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@deeporangewishes
’’Hidden in an old copy of The Lord of the Rings, a U.K. rare book store has found a map of Middle-earth annotated by J.R.R. Tolkien himself.
The map, found in a book given to Blackwell’s Rare Books, has Tolkien commenting on numerous facets of the world of the popular book series. Most notably is that Hobbiton, seated within the Shire and the home of numerous Hobbits in the stories, is the same latitude as Oxford, England. Tolkien’s annotations also suggest Ravenna in Italy inspired the city of Minas Tirith…’’
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West Lake in rainy days, Hangzhou, Zhejiang Province, China (photos by Lumianvv)
Kvernufoss, Iceland
Subtle by Chris Cody | LVSH
Juliano el Admirable
Por Christopher Gérard
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
En respuesta a un artículo anterior considerado demasiado hostil hacia esta gran figura de la historia europea, Christopher Gérard rinde homenaje al emperador Juliano (331-363), tildado de «apóstata» por sus enemigos cristianos. Filósofo neoplatónico, místico del Sol, guerrero victorioso y último gran defensor del helenismo, Juliano encarna un camino real y trágico: el de un príncipe que intentó, en menos de dos años de reinado, devolver a los dioses su lugar en el corazón del Imperio romano.
«Juliano es admirable. Siempre hay momentos en la vida en los que su ejemplo nos hace vacilar», me escribía Michel Déon en una carta del 24 de noviembre de 2002.
Empecemos por lo esencial: el apodo insultante de Apóstata («renegado»), otorgado por los cristianos, solo se justifica en una visión distorsionada de la Historia (¿se habla acaso de Constantino el Apóstata?); por lo tanto, es más justo llamarlo Juliano el Filósofo o incluso Juliano el Grande, como hacían sus contemporáneos. O incluso Juliano el Fiel, como Régis Debray.
Nacido en el seno de una familia iliria de rango imperial, Juliano (331-363) fue testigo, a la edad de seis años, de la masacre de su padre, su tío y seis primos, degollados ante sus ojos por orden del nuevo emperador, Constancio II. Único superviviente de este sórdido drama junto con su medio hermano Gallus, el pequeño príncipe es educado en la religión cristiana, que conoce desde dentro sin llegar a adherirse a ella, pues no puede olvidar que esta religión es profesada por los asesinos de sus padres, que un bautismo oportuno, calificado por el filósofo Lucien Jerphagnon de «detergente milagroso», a los ojos del clero, los había lavado de sus crímenes.
Tras una infancia solitaria, pasada en Capadocia en compañía de los libros, pero sobre todo en el temor permanente de ser asesinado a su vez, Juliano estudió filosofía y literatura griegas, lo que completó su conversión al helenismo en su versión neoplatónica tardía, mezclada con magia y ocultismo. Fundamental parece el papel desempeñado por su tutor, Mardonios, quien, durante los años de juventud del huérfano, es el único adulto que le muestra afecto. Este esclavo escita le enseña a Homero y a Hesíodo, que se sabe de memoria.
En su bella biografía de Juliano, Lucien Jerphagnon muestra hasta qué punto este adolescente sensible, «sobre-educado», vive aislado del mundo de los hombres y cerca de la muerte, bajo la opresiva vigilancia de los espías de Constancio II. Una especie de estudiante de preparatoria perpetuamente en guardia, consciente de que el ejercicio del poder absoluto difícilmente va de la mano con el respeto de los valores evangélicos. Un contemplativo, obligado a llevar una máscara para sobrevivir.
Hacia el año 351, a los veinte años, Juliano comienza en secreto a adorar a los antiguos dioses, y muy especialmente al Sol, como atestigua una de las páginas más bellas de la Antigüedad, la que abre su Himno a Helios-Rey: «Soy un seguidor del rey Helios. (…) Desde la infancia me invadió un amor apasionado por los rayos del dios; desde muy temprana edad, la luz del éter me sumió tan completamente en éxtasis que no solo deseaba fijar mi mirada en los rayos del sol, sino que, si me ocurría salir, por la noche, en un tiempo sereno, sin nubes y puro, liberándome de todo otro pensamiento, me fijaba en los esplendores del cielo, sin comprender ya nada de lo que se me pudiera decir». Juliano es, sin duda, un místico que no se conforma con una filosofía austera: también necesita un contacto sensible con lo divino, lo cual, en aquella época, se lleva a cabo en el marco de la teurgia y los Misterios, que prometen integrar al hombre en lo divino en el seno de un mundo considerado como un organismo vivo.
