Salgo al balcón y todavía observo las calles
esperando verte viniendo hacia mi (nuestra) casa.
Recuero todas y cada una de tus sinceras sonrisas,
capaces de despejar hasta los días más nublados.
¿Porqué un día las recogiste y las escondiste
todas en el armario bajo llave?
Las echo tanto de menos como añoro tu compañía
en las tardes de películas y las noches bajo las estrellas.
¿Porqué jamás me dijiste que querías ser una de ellas?
Tú siempre lo fuiste, no necesitabas hacer nada más,
brillabas por tu cuenta y destacabas de entre los demás.
¿Porqué dejarlo todo a medias?
Entré en tu habitación; encontré sesenta y siete
poemas inacabados, ocho historias sin final,
cuatro relatos a los que les faltaba la última línea y
¿Jamás pensaste en terminar todos tus escritos?
Supongo que no te gustaban los finales, por eso no te despediste.
¿O fue porque si veías mis lágrimas no sería capaz de dejarme?
Quizás era que temías que te cortara las alas,
pero tú eras un ángel, y yo siempre te lo recordaba.
Salgo al balcón todavía con el calor de tu mano en la mía,
sintiendo como se enfría, poco a poco,
de la misma forma en que te apagaste.
¿Porqué jamás me contaste sobre las nubes que
Te habría llevado un paraguas o
te hubiese prestado mi chubasquero si me lo hubieses pedido.
¿Cómo conseguiste llevar esa careta durante tanto tiempo?
Jamás podré explicármelo.