Se quedó muy quieto, arrodillado en la alfombra del salón. Los finos hilos de humo ascendían de las velas apagadas y cargaban el aire con un olor amaderado, a cedro y pino, a bosques profundos en los que es muy fácil perderse. La lámpara de aceite descansaba en el centro del círculo, brillando tenuemente en la penumbra a pesar de que también se había apagado su llama. Miró el orificio de la piquera esperando que una figura vaporosa apareciera por ahí, aunque sabía que no funcionaba así.
Los minutos pasaron y se puso de pie, impaciente y nervioso. Había hecho la llamada, vendría. Sabía que vendría. Comenzó a pasearse de un lado a otro. No es que estuviese descontento con su nueva vida, pero… Tenía que hacerlo, tenía que volver atrás. No soportaba la idea de vivir en una mentira mientras otra persona caía en un pozo oscuro por su culpa.
Giró sobre sus talones por enésima vez y encontró frente a él a un hombre sonriente, el pelo oscuro confundiéndose aún con la oscuridad. Dio un salto hacia atrás, chocando con el escritorio. No lo había oído llegar, pero eso no era nada nuevo.
—No me gusta que hagas eso…
Los iris blancos del recién llegado lo observaron en silencio con diversión. Como la primera vez, su sola presencia le inquietaba, le hacía sentir en peligro aunque no estuviese pasando nada. Su resolución flaqueó ligeramente y se sintió estúpido por su indecisión, por sus dudas y sus remordimientos. Se sintió humano.
—No esperaba otra llamada por tu parte hasta, por lo menos, dos años más. ¿Hay algún problema con tu cambio de vida, Nathaniel?
Nathaniel no contestó de inmediato. Se sentó en la silla, más por ganar tiempo que comodidad, y buscó las palabras. Sentía la mirada del hombre clavada en la nuca y, sin querer, sus dedos empezaron a tamborilear en la mesa.
—Claro que hay algún problema —continuó el visitante al no recibir respuesta—. ¿Para qué querrías verme si no? —Lo escuchó moverse y no pudo evitar mirarlo de reojo mientras este se apoyaba en el tablero de la mesa, todo gracia y movimientos calculados—. Bueno, pues aquí me tienes.
—Quiero que todo vuelva a ser como antes —soltó finalmente, de carrerilla.
Por un momento, ninguno de los dos se movió.
—¿Por qué? —preguntó el hombre finalmente, y la curiosidad en su tono era genuina—. Esto es lo que querías, ¿no? Dejar atrás la vida en la calle. Evadir tu triste destino, ese en el que acababas olvidado en callejones de los que nadie bueno se acuerda ya. Querías dinero, fama, atención… ¿Por qué renunciar a eso ahora?
Nathaniel se levantó de la silla y comenzó a andar de un lado a otro de nuevo, frotándose la nuca con la mano. Se atrevió a mirarle un momento para preguntar:
Como si no supiese la respuesta.
La sonrisa que se dibujó en el rostro del hombre le recordó de golpe que no estaba hablando con cualquiera. Que no había invitado a su casa a un vecino o a uno de los numerosos amigos que había hecho en su nueva y adinerada vida. La tensión detuvo su deambular paralizándole las piernas.
—Entiendo. La idea de que alguien esté sufriendo tu penosa vida en tu lugar no te deja dormir tranquilo, ¿verdad? —El hombre ladeó la cabeza y sus ojos refulgieron—. Parece ser que al final sí había escrúpulos en esa cabecita tuya, Nathaniel.
Pronunció su nombre con sorna, paladeándolo como si fuese el mejor chiste que había escuchado en su larga vida. Hizo lo mismo el día que lo conoció.
—Nathan. Nathaniel. “Regalo de Dios”. Qué nombre más inapropiado —le había dicho casi riendo—. Yo te habría llamado Gray, Job o… Craven.