Hacia el año 350, el cristianismo sigue siendo minoritario: las clases dominantes, la intelectualidad, la alta administración, el cuerpo docente, el ejército y la aristocracia siguen fieles a los dioses del Imperio. Bajo Constantino (306-337), los cristianos solo representan el diez por ciento de la población, pero están notablemente organizados en una Iglesia, que ya es un modelo de oportunismo. Las conversiones suelen estar dictadas por el interés, como la del obispo de Pegaso, adorador en secreto de Helios… En este contexto, hablar del «Crepúsculo de los dioses» o del «fin del paganismo» no se corresponde en absoluto con la realidad: al igual que la civilización romana, se puede decir, parafraseando al historiador Piganiol, que el paganismo fue asesinado.
Sincretismo y teología solar
Juliano no se convirtió, pues, a una religión moribunda, sino a un neopaganismo caracterizado por el gusto por el sincretismo y por la importancia que se concedía a la teología solar y al ritual, elementos todos ellos que ya se encuentran en Jámblico, el maestro espiritual del Príncipe. Uno de los múltiples intereses de la obra de Juliano reside en el hecho de que constituye el único testimonio personal de conversión religiosa, junto con el de Agustín.
Juliano se acerca entonces con cautela a los cenáculos casi clandestinos, que observan con mirada llena de simpatía a este joven príncipe imperial. Para ellos, este idealista encarna la esperanza de restaurar el helenismo y salvar al Imperio de la decadencia que lo mina. De inteligencia superior, lleno de un amor intransigente por el pasado, Juliano, que es también el último descendiente de la familia de Constantino, lleva entonces la vida ordenada del joven filósofo, sencilla y accesible, de ahí su popularidad, lo que no deja de inquietar a Constancio II. Pasa unos breves momentos en Atenas, donde se inicia en los Misterios de Eleusis y prueba así el cicéon, bebida sagrada a base de vino, miel, harina y queso rallado. Son los momentos más bellos de su corta existencia, que llegan a su fin por orden del emperador.
Convocado con urgencia a la corte, a Juliano se le confió, en el año 355, el título de César, es decir, de lugarteniente del Augusto, quien seguía siendo el único jefe supremo. Su misión: defender las Galias devastadas por los bárbaros. En realidad, Constancio II lo utiliza con fines políticos sin otorgarle poder real. Si parte hacia la Galia, es con una escolta de trescientos hombres para «inaugurar los crisantemos», como señala con humor Jerphagnon. Sin embargo, Juliano demuestra inmediatamente unas cualidades militares y administrativas inesperadas en un ratón de biblioteca. Tomándose su misión muy en serio, se sumerge en el estudio y no escatima en entrenamiento: desde el combate cuerpo a cuerpo hasta las sutilezas de la táctica, sorprende a sus oficiales por su incansable buena voluntad y su resistencia. Esos viejos veteranos habían visto llegar a un intelectual de Constantinopla, un oriental que balbuceaba en latín, ¡y he aquí que ese novato se transforma en un cadete de Saint-Cyr «con ganas»! Su popularidad no deja de crecer, avivada por sus amigos cripto-paganos, a la cabeza de los cuales se encuentra el médico Oribás. Envalentonado por sus primeras hazañas militares y por algunos éxitos políticos, Juliano aplasta a los germanos cerca de Estrasburgo en el año 357: se convierte entonces en señor de una Galia pacificada durante 50 años. No duda en cruzar el Rin en varias ocasiones, siendo el último César en llevar las águilas imperiales más allá del río.
