papeles, libretas y libros se me aparecía como un señor mayor que sentado en un banco observa pasar a los caminantes, como un roble centenario que es testigo del paso del tiempo, del paso de diferentes generaciones de paseantes y de quienes se sentaron bajo sus ramas para apaciguar el duro calor del verano. Ese mismo calor entraba por la ventana abierta. No era aún verano por lo que no sudaba, pero los rayos de sol caían sobre mí, y yo sabiendo que eso me produciría dolor de cabeza me gire hacia el otro lado de la cama. La silla frente al escritorio era el maniquí de nuestras ropas. Un montón indefinido de pantalones y camisetas, ropa interior y cinturones que descansaban sobre el respaldo. Probablemente colocados esta mañana por ella, que habrá tenido que recogerlos de uno en uno del antiguo suelo de la habitación.
Me observé a mí mismo. Desnudo, mi pie izquierdo seguía cubierto por las sábanas blancas. La cama era grande, podía hacer como los niños que hacen ángeles en la nieve, y de hecho así me estiraba para empezar a despertar los músculos e intentar reducir al máximo los efectos físicos y mentales de la resaca. De hecho, el dolor de la resaca era el menor de mis problemas. El problema era volver a levantarme en aquella casa, en aquella habitación y en aquella cama.
La fiesta que me llevó a aquello empezó pronto. De hecho, para mí empezó a las 6 de la tarde. Al salir de la uni como muchos jueves algún grupo o asociación de mierda había organizado lo que llaman “cervesada popular” en la que nosotros éramos más proletarios que los organizadores[1]. Mis amigos y yo compramos en el mercadona a cinco minutos de la fiesta los packs de 6 cervezas a 47 céntimos la lata, cuatro packs uno por persona. Y por eso que a las 6:30 ya estábamos la mayoría desaparecidos de nuestro grupo originario. Algunos como siempre se fueron pronto porque tenían que “estudiar”, otros se empezaron a hacer amigos de diferentes desconocidos, gente de ADE, de ciencias políticas, de sanidad… Incluso yo mismo hice esto, es verdad que mis ellos normalmente me abandonan al final, bueno mejor dicho yo les abandono inconscientemente, porque me convierto en una persona social y me hago amigo de quien sea. Desaparece el misántropo para que aparezca el amigo de mi amigo es mi amigo. Al principio de la tarde, cuando borracho ya con un par de latas (sí el alcohol me sube muy rápido y eso que eran 6 para cada uno) empecé a hablar a gente desconocida mis amigos reconocieron mi comportamiento y empezaron a olvidarse de mí. Esto es lo habitual, el problema es que ellos tenían la cerveza. La tarde se convirtió en dar vueltas de un lado a otro. Modificado mi comportamiento por el alcohol, mis capacidades motrices se redujeron considerablemente, creando un espectáculo de gritos, saltos y carreras cada vez que se acababa mi lata, lo que os puedo adelantar, era muy rápido. Conocí a mucha gente, probablemente más de la que recuerde. Pijas de ADE que alucinaban ante un futuro muerto de hambre de humanidades, perroflautas de economía, estudiantes de intercambio que no saben que es la Cup, andorranos hippies, porreros pijos, un verdadero pastiche. Tal vez la mezcla no es tan exagerada, sino que lo loco es mi comportamiento. Realmente es lo más normal considerando que mi cerebro estaba intoxicado por la barata cerveza del mercadona. Al llegar el punto en el que el mundo empieza a aparecerse borroso y todo se te aparece como un continuo movimiento sin origen ni final, cuando te sientes parte de un flujo ininterrumpido de acciones, cuando la gente ya no te preocupa y sabes que estás dando la nota y todo el mundo te mira sabiendo que eres el borracho del momento, es cuando te das cuenta que tienes que coger el metro, aguantar como puedas para no mearte encima e irte a tu casa.
