No sé en qué momento empecé a extrañarte, antes incluso de que te fueras. Tal vez fue cuando noté que ya no reías igual o cuando tus ojos se perdían en silencios que yo no sabía traducir. Y aún así, seguía mirándote como si fueras un atardecer que no quería que terminara. Amarte fue como aprender a nadar en medio de una tormenta, hermoso, difícil y a veces desesperado. Pero lo hice con gusto, porque eras tú, porque lo que sentía no me cabía en el pecho y tenía que salirse en formas de caricias, palabras suaves y esas miradas largas que solo se dan cuando uno ya no sabe cómo explicar tanto amor. Me encantaba verte quedarte dormido, a veces fingía que no notaba tus manos buscándome en la madrugada, y otras veces te abrazaba como si supiera que era la última vez, porque una parte de mí, muy en el fondo, lo sabía. Sabía que no todo lo bonito dura para siempre, pero que algunas personas llegan para quedarse grabadas en el alma, aunque el cuerpo ya no las toque. Y ahora que ya no estás, me quedo con eso, con lo que no dijimos, con lo que nos dimos, con lo que nos tembló y con lo que nos sostuvo. Te amé en presente, aunque hoy seas pasado, y si algo me queda claro es que no me arrepiento de haberte querido tanto, de haberte querido así, sin medidas, sin miedo y sin promesas eternas, porque el amor no siempre necesita quedarse, a veces solo necesita sentirse por completo.


