El emperador Constancio II se inquieta aún más, sobre todo porque su temible policía secreta (las agentes in rebus, los agentes secretos de la época) le mantiene al corriente del auge del joven príncipe, que toma cada vez más iniciativas, entre otras cosas en el ámbito político. ¿Acaso no restableció el eje Rin-Mosa, permitiendo así que el comercio fluvial revitalizara regiones empobrecidas? Juliano también aplicó una política de deflación, redujo los gastos y distribuyó mejor los impuestos. En el ejército, restableció la disciplina y veló por el pago regular de la paga. Jerphagnon lo describe acertadamente como «el buen rey de las Galias»: contrariamente a las expectativas de la corte, el novato que se suponía que iba a fracasar sale airoso con todos los honores y, sobre todo, se gana el apoyo del cuerpo de oficiales celtas y germánicos, punta de lanza del ejército imperial. Y el pueblo, agotado por años de inseguridad, lo idolatra. Conmoción en Constantinopla: el tortuoso Constancio II, que tiene su propia lógica, comprende entonces que el riesgo de una enésima usurpación es real. En el año 360, convoca en Oriente a las mejores tropas de Juliano César, preludio obligatorio de una entrevista «fraternal». Pero las tropas, unos veteranos vinculados a su jefe por un pacto casi feudal, se amotinan y proclaman a Juliano Augusto —emperador— en Lutecia, en la Isla de la Cité, y ello a la manera germánica, llevándolo sobre el escudo. En el origen de este pronunciamiento, la actividad clandestina e incansable de una fratría agrupada en torno a Oribás. Juliano probablemente se dejó llevar, al tiempo que aseguraba a Constancio su lealtad. Un doble juego que no engaña a nadie. Entre el Augusto y su César, estalla la guerra. Mediante una asombrosa Blitzkrieg, Juliano desciende a toda velocidad por el Danubio con sus tropas para llevar la ofensiva a Oriente, pero la providencial muerte de Constancio II en noviembre de 361 lo deja como único señor del Imperio, que así escapa a la guerra civil.
Juliano es libre de adorar a los dioses en público y de poner en marcha una ambiciosa política de restauración pagana. En su llegada triunfal a Constantinopla, sorprende a la corte con su estilo sencillo y austero, muy al estilo de la antigua Roma, a años luz del ritualismo pomposo de su predecesor. Juliano tiene como modelos a Trajano y Marco Aurelio: desea restablecer el principado liberal de los Antoninos con su respetado Senado, sus ciudades autónomas, en definitiva, un imperio descentralizado. Fiel al ideal platónico del Rey-Filósofo, el joven emperador da muestras de un sentido muy elevado del Estado y de una visión sacerdotal del poder supremo. Para él se trata de restablecer una edad de oro y no de revolcarse en un lujo orientalista. La corte comienza por burlarse, pero rápidamente el nuevo equipo se impone y suprime los puestos innecesarios, así como el ceremonial calcado de los sasánidas, para volver a una austeridad más romana.
Libertad religiosa
Una de las primeras medidas del autócrata es proclamar la libertad religiosa, tanto para los paganos, cuyos templos en Oriente habían sido saqueados, como para los herejes, aquellos que no adoraban a Cristo como la corte. Estos últimos son libres de regresar del exilio y salir de la clandestinidad, para gran furia de los «ortodoxos». Las iglesias cristianas en su conjunto (católicas, arrianas, etc.) quedan así sometidas al derecho común. Para el clero, la época de los privilegios y las exenciones ha terminado. No hubo, pues, persecución alguna, como ha afirmado cierta hagiografía, sino solo trabas, acompañadas aquí y allá de ajustes de cuentas igualmente limitados, pues el príncipe siempre ha sentido una viva repulsión por la violencia física y por las conversiones forzadas: «Para persuadir a los hombres e instruirlos —escribe Juliano—, hay que recurrir a la razón, y no a los golpes, a los ultrajes, a los suplicios corporales. No me cansaré de repetirlo: que aquellos que sienten celo por la verdadera religión (el paganismo) no molesten, no ataquen ni insulten a las multitudes de galileos (los cristianos)». Con sus numerosas reformas, la llegada al poder de Juliano marca, por lo tanto, un cambio de rumbo en todos los ámbitos, incluido el espiritual.
