Carta al más allá.
Recordarte me hace daño, hoy me gustaría hacer como si nunca hubieras existido. Me cuesta tanto seguir, porque aunque quiera olvidarte te necesito. El cielo te a abierto sus puertas y has salido de mi corazón, para así cruzarlas y convertirte en una estrella. Como las que mirábamos por las noches.
Sé que suena egoísta, pero te tenías que haber quedado, mi corazón se a quemado por las lágrimas de fuego que he derramado. Pero ya se han secado, se han grabado en mi piel, como heridas de guerrero, como los abrazos y caricias que un día me diste.
Mi fiel amigo fuiste una vez, ahora eres un recuerdo doloroso y tierno que me hace sonreír y llorar al mismo tiempo.
¿Sabes? Todavía recuerdo esos juegos en el parque. ¡La pillas tú! ¡No, la pillas tú! ¿Recuerdas?
Ojalá estuvieras aquí. Te quiero tanto, mi príncipe suicida. Tú fantasma me persigue desde el día en que te fuiste, te llevaste una parte de mi contigo cuando decidiste dejar de respirar, cuando decidiste que preferías irte a vivir a las nubes y vigilarme desde allí.
Aveces, suelo mirar tu foto y gritarle, no lo niego, me enfado mucho. Y es que me duele y me pesa saber que tú no tenías que morir, que no era tu destino, que fue la presión social la que te empujó al aire, a la nada, cual gota de lluvia que se pierde en el azul del mar.
Ahora veo tu cara dibujada en los cuentos de ‘Pinocho’ ¡Mentiroso! ¡Prometiste estar conmigo por siempre!
Aveces me siento sola y pienso en qué es lo que tú me dirías, pero ya no estás, y aunque no me guste, jamás volverás.
Tengo muchos “amigos”.
Pero ninguno de ellos es tú, pues sabes que eres único e irremplazable, eres ese grito en la tormenta, eres el viento que se mezcla en el aire cuando respiro.
No serás un recuerdo jamás, nos volveremos a ver y allá arriba; juntos volveremos a soñar.
















