Pablo Neruda y Paita
Por Manuel Antonio Rosas Córdova©
Uno de los libros posiblemente menos conocidos del gran poeta chileno Pablo Neruda es el llamado “Cantos ceremoniales”, que contiene el hermoso y extenso poema dedicado a Manuelita Sáenz, la inefable amante de Bolívar, que tituló “La insepulta de Paita” aludiendo a la última morada que, entre la arena y el mar, cobijó a la bella quiteña que tan destacada actuación tuvo en la gesta bolivariana, y a la que hoy un saludable movimiento latinoamericano quiere rescatarla del olvido para evidenciar su genio de gran patriota apasionada defensora de la libertad americana.
Los “Cantos ceremoniales” de Neruda pertenecen a la época de mayor madurez del famoso escritor en los que se revela no sólo su inspiración profundamente sensible a la realidad social de América latina, sino que, técnicamente, se cuentan entre los mejores poemas triunfales que se han escrito en lengua castellana en este siglo. El ritmo sonoro, casi épico que el vate ha imprimido a los diez cantos de que consta la obra, hace que cada uno de ellos tenga la musicalidad ritual de una oda pindárica, dicha con palabras sencillas y a la manera de la América morena e india.
Este canto ceremonial dedicado a Manuelita Sáenz fue escrito por Pablo Neruda en uno de sus viajes por las aguas del Pacífico. En tránsito de Valparaíso a Panamá, el poeta se queda absorto en la contemplación del amarillo y árido paisaje de la costa peruana y hace que su espíritu atormentado vuele por el límpido cielo azul, que se extiende inconmensurable sobre las aguas marinas, mientras que su alma se llena de preguntas, entre las que se le antojan, frente a la desnuda palidez del tablazo paiteño, la búsqueda de las motivaciones íntimas que llevaría, en su espíritu indómito y romántico, Manuelita Sáenz al desembarcar en Paita.
Parece que el gran escritor, y premio Nobel de literatura del año 1971, al desembarcar en ese puerto lo primero que hace es preguntar por Manuelita Sáenz: “En Paita preguntamos por ella, la Difunta: tocar, tocar la tierra de la bella enterrada”, escribe al comenzar la segunda parte del poema. Pero no encuentra contestación pues, al parecer, nadie puede decirle con precisión dónde vivió ni dónde está su tumba. Interroga adultos y niños y nadie puede darle una respuesta. Entonces se vuelve hacia el viejo océano para preguntarle; y es el mar peruano, como lo consigna en su canto, el que abriendo en la espuma viejos ojos incas[1], le habla para contarle la historia de esta intrépida mujer ecuatoriana, que tanto había bebido de los raudales de la pasión libertadora de Simón Bolívar; exiliada de su patria: perseguida de sus enemigos, que había llegado un día a esta apacible caleta costera para buscar refugio, confundiéndose con el alma sencilla de las gentes pescadoras de este litoral.
Recoge así en sus versos la tragedia de esta dama que había transitado por los honores más altos, entre los cuales está la condecoración peruana que la hizo “Caballeresa del sol”, sufrió con el destierro en este puerto de gentes sencillas que poco sabían de la gloria de su amado y de la epónima empresa que Bolívar había acometido para dar la libertad a cinco repúblicas. Pero se queda allí hasta la muerte para luego mezclar el polvo de sus huesos con la arena de los cerros.
Lo que apasiona a Pablo Neruda es precisamente esta forma de convertirse en tierra americana, que Manuelita Sáenz consigue después de su fallecimiento, cuando sus restos mortales son depositados en una tumba ignorada, que al cabo de poco tiempo nadie puede señalar su ubicación. Y canta con elocuencia bellísima y cristalina el destino que llevó a la Libertadora del Libertador a Paita, para que allí encontrara la paz definitiva para su agitado espíritu. La soledad que Neruda encuentra en Paita y el silencio de los atardeceres y de las noches de luna, le inspiran canciones que hablan de una Manuela todavía viva en todo el paisaje de sol, tierra y agua de nuestra costa que se pasea desnuda con el viento, al cual ha hecho ahora su amante y que sigue existiendo como entonces: “materia, verdad, vida imposible de traducir a muerte”[2].
En una parte de la composición, Neruda escribe lo que llama “El epitafio”: “Esta fue la mujer herida:/ en la noche de los caminos/ tuvo por sueño una victoria/ tuvo por abrazo el dolor. /Tuvo por amante una espada”[3]. Un epitafio que bien podría figurar en un mármol junto a la casa que se dice que fue la última morada de doña Manuela.
El canto ceremonial dedicado a la Insepulta de Paita consta de veintidós partes y tiene referencias muy claras a Piura y a Paita. Son apuntes hechos por un Neruda viajero y enamorado de su América, que describe muy bien al viejo puerto con sus muelles podridos, escaleras rotas, los alcatraces tristes, fatigados, sentados en la madera muerta, los fardos de algodón y los cajones de Piura[4], que son la carga lista para embarcar que el vate encontró en este lugar. Paita, con ese aire sombrío de gran señora venida a menos y envuelta en sus desvencijadas galas, parece que alguna ausencia inmensa sacudió y quebrantó los techos y las calles[5]. Aquellas viejas casonas con paredones rotos[6] sobre los que repta alguna que otra buganvilia[7] son parte de este inmenso sepulcro que cobija, sin cruz ni lápida, la osamenta de Manuela Sáenz, quiteña de nacimiento y americana de corazón.
Ahora que estamos interesándonos por reconstruir la casa de Manuelita y hacer de ella un centro bolivariano, en el que permanentemente se rinda culto a la memoria del Libertador y en donde se confundan los pueblos que componen estas repúblicas hermanas que son sus hijas, nos parece que sería conveniente que estos versos escritos por Pablo Neruda sean dados a conocer con mayor difusión para que se conozcan, especialmente en Paita, donde estuvo el poeta viajero por unos breves momentos, pero que fueron suficientes para que pudiera copiar con fuertes pinceladas la reciedumbre de la tierra, el aire somnoliento que hace la siesta interminable, y las casas con barandas y ventanas apolilladas pero llenas de misterioso encanto. Chile, con el poema, y el Ecuador, con la ilustre muerta, se juntan en el Perú para hacer lo que soñó Bolívar: abrazarse como tres hermanos.
Piura, setiembre de 1981.
Ventana abierta, página seis.
Diario El Tiempo.
Piura, domingo 13 de setiembre de 1981
[1] Insepulta de Paita, II, 57.
[2] Insepulta de Paita, VIII, 27-28.
[3] Insepulta de Paita, XI.
[4] Insepulta de Paita, XXII, 2-10.
[5] Insepulta de Paita, XXII, 18-19.
[6] Insepulta de Paita, XXII, 20-21.
[7] Insepulta de Paita, XXII, 22.