Inspirado al principio de su reinado por el Buen Rey de Platón, respetuoso con las leyes cósmicas y humanas, Juliano evoluciona hacia una forma de teocracia con su clero jerarquizado, sus dogmas (inmortalidad del alma pariente de los dioses, eternidad del mundo) y su filantropía. De hecho, copia la organización de la Iglesia para rivalizar con ella. Se erige así en continuador de las reformas emprendidas un siglo antes por el emperador Daya y se presenta como una curiosa mezcla de déspota ilustrado y teócrata. Esta idea de un papado pagano es ajena al helenismo tradicional y no deja de sorprender a sus amigos. Así, su famosa ley sobre los profesores, que prohíbe a los cristianos enseñar las letras clásicas, escandaliza a los círculos a priori favorables a su política, escandalizados por tal confesionalización del helenismo. Juliano se comporta como un converso.
Para él, el helenismo es el humanismo por excelencia: renegar de él, como hacen muchos cristianos de su época, es a sus ojos el peor de los crímenes. ¿Mil generaciones de hombres, y no de las menos importantes —Homero, Hesíodo, los trágicos, el divino Platón— se perderían para siempre por no haber adorado a Cristo? Una idea impensable para este filoheleno. El «No adorarás a otros dioses», el «Yo soy un Dios celoso» le parecen puras blasfemias y, a sus ojos, el Dios de Israel no es más que un Dios nacional, el de los hebreos. En Juliano hay un claro rechazo al universalismo religioso. Ya el polemista Celso ironizaba sobre la revelación enviada «a un solo rincón de la tierra». La tardía llegada del novus Deus Galilaeus era motivo de burla para los antiguos paganos: Celso lo llama «el que acaba de aparecer». De hecho, para Juliano, los cristianos, que ni siquiera son fieles al Dios de los hebreos, son apátridas, que no tienen cabida en su visión jerárquica del Cosmos, donde cada pueblo tiene sus dioses nacionales, a los que él llama «etnarcas».
En el mes de marzo de 363, el emperador lanza contra Persia la gran expedición de la que no regresará. En algún lugar de Irak, una lanza de la caballería romana, «partida de quién sabe dónde», por citar al historiador Ammiano Marcellino, pone fin a las esperanzas de restauración pagana. Es el comienzo de la leyenda negra de Juliano, que durará mil años. Sin embargo, son muchos los cristianos que reconocen la excepcional envergadura y el carisma del autócrata.
Sus ideas constituyeron propaganda pagana en el siglo V y su prestigio lo convirtió en el héroe de la resistencia al cristianismo. Sus obras siguieron leyéndose en Bizancio en círculos inconformistas, que perpetuaban su memoria y copiaban incansablemente sus manuscritos. En 1489 Lorenzo de Médicis encargó la representación de una obra en la que Juliano aparece como el defensor de la grandeza romana y del helenismo. Sus escritos se publicaron entonces, haciéndose accesibles a toda la élite culta.
A menudo se ha reprochado a Juliano haber pecado de un exceso de nostalgia por el pasado, de falta de realismo. Una visión romántica de una especie de Don Quijote poco al tanto de las realidades de su tiempo o un espejismo del «sentido de la historia», prejuicio judeocristiano por excelencia. Este reproche carece de sentido, ya que se basa en una interpretación a posteriori de los hechos: el triunfo «inevitable» de la Iglesia. Juliano nunca tuvo la intención de erradicar el cristianismo, ni siquiera de perseguirlo. Simplemente, quiso expulsarlo de las clases dirigentes y reducirlo a una fe de simpliciores, que es lo que era en sus orígenes. Si Juliano hubiera reinado veinte o treinta años, es muy probable que hubiera recuperado a las élites aún poco afectadas por la nueva religión. Su energía se habría puesto al servicio del Imperio y no de la Iglesia.
Al marginar al clero cristiano, al privarlo de sus privilegios políticos y financieros, Juliano sin duda habría podido evitar el triunfo absoluto de una Iglesia ebria de poder temporal, así como el colapso del paganismo. Rápidamente habría surgido una forma de sincretismo pagano-cristiano.
Para un contemporáneo, Juliano el Admirable sigue siendo un modelo de rectitud y pureza, así como el héroe clandestino de nuestra cultura. ¿Cómo no compartir la opinión de Montaigne: «Era, en verdad, un hombre muy grande y excepcional, (…); y, en realidad, no hay ningún tipo de virtud de la que no haya dejado ejemplos muy notables»?
Fuente: https://www.revue-elements.com/julien-ladmirable/
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