Esta fue solo la primera parte de la historia. Una vez abandonado desde hace rato por mis amigos y borracho como una cuba, emprendí el camino hacia la estación. El mundo se tambaleaba de lado a lado, debía de ser Arquímedes tocando los huevos con su palanquita. Notaba el frio en mis extremidades, pero realmente la temperatura no me afectaba, sabía que si no me abrigaba probablemente me resfriaría, y por lo tanto me abroché hasta arriba, pero tampoco era necesario dada mi condición. La sorpresa surgió a medio camino entre la fiesta y el metro. Sin darme cuenta le había escrito, no sé si había sido yo, alguno de mis amigos, o el resultado de una conversación con algunas de las personas que se habían convertido en mis confidentes durante la tarde. El problema no era el mensaje, porque no lo había, lo que había era una nota de voz, un puto audio. Lógicamente cuando estas borrachos dices tonterías y es por esto que los audios no se deben escuchar nunca nunca después de una borrachera, pero mucho menos durante el momento en el que sigues borracho. Lo jodido es que ella me había respondido con: —hay fiesta en mi piso—. Mi perdición. En aquel momento pensando más con el pene, o un sucedáneo de la locura, la mente borracha, cambié de ruta y me dirigí hacia su piso. El camino se me hizo cortísimo. Las intenciones con las que me había contestado eran las mismas con las que me dirigí hacia su casa. Aun así, a día de hoy no sé qué le dije en el audio ni lo quiero saber. Por lo tanto, tampoco sé porque me contestó así. La cosa es que a las 9:30 ya me encontraba abriendo la puerta del portal como había hecho tantas veces; a la vez que estiras hacia ti pegas una patada en la esquina izquierda en el mismo lado que la cerradura. Ella sabía que conocía el truco así que no nos enviamos más mensajes. Al llegar al tercer piso piqué al timbre por los menos 6 veces y con razón, ¿en las fiestas cuanta gente está pendiente de la puerta? y realmente como coño van a escuchar el timbre si la música está a toda hostia. De pura casualidad alguien me abrió, no recuerdo ni siquiera quien fue, lo único que me viene a la mente es correr hacia el lavabo donde dos se estaban magreando nivel extremo y que al entrar yo en vez de irse pretendían echarme, pero la naturaleza de mi urgencia era mucho más poderosa que sus ganas de follar, por lo que al final conseguí echarlos. Después de mear parecía que incluso me había desintoxicado un poco hasta que justo al abrir la puerta alguien puso otra lata fría en mi mano, y dándome cuenta que estaba allí bebí, bebí como se bebe una vez ya estas borracho, como si fuese agua. Sonaba Eating like a kid de Makeout Videotape (esperamos que el lector se ponga la canión mientras lee para meterse en el ambiente). Humo de Marlboro, parejas que se arriman y magrean en cualquier lugar, vans manchadas con agujero arriba, Levi’s de segunda mano rotos, los típicos porreros en el balcón, ceniceros que ya no son más que esculturas de arte moderno formadas por mil colillas, latas de cerveza vacías y estrujadas encima de la mesa y por el suelo, paquetes de tabaco también arrugado y acabados, el borracho que intenta liarse un cigarro en medio de todo el panorama y yo. Con el mareo del alcohol que ahora se vería aumentado por la cerveza que ya me había acabado, intenté dirigirme a un lugar donde poder sentarme. El sofá estaba ocupado por parejas dándose filete intensamente, un borracho a punto de caramelo para la pali, y a su lado un amigo con aspecto de autista gracias a algún hongo que le han pasado.
Al final la vi, salió de una habitación con un cigarro en la boca, típico de ella, dejarse el maldito Marlboro que se pega a tu labio cuando se te seca y que después hacia que supiese a cáncer. Llevaba una camiseta de manga larga, cuello alto y apretada que al ser su única ropa hacía que se le marcasen más los pechos y los pezones. La verdad es que estaba buenísima, parecía que la camiseta estuviese hecha a medida para realzar su cuerpo, sus caderas, sus hombros y su cuello. Sus Levi’s 501 blancos favoritos que no faltaban nunca en ninguna de sus fiestas, y que tantas veces había desabrochado y quitado, tal vez los conocía yo mejor que ella. Y como siempre sus vans negras también con suela negra. En una mano una lata de cerveza, la otra servía para quitarse el cigarrillo de la boca y tirar la ceniza al suelo o para apoyar su palma en la cadera. Con esa postura de modelo se presentó frente a mí. No me podía imaginar lo que pasaba por su mente, tal vez me hizo ir para definitivamente mandarme a la mierda gracias al impulso del alcohol y el buen ambiente de la fiesta, a lo mejor quería hacerlo simbólicamente, enrollándose con otro tío delante mío. Como el humo tapaba su cara no podía ver exactamente su mirada, no sabía si me odiaba, si quería gritarme, si quería realmente decirme adiós definitivamente o si quería lanzarse a mí. Como habréis leído al principio fue esta última. Lo que realmente fueron dos segundos se me hizo eterno, no sabía dónde meterme, decirle hola y seguir caminando por la fiesta, hablarle al oído contándole una tontería, hacer como si nada e ir a por otra cerveza, o como realmente deseábamos los dos lanzarme directamente.
Como sabéis por el inicio los dos nos tiramos a la boca del otro. Realmente ninguno de nosotros sabía si eso era lo que queríamos, pero era lo que hacíamos habitualmente. Alguien podría decir que inconscientemente el impulso sexual es el que nos gobierna y más cuando estamos acostumbrados a dejarnos a llevar por él. Pero esto era diferente porque no sabíamos si en nuestro interior queríamos seguir viéndonos, siquiera existiendo el uno para el otro, pero el único tipo de relación que conocíamos era sexual. Los dos creíamos que lo lógico sería que no nos separamos definitivamente, pero mi nota de audio y su mensaje invitándome decían lo contrario. Cualquier persona diría que nuestra relación solo nos hacía daño a los dos y que lo mejor sería separarse, porque seamos realistas, lo único que nos causaba era dolor. Una o dos veces a la semana nos veíamos para follar, cuando había fiestas más. Habíamos intentado iniciar una relación, pero no funcionaba, solo funcionábamos en la cama. Como personas somos opuestos, no porque no tengamos cosas en común, nuestra personalidad es contraria, o tal vez tan igual que no podemos estar juntos. Todas las veces que intentamos que surgiese algo uno de los dos la caga. O yo no soy lo suficientemente atento o ella es demasiado pesada, o uno de los dos se lía con otro, como respuesta a esto y se rompe la confianza… la cosa es que no podíamos compartir una vida. Pero teníamos un problema que como veis aún está presente, no podemos parar de follar. Nuestra relación sentimental se fue debilitando y ahora solo queda el sexo. Por eso digo que todo el mundo pensará que esto se tiene que terminar. Al tener esta especie de relación basada en nuestros cuerpos aún estamos atrapados en una especie de unión extraña. Ella aún tiene una parte de mí en su corazón y yo una parte de ella en el mío. Realmente no es que solo estemos juntos por el sexo, es que no sabemos cómo tratar nuestros sentimientos y la única manera que sabemos de estar juntos es follando. Triste diréis, pero más triste seria que ella se fuese de mi vida, y si esa es la única manera de poder tenerla a mi lado, y la única manera de estar juntos es como seguiré relacionándome con ella.
Empezamos a enrollarnos, ella seguía con el maldito cigarro en la mano y de vez en cuando seguía dándole caladas. Con la borrachera que llevaba todo se me hacía más visceral. La rodeaba con mis brazos, una tocándole el culo, y otra apretándola contra mí. Ella me cogía de la cabeza y no me dejaba marchar. No solo era yo el que tenía ganas de su saliva, ella también. No sé como pero llegamos al sofá. Ahora la pareja que se daba filete éramos nosotros. El de la pali ya no estaba y ahora solo quedamos dos parejas restregándonos y metiéndonos la lengua hasta la garganta. Me encantaba y me sigue encantando la fuerza sexual que tiene. En esos momentos parece que esté poseída y que se lance a matarte, pero es aún mejor que tú contrataques porque eso le pone más. De alguna manera seguía teniendo el maldito cigarro, igual que yo tenía otra lata de cerveza encima de la mesa a la que de vez en cuando le pegaba un trago para refrescar la boca después de toda la saliva. Cada vez que le besaba el cuello aprovechaba para darle una calada. La mezcla de sabores, cerveza, saliva, Marlboro, colonia de su cuello me mareaban y la única solución era seguir bebiendo, seguir liándose, finalmente follar y dormir con ella. Con todo lo que llevábamos encima llegamos a la habitación en la que me he despertado, medio tirados por el suelo, medio dormidos pero muy muy borrachos y aún más salidos. Se quitó la camiseta y por fin pude ver sus tetas, aunque al estar tan calientes eso ya daba igual, lo importante era meterla y que se la metieran. Una vez más mis manos se pelearon con el botón de sus Levi’s favoritos, también hay que decir que el alcohol no ayudaba en eso. Pero ella me paró, no me dejaba quitárselos hasta que ella me quitase a mí también la camiseta. Espero que no suene mal pero tampoco sé que ven las mujeres en nosotros, si mi torso parece una especie de tabla donde se cortan las verduras para hacer el sofrito, mientras que ella parece esculpida por un verdadero dios, con unas líneas y curvas más perfectas que cualquier parte de mi cuerpo. Ahora si conseguí desabrochar el maldito botón y le quité rápidamente los pantalones y de nuevo, antes de que le quitara el tanga de lencería, me tiró de un empujón a la cama y ella sí me quitó los pantalones fácilmente. Antes de seguir desnudándonos, aunque poca ropa llevábamos ya encima, nos paramos para besarnos una vez más. A continuación, nos quitamos lo que quedaba y follamos. Tal vez hicimos el amor, tal vez no solo follamos, a lo mejor sí que de esta manera estamos expresando nuestro amor por el otro. Es cierto que es la manera más triste que existe de decirse te quiero, pero es la única manera en la que nos lo sabemos decir. Y así fue como me desperté una vez más bajo la mirada de esas paredes blancas y en su cama, y como una vez más me arrepentí de haber follado, pero por otro lado me alegré de haber estado más rato a su lado y sobre todo de haber sentido algo por ella realmente y notar que ella también lo sentía por mi.
[1] Normalmente los grupos que crean este tipo de fiestas son asociaciones que digamos no tienen miedo de mostrar su cara más colorada.