Blinded Heart | BF AU
detectivekun
¿Qué tanta fue la desgracia en su rostro que el presidente se viera obligado a tener piedad? Aunque su tono de voz siempre era horrible y su mirada intimidante, sus palabras no hicieron más que sorprenderle, alzando sus cejas inmediatamente, dejando caer las prendas dentro del bolso.
Sostuvo la mirada de su progenitor, sintiendo como la nariz se enrojecía por las ganas de llorar. ¿Habrá sido un milagro o pura suerte? Kokichi entró por la puerta, llamando la atención de aquellos dos. Mientras escuchaba el mandato, le saludó con una cortés reverencia, manteniéndose abajo más segundos de los necesarios solo por la confusión que esto le causaba; ¿habitación extra? ¿Acaso iba a vivir aquí desde ahora? ¿¡Y qué había de su tío!? Seguramente tendría que hacer un par de llamadas para solucionar este tema…
Como si fuera poco, ya estaba siendo llamado por el presidente, siguiéndole a paso apresurado después de mirar a su hermano por el rabillo del ojo con una expresión preocupada. ¿Qué más podía hacer? Una tragedia solo venía acompañada de millones y millones de cambios, lo sabía, pero jamás lo había vivido… y se sentía terrible.
¿Podía siquiera preguntar? —A-…. ¿A dónde me lleva? Si… si se puede saber. —Se sentía tan extraño que su propio padre le estuviera regalando un poco de su tiempo. ¿Por qué? Llegaba a dar miedo.
Mucha, mucha miseria se acumulaba en el rostro de Shuuichi, si había que ser honestos. Todo él estaba hecho un despojo, como un montículo de piedras que amenazaba con derrumbarse ante la más pequeña brisa. O al menos, así era a los ojos del mayor.
No hubo más que hablar entre Kokichi y su padre, las órdenes del segundo eran absolutas, y el primero no se opondría a ello en lo más mínimo; de hecho, el menor consideraría eso como una especie de ventaja para entretenerse. Solo ellos sabían qué iba a suceder, y no se molestarían en comunicárselo a Shuuichi hasta que fuese el momento.
Al paso del presidente le siguió su hijo mayor, dejando atrás a Kokichi, cuya imagen iba desapareciendo en la distancia hasta que las puertas se cerraron.
—A recoger flores —solo eso respondió, y no admitiría más preguntas al respecto.
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En pocos minutos, se vieron tanto el coche presidencial como sus escoltas enfrente de un enorme campo lleno de plantas. Más parecía una especie de monte descuidado, pero eso estaba bien, porque estaba tapizado de blanco.Saishuu bajó de su carro, ya arremangado, con unos lentes oscuros puestos y sin su saco. Obviamente, había arrastrado a Shuuichi con él para que le echara una mano.Se mantuvo en silencio unos momentos, permitiendo que la brisa le mandara oxígeno a los pulmones. ¿Acaso estaba próxima la lluvia?
—…Sagiso, era la flor favorita de Kaori —murmuró gravemente—. Antes de esa lo eran las margaritas, pero las cambió cuando supo el día de mi nacimiento, durante la escuela secundaria.
Habría sido una linda memoria, de no ser porque el tono indiferente y hasta frío de Saishuu no daba pie a pensar que añoraba esos días. El sujeto simplemente se adentró, y comenzó a recoger dichas flores con cuidado, observando detenidamente desde el tallo hasta los pétalos. Siempre era minucioso en todo lo que hacía, no le importaba parecer un civil más.
Tan solo estaba cumpliendo cosas que prometió hacía muchos años.
Jamás, probablemente jamás en su vida había tenido una vista así. Desconocía su madre alguna vez había tenido la oportunidad de admirar este lugar, pero él jamás lo olvidaría. ¿Cómo era posible que algo así existiera? ¿Era una clase de monte divino? ¿Algo que no fue afectado por ninguna catástrofe? Su pecho se inflaba de solo sentir la brisa entre sus cabellos.
Bajó del carro con algo de timidez, quitándose la gorra antes de inclinarse cerca del presidente, observando su actuar con cautela antes de imitarle de la mejor forma posible. Sin embargo, en vez de admirar cada flor, Shuuichi levantaba la mirada cada tanto, queriendo grabar la imagen del monte completo en su mente.
—Sasigo... —Murmuró para si mismo, dejando cada flor cortada a un lado, supervisando los alrededores de vez en cuando. —¿Es lo que ella quería como último deseo? Es... no es lo que esperaba. —No, no podía decir que los deseos de su madre eran vagos, ¡qué falta de respeto! ¿Cómo siquiera lo había pensado? Estaba avergonzado.
Suspiró, tratando de aligerar su carga emocional, sabiendo que las lágrimas se le caían por las mejillas. No quería que su padre lo notara, pero ocultarlo solo lo haría más obvio, así que se limitó a dispersarlas con la manga de su chaqueta. Siempre pensó que la tendría a su lado hasta que cumpliera por lo menos cuarenta años... pero aquí estaba, quebrado y ni siquiera sobrepasando la mayoría de edad.
Qué desesperante... jamás lo diría.














