«El acto fotográfico» Philippe Dubois
¿Qué es el acto fotográfico para Dubois?
Para Dubois, el acto fotográfico es el antes, el durante y el después del mismo. Además, afirma que la fotografía no puede ser separada del acto que la hace posible, con el momento y la experiencia del fotógrafo.
Ve la fotografía como espejo de lo real (mímesis), transformación de lo real (codificación) y como huella de lo real, con las relaciones entre las imágenes y sus referentes (índex). Considerándola por tanto como la imitación más perfecta de la realidad.
¿A qué se refiere con el término huella de la realidad (índex)?
Dubois considera la fotografía como una huella de la realidad. La fotografía no explica ni interpreta, solo busca lograr una fusión con lo real, una muestra de una afirmación de existencia.
Considera que solamente funciona como huella en el momento de accionar el obturador, y solo antes y después de ese momento entran en juego distintos códigos, así que considera que el índex o huella de lo real tiene una serie de límites.
Además Dubois tiene a la fotografía además de como una huella de lo real, como una categoría de pensamiento, donde la imagen fotográfica aparece como una huella luminosa fijada sobre un soporte bidimensional.
¿Qué entiende por la imagen-acto?
Es el acto icónico de una imagen, trabajando sus circunstancias, no limitándose solamente al único gesto propio de la producción de la misma, sino incluyendo también, y no dejando de lado, el acto de su recepción y de su contemplación como partes constitutivas.
¿Qué significa la cita del autor “toda fotografía es un golpe”?
Cada clic que hacemos en la cámara es un golpe, como un corte temporal, de elección única y sin marcha atrás.
Todo acto de toma de vista o de mirada en la imagen es un intento de dar un golpe. Se tienen miras, más o menos claras, se pasa al acto y después se ve lo que salió del golpe o corte espacio temporal.
Para Dubois, en la fotografía, el fotógrafo, el espectador, el referente, se arriesgan intentando dar un buen golpe.
Mis fotografías (”Aquel Acto Fotográfico”)
Agosto del 2005, mi primer viaje intercontinental, mi primera cámara Sony y también conmigo, mi primera videocámara con pantalla LCD, abatible y giratoria.
Con la videocámara ya tenía experiencia desde 1997, cuando con mi primer sueldo compré una de las primeras que traían esas pequeñas pantallas digitales, donde podíamos ver en directo lo que estábamos grabando. Pero con la Sony Cibershot de fotos volvía a sentir una nueva evolución en mis manos, esta vez al no tener que usar carretes analógicos. La era de las nuevas cámaras fotográficas digitales ya llevaba un tiempo instaurada, pero no había congeniado hasta el momento con mi capacidad adquisitiva.
En aquel momento no existían redes sociales, así que la fotografía era más un ejercicio de captura de recuerdos, para posterior disfrute. Quizá como muestrario, para un eventual oyente, de uno de mis viajes a esos lugares aun no tan trillados.
Seychelles era el lugar, la isla de Praslin más concretamente. Esos días eran el momento, con un par de bicicletas de alquiler y una mochila con las máquinas para capturar mis huellas de la realidad.
Treinta minutos pedaleando y un par de paradas para pisar la arena de playas paradisiacas y solitarias, y llegamos al primer rincón con lugareños. Y este grupo no era otro que varias madres, con un tropel de niños que se movían de forma rápida, ruidosa y desordenadamente. Quizá fuese una guardería o colegio en horas de excursión, quizá no fuesen al cole.
Mi primer impulso fue tomar fotografías, pero me reprimió el desconocimiento del lugar, el posible recelo de los mayores, y el grado de inseguridad que podría existir. Pero dos reacciones me sacaron de esos pensamientos de censura.
Una, ver como varios de los niños se acercaban riéndose hacia nosotros, sin pedir ni dinero ni comida, cosa que me hizo pensar que la necesidad extrema no moraba en esos lugares. Y la otra, darme cuenta de la razón por la que los niños estaban tan alegremente exaltados. Era posiblemente la primera vez que los grababan con una cámara de video, y es que mi acompañante, sin pensarlo ni preguntarlo, se puso a grabarlos sin límite ninguno.
Al ver ese grupo tan feliz, echar una mirada rápida a esas madres y verlas como reían a carcajada limpia, me apresuré a sacar la cámara de fotos, y tuve la idea de pedirle a la casual operadora de cámara, que girara la pantalla LCD y permitiera a esos niños versen en vivo y en directo. Para qué hacer nada más.
Ahora la euforia ya era máxima, no hacía falta la presencia de payasos, marionetas o cuentacuentos, ellos mismos eran los protagonistas, algunos interactuaban sin vergüenza ninguna, otros miraban asombrados. Pero todos estaban alucinados con ellos mismos, con los amigos más extrovertidos, con el momento, con la máquina. Y mientras, yo estaba mimetizado con el entorno, sintiendo la tranquilidad de la aprobación de aquellos pequeños y grandes desconocidos, usando mi Sony un clic tras otro, con la poca experiencia y recorrido fotográfico que aún tenía.
Fue después al visionar dichas fotos, donde pude contemplar esos sentimientos que los niños trasmitían, de la más absoluta e inocente felicidad, hasta el mayor de los asombros. Y es aun a día de hoy donde puedo recordar, como si hubiese sucedido hace diez minutos, aquel improvisado reportaje fotográfico documental que sucedió hace ya más de una década y media.