Entonces no sabía lo que significaban esos nombres. Lo único en lo que podía pensar era en que estaba hambriento, dolorido, desesperado y aterrorizado, porque había cometido una locura invocando a la criatura frente a él.
Ahora, el recuerdo le molestó.
—Déjate de palabrería, Cero. Estoy hablando en serio.
El silencio dominó el salón y su enfado se evaporó como el agua. Cero lo fulminó con la mirada y comenzó a reírse, aunque ya no lucía la misma diversión en los ojos.
—¿Tienes idea de lo que he gastado en tu deseo, el tiempo y la energía que me llevó conseguir lo que me pediste? ¿Crees que cambiar el destino de dos personas no tiene consecuencias, que se puede hacer simplemente chasqueando los dedos? —mientras hablaba, Cero se había puesto en pie, y la mueca divertida en su rostro se había tensado hasta tomar una forma siniestra e iracunda.
Nathaniel sintió un escalofrío, pero intentó que no se le notara. Su voz sin embargo delató su miedo.
—S-Solo anúlalo. ¿No es eso suficiente? Volver atrás, como si nada hubiese pasado.
Cero volvió a reír. Rodeó el escritorio y se acercó a él.
—No, no es suficiente. —Por cada paso que daba, Nathaniel retrocedía—. Cambiar la historia, aunque sea algo tan insignificante como tú, no es fácil. Y por supuesto, tampoco es gratis. Aún no has cumplido el pago y si te conviertes en un donnadie, ya no podrás hacerlo.
Nathaniel dejó de retroceder cuando su espalda chocó con la pared. Cero se cernió sobre él; no recordaba si era así de alto antes o había crecido con su ira.
—No, no, esto no funciona así. No soy ningún genio de cuento de hadas. Los genios concedemos deseos a cambio de algo y nos aseguramos de conseguir lo que se nos prometió. —Le agarró de la mandíbula y lo acercó a él hasta que no pudo evadir más su mirada—. Y si no, cogemos algo como compensación.
Nathaniel se sintió temblar como una hoja sacudida por el viento. No estaba seguro de poder mantenerse en pie si Cero lo soltaba. Ni siquiera se molestó en fingir que no le intimidaba; sin duda el genio podía beber si quisiera el miedo de sus ojos.
—Te concederé tu deseo por última vez —continuó, su tono suavizado en algo que no hizo más que asustarle aún más—. Todo volverá a ser como antes, pero te saldrá caro…
Nathaniel tragó saliva. Sabía qué pregunta debía hacer, pero, ahora más que nunca, sintió esas palabras como una firma en un contrato faustiano.
—¿Qué es lo que quieres? —murmuró e hizo un esfuerzo soberano por no apartarse cuando le acarició la mejilla.
Cero fingió pensárselo. Lo miró fijamente hasta que consiguió que cerrase los ojos, temblando.
—Me equivoqué —dijo finalmente y Nathaniel volvió a abrir los ojos, sorprendido. Fue un error. La sonrisa que recibió le heló la sangre en las venas—. El nombre que más se adecúa a ti es Doulo.
Ese nombre lo pronunció con deleite. Nathaniel sintió que le fallaba la vista. Nunca, en sus tres años de riquezas y colchones mullidos había deseado volver a las calles, ni siquiera un segundo. Ahora su cuerpo ardía con una plegaria que nadie iba a escuchar.
Su boca estuvo a punto de negarse por él. Su instinto de supervivencia, que se había adormecido con las comodidades de la alta nobleza, despertó de golpe y le costó esfuerzo físico contenerse. Había visto a Kalon sufrir lo que le debería haber tocado a él. Su corazón volvió a encogerse al recordarlo. Ese nombre sí le pertenecía por completo a su propietario, en forma y significado.
Respiró hondo, aunque solo sentía hielo en los pulmones.
Cero compuso en su rostro una sonrisa torcida.
—A tus órdenes… —Y chasqueó los dedos.