Vivir viajando no es solo cambiar de paisaje… es cambiar de vida.
Es renunciar a certezas, a rutinas, a ese ‘todo en su sitio’ que da seguridad. Es dejar atrás paredes llenas de recuerdos, armarios llenos de “por si acasos”, y horarios que otros dictaban.
Es elegir el viento como compañero, la incertidumbre como aliada, y la carretera como hogar.
Lo que no se cuenta tanto es lo que cuesta. Lo que pesa en el pecho cuando echas de menos abrazos, cuando no hay sofá en el que refugiarse, cuando la furgo se rompe en el peor momento o la lluvia no cesa durante días. Lo que duele cuando uno de los nuestros ya no puede seguir el camino con nosotros, como le pasó a nuestro querido Zadok, que ahora corre libre allá donde siempre brilla el sol.
Pero entonces te detienes en un lugar así.
Y ahí estás tú, Belén, yo… Dante a nuestro lado… y el hueco que siempre guardamos para Zadok.
Mirando un horizonte que no tiene dueño.
Sintiendo que este instante, este, es el verdadero lujo que hemos elegido.
No es fácil. No es perfecto. Pero es nuestro.
Y cada paso que damos, cada amanecer que nos encuentra en un lugar nuevo, nos recuerda por qué elegimos este camino.
Seguimos adelante. Por nosotros. Por los que están. Y por los que nos acompañan siempre en el corazón. 🖤